16/1/10

Camus, el amigo: Entre Sontag y Savater

Lo confieso no sin cinismo: el primer libro que robé en mi vida fue uno de Albert Camus. Estaba en la secundaria y había leído antes El extranjero y La peste. Me dejé regocijar por la indiferencia moral de Mersault, seducir por la esperanza postrera del Dr. Rieux: "hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio". Ante un volumen con los textos de Bodas y El verano, no pude resistirme. Lo saqué de una biblioteca pública y no lo devolví. No me arrepiento: era muy joven, sin un guaraní en el bolsillo, aunque hoy ya no lo haría. Lo cierto es que después de leer esos dos títulos, caí en la cuenta de que Camus era ya para mí como un amigo, que su misma prosa trasparente y abrigadora, sus personajes atribulados o abúlicos, su propia vida y su absurda muerte, eran amigables.

Un par de años después me encontré con este texto del filósofo y novelista español Fernando Savater: "Sin duda, Albert Camus es uno de los protagonistas literarios de nuestro siglo que más amistades entrañables ha despertado en sus lectores". Y otro par de años después, en un ensayo de su ya clásico Contra la interpretación (1966), Susan Sontag decía algo parecido (no tengo el ejemplar a mano). ¿Lo que creía una personal relación literaria con Camus era, a fin de cuentas, un extendido consenso? Un Savater poco más que veinteañero pudo haber leído el libro de la norteamericana, repetido el juicio décadas después como idea propia. Ahora que recuerdo, el español, además, afirmó en Despierta y lee (1997) que conoció la obra de Emile Ciorán gracias al parisino diario Le Monde. Pero da la casualidad que una de las primeras en dar a conocer en el mundo al filósofo rumano fue Susan Sontag... en Contra la interpretación. ¿Casualidad? No es ningún pecado (capital, de esos que le gustan a Savater), pero llama la atención.

Camus sigue siendo un amigo, aunque poco o nada lo lea últimamente; a Sontag también se la extraña; a Savater le va bien en el hipismo.

9/1/10

Brígido Bogado: “Para el mundo indígena sigue habiendo dictadura”

Estaba sentado en un céntrico bar-restaurante asunceno. Frente a mí, una botella de cerveza. Esperaba a Brígido Bogado (1963), quien desde hacía unos días estaba en Asunción, procedente de la comunidad Pindó, en Itapúa. “¿Por qué un café con este calor –me dijo en guaraní por teléfono, unos días antes, al aceptar mi invitación-, parece que es mejor una cerveza”, sugirió riendo. Y cumplí al pie de la letra su indicación. Llegué media hora antes y él justo a la hora pactada porque, como me dijo más tarde, para los mbya la puntualidad es un valor.

Conocí a Brígido, paradójicamente, fuera del país, en Buenos Aires, en donde coincidimos en la Feria del Libro de principios de 2009. Con el ruido persistente de la calle Corrientes de fondo, me contó que las comunidades indígenas y campesinas de Itapúa se encuentran constantemente amenazadas por la soja, por los agrotóxicos. Productores paraguayos, brasileños, alemanes y japoneses conforman la “multinacional” de la oleaginosa en esa parte del país. Para ellos trabajan gran parte de los habitantes de los asentamientos ubicados allí, muchas veces desmalezando lo que las modernos métodos no han podido hacerlo. Esta realidad es relativamente reciente, y algo de ello se cuela entre los versos de Brígido.

Nacido en el tapyi de Arroyo Frazada, cerca de la colonia Fram, en Itapúa, el poeta pasó gran parte de su infancia y adolescencia lejos de su comunidad, como criado de una familia de Carmen del Paraná. Estudió en escuelas y colegios religiosos. Luego se matriculó en Filosofía en el Instituto de Teología de la Universidad Católica de asunción. Fue durante sus estancia en isntituciones de influencia religiosa en donde se rodeó de libros que lo fueron llevando poco a poco a la creación literaria. En el Seminario “teníamos una biblioteca completa –cuenta-. Empecé a leer todo lo que era literatura, poesía, cuento, fábula, novela, y fue lo que me llevó a gustar de la poesía”. Pero no solo eso, una profesora de sus tiempos de estudiante secundario le dijo: “Brígido, vos tenés que escribir porque tenés muy buenos pensamientos y tenés facilidad de palabra”, según cuenta el mismo Brígido. Y él no tardó en seguir el consejo de aquella profesora: en tercer curso del bachillerato ganó un concurso de poesía en el colegio. “A partir de ahí fui escribiendo y acumulando todo ese trabajo, sobre todo escribía también porque era una forma de salvarme de muchas cosas, porque yo estaba entre los no indígenas y era bastante rechazado”, explica con cierta expresión amarga, pero para nada dramática. Algunos de los títulos que publicó son La tierra y el ser, El ayer y el hoy y Canto de la tierra. “El canto de este mbya se abre en un caulda torrentoso, capaz de decir la rebeldía, la angustia, la tristeza, el amor, la ternura, el llanto, el ruego”, escribe la poeta Susy Delgado en el prólogo de Canto de la tierra, publicado en 2007.

Ya de joven, Brígido volvió a su comunidad y sintió el llamado de su sangre y su historia. Se comprometió desde el primer momento en la trabajo por ella y, de hecho, uno siente que su propia poesía él la entiende, en última instancia, como un aporte social a sus orígenes y su gente. Hoy es un reconocido docente de la comunidad, labor que suele traerlo a Asunción en jornadas organizadas por el Ministerio de Educación.

