29/5/09

Los periodistas de economía

Stieg Larsson y su trilogía "Millenium", al parecer, se plantaron fuertemente en el mercado editorial (en especial el hispano), ante los vampiros adolescentes de la Meyer. Hace poco salió la segunda novela de la trilogía y, como era de esperarse, se vende como pan caliente (en realidad me pregunto si los panes calientes se venden tanto hoy día). Yo empecé a leer la primera novela, Los hombres que no amaban a las mujeres. A pesar de ciertas estereotipaciones de los personajes, la obra va bien, marcha sin mayores tropiezos. De hecho, entretiene bastante. A veces, uno se topa con reflexiones de este tipo, hacia las que siente una inevitable inclinación a la aceptación y el acuerdo:

Mikael Blomkvist opinaba que el cometido del periodista económico era vigilar de cerca y desenmascarar a los tiburones financieros que prococaban crisis de intereses, que especulaban con los pequeños ahorros de la gente en chanchullos sin sentido de empresas puntocom. Tenía la convicción de que la verdadera misión del periodista consistía en controlar a los empresarios con el mismo empeño inmisericorde con el que los reporteros políticos vigilaban el más mínimo paso en falso de ministros y diputados. A un reportero político nunca se le pasaría por la cabeza llevar a los altares al líder de un partido político, y Mikael era incapaz de comprender por qué tantos periodistas económicos de los medios de comunicación más importantes del país trataban a unos mediocres mocosos de las finanzas como si fuesen estrellas de rock.

De Los hombres que no amaban a las mujeres, Editorial Destino, pág. 82.

28/5/09

La Gran Muralla Norteamericana

Después de 4 meses, Ambar Selene durmiendo en su cuna, una botella de cerveza a medianoche, afuera la lluvia y un frío desacostumbrado, vuelvo con un post breve, casi insignificante. En 1986, mientras Borges moría y Maradona enmudecía al Estadio Azteca ganando una copa del mundo él y diez nombres más, el escritor norteamericano Richard Ford publicaba El periodista deportivo, la primera novela de una trilogía que sigue una década después con El día de la Independencia y otra década más con Acción de gracias. En la página 228 esta profética conversación entre el protagonista, Frank Bascombe, y dos cínicos amigos suyos:

-Caspar y yo pensamos que Estados Unidos tendría que levantar un muro a lo largo de la frontera mexicana, tan grande como la Gran Muralla, y vigilarla con hombres armados, dejándoles claro a esos países que aquí tenemos propios problemas.
-Es una buena idea.
-Así por lo menos podremos responder nuestro propio problema con los negros.-No sé lo que pensarán Delia y Caspar de Bosobolo, pero por si acaso no se lo pregunto. Para ser anticolonialista, Delia tiene fuertes instintos coloniales-. Ustedes los escritores siempre están dispuestos a navegar en la dirección que sople el viento, Frank.
-El viento puede llevarle a uno a lugares interesantes, Dee -le digo con seriedad burlona, pues Delia sabe cómo pienso.

24/12/08

Kazuo Ishiguro, Los restos del día y la "moral burguesa"


