26/9/14

Al pie de la letra

Julio Ramón Ribeyro. Escritor peruano.

Akito Kamura, un japonés de treinta años, estudia en la Sorbona Literatura Comparada. Sus profesores lo aprecian, pues es un alumno brillante, no así sus condiscípulos, que lo consideran distante, desdeñoso, demasiado imbuido de su valor intelectual.

No se junta con nadie y jamás deja pasar la ocasión de mostrar que sabe más que todos. Detalle importante: Akito mide apenas un metro cuarenta, es flaquísimo y de una fealdad que da miedo.

En su departamento del Barrio Latino –su padre le envía de Tokio una buena mesada– pasa la mayor parte de sus horas libres escuchando música, leyendo, escribiendo una tesis erudita sobre las figuras de retórica en la literatura amorosa.

Parece aceptar la soledad no como un castigo sino como un signo de superioridad espiritual, pensando tal vez, como ese personaje de Ibsen, que «el hombre más fuerte del mundo es aquél que está completamente solo».

En el transcurso del año se inscribe en su clase una muchacha holandesa guapa, cordial, sin pizca de malicia y muy dispuesta a la amistad y la comunicación. Este pequeño oriental tan inteligente, solitario y feo despierta su curiosidad. Es la única que lo saluda, que cambia con él unas palabras entre dos cursos.

Akito, al comienzo reticente, acepta un día tomar un café con ella, luego a dar un paseo por el Sena, posteriormente a ir de vez en cuando al cine. Llegan a ser, si no amigos, al menos buenos camaradas de clase.

Akito le hace un día una invitación formal: venir a cenar a su departamento. Elke acepta y se presenta llevándole de regalo un libro de sonetos de Ronsard y una rosa. Durante la comida hablan de literatura, de pintura, composición floral, costumbres japonesas y holandesas. Akito es una verdadera enciclopedia, sabe horrores de cosas, le recita poemas de Shiki y Onitsura, le lee una parte de su tesis.

Después del té, continúan conversando en el sofá de la sala. Sólo que la conversación cobra un giro inesperado. Akito empieza a disertar sobre la técnica del amor y en su apoyo le muestra un libro de estampas eróticas. Luego le coge la mano, trata de besarla y sin eufemismos le propone «ir a la cama».

A Elke esto le parece fuera de lugar, coge su bolso y se dirige hacia la puerta. Akito se excusa, trata de retenerla y finalmente le dice que lo espere un instante, que va a buscar su llave para acompañarla hasta los bajos.

Elke se entretiene mirando los grabados de Hokusai que hay en los muros. Al sentir las pisadas de Akito que regresa da media vuelta. No tiene tiempo ni de gritar: Akito está en medio de la sala apuntándole con una carabina. Una luz, un estampido y luego nada.

Elke está tendida en el vestíbulo del departamento, un orificio en la frente. Akito la jala de las piernas y la coloca sobre el sofá. Sin prisa la va desvistiendo: los zapatos, las medias, la falda, la ropa interior. Cuando está completamente desnuda la contempla, la toca, la acaricia y bruscamente trata de comérsela, empezando por un pie.

Apenas logra desgarrarle la piel de un dedo. Huesos, tendones y nervios ofrecen resistencia. Intenta hacer lo mismo con una mano, pero renuncia. Se pone entonces de pie, se desnuda y cubriéndole la cara con su camisa se extiende sobre el cadáver aún caliente.

Despierta de madrugada, tiritando, sobre ese cuerpo ahora helado. Viene a su mente un extraño hai-kai de Shiki: «Una vez muerta la araña, el solitario, fría es la noche».

Lo primero que hace es meter la ropa de Elke en una bolsa de plástico. Luego lleva el cuerpo a la cocina, tirándolo de las piernas. Trata de meterlo en una maleta de viaje, pero no entra. Busca entre sus utensilios un cuchillo de cortar carne y le secciona la cabeza. La sangre semi coagulada, apenas ensucia el piso.

Ahora intenta seccionarla por la cintura, pero calcula mal y tropieza con el hueso iliaco. Comienza más arriba, corta músculos y órganos y al llegar a la columna vertebral recurre a una pequeña sierra. Trae una segunda maleta y antes de meter el cuerpo en ambas, separa con el cuchillo las partes más blandas: un seno, un pedazo de nalga, el interior de un muslo, pedazos que coloca en una fuente y guarda en la nevera.