-¿Cómo ven tus amigos, tus familiares de la comunidad tu inclinación hacia la poesía?

- Hubo un tiempo en que había un cierto temor o desconfianza, no había mucho acercamiento. Pero después cuando pasó el tiempo, ya no hubo problemas. Ellos sabían que existía un mbya estudiando afuera, pero eso me contaron ya después. Porque los dioses ya habían hablado de esto dentro de los ritos, y eso para mí fue muy fuerte cuando hubo el acercamiento, cuando me aceptaron de vuelta. Una sinceridad total. A partir de eso, el hecho de escribir es algo totalmente nuevo para los mbya. En la zona de Itapúa hubo bastante resistencia para la implementación de la educación formal. En 1989 se forma la primera escuela indígena en Itapúa. El pueblo mbya guaraní es bastante resistente a los que no es nuestro. Conmigo se inició la primera escuela, fui el primer docente.

-¿Cuál es la influencia de la cultura mbya en tu poesía?

-Siempre estuvo ahí, por el hecho mismo de la discriminación que yo sentía, que yo experimentaba diariamente. Yo digo que eso por lo menos va cambiando, a medida que la gente se va dando cuenta del valor de la cultura y el de la persona misma. Sinceramente te cuento que hasta ahora, de parte de la gente que no me conoce, hay un cierto rechazo. Siempre estuvo presente la cultura y la naturaleza en mi poesía, porque eso es lo que se respira dentro de una comunidad indígena: el respeto a las personas, a la naturaleza, a la propia cultura. Se siente que hay que agruparse, permanecer juntos para que sea lo más original posible, porque la influencia de la cultura foránea es muy fuerte.

Cuando se trata de lecturas e influencias, Brígido es profundamente paraguayo. Menciona los nombres de Augusto Roa Bastos y Elvio Romero, pero también el de Rafael Barret y, sobre todo, ese gran poeta guaraní y campesino que fue Darío Gómez Serrato. “La compilación de poetas sociales hecha en dos tomos por Luis María Martínez también leí mucho y me influenció”, completa. “Todo eso influye, es como tomar esas experiencias y relacionarlas con el mundo indígena, mezclar todo eso y sacar algo que sea original, algo propio. Tengo sentimientos similares a los poetas de la época de la dictadura, porque hasta ahora por lo menos para el mundo indígena sigue habiendo dictadura”, remata con énfasis en la última palabra.

Hacia el final de nuestra conversación me contó que en estos momentos se encuentra buscando financiación para formar un centro cultural en Pindó, el mismo incluiría una biblioteca y un museo que reúnan la sabiduría milenaria de los mbya y se inserte, a su vez, en una ruta turística del Sur del país que promocione la producción simbólica de la comunidad. También me cuenta que desde enero se meterá de lleno en la tarea de escribir una historia de los mbya en Itapúa, una misión que no lo arredra y que será un aporte importante para la cultura paraguaya. Le deseo suerte en sus emprendimientos, nos tomamos el último trago de cerveza y nos despedimos, conscientes de que es el cometido de este país imaginar sueños y destinos comunes para los paraguayos y los indígenas, ambos diferentes e iguales al mismo tiempo.

La Historia

Desde hace 500 años

estoy muerto.

He muerto en manos

de capangas y capataces,

de terratenientes,

quienes compraron mi hogar

y lo convirtieron en cenizas,

fui muerto

por querer salvar a mis hijos.

He muerto

por defender

las bellezas de mi Madre

que fue y es ultrajada

desde entonces,

y aún no se contentan,

aunque ya no tenga

belleza su cuerpo,

le han hecho pedazos

cruzándola de alambradas

que destrozan su cuerpo,

llenándola de heridas.

He muerto por querer vivir.

Más vivo que muerto,

más muerto vivo.