Tal vez sea hoy día poca la asiduidad con que la expresión "moral burguesa" se meta en los vericuetos del habla común. Por lo menos yo, hace mucho no pensaba más en esos términos, a veces desprovistos de espesor y tributarios de una vana retórica, aunque describa una realidad palpable. Hace mucho... hasta que cayó en mis manos Los restos del día, la novela de Kazuo Ishiguro. Aún no he sobrepasado las 100 páginas, pero no resisto la tentación de escribir algo sobre lo que me llamó la atención fuertemente.
Ese algo es la manera en que el escritor inglés, de origen japonés, ubica en el narrador un discurso que refleja con una pavorosa fidelidad esa "moral burguesa" a la que estábamos acostumbrados, sobretodo en las sociedades del primer mundo y en la primera mitad del siglo XX.
El narrador en cuestión es un mayordomo que llevaba años trabajando para un patrón inglés, hasta que lo suplantó un patrón norteamericano en tierras inglesas. La cuestión es que Mr. Stevens, tal es el nombre del mayordomo, se lanza a la defensa de lo que una exclusiva sociedad de mayordomos considera que significa "mantener la dignidad propia de la profesión". ¿En qué consiste esa "dignidad"?, se pregunta Mr. Stevens y lo hacemos nosotros mismos. El responde contando tres historias relacionadas a su padre, que también había sido mayordomo. De esas tres historias, una es a todas luces la más importante, la que cuenta que el padre había tenido un hermano que murió en la guerra de Sudáfrica a principios de siglo, a raíz de una negligente actuación del general a cuyo mando estaba el hermano en cuestión. Un consejo de guerra hizo un simulacro de juicio, en donde el acusado general resultó absuelto por sus pares. Toda la vida la familia del padre de Mr. Stevens vivió edificando su odio contra el general. Y un buen día, en la casa en la que trabajaba el padre, uno de los pocos invitados a una fiesta de varios días resultó ser el ya retirado general. Este no contaba con ayuda de cámara, así que el propio padre-mayordomo fue el encargado de atenderlo personalmente, soportando todo tipo de referencias heroicas a sus actuaciones bélicas. La cosa es que el hombre jamás demostró su inquina ni mucho menos contra el responsable directo de la muerte de su hermano. La fiesta terminó y el mayordomo tuvo que tragarse toda su rabia. Es esto lo que su hijo -el narrador de Los restos del día- considera es ""mantener la dignidad propia de la profesión". Es decir -y en esto Ishiguro procede con maestría-, apropiarse "escenográficamente" de la "moral burguesa", de la moral de tus patrones para no interrumpir la calma de dicha moral. Aquí pueden venir en nuestra ayuda un edulcorado pensador (por sus "exégetas", por supuesto), Hegel: El Esclavo se reconoce como tal en el Amo, porque la misma moral del Amo no acepta la posibilidad de que sea otra cosa que no sea esclavo, y éste a su vez no ve en el Amo otra cosa que no sea amo. Parece simple, fácil y contundente lo que descubrió Hegel, filosóficamente hablando, hace más de dos siglos. Pero, justamente, la "moral burguesa" prefiere olvidarlo o, es más, decir que es una lectura "antinatural" de la realidad. Así desde que el primer mayordomo-esclavo solo amenazó con descubrir la secreta trama que encarna. Ahí ya viene Nietzsche, por supuesto, y Marx, cómo no, y eso sí que es peligroso para los muchos patrones que en el mundo son y reveladores para los otros tantos Mr. Stevens que por ahí andan, a punto de descubrir que, verdaderamente, "mantener la dignidad propia de la profesión" es, como mínimo, un tortazo en la cara del general. Más que eso ya sería la revolución, por supuesto.

12/12/08

El pelo largo, Shakespare y la muerte

Jueves, medianoche. En un serpenteante colectivo de la línea 27, iba pensando en posibles temas para escribir en esta columna. En tres lugares distintos del ómnibus, tres hombres de pelo largo cavilábamos cada uno en nuestras propias y etéreas cuestiones. No nos conocíamos, y ese solo hecho bien podía valer una reflexión. Unos 15 o 20 años atrás, que tres hombres de pelo largo se encontraran en un colectivo y no se conocieran era un hecho bastante difícil de darse. La comunidad "pelilarga" paraguaya no solo se ha extendido en todo este tiempo, sino que se ha diversificado: si antes estaba casi exclusivamente relacionado al ambiente rockero, hoy otras tribus urbanas hacen uso del siempre vilipendiado look, heraldo de la machista sospecha masculina.
Seguía yo pensando en qué escribir en esta columna, con el sonido de entraña rugiente del colectivo de fondo. Tal vez -me dije- urdir razones que sostengan mi conjetura en un breve e inacabado debate que tuve días atrás con un amigo: los dos creemos que con solo Shakespeare, Quevedo y Borges (yo, pienso ahora, agregaría a Cervantes) podríamos vivir sin problemas. Pero, le decía a mi amigo, con una importante puntualización: Quevedo y Borges (y Cervantes) nos ayudan sobre todo en la tarea de la escritura, Shakespeare es para cualquier ámbito de la vida humana, se sea o no escritor. En eso pensaba y me decía: "Ahí está, ese es el tema de la columna", cuando de repente sentí una tambaleante presencia a mi lado: un hombre borracho que se sentaba. Era de mediana edad, moreno y pelo muy corto. Tenía esa sensación que a veces tenemos en los colectivos, cuando sabemos que inevitablemente cierto casual compañero de asiento terminará buscándonos conversación. Así fue. Pero lo que vino, no me esperaba:
- ¿Sabés que matar a una persona es lo más fácil del mundo?
La pregunta, dicha así sin transición, me incomodó, pero no me arredré. Le seguí la corriente:
- ¿Ah, si?
- Sí. En la punta de este dedo está la sensibilidad. Lo demás está acá- me dijo, apuntándose a la cabeza el mismo dedo índice del cual me hablaba.
- ¿Vos manejás armas? - me preguntó, y le dije que no. Se sorprendió.
- Cómo que no. Qué raro. Ustedes los de pelo largo siempre son unos... unos… mercenarios.
Utilizó ese término: "mercenarios". Parecía no poder expresar exactamente lo que quería decir, pero al mismo tiempo decía mucho de su prejuicio y su inquina contra los pelilargos. Se rió bruscamente. Luego me preguntó mi nombre. Se lo dije y me dijo el suyo: Alfredo. Mi destino estaba a una cuadra y tuve que bajarme, abruptamente. No hubo tiempo para preguntarle lo que, con curiosidad de escritor, quería: si alguna vez había matado a alguien. Me miró, algo desorientado, me dio paso, una palmada en el hombro y me dejó bajar.
Subiendo las escaleras del lugar a donde me dirigía, mezclé todo: el pelo largo, Shakespeare, la muerte. Cuando saludé a los amigos que me esperaban, en una de esas rondas de cerveza habituales, aún no sabía que todo eso junto, a fin de cuentas, sería el tema de esta columna. Casi nada, al parecer, pero casi todo.