Luego de meter en las dos maletas el cuerpo despedazado se pregunta qué hacer con ellas. Pero ya la ciudad despertó. Por la ventana entra la luz y el ruido del tráfico matutino. Se recuesta esta vez en su cama y se queda profundamente dormido.

Al atardecer está ya levantado, vestido. Ha limpiado las huellas de sangre y metido en el cubo de basura del edificio la bolsa con las ropas de la víctima. Espera que anochezca para llevar las maletas a un lugar apartado. Como siente hambre, abre la nevera, saca un seno, lo calienta al vapor y se lo come.

Entrada la noche llama un taxi por teléfono y desciende por el ascensor con las dos maletas. Las mete en el cofre del vehículo y pide al chofer que lo lleve al bosque de Boulogne. Mala suerte: esa noche primaveral es cálida, parisinos y turistas retozan en la yerba o se pasean por senderos y avenidas.

Imposible bajar del taxi para deshacerse de las maletas. Tiene que regresar a su casa. Pasada la medianoche, desciende con su macabro equipaje, detiene un taxi en la calle y se dirige nuevamente al bosque de Boulogne.

El lugar está ya desierto, salvo uno que otro sátiro o exhibicionista emboscado entre los árboles al acecho de una víctima. Ordena al taxista detenerse en un lugar sombrío y, despachándolo, se interna en la espesura, una maleta en cada mano.

Dos días más tarde un guardabosque encuentra las maletas sangrientas. Imposible identificar a la víctima, de la cual no hay prenda ni documento. Pero nada más fácil que identificar al victimario. Akito no es un asesino profesional y no ha hecho más que dejar por todo sitio huellas y testimonios de su crimen.

El más imbécil inspector de policía descubriría al asesino en menos de veinticuatro horas. Por lo pronto las maletas, que a pesar de no llevar etiquetas ni iniciales, son maletas japonesas, lo que permite orientar las pesquisas. Luego los choferes de taxi que lo condujeron al bosque de Boulogne.
Por último, el inevitable testigo, un vecino insomne que lo vio descender del edificio con su pesada carga.

Una sola inspección bastó a la policía para confundirlo. Se encontraron con un japonés enano, hosco, nervioso, que no supo dar cuenta del empleo de su tiempo en las noches anteriores y en cuya casa descubrieron carabina, cuchillo, sierra y pedazos de carne de origen evidentemente humano. Al cabo de diez minutos de interrogatorio confesó su delito.
El crimen de Akito es horrible, nauseabundo, pues acumula asesinato, necrofilia y canibalismo. No es mi intención justificarlo. Simplemente tratar de encontrarle una explicación. Se pueden utilizar dos tipos de razonamiento.

El primero pertenece al campo de la sexología. Akito es un handicapé sexual, es decir, pertenece a esa minoría de personas que encuentran dificultad o se ven excluidas de todo tipo de relación sexual regular y normal. Clasificar a los handicapés sexuales sería temerario y aburrido, pues sus causas son físicas, mentales, culturales, sociales, etc.

La gama comprende desde los minusválidos en el sentido corriente (paralíticos, cojos, ciegos, débiles mentales) hasta los que sufren enfermedades repugnantes o deformaciones inaceptables (lepra, elefantiasis, obesidad, macrocefalia).

A lo que se puede añadir los presos y los locos, las minorías de trabajadores migrantes, los vagabundos y los pordioseros, los enanos y los gigantes. Y las personas de una fealdad intolerable.

Todos esos sujetos tienen en común el verse privados de una de las funciones más necesarias y gratificadoras de la especie, como es la relación sexual, con todas las consecuencias que esto puede traer sobre su equilibrio y comportamiento.

Sólo en ciertas sociedades avanzadas, en particular en los países nórdicos, se han preocupado de encontrar una solución a este problema, sobre todo tratándose de reclusos, enfermos mentales y minusválidos físicos. Pero fuera de estos países y casos, el handicapé sexual queda librado a sus inhibiciones y fantasmas.

Pero es el segundo razonamiento el que más me interesa. Akito, como queda dicho, era un estudiante serio, inteligente, con una cabal conciencia de su rendimiento intelectual.