23/12/09

Bukowski, nacido en la poesía

El hombre se levanta, aturdido por el alcohol. En el otro extremo de la habitación hay una máquina de escribir que parece vieja y en desuso, excepto porque hasta ella va el hombre, arrastrando los pies como un gigante cuyas alas baudelerianas no le dejan caminar. “El acto creativo se realiza aquí, en esta máquina, justo aquí”, dice el hombre, golpeando las teclas. Mira de reojo a la cámara, con cierta cólera de quien se ha visto espiado en lo más íntimo de su ser, y pregunta: “¿Ves esta puta cosa?”. Él mismo contesta, con un dejo de orgullo y rabia: “Ahí es donde se hace”. ¿Qué es lo que ahí se hace, en esa máquina de escribir en aparente reposo, en una habitación oscura de un edificio anónimo de Los Ángeles? La literatura-vida de Charles Bukowski, esa que se puede ver en Born into this (2003), documental de John Dullaghan.
Luego de siete años de investigación, recopilación y edición, Dullaghan presentó al público una película de casi dos horas de duración sobre la vida del ácido poeta norteamericano. Yo no me había enterado de su existencia, hasta que leí una nota en el suplemento cultural del diario El Mercurio, de Chile, que un buen amigo tuvo la gentileza de traerme de Santiago. Las interminables praderas digitales de Internet hicieron el resto para que pudiera verla, en una madrugada regada de cerveza, como corresponde al caso.
Bukowski era ya a mediados de los setenta un conocido vociferante del underground de Los Ángeles, sobre todo desde las sesentistas “Notas de un viejo indecente”, en las páginas del Open City y el L. A. Free Press, dos periódicos de modesta tirada, hoy recordados más bien por haber albergado su pluma. De hecho, en 1969, Bukowski hizo una selección de esos escritos y en el prólogo escribió: “…sólo soy un viejo con algunas historias sucias. Que escribe para un periódico que, como yo, podría morir mañana por la mañana”. Pero hubo un momento en esos promediados años setenta cuando Bukowski pasó de ser un minoritario autor de culto a ser una verdadera insignia de la contracultura estadounidense. El poeta y editor Lawrence Ferlinghetti tenía en San Francisco una editorial, City Lights, que se había pasado los años sesenta dando a conocer libros de autores beat, como Aullido, de Allen Ginsberg. Bukowski desembarcó en el libérrimo San Francisco para dar su primer gran recital en el Poet’s Theather, de su editor Ferlinguetti. Unas setecientas personas aullantes lo esperaban y festejarían cada sílaba leída como si de un orador político se tratara: el poeta había abandonado las sombras y encarnaba una pública forma (poética) de hacer política, la de tocarle la oreja con un atizador al imperio. Un atizador hecho de palabras. Es ese el punto de partida del emotivo documental de Dullaghan.
El filme cuenta con una serie de entrevistas a amigos, editores, parejas de Bukowski. Además se puede escuchar a, por ejemplo, Bono y Sean Penn hablar de cuánto han influido en ellos su obra, o al oscuro Tom Waits develar su tan previsible como inevitable admiración por el escritor. Los testimonios de mujeres con quienes salía, como Linda Lee, dan datos y anécdotas de primera mano. Pero, definitivamente, lo que hace de este documental algo poderoso y único es la posibilidad de ver y escuchar al propio Bukowski desgranando su extraña lucidez alcohólica. Hay momentos cumbre: su lenta caminata por el barrio, mientras de fondo se lo escucha leer el poema que da nombre al documental; cuando confiesa que la violencia a que era sometido por su padre fue su mejor formación literaria; cuando lee el poema “La ducha” y de repente se quiebra y llora ante el recuerdo de quien inspiró esos versos; cuando, durante una entrevista de televisión concedida en su propia casa, recrimina a Linda Lee su inapetencia por estar exclusivamente a su lado y le da una patada al tiempo de amenazarla con contratar a “un abogado judío” para echarla a la calle.
Hay ciertos pasajes en donde uno siente que Bukowski es una especie de animal de circo. Todos a la espera del espectáculo que pueda dar el poeta denso y jodido. Pero en realidad, es la lógica extrema, absolutamente sensata y honesta del propio Bukowski la que invade la vida nuestra y nos interpela sobre la valentía del “gesto del que se traga una espina para ararse el corazón”, como decía un poema escondido en una novela de Miguel Ángel Asturias.
Bukowski
escribe para los que habitamos en el sótano oscuro de ese edificio abandonado que es este tiempo”, escribió Enrique Symns, el señor de los venenos argentino, escritor, conspicuo bebedor como el norteamericano y antiguo monologuista en presentaciones de bandas como Los Redondos y Bersuit Vergarabat. Es probable que Symns tenga toda la razón. Algo de eso se siente cuando Bukowski aporrea la máquina de escribir y enuncia su pertenencia al duro e infernal oficio de escribir. No es fácil encender una vela en un sótano para mejor ver nuestra propia cara muerta de miedo y miseria. Borracho y todo, Bukowski lo hizo, lejos de todo dramatismo vacuo, con muchísimo y necesario cinismo. “Disculpadme, ustedes tienen mi alma y yo tengo su dinero”, dice en uno de sus recitales. Disculpado totalmente: el alma de Bukowski no tiene precio.