23/9/08

Polietileno: Los prolegómenos del apocalipsis argentino

Foto: Jorge Sáenz

Pasaron siete años: por intermedio de un amigo, un volumen de cuentos inéditos cayó en mis manos. Su autor necesitaba que alguien le realizara una revisión gramatical y el amigo en cuestión había tenido la peregrina idea de que yo podía ayudarle. Así leí, allá por el año 2001, un libro cuyo título era Polietileno. Nunca supe si el texto había llegado a la imprenta o no. Después conocí a su autor, compartimos algunas birras en un centro cultural luqueño y tiempo después desapareció tal y como había llegado.
Hoy, para sorpresa mía –pues me había olvidado ya que alguna vez leí el texto–, veo que el libro hace poco que circula en las librerías de Asunción. Al parecer su autor, Enrique Collar, ha decidido por fin publicarlo, aventurarse en el campo narrativo después de sus celebrados trabajos pictóricos y su incursión más o menos feliz en el territorio de la dirección cinematográfica con Miramenometokéi (2002).
Polietileno tiene el acertado subtítulo de “Crónicas de un kurepiguayo”. Tanto éste como el título dan cuenta, en planos que se complementan, del universo que quiere narrar Collar. Por un lado, polietileno es ese material de que están hechas las bolsas en las que cargamos las cosas que traemos del almacén. Pero también es ese despojo que se deja batir por el viento en esquinas inhóspitas de las ciudades latinoamericanas, un signo de cierto desaliento, de azar cotidiano y urbano. Por otro lado, las “Crónicas de un kurepiguayo” hablan de la subjetividad desde la que están contadas las historias: paraguayos emigrados a Buenos Aires, frecuentadores de bares oscuros e intemporales, nostálgicos incurables, linyeras y prostitutas.
Enrique Collar ha querido mostrarnos la crónica de la Argentina de los 90: en un cuento, el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas, ocurrido en 1997, pende sobre los personajes como una daga escondida; en otro cuento, un hombre que no llega a completar el importe para su pasaje en colectivo, observa una manifestación de empleados de un instituto científico a punto de ser privatizado.
En general, todos los personajes –ubicados en los escalones más bajos del injusto edificio social– sienten el golpe de la crisis económica en sus bolsillos. En realidad, son unos adelantados: son como esos animales que perciben, antes que cualquiera, la llegada de algún desastre natural. Es decir, estos paraguayos y argentinos que pueblan los cuentos de Collar se han dado cuenta, con varios años de anticipación, de lo que realmente son: la punta de lanza de la marginación creada por el proyecto Menem para la Argentina. Son el momento inmediatamente anterior al apocalipsis de diciembre del 2001 (tal vez, no recuerdo bien, los días por los que andaba leyendo los originales de este libro).
Si hubo una literatura paraguaya del exilio político en Buenos Aires durante varias décadas, hoy también podemos esperar una emergencia de una literatura del exilio económico en la gran ciudad.
En 1966, Roa Bastos publicó El baldío, tal vez el más logrado acercamiento a la realidad del exiliado paraguayo en la Argentina por aquellos años. Quizá Enrique Collar no logre eso, necesariamente, con Polietileno. Pero es indudable que, aun cuando hay relatos fallidos desde el armazón literario, ha logrado verter en sus páginas las más interesantes crónicas paraguayo-argentinas de los últimos tiempos.