Era, además, un hombre ecuánime, prudente, que sabía perfectamente distinguir lo lícito de lo ilícito y que hasta los treinta años no había nunca violado el pacto social. Su inducción hacia el crimen tiene una raigambre literaria o si se quiere lingüística.

Estudiante de Literatura Comparada, estaba familiarizado con las metáforas amorosas y conocía en consecuencia las figuras retóricas que asocian amor a manducación y, en un nivel más profundo, Eros a Tánatos.

Estas figuras pertenecen al ámbito de la literatura popular (cuando el amante le dice a la amada «quisiera comerte»), pero también en la culta se pueden encontrar ejemplos de esta misma pulsión expresada a través de imágenes de una factura más elegante.

Lo que sucedió con Akito es que, por uno de esos cortocircuitos de nuestro mecanismo mental, el plano del lenguaje se fundió o se confundió con el de la realidad. Cesó de haber diferencia entre la expresión metafórica y su referente.

La humanidad había tardado milenios en sofocar impulsos culturalmente aceptados en sus orígenes (la antropofagia, entre otros) para recuperarlos mediante fórmulas del lenguaje poético o familiar.

Ya nadie se come a su amada: se lo dice. Ya nadie mata al amigo, ni siquiera al enemigo: durante una polémica, lo amenaza con «aniquilarlo» o «hacerlo papilla». El lenguaje permite realizar simbólicamente pulsiones que, primitivamente, podían cumplirse sin infringir la norma.

Decir es una cosa, pero hacerla, otra. En Akito el decir y el hacer recobraron su unidad original. Su delito consistió en haber tomado una metáfora al pie de la letra.


Julio Ramón Ribeyro

16/9/14

Monsanto: contaminación, colonización alimentaria y muerte


La dilatada carrera de uno de los más grandes contaminadores de la historia del capitalismo industrial comenzó con un homenaje de aquellos que suelen llamarse “románticos”. En 1901, el químico autodidacta John Francis Queen creyó absolutamente conveniente poner el apellido de su esposa a la empresa que acababa de fundar: Monsanto. Así suelen estar envueltos los “regalos” que vienen desde Estados Unidos, desde el "sueño americano", desde sus empresas multinacionales y desde su aparato político y militar: con la apariencia de una oda al amor, a la democracia, a la civilización.
Al principio, el nuevo emprendimiento afincado en Saint Louis, Missouri, fabricaba sacarina para venderla a otra conocida empresa: Coca Cola. Hacia 1918, Monsanto empezó su carrera en la fabricación de productos industriales de base. En 1935, la empresa compró la Swann Chemical Company, líder en producción de los llamados PCB (policlorobifenilos), es decir, las propiedades del benceno mezcladas con cloro para dar como resultado un producto de gran resistencia que sería utilizado en aparatos hidráulicos y lubricantes en la producción de plásticos, pinturas, tinta, papel, etc. Es el comienzo del largo prontuario contaminante y destructor de la empresa que es parte congénito del sueño americano: Queen necesitó hacer un préstamo de 5 mil dólares para montarla. Todo ese prontuario criminal fue revelado por la periodista Marie-Monique Robin en un libro de una rigurosidad investigativa sin fisuras, hoy traducido a 15 idiomas y del cual hay una versión en documental audiovisual: El mundo según Monsanto (2008).
El capítulo macabro de la relación de los PCB y Monsanto con los seres humanos de a pie no tardó en llegar. No solo los obreros que trabajaban en su producción durante los años 50 habían sido contaminados, desarrollando enfermedades de diversa índole (lo que fue sistemáticamente ocultado por la empresa), sino que un pueblo entero resultó víctima propiciatoria de su afán de renta: miles de pobladores de Anniston, en Alabama, fueron afectados por la toxicidad de los PCB mediante la ingesta de agua contaminada. Lo que muestra algo que sería norma para la empresa norteamericana: saber de los efectos dañinos (mediante estudios científicos) y ocultarlo. A principios de la década pasada, miles de habitantes de Anniston le ganaron un juicio a Monsanto y fueron indemnizados por el valor de 700 millones de dólares, luego de vivir expuestos a los PCB durante más de 30 años. Entre las víctimas, se encontraban más de 400 niños con parálisis cerebral. 