El borgiano hombre de las noticias

Mañana de un sábado estival de 1999. Aula de la Facultad de Filosofía, de la Universidad Católica de Asunción. Enfrente, el poeta Jacobo Rauskin habla, gesticula, sostiene sus anteojos con una mano y con la que le sobra traza en la pizarra su letra alborotada: está analizando el poema “Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad”, de Jorge Luis Borges; pondera los fieros marineros de cigarros eternos, ponderados a su vez por el mismo Borges. Estoy en un curso sobre el autor de Ficciones, realizado en el año de su centenario. Minutos antes, había llegado con cierta inseguridad, propia de quienes detestan entrar por primera vez a un aula desconocida llena de gente desconocida, excepto por mis amigos, borgianos impenitentes, Carlos Bazzano y Javier Viveros. Desde el fondo del aula, de repente, surge una voz que pregunta algo, doy media vuelta y aparece un rostro conocido: es el conductor de televisión Mario Ferreiro, curioso de no sé qué arista semántica de la poesía de Borges. Una pura sorpresa. “¿Un borgiano en la televisión?”, nos preguntamos con inocultable desconfianza.
Esta semana, diez años después de aquel curso, ese borgiano de la televisión presentó El tranvía, su primer libro de cuentos, un género que en alguna que otra ocasión le ha permitido cierto reconocimiento en certámenes literarios. En el prólogo, el mismo Ferreiro reconoce el influjo de Borges —ineludible a estas alturas, aunque no se note—, pero también el de Charly García, Chico Buarque, Joaquín Sabina y otros. Son siete relatos escritos con una prosa precisa, telegráfica cuando tiene que serlo, levemente retórica cuando debe. Herencias de un ejercicio periodístico que el autor conoce muy bien.
El cuento que da nombre al volumen es un implacable retablo, no exento de ironía y nostalgia, de la juventud pequeñoburguesa y antidictatorial de los años setenta, con sus sueños redentores hechos a la medida de una heroicidad acaso más turística que otra cosa, aun cuando el camino esté sembrado de buenas intenciones. El “Proyecto Manhattan” es, aun cuando la anécdota no termina de afirmarse, una interesante postal austeriana de Nueva York, con fondo de Bob Dylan e imágenes de Woody Allen. “La última oportunidad” y “El mar y la ausencia” tienen protagonistas históricos: el Mariscal López, en el primero, y Stroessner, en el segundo. El autor sale bien parado en la cita con estos difíciles personajes. López suda dignidad y rabia en el encuentro de 1866 con Mitre, en Yataity Corá; Stroessner, marchito y ceniciento, días después del golpe del 89, y en su dorado exilio brasileño, sigue pensando que el teléfono sonará con el recado de “su pueblo” pidiendo su regreso al poder. “Estrella fugaz”, con un certero epígrafe de Los Redondos (“Yo sé que hay caballos que se mueren potros sin galopar”), es de lo mejor del libro: la historia del rápido ascenso y descenso de Tommy Bolin, guitarrista norteamericano de rock (que a mediados de los 70 llegó a suplantar al mítico Ritchie Blackmore en Deep Purple), muerto de una sobredosis de heroína a los 25 años, con un paraguayo como testigo y narrador.
Los escenarios, los temas y los referentes de Ferreiro vienen, por suerte, del lado oscuro de su generación, que es como decir del lado oscuro de todas las generaciones. Es una de las pocas maneras de escribir un libro honesto contigo mismo. Además de escribir un buen libro, como éste, el del borgiano hombre de las noticias.

16/11/09

Los Ángeles, las pastillas y el olvido

Originalmente, pensé en escribir una reseña alucinógena, bien drogona sobre Delitos a largo plazo, la novela del escritor inglés Jake Arnott, que diseña una Londres de los 60’ gangsteril, con Rolling Stones y ácido lisérgico de fondo. Es que desde hace solo unos pocos meses podemos disfrutar en español de este libro, gracias a la caradurez anglófila del escritor argentino Rodrigo Fresán, quien convenció a la Random House Mondadori de publicar una colección de historias policiales o de gángsters de autores en su mayoría absolutamente desconocidos en nuestro idioma.
Cuando cayó en mis manos Nocturna, la primera novela del director de cine Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, El laberinto del fauno), pensé que podía devorarme sus más de 500 páginas en tiempo record y escribir sobre ella, pero todavía está allí sobre la mesita de luz de mi habitación, prácticamente intocada.
Entonces, un amigo me sugirió que viera The informers (2009), la recientemente estrenada película basada en la novela homónima del norteamericano Bret Easton Ellis. Después de verla me pasó algo que no solo pone en entredicho mi memoria, sino vuelve a hacerme pensar en las relaciones entre el cine y la literatura: solo cuando comentaba el filme con quienes lo había visto, me di cuenta no solamente que tenía un ejemplar de la novela entre mis libros, sino que la había leído hace tres años. La primera página tiene mi firma y la fecha 2 de junio de 2006. ¿Cómo había podido sucederme eso? Por un lado, la traducción al español lleva el título de Los confidentes (1994), factor lingüístico que a fin de cuentas no es para nada excusa suficiente; por el otro, además de no haber fijado en la memoria más que la bien ochentosa banda sonora del libro (mucho Culture Club y Boy George) y el festín de drogas que se dan sus personajes, releyéndolo me di cuenta que hay varias diferencias con la película que podrían no hacerme recordarla. Quién sabe. Aunque, pensándolo mejor, no hay excusa que valga.

Bret Easton Ellis (foto) se hizo mundialmente conocido por American Psycho (1991), que también tuvo su festejada versión fílmica. Es un novelista de la llamada Generación X (a la que por rango de edad yo debería pertenecer, cosa a la que me niego sistemáticamente por no vivir en una sociedad saciada como la de Ellis, entre otros motivos): apatía, aburrimiento y conformismo de una adolescencia de fines de los 80 y principios de los 90. Es también el novelista del perverso solaz yuppie. Los confidentes es una obra sobre esos jóvenes millonarios norteamericanos que son capaces de ingerir ingentes cantidades de pastillas estimulantes mientras conducen sus lujosos autos por las anchas avenidas en los amaneceres plomizos de Beverlly Hills. Tim, Raymond, Graham y Dirk son cuatro jóvenes sobre los que pende el recuerdo amenazador de su amigo Jamie, muerto en un accidente automovilístico. La madre de Graham tiene un amante de la edad de su hijo, y su padre está enamorado de una conocida conductora de un noticiario televisivo. El padre de Tim quiere reconciliarse con él, aunque su sospecha sobre la homosexualidad de su hijo y las ganas de acostarse con una amiga del muchacho parecen echarlo todo a perder. Bryan Metro es una estrella de rock, alcohólico y drogadicto, víctima propiciatoria de la industria de la música y de sus ejecutivos mefistofélicos. Jamie, antes de morir, tenía su propia y particular adicción: acostarse con prostitutas, luego asesinarlas y beberse su sangre. Peter es un secuestrador de niños y Jack es su cómplice. Hay, en fin, una serie de historias paralelas que muestran la locura y la decadencia de cierto sueño americano podrido un su propio ombliguismo. En una carta, Anne le escribe desde Los Ángeles a Sean, su ex novio: “Me refiero a que aquí hay como una diversión que acecha constantemente al conocer a todos esos chicos absolutamente atractivos (son estúpidos pero son tan guapos… ¿Celoso? No lo deberías estar) y en ir con todos esos chicos ricos y consentidos de Beverlly Hills a los clubes o a la playa y dormir el día entero gracias al Valium, vestirse, pasar la noche entera bailando y bebiendo o lo que sea en casa de alguien en lo alto de Mulholland. Todo es divertido pero también aburrido”.
Ellis fue uno de los guionistas de la película, dirigida por un ignoto Gregor Jordan, lo que probablemente hizo que la misma mantuviera algo de la esencia disruptiva del libro. Los personajes son básicamente los mismos, aunque se hecha en falta la ausencia de la historia vampírica de Jamie, que según tengo entendido estaba previsto incluirla, pero inexplicablemente la excluyeron. Winona Ryder reaparece, en el papel de la presentadora de noticias, demasiado aseñorada para quienes nos acostumbramos a verla eternamente adolescente y problemática; Mickey Rourke, quien interpreta al secuestrador, está bien envarado en su nuevo aspecto de hombre rudo y demente; Kim Bassinger, puras expresiones faciales de mujer engañada, casi desapercibida como su marido, interpretado por Billy Bob Thorton; grandes revelaciones: la promiscua belleza rubia de Amber Heard, y el impecable papel desempeñado por Brad Renfro como neurótico conserje de hotel e involuntario cómplice del secuestro.
La película, en fin, no está mal, aunque previsible y edulcorada si uno la compara con el libro. Si Los confidentes no existiera, The informers sería un filme probablemente de culto. Siempre habrá libros que no dejarán vivir tranquilas a ciertas películas, por más que éstas hagan bien los deberes y merezcan las felicitaciones correspondientes. Como espectador de The informers, hubiera preferido no hurgar un día de hace tres años en una librería de usados de la calle Montevideo. Hubiera preferido no recordar que entre los pañales y las toallitas húmedas de mi hija Ámbar, Los confidentes existe y que ya lo he leído.

28/10/09

Junot Díaz, la literatura en las dos orillas

Junot Díaz (1968) es dominicano. Vive en los Estados Unidos desde los 6 años, habla y escribe en inglés. Su novela The brief wondrous life of Oscar Wao (2007), traducida al español y publicada en 2008 como La maravillosa vida breve de Óscar Wao (Mondadori), ganó el codiciado Premio Pulitzer. Su autor fue incluido en 2007 en Bogotá 39, el heterogéneo grupo de los más prometedores escritores latinoamericanos menores de 39 años. ¿Un latino ganador del más importante premio anual de los Estados Unidos y, al mismo tiempo, considerado un referente de la literatura latinoamericana? Así es: ésa es la fascinante dialéctica que condiciona y refleja magistralmente La maravillosa vida breve de Óscar Wao.
Óscar es un dominicano nerd y gordinflón, negro y fatídicamente fascinado por las mujeres. Vive en Nueva Jersey, devora cómics y escribe pensando que puede llegar a ser el J. R. R. Tolkien de su país. Es decir, es el inmigrante perfecto para las chanzas de sus amigos y enemigos. Su vida se desarrolla entre el afán por dejar de ser virgen y la obsesión por escribir. Hasta aquí parece la típica novela de las tribulaciones de la inmigración latinoamericana en los Estados Unidos. Pero la habilidad narrativa de Junot Díaz —que incluye un manejo electrizante del spanglish, para desazón de los detractores de cualquier jopara, de cualquier hibridez— radica en una escritura alejada tanto de los maniqueísmos corrientes del género, como del cinismo omnipotente del narrador falsamente neutral. Lo logra aun cuando tiene que explicar en reveladoras, acusadoras y deliciosas notas de pie de página una serie de especificidades de la historia dominicana, que funcionan como necesario guión paralelo a los hechos de la novela.
La vida breve de Óscar en los Estados Unidos es la continuación sanguínea y cultural de una trágica y larga vida previa de sus padres y abuelos en una República Dominicana de terror, dominada por El Jefe: Rafael Leónidas Trujillo. Es, entonces, una novela sobre la inmigración y sobre la dictadura, pero despojada a su vez de la tentación de las etiquetas genéricas por su carácter irónico y nada autocompasivo. En este último sentido, desacredita a La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, que también habla de Trujillo y sus “excesos”: deja la aventura del hispano-peruano al nivel de una fascinante práctica de turismo literario. Fascinante y literario... pero turismo al fin.
Como le sucedió al salvadoreño Horacio Castellanos Moya con su novela El asco, sus compatriotas han visto en la novela de Díaz una ofensa a la “dominicanidad”. Lo cual, a causa de un nacionalismo vacío y cuasi fascista, es más un elogio que otra cosa. Junot Díaz no tiene patria, dicen, pero qué bien escribe sobre la suya.

26/9/09

Un redoble de tambor en la cresta de la historia

En un poema escrito en 1952, mientras viajaba en autostop por toda Francia, un Günter Grass de 25 años vislumbró por vez primera la silueta inconforme y todavía pasajera de Óscar Matzerath. A mediados de ese mismo año, según cuenta el escritor en el texto de 1973 que lleva por título "Ojeada retrospectiva a El tambor de hojalata o el autor como testigo dudoso", "vi entre adultos que tomaban su café a un chico de tres años que llevaba colgado un tambor de hojalata. Me llamó la atención y se me quedó grabado: el ensimismamiento absorto de aquel chico de tres años con su instrumento, y también la forma en que, al mismo tiempo, hacía caso omiso del mundo de los adultos", confesaba Grass.

Solo a comienzos de 1956, aquel poema y la severa visión arlequinesca del niño encontrarían un punto de convergencia: el germen de una novela que tres años después se convertiría en un éxito de crítica y ventas inmediato, sacando de las espesas sombras anónimas a su autor, para situarlo al frente de toda una generación joven, no ya solo de escritores, sino de alemanes y alemanas que se planteaban muchas interrogantes, que tropezaban con múltiples respuestas -no exentas de silenciosos remordimientos y olvidos voluntarios- sobre ese horrible sueño de la razón que produjo un monstruo que se llamó nazismo. Grass no solo se preguntaba lo mismo, sino que lo hacía de una manera tan irónica, tan sutilmente poética, tan escasamente respetuosa de la falsa seriedad del discurso crítico en boga, que su novela encontró inmediatamente detractores, al mismo tiempo que lectores atrapados en las cercanas pero increíbles aventuras de Óscar. El gran escritor y crítico alemán Hans Magnus Enzensberger, luego del lanzamiento de la obra en la Feria del Libro de Frankfurt, escribió con certeza visionaria: "Hay que leer la primera novela de un autor llamado Günter Grass que producirá gritos de alegría y de indignación".

Publicado por primera vez en setiembre de 1959, en El tambor de hojalata Óscar Matzerath, recluido en un sanatorio, se propone contar la historia de su vida, para lo cual debe contar la historia de su familia, la de su ciudad (Danzig, "ciudad-libre" anexionada por Alemania, hoy polaca y con el nombre de Gdansk), la de su país. La auscultación de esas capas superpuestas como las de la cebolla, metáfora a la que Grass apeló para titular el primer tomo de sus memorias, dará como resultado un fresco de la Alemania de la primera mitad del siglo XX, pero también de los afanes y pesares del mundo occidental. La voz de Óscar es la de un adulto que ha dejado de crecer por decisión propia a los tres años, conjuro y salvoconducto que le permitirá situarse como niño-testigo en el centro de la Historia: provoca un desmadre musical tocando su tambor en un mitin fascista realizado en su ciudad, trocando la bélica marcha nazi en un cursi vals de Strauss, poniendo a bailar a todos; ve arder las sinagogas en la Noche de los Cristales Rotos y llora la muerte del judío Segismundo Markus, en cuya juguetería destrozada se proveía de tambores nuevos; resiste con los denostados polacos en la defensa del Correo ante el ataque nazi, en el inicio de la Segunda Guerra Mundial; observa cómo su padre, solícito y satisfecho, cambia el retrato de Beethoven colgado en la pared por uno más sombrío del Führer, en una escena cargada de simbolismo: la imagen eternizada de las clases ilustradas intercambiando su preciado patrimonio artístico burgués, por la tentadora oferta mesiánica de Hitler.

Pero lo que no se había hecho nunca hasta la aparición de esta novela, era tomar con tamaño desparpajo las más diversas fuentes e interpretaciones de lo que le sucedió a Alemania con Hitler y aún el período de reconstrucción. Se me ocurre que solo podían haberlo hecho dos personajes: un loco o un niño. O lo que es mejor: un niño-loco genial, que terminará sus días en un sanatorio como ignorado testimonio vivo de la "obnuvilación en marcha que es la historia", según palabras de Emile Ciorán. Por ello, no en vano la voz de Óscar es vitricida. Un grito suyo no solo rompe los cristales de las ventanas, los anteojos y los relojes, sino cuestiona el cristal con que se mira la realidad y, además (y este es un mensaje endogámico, solo para el gremio), enjuicia el cristal con que la misma literatura es capaz (o incapaz) de mirar la vida.

Ignoro cuánto se sigue leyendo El tambor de hojalata hoy día, pero me animo a decir que Óscar y su tambor son casi tan perdurables como el Quijote y Rocinante. "Pues sí: soy huésped de un sanatorio", dice Óscar en la primera frase de la novela, entre resignado y orgulloso. "Pues sí: que siga resonando el tambor", decimos nosotros los lectores, agradecidos.

* Publicado en el Correo Semanal, diario Ultima Hora, 26 de setiembre de 2009.

16/9/09

Kate Winslet en un quiosco asunceno

Ya había encontrado La deshonra rusa, de Anna Polikótvskaya, en el mismo quiosco. Y desde ese momento se convirtió en mi preferido de entre los que existen en Asunción, aunque a simple vista haya más insufribles Paulos Coelhos multiplicados hasta el hartazgo. Por G. 25.000 me hice con uno de los testimonios periodísticos más viscerales y honestos que se hayan escrito sobre los intereses de Vladimir Putin y su gavilla en Chechenia, una muestra de incorruptible afán de verdad y justicia que llevó a la muerte a la Polikótvskaya. Tiempo después el quiosco volvió a sorprenderme: permitió que conociera a James Ellroy, el novelista norteamericano que, sobre la memoria dolorosa de su madre asesinada, en un crimen hasta hoy irresuelto, erigió el bastión incólume de una narrativa ácida sobre los complejos manejos del hampa (que incluye a la policía) y el naciente show bussiness de Los Ángeles de 1950, en una metáfora de la sordidez del mundo en los albores de la era nuclear y de los EEUU como cínico sargento moral del planeta. Y el año pasado, escondidas entre cientos de libros y revistas, el quiosco me regaló (bueno, me lo vendió por G. 30.000) las 203 páginas de El lector, novela del alemán Bernhard Schlink, un autor y un libro de quienes no había tenido un solo dato conminatorio hasta entonces, pero que me llamaban a la curiosidad por el solo placer del descubrimiento de lo apócrifo (en el borgiano sentido de lo oculto) en medio de la ciudad.
Michael Berg tenía quince años cuando, de ida al colegio, sufrió un vahído y terminó vomitando en la calle. Ese vómito sería crucial en su vida, pero no porque fuera el síntoma de una terrible hepatitis, que también lo era, sino el prolegómeno impensado del amor y sus propios vómitos: Hanna Schmitz, una joven treinteañera, pasaba por allí, lo ayudó a recuperarse y lo llevó de regreso a casa. Luego de la convalecencia, obligado por su madre, un tímido e imberbe Michael estaba en la puerta del departamento de Hanna, con un ramo de flores y el cometido del agradecimiento oficial colgándole de las sienes. Apenas un encuentro posterior más y la piel de Michael sufría ya el placentero contacto con la piel de Hanna: el comienzo de una fascinación adolescente que lleva en sí misma el germen de la destrucción, basada en gimientes sesiones de lectura de los clásicos de la literatura y en un erotismo revelador. Lo que viene después es la serena maestría de Schlink para convertir el ardor de la pasión juvenil en una reflexión sobre la culpa y el castigo, sobre la memoria histórica de Alemania y su mala conciencia nazi, en un breve tratado sobre el perdón y el silencio, en un alegato sobre el placer redentor de la lectura, pero antes que todo sobre el amor y el tiempo. La novela, entonces, me pareció inquietante y bella, de esas que dicen mucho en poco.
Meses después vi la foto de una abismal Kate Winslet, con los ojos fijos mirando atentamente a un joven que le lee un libro, ambos desnudos, frente a frente en una tina. Un deslumbramiento: sabía que esa era una escena de El lector, la novela encontrada en el quiosco asunceno. Ahí nomás Google y confirmado: Kate, siempre haciendo de escritora o personaje de novela, siempre desnudando sus hermosos kilitos de más y esa sonrisa inexpugnable de Monalisa ebria, era Hanna Schmitz. Con la inescrupulosa e impenitente ayuda del “mercado negro”, muchas veces más generoso y humano que el “mercado blanco y legal” del neoliberalismo, logré ver la película, aunque aún no haya sido estrenada en cines ni haya llegado a los clubes de DVD de la ciudad. Muy por el contrario de lo que suele suceder en las versiones que hace el cine de los buenos libros, la encontré sincera, nada sofisticada y bastante fiel al original literario. Y es más: como no me sucede casi nunca con la literatura, lo que en el libro de Schlink me causó una impresión racional, seca y fría; en la película de Stephen Daldry me dejó por momentos desarmado, absorto en una tristeza estúpida, pero no por ello menos cierta y certera.
Asunción, como sabemos, no es una ciudad demasiado grande. El microcentro cabe en el centro de un micro. En la mitad de una calle estrellada, encontrarán el quiosco que vende libros de autoayuda, cigarrillos, discos, revistas, pero también un solo ejemplar más de un libro que muestra a nuestros escritores paraguayos que la memoria histórica no es solo llorar sobre la leche derramada sino problematizar esa memoria y esa historia.
Me gusta imaginarme a Kate Winslet en ese quiosco asunceno, acodada y pensativa sobre su estatuilla del Oscar, con la compañía apasible y anciana de Hanna Schmitz y de El lector que podés ser vos.

28/8/09

Ciento diez años de Borges, “el chico que se perfila bien”

Con unos amigos, nos gustaba repetir una anécdota a medias verdadera. La Televisión Española entrevistó hace más de tres décadas a Borges, quien en un momento fue preguntado por quiénes eran los escritores que le parecían interesantes. Él lo pensó unos segundos y respondió con un nombre, pero nosotros siempre le cambiamos unas palabras y el tono a la respuesta: “Este chico Virgilio se perfila bien”, dijo, casi como si se tratara de un jugador de fútbol de dieciocho años. Se refería al gran poeta latino, que escribió su obra en el siglo I antes de Cristo. De todas formas, algo de razón teníamos: al citar al autor de la Eneida, Borges proclamaba la insomne actualidad de la literatura clásica y su desprecio —con algunas pocas excepciones— por la literatura contemporánea.
Cuento esto porque me parece que esa broma nuestra, apoyada en el humor borgiano, plantea una discusión sobre la literatura de nuestro tiempo, sobre Borges y su actitud ante ella, a ciento diez años de su nacimiento.
¿Es Borges, a estas alturas, ya un clásico cercano a sus adorados Virgilio, Dante, Cervantes, Quevedo y Shakespeare? ¿Su desprecio por la literatura contemporánea critica la condición misma de literatura de ésta, o a esa “hoguera de vanidades” que es lo contemporáneo? Por de pronto, “este chico Borges se perfila bien” para tener razón en todo eso.