9/9/08

En tu vientre

Para ella y quien la habita

Crece dentro de vos
antiguamente nuevo
inédito repetido

Y yo a veces imagino
una multitud de herencias en su sangre
en otras
un surtidor exclusivo de mis propias venas
y de las tuyas

Es
hay que decirlo
un poco de todo eso
y mucho de lo que ignoramos

Crece en tu vientre
su hambre devora límites
barricadas de la muerte
ara silenciosamente
el criterio de los titulares
de los periódicos personales de cada mañana
nuestras noticias y comentarios
el delirio amniótico de nuestras risas

Yo todavía no lo siento como quisiera
con su latido asomando sobre el tuyo

De hecho
jamás llegaré a sentirlo como vos lo hacés
cotidianamente
morosamente
infinitesimalmente
desde que te levantás y caminás
hacia el baño la cocina el comedor
las calles arboladas del barrio
hasta que otra vez llega el sueño boca arriba
que inventás a mi lado
esta noche y la otra
aquel amanecer
y ese otro insomnio
de esta trinidad que encarnamos
con la poca experiencia de haber estado allí
en ese preciso lugar e instante
para crearla
y vivirla

2/8/08

El futuro baldío de Cormac McCarhty

Hace media hora, terminé de leer La carretera, de Cormac McCarthy. Hacía bastante tiempo que un libro no tocaba ciertas fibras mías, no me dejaba tan inerme ante la historia narrada, ni siquiera con la posibilidad de refugiarme en la complicidad lectora con ciertos personajes, con un extrañamiento atroz que, sin embargo, no mantiene su aséptica distancia. Escribo estas líneas aún al calor de las páginas recién leídas, casi como este sol invernal de Asunción.
Un padre y su hijo aún pequeño atraviesan la desolación del páramo a que ha quedado reducido un país -los Estados Unidos, aunque MacCarthy no lo diga- tras una aparente tragedia posnuclear. Abundan las bandas de caníbales, las huestes harapientas y residuales, los moribundos protagonistas del "fatigoso contraespectáculo de las cosas dejando de existir". En el centro: dos fugitivos con un carrito de supermercado (como en una metáfora de lo que resta tras la debacle posindustrial), una larga carretera, el mar lejano y posiblemente ceniciento. No conozco otra novela que haya desarrollado tan morosamente la relación padre-hijo en circunstancias tan desfavorables. Uno siente la amenaza de los otros como un heraldo que puede anunciar la muerte. Para el padre, la sentencia sartreana que habla de la otredad infernal nunca es tan cierta como ahora, una cuestión de vida o muerte; para el niño, todavía una naturaleza tan poco culpable sospecha un mundo posible y mínimamente humano en medio de la catástrofe. De ritmo lento casi siempre alejado de esos picos de tensión al servicio del lector huidizo, La carretera es un largo soplo de un viento que quiebra la piel y desgasta el magisterio de la esperanza poco a poco. Uno cree que la escapatoria es simplemente imposible. ¿Cuál es el futuro si uno ya vive en él? ¿Dónde está Dios?, se preguntan el padre y el hijo. Las respuestas están en la misma carretera que recorren, en la intransigencia de mantenerse vivos cuando el propio Dios ha muerto.
Mucho se ha hablado de la influencia de Faulkner en MacCarthy. Con razón. Ser un fabulador del Sur más primitivo y oscuro no es la única coincidencia. También el afán de enfrentar y rebelar al hombre contra el dedo acusador del destino lo es. Claro, en la estela de los trágicos griegos, de Shakespeare, de Dostoievski y de Onetti. Aunque suene fácil decirlo, esa literatura no es la más fácil de las que se han escrito a lo largo del tiempo. Abundan las cómodas mistificaciones, las obviedades pasadas por originales, los juegos de la ficción que dicen satisfacer el entretenimiento (su primera finalidad, afirman) mientras banalizan el sustrato existencial que narran. Su aparente dificultad espanta, según los moralistas de la complacencia. Tal vez... ¿pero no es un derecho tener en la literatura una reserva de lo osado, de lo difícil, inclusive de lo "aburrido"? Me parece que sí...
La prosa del escritor estadounidense es proteica. Por momentos late en ella la violencia apocalíptica que la misma historia le exige. En otros, una poética piedad humana la hace flotar un poco sobre la superficie del horror. A veces, la sequedad de los diálogos entraña algo profético, aunque lo que se diga no sea más que lo necesario e inmediato. En ese intento, narrado en las primeras páginas, de sacarle gasolina a una manguera de una estación polvorienta, con la certeza de que lo que queda es un olor convertido en "rumor tenue y rancio", se puede sentir ya la inmensa y peligrosa soledad del mundo en el que recalan los personajes. El hálito de vida es el fuego que llevan, la llama imaginaria pero real que con denuedo defienden hasta hacerla llegar a un lugar indeterminado -probablemente inexistente ya- donde se pueda volver a comenzar aunque no se pueda.
Hermoso libro realmente el de McCarthy. Una épica del desastre y del amor.

24/6/08

De las lecturas y otras yerbas



Es una de esas semanas. Tengo la cabeza atravesada por mil dagas, mil dagas literarias. Leo varios libros al mismo tiempo, terminé de escribir un cuento y empecé otro. No es normal en mí, lo sé, lo confieso.
James Ellroy está en mi sala. Las cien primeras páginas de L.A. Confidencial son un suspiro seco y sucio. Sus frases cortas, con olor a lápida -¿cómo es el olor a lápida?, en realidad no lo sé pero me lo imaigno- taladran mi cabeza con su ritmo telegráfico. Hay tres policías: a uno de ellos le pesa el asesinato de su madre de la que fue testigo, allá en su infancia, a manos de su propio padre; a otro, de la división de narcóticos, lo miran de reojo y mal las estrellas de Hollywood y la televisión, porque los persigue por consumir drogas mientras en su cama lo espera siempre una joven y bella ex drogadicta; al tercero, una inusual concepción del honor y la ética policíacas lo sume en el desprecio de sus iguales y en la cómoda aprobación de sus superiores. Desespera Ellroy con su sordidez, pero también despierta con su palanganazo de agua fría en el rostro de sus lectores. Nunca vi la película basada en la novela ni pienso hacerlo hasta que termine el libro. No es una novedad que casi siempre uno se lleva una decepción irritante cuando ve SU libro maltratado por el cine. De todos modos, puede que haya sucedido con él lo que alguien por ahí dice que sucedió con una mala tradución de Shakespeare: ni la más infame de las traslaciones puede esconder el genio de artista verdadero.
Manuel Puig está en mi habitación, abajo de mi cama. La traición de Rita Hayworth se dejó leer, hasta ahora, unas cincuenta páginas. Le decía a Eulo, un amigo que muchos conocerán y otros pocos no, que sorprende cómo Puig se adentra como en su casa en historias que aparentemente inducen a pensar que son más apropiadas para la radionovela o la telenovela. Esa, de hecho, es su marca: hacer un collage con la novela rosa, la experimentación más sutil e impertinente, el ritmo fuera del tiempo del pueblo y sus mitos. En la novela que leo hay dos amas de casa que debaten sobre las muchas formas de hacer que quede lindo un bordado; dos empleadas domésticas se reparten la parte de la historia que saben sobre los amores y desamores -aprobados o desprobados- de sus patrones. Eso, solo eso, en las primeras cincuenta páginas. Ya empieza a aletear de a poco la magia social del cine sobre el pueblo, el olor del perfume de Rita Hayworth. Algo va a suceder, como siempre, en torno a las historias y los personajes del cine, porque ellos, aunque no lo crean, son como nosotros o como queremos ser (por lo menos en las películas).
Woody Allen también está en mi sala, aunque sospecho que solo por ahora. En algún momento llegará a mi habitación, más temprano que tarde. Ayer me prestaron un volumen que recoge tres títulos de su autoría: Cuentos sin plumas. El mismo incluye el archiconocido Cómo acabar con la cultura de una vez por todas, Sin plumas y Perfiles. También fueron cincuenta las páginas que hasta ahora me acompañaron. Me reí mucho leyéndolo, como hace rato no sucede con ninguna de sus últimas películas. Un alemán llamado Friedrich Schmeed publica sus memorias, es el barbero personal de Hitler y arroja luces sobre hechos desconocidos del Tercer Reich: Hitler se embarca en una loca carrera por saber, preguntando con ímpetu nazi a sus más cercanos colaboradores, si un cambio de look le vendrá bien para darse renovados bríos y ganar la guerra: quiere dejarse las patillas, pero no decide si permitir que le crezcan ambas, la del lado derecho o la del izquierdo. Al final, una información de inteligencia zanja la cuestión: Winston Churchill también quiere dejarse las patillas y es inconcebible que el Führer imite al líder inglés, capo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Otra revelación: una conspiración de algunos militares del alto mando está en marcha. Quieren afeitarle el célebre bigote a la máxima autoridad alemana. Milagrosamente, Hitler se salva: su verdugo actuaba a oscuras y sólo atinó a rasurarle una ceja. En otro cuento, el últimamente enamorado y vuelto a desenamorar de Scarlett Johansson, cuenta la historia poco conocida del inventor del sandwich, que no es otro que el conde de Sandwich. Éste desde niño ya había mostrado una sagrada inclinación hacia la "gastronomía de autor". En trance por el inminente momento en que inventará el bocado que solemos engullir ante la alucinada presión del tiempo, el conde avisora su cercano invento: corta dos rebanadas de pan, las coloca una sobre otra y encima de las dos pone un trozo de pavo. ¡El sandwich ya está a punto de ser inventado! Así ko es Woody Allen. Cuando uno termina de ver una de sus más recientes creaciones y sale con una leve frustración de la sesión, te ofrece la posibilidad de buscar en la mesita de la sala de tu casa un ejemplar de un libro suyo y conjurar el fracaso con una risa desvergonzada e inteligente.
Otro libro. Alberto Fuguet. Ayer traje sus Apuntes autistas de la casa de Jazmín, poeta y actriz que muchos conocerán y otros pocos no. Es un libro que te cuestiona. Te cuestiona tus propios gustos, tus propias diatribas. Tus filias y tus fobias. Es una especie de autobiografía basada en lo que el chileno viajó, leyó, vió y escribió. Con este libro partí con ventaja. Antes de prestárselo a Jazz, leí unas cien páginas, un poco -no, muy- desordenadamente. Lo mejor: su encuentro casual con Richard Ford, el autor del libro en el que está basada la película El día de la independencia. (El encuentro incluye una visita posterior al edificio en donde trabaja el escritor y guionista, en donde estaaaaa nomás Martin Scorsese). Sus divagues, muy personales, sobre el cine en particular y en general (una apología honesta, y fanática también, de John Cusak, un encuentro con Woody Allen, sus mambos con la crítica de cine). Su defensa a regañadientes del Gabriel García Márquez periodista. Su entrevista con Woody Allen. Sus referencias que le permiten a uno decir "este es de los nuestros". Lo peor: Sus ataques al llamado "cine-arte": critica la pose intelectual del cine europeo frente al armazón narrativo más asible del de Hollywood. Fuguet pretende ser un adelantado que descubre que Hollywood tiene muchísimas cosas buenas y que el "cine-arte" es snob. No alcanza a darse cuenta que esa pretendida "inteligencia" con que desdeña y defiende lo convierte en un snob más que reivindica lo que otros critican.
Hoy me trajeron el último libro de Philip Roth, Sale espectro. Es el escritor norteamericano vivo que mas me gusta, muerto Kurt Vonnegut, repetido hasta el hartazgo Paul Auster, perdida las huellas de John Updike, una sola novela leída de Don Delillo, ninguna de Thomas Pynchon que dicen que la rompe. Leí el primer capítulo y pinta bien. Un escritor solitario y de setenta años regresa después de muchos años a Nueva York, en una etapa en que la fama ya le es esquiva y el cáncer de próstata lo condena a la incontinencia urinaria. Vamos a ver cómo sigue la cosa.
Me acabo de dar cuenta que sin quererlo, casi todas mis lecturas están signadas por el cine. Ando viendo mucho cine también. De hecho, antes de terminar este divague, vi una película, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Interesante western, lento como no se acostumbra tanto en el género, pero si en lo más cool de Hollywood (Fuguet diría que es una mala influencia del cine europeo y yo me reiría pérfidamente). Brad Pitt como siempre: actuando para las mujeres. Él es el protagonista, él es Jesse James, pero el que interpreta a Robert Ford, Casey Affleck, se roba la película, como le viene sucediendo a menudo a Pitt cada vez que se enfrenta a un papel principal. El filme, para mi gusto, tiene partes extraíbles, unos veinte minutos de más, un elenco dispar. Ya da para sentir nostalgia del western.
Bueno, me cansé.