Cambio de rubro: mismo resultado

La fabricación de PCB fue prohibida mucho antes de la condena en contra de la empresa, en la década del 70. Pero para ese entonces ya Monsanto estaba en otra cosa: producción de herbicidas y plaguicidas que contienen dioxina, un subproducto industrial altamente tóxico. Y, otra vez, contaminó todo un pueblo: Times Beach, a 30 kilómetros de Saint Louis, luego de que el municipio utilizara aceites residuales que incluían dioxina para eliminar la proliferación de polvo en sus calles. Hoy, Times Beach es un espectro desértico: nadie puede vivir allí.

Veneno. Dioxina rociada en Times Beach.
Pero el más grande negocio de la dioxina vendría con la guerra de Vietnam, pues Monsanto fue la encargada de producir ingentes cantidades del llamado “agente naranja” (entre agentes de otros colores según el nivel de toxicidad), herbicidas en estado puro que, comprados por el gobierno norteamericano, eran lanzados desde el aire no solamente sobre los cultivos de los soldados comunistas vietnamitas (en estrategia que sería replicada por gobiernos colombianos, asesorados por Washington, en su conflicto con las guerrillas),  sino sobre poblaciones enteras, en la llamada operación “Ranch Hand”. Años después, aún persisten los efectos del “agente naranja”. Se ven, sobre todo, en los propios soldados norteamericanos que estuvieron expuestos directamente a la dioxina. No habían sido alertados por el gobierno de su país de su toxicidad.

Rondup y transgénicos

La aparición en 1974 del “herbicida más vendido del mundo”, el Rondup, nombre comercial del glifosato que los científicos de la empresa descubrieron a fines de los sesenta, marca un antes y un después en la historia de Monsanto. Pero también de la agricultura como era conocida hasta entonces: hace cuarenta años, aquella empresa que un químico emprendedor estadounidense fundó siete décadas antes, entró al negocio (esa es la palabra, negocio) de los alimentos. Los muchos casos de contaminación e intoxicación que hay en torno al Rondup no desmerecen a los de los PCB y la dioxina: es el herbicida preferido de los suicidas y, como ya dijimos más arriba, el “Plan Colombia” de Álvaro Uribe (adorado por la dirigencia política oligárquica paraguaya) incluye rociamiento de cultivos de coca con Rondup, lo que ha intoxicado a miles de civiles. Fueron 300.000 solamente en el departamento de Putumayo.
En todos los casos en que la empresa necesitó licencias para operar con sus productos industriales, se vio siempre favorecida por las llamadas “puertas giratorias”: empleados suyos dejan Monsanto para trabajar en los organismos de control sanitario estadounidenses, y viceversa. Pero el caso definitivamente ejemplar de su carrera dentro del agronegocio fue el lobby que impulsó en los años 80 con los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush (padre) para que se aprobara una reglamentación acorde con los intereses de la empresa en la rama de producción que revolucionaría la agricultura mundial (y las finanzas de la empresa, hasta el punto de generar subdivisiones de producción bajo otros emblemas): los organismos genéticamente modificados. Su producto estrella, la soja transgénica, llamada rondup ready por ser resistente al herbicida de la misma empresa, no tardó en extenderse a lo largo de todo el mundo, colonizando incluso plantaciones de soja tradicional, lo que con el tiempo le reedituaría pingües dividendos a Monsanto, por las patentes de uso. Hubo casos incluso, como bien lo cuenta la autora en el libro, en que plantaciones no transgénicas fueron asediadas por las que sí lo eran, perjudicando así a productores que no había comprado los productos de Monsanto al verse obligados a pagar patentes de uso por semillas que ellos no habían plantado.