27/8/09

Un espectro en Nueva York


Aveces un escritor te cae mal de entrada por algún tipo de comentario que hizo con respecto a algo o alguien, y con el cual estás profundamente en desacuerdo. Prejuicios del oficio, podría llamarse. Eso fue lo que me sucedió con Philip Roth. Recuerdo haber leído, hace bastante tiempo, una entrevista a Woody Allen, en donde el interlocutor del cineasta le pregunta su opinión sobre la literatura de Roth. Allen responde que le agrada sobremanera –o algo así, pues lo cito de memoria–. El entrevistador dice “¿ah, sí?”, saca una grabadora y agrega: “Pues él no opina lo mismo de usted”. Entonces deja correr la grabación en donde Roth se despacha sin miramientos de ninguna índole contra el autor de Cómo acabar con la cultura de una vez por todas. A mí me pareció ese hecho un despropósito, un gesto malintencionado de un escritor que no conocía y que, sin ninguna duda, apenas lo hiciera confirmaría su mediocridad. Y la oportunidad llegó cuando compré una vieja edición de El lamento de Portnoy, su novela más conocida. Imposible: no había con qué darle a Roth. Era, simplemente, un escritor de genio. Por eso, cada nuevo libro suyo es un hallazgo y una confirmación, mal que le pese a mi otrora rabioso prejuicio.


La novela Sale el espectro (Mondadori 2008) esta está incluida en la serie de nueve novelas que tienen como protagonista principal al escritor Nathan Zuckerman, una especie de alter ego de Roth. En Sale el espectro, Zuckerman tiene setenta y un años y regresa a Nueva York después de once para tratar su problema de incontinencia urinaria tras una operación de cáncer de próstata. Una cosa aparentemente trivial, pero que allí, en esa urbe sin tiempo, alocada y febril, lo hace sentirse viejo y ajeno ya al mundo. Zuckerman halla en el The New York Times un anuncio de una pareja de escritores treintañeros que ofrecen intercambiar por un año su casa neoyorquina por otra fuera de la ciudad. El escritor se pone en contacto con la pareja, con la intención de hacer un trato y volver por una temporada a recuperar su ciudad. Lo que sucede es que termina enamorándose de la mujer desde el primer encuentro. Paralelamente aparece otra mujer, Amy Bellete, con un cáncer cerebral y a quien en su juventud había conocido en la casa del escritor E. I. Lonoff, una especie de maestro literario suyo ya muerto. Y para cerrar el cuadro, Richard Kliman es un joven escritor, amigo de la pareja treintañera, que desea escribir un libro sobre Lonoff, para lo cual necesita la ayuda de Zuckerman.

La novela es la historia de muchas fugas y evasivas crepusculares. Uno tiene la tentación de pensar en La muerte en Venecia de Thomas Mann (está citado una vez, como al pasar, el nombre del alemán): la vida se va lentamente y con ella los placeres y la misma literatura, pero queda una oportunidad para encontrar la gran excusa para mantenerse vivo y escribir. En la novela de Mann, es el joven atractivo de un hombre en Venecia. En la de Roth, la impasible belleza de la escritora en la Setenta y Uno Oeste de Nueva York. (Hay también otros nombres que Roth deja como para buscar entradas o como “cáscaras de banana para críticos”, García Márquez dixit: Joseph Conrad y La línea de sombra; T. S. Elliot y uno de sus Cuartetos, “Little Gidding”. El primero por sus connotaciones trágicas, tempestuosas; el segundo por la apelación a la metáfora del espectro que le enseña al poeta su dolor.)

También Roth bucea en la ética primigenia de la creación literaria. ¿Qué publicar y qué no? Opone dos modelos antagónicos y clásicos de la literatura estadounidense: el de Ernest Hemingway y el de William Faulkner. Por un lado, no mostrar nada que sea todavía perfectible; por el otro, mostrar la imperfección congénita del creador.

Pero Roth (o Zuckerman) va más allá aún. Busca saber dónde está la línea divisoria entre lo que se puede contar y lo que no, lo que es literario y lo que no lo es. Zuckerman, mientras le suceden cosas, escribe una obra teatral titulada Él y ella, reelaborando (a veces ni eso) conversaciones mantenidas por las personas que lo rodean, incluso sin cambiarles el nombre. Además, Richard Kliman dice poseer un secreto inconfesable de la vida de E. I. Lonoff, basado en el manuscrito de una novela que Lonoff no llegó a publicar. ¿Es posible tomar la realidad “real” –y en tiempo real– para hacer literatura? ¿Qué tanto revela una novela sobre la existencia (inconfesable o no) de su autor? Esas son las indagaciones últimas a las que remite ésta que algunos dicen será la última entrega de la zaga. Eso está por verse. El espectro salió de su encierro de once años. Pero aún no tiene su muerte en Nueva York.