20/6/08

Nostalgia japonesa en Tokio blues

No recuerdo la primera vez que escuché o leí el nombre de Haruki Murakami, pero no habrá sido hace mucho tiempo. Dos o tres años, acaso. Es casi seguro que fue por la misma época en que los nombres de Kazuo Ishiguro y de Hanif Kureishi llegaron a mí, tan sonoros y lejanos como el primero, con ese sospechoso halo exótico ya trasvasado de "realidad consumible", a causa de la mistificación que opera sobre los "objetos de consumo" la cultura occidental (vamos, la norteamericana, especialmente).
Hace unos meses conseguí un título de cada uno de estos escritores y, acicateado por la curiosidad, leí sus libros. En este lugar hablaré, primeramente, de Tokio blues de Murakami.
Publicado originalmente en 1987, en Japón, país de donde es originario su autor, Tokio blues vendió casi cuatro millones de ejemplares y catapultó a Murakami al sitial del escritor japonés de la actualidad de mayor proyección mundial. Su traducción al inglés permitió que otras lenguas albergaran la novela, entre ellas el español.
La misma habla de un estudiante universitario japonés (Toru Watanabe) que en un aeropuerto de Hamburgo, Alemania, escucha en los altoparlantes la melodía de "Nowergian wood" de Los Beatles, y el recuerdo de su adolescencia y su juventud, asociado inefablemente a esa melodía, es recobrado no sin nostalgia y amargura. Allí comienza la tantas veces visitada y revisitada "búsqueda del tiempo perdido", en donde la canción de Los Beatles es la magdalena sumergida en el té que provoca el deseo de recuperación de la infancia del protagonista de la célebre obra de Marcel Proust. Entonces es cuando Naoko, Kizuki, Nagasawa, Midori, Reiko y otros pocos más flotan sobre la superficie de la memora del protagonista y narrador de Tokio blues.Todos ellos están particularmente relacionados con el personaje principal por medio del suicidio, la locura, el amor y el sexo. Un cóctel explosivo, gris y pérfido por momentos.
La novela es un aterrizaje (sutilmente turbulento, aparentemente inocente) a los años 60 en Japón. La metáfora utilizada aquí en relación al inicio de la novela no es casual.  Si bien la historia no ceja en su cometido de atrapar por el lado de los enredos con el mundo y consigo mismo de parte de Watanabe, hay una veta, caudalosa y subterránea, que desemboca en las señas de identidad de un Japón progresivamente incorporado al ritmo de la cultura occidental tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. El aterrizaje de Watanabe en Alemania, el origen de su divague memorioso, sigue los puntos suspensivos del pasado para buscar el principio de la tristeza, pero también los preliminares del aterrizaje de una penetración cultural celebrada o simplemente aceptada sin más, aunque ello no merezca, al parecer, mucha atención en la superficie de lo narrado. Por eso, los marcos referenciales a que se remite la obra (en cuanto a la cultura) y que envuelven a los personajes, son decididamente occidentales: Nagasawa, el amigo escéptico -cuando no nihilista- de Watanabe, tiene, como éste, a El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald como libro de cabecera; Los Beatles planean con su fulgor desenfadado, cándido o denso, sobre toda la novela; las discusiones universitarias están regadas de un marxismo a medida, de lo que resulta una especie de juego de niños a veces intolerable, con el fondo de una cantinela revolucionaria ingenua; Watanabe estudia Teatro en la universidad y cuando su compañero de cuarto, Tropa-de-asalto, le pregunta qué es exactamente lo que estudia, el mismo explica que lee a "Racine, Ionesco, Shakespeare", y más tarde a un moribundo le habla del teatro clásico griego. Son solo muestras de cómo el discurso está transversalmente cruzado por marcas -a veces, marcas en el sentido puramente comercial del término, el de Naomi Klein- oriundas de otras matrices culturales, que fueron apropiadas por los japoneses, resignificadas en algunas oportunidades, simplemente aceptadas con sus carencias de espesor semántico en otras. No se nos cuenta -no lo busquen en ninguna de sus páginas- qué es de la vida de Watanabe tras el descalabro de su juventud. Solo un dato: un aterrizaje en el aeropuerto de Hamburgo, heridas del pasado. ¿Watanabe huye de ese Japón devenido en vértigo y se arropa con las marcas y cicatrices de Occidente? No lo sabemos, pero hay lugar para la sospecha.
En lo que hace, estrictamente, a las tribulaciones del joven Watanabe, hay una referencia ineludible para el lector medianamente informado: Milan Kundera. Pero todo lo que en éste es excesivamente insoportable y leve, en Murakami es concentrado y creíble. El japonés, al igual que el checo, busca decir lo indecible de los pasajes de la vida cotidiana y su conflictos posibles. Pero Tokio blues no está imbuido de ese tufillo oportunista que exhala en las portadas caracterizaciones comerciales del tipo "la novela sobre la represión comunista en Checoslovaquia", como sucede con Kundera. Tal vez por eso el checho hoy está escondido tras su propia cortina de hierro, incapaz de reactualizar su discurso, pretendidamente eterno.
Tokio blues tiene todas las señas de las novelas contemporáneas: desenfado, linealidad sin óbices, cierta permeabilidad cinematográfica, contextos macrosociales mimetizados sutilmente en los más mínimos avatares de los personajes. No será una de las grandes novelas de los últimos veinte años, pero pide a gritos que se la lea por honesta y entretenida.

17/6/08

Creación y erudición

El libro Poesía congregada y otros afanes (2007), de Carlos Villagra Marsal, permite varias entradas, desde las puertas que abren los catorce poemas de la primera parte, ubicados en contextos temporales específicos y sus motivaciones varias, pasando por la reflexión crítica sobre un momento fundacional de la modernidad literaria en español (la del Siglo de Oro), hasta el responso personal y la ubicación estratégica y particular de dos poetas paraguayos, José-Luis Appleyard y Elvio Romero, en el concierto de la literatura nacional.
Seguir la lectura de los poemas en el orden cronológico propuesto por Villagra Marsal hace que se puedan percibir las evoluciones formales y temáticas de la poética del autor de El júbilo difícil. Los versos escritos en los años 50, según se consigna al pie de los poemas, se reparten entre la utilización de la métrica endecasilábica y de versos de arte menor y su (aparente) abandono. Quizá el más resaltable de esos poemas sea el soneto “Donde estuviere”, dedicado a Hérib Campos Cervera en el año de su muerte, 1953. “Hérib, la primavera de tu sombra/ convierte en luz el agua de tu herida/ y en música de siglos tu desvelo”, dice Villagra Marsal, acaso erigiendo justicieramente la sombra tutelar de Campos Cervera sobre los
poetas de la generación del 50,a la que pertenece Villagra.
En los poemas de las décadas del 90 y del 2000, hay un mirada especular y metalingüística del acto mismo de escribir. Ya no la elegía, sino la gravedad del poeta ante su instrumento creador y el resultado. En “Los solitarios” el poeta no tiene más que a su propia creación: “Únicamente yo y este poema somos en el mundo”. En un poema sin título de 1997 se reafirma la tendencia: “Solamente estos versos y yo palpitamos en el mero universo”. Y la conclusión en “Certeza y no”, del 2001, se llena de angustiosa incertidumbre: “El poeta ya no sabe quién es”.
Las Novelas ejemplares, de Cervantes; La Celestina, de Fernando de Rojas; Fuenteovejuna, de Lope de Vega; El Lazarillo de Tormes, de autor anónimo; y La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca, son las obras analizadas por un atento y erudito Villagra Marsal. La elección de estas obras no es casual: proponen cuestiones inherentes a la teoría y la historia de la literatura en español, además de demostrar que –con mayor intensidad hasta la generación del 50, sin obviar a las siguientes– la literatura española de los siglos XVI y XVII ha sido una fuente ineludible para los escritores paraguayos.
En cada uno de los estudios, Villagra aporta un descubrimiento preciso y oportuno: muchos de los términos utilizados por los autores analizados, a veces tomados de las capas sociales más bajas de la España medieval y renacentista, han emigrado al castellano paraguayo. Algunos ejemplos: rabel, sortija (el juego a caballo), ladronicio, malavisión, entre muchos otros; o locuciones como “no me hallo” (no estoy a gusto) y “¿qué a mí?”.
Dos de los ensayos, a mi parecer, son los de mayor profundidad y relevancia, por razones que se tocan y se separan. Por un lado, el dedicado a La Celestina, por ser ésta la obra que empuja el nacimiento del teatro clásico español y por mostrar la importancia de la misma en el contexto ibérico y aun mundial: Fernando de Rojas era un judío converso, habitante de una España decididamente intolerante tras la expulsión de los hebreos y los musulmanes, hecho y consecuencia que marcarían de manera decidida y única la redacción de La Celestina. Por otro lado, el dedicado a La vida es sueño, por ser esta obra, simbólicamente hablando, el telón, el último suspiro del Siglo de Oro antes de sumirse en un ocaso, que no dejó de tener sus honrosas excepciones, pero que ya no llegaría a la cumbre cultural alcanzada por la España de aquel tiempo.
Sobre La Celestina me gustaría decir algo. Villagra Marsal se acerca, tímidamente y sin quererlo, a una vinculación de la obra de Fernando de Rojas con un autor también proscripto, y aun ignorado por la “crítica seria”, sospechosa de conservadurismo moral más que literario, como lo denunciara Susan Sontag: el Marqués de Sade. Cuando Villagra lamenta la no aparición de Rojas en La Literatura y el Mal, de George Bataille, no consigna que el autor canónico del pensador francés es otro “maligno” francés: Sade. Según muy bien acertó a iluminar el escritor español Juan Goytisolo, en su ensayo “La España de Fernando Rojas” (Disidencias, 1977), con título homónimo al libro de Stephen Gilman, The Spain of Fernando Rojas (1972), autor citado como un comentarista más por Villagra Marsal, Sade tiene en La Celestina un “precedente notable” de su universo: el del Mal y el egoísmo como categorías de lo humano más humano (catalizados por el erotismo), el de la soledad y la incomunicación, el del cristianismo erosionado y la diferencia como cruz y como estigma social. Ahí radica uno de los puntos claves de la modernidad de Rojas: como Sade, ha desembocado en nuestro tiempo pulsando las represiones individuales y sociales más sensibles y convirtiéndose de acusado en acusador, como anota Goytisolo.
Finalmente, los sentidos textos dedicados a José-Luis Appleyard y Elvio Romero nacen de la fuente de la amistad para decir –con la nostalgia del compañero que se queda a sufrir la ausencia– el exacto lugar que ocupan los nombres de estos poetas en la literatura nacional. Appleyard expresó “el más variado espectro de nuestra condición humana paraguaya y por ende universal”; y Romero es “el más leído de los poetas del Paraguay”. Todo dicho.
Un libro breve, pero precisamente concentrado en sus potencialidades imaginativas y críticas, el de Villagra Marsal.