Roberto Franco

La conexión Paraguay: la "bolsa blanca" y Silvino Talavera

Hay todo un capítulo dedicado al Paraguay en el libro de Robin, con sorprendentes revelaciones. La periodista entrevistó en 2007 a Roberto Franco, entonces ministro de Agricultura del gobierno colorado de Nicanor Duarte Frutos. El mismo confesó que las semillas transgénicas de soja, que desde hacía poco tiempo los sojeros paraguayos plantaban, ingresaron al país de manera irregular. “¿Quién organizó el contrabando?”, preguntó la periodista a Franco. “Los grandes productores de soja paraguayos mantienen estrechas relaciones con sus colegas argentinos...”, respondió el ministro. “Por lo tanto, para evitar perder nuestros mercados (…) tuvimos que… legalizar los cultivos ilegales”. Y tanto periodista como representante gubernamental paraguayo muestran sospechas de que la misma Monsanto podría estar detrás del contrabando como manera de promoción de su producto. De la misma manera entraron en Brasil y Argentina, y cuando ya los cultivos estaban consumados, la empresa se lanzó a cobrar los royalties por sus semillas. En octubre de 2004 les tocó a los sojeros paraguayos pasar por caja: 3 dólares por tonelada debían pagar a Monsanto (lo que debía aumentar y aumentó con los años), pero los productores no tenían mucho problema en hacerlo para una multinacional, totalmente lo contrario cuando años después se propuso gravar específicamente su renta, hecha posible y sustentada en la ilegalidad: el contrabando de semillas (entre otras cosas).
La madre. Petrona Villasboa sostiene un afiche con el rostro de su hijo Silvino Talavera.
Robin, también, recuerda un día nefasto, pero a la vez fundacional, jurisprudente, en la resistencia al modelo agroexportador en Paraguay y sus contactos directos con Monsanto: el 2 de enero de 2003, Silvino Talavera, de once años, fue literalmente bañado con Rondup escupido por las “alas” de un “mosquito” fumigador, mientras volvía del almacén, a donde había ido a comprar fideos y un pedazo de carne. El aparato estaba guiado por un sojero de nombre Herman Schelender, y si no te es familiar su nombre es porque fue mucho menos referido en los medios que el de cualquier campesino organizado e “invasor de tierras” de aquel tiempo (y el de hoy). Talavera fue hospitalizado por tres días, pero luego del alta médica… ¡volvió a ser rociado por otro productor! Esta vez fue Alfredo Laustenlager, desde apenas quince metros de su casa. El 7 de enero, Silvino murió. Los sojeros fueron condenados a dos años de cárcel y una multa exigua de 25 millones en abril de 2004.
Robin registró, además, lo que ningún medio de comunicación corporativo paraguayo ha registrado: que el gobierno de Nicanor Duarte Frutos (2003-2008) sentó las bases del regreso del modelo represivo stronista, actualizado en tiempos de “democracia”. Y, además, dio cuenta de un fenómeno nuevo: la proliferación de un ejército irregular que, aliado con los órganos estatales de seguridad, se encargan de preservar por medio de las armas los privilegios (basados, es necesario decirlo de vuelta, en la ilegalidad según el mismo régimen jurídico burgués hecho a medida) y los atentados contra la vida de comunidades enteras por parte de los sojeros. “Por todo el país se ha reclutado a matones armados para proteger los aparatos para la fumigación y las grandes propiedades de soja, todo ello con el aval del presidente Duarte”, escribe Robin sobre el hoy reubicado por Horacio Cartes en la siempre “jugosa” embajada paraguaya en Argentina.   
El espacio de esta reseña no puede abarcar todo el espectro de fechorías de la  compañía estadounidense, que el libro de la periodista francesa muy bien (puntillosamente bien) detalla: sus tentáculos en el mundo de la ciencia, con científicos colonizados por la “filosofía empresarial” o directamente comprados; el destrozo de las carreras de investigadores con trabajos que demuestran el carácter dañino de los transgénicos, mediante la inclemente desacreditación mediática; desastres sanitarios en supermercados de Estados Unidos, publicidad engañosa, la ruina económica de productores al principio convencidos por la soja y el algodón transgénicos, etc., etc., etc.

Para simplificar las cosas: la carrera comercial de Monsanto pone en peligro el ambiente en el que vivimos y los alimentos que consumimos, anteponiendo la lógica de acumulación por encima de las necesidades colectivas, culturales e históricas. Si no me creen, a El mundo según Monsanto sí le creerán. Estoy seguro.

8/9/14

El hórrido Aquilón: vida y pasión de un extraño traductor





A Ámbar Brítez y Javier Viveros.
Ella me entregó la punta del ovillo.
Él hizo de Sherlock Holmes en internet, muerto de risa.

Había terminado de comer un asado a la parrilla en la casa de mis padres. Estaba exhausto, como si hubiera sido yo el engullido por alguna clase de ser voraz, no sin antes haber luchado para que no me tragara. Me tiré, rendido, en el suelo del corredor de mi casa, ubicada detrás de la de mis progenitores, en Luque. Mi hija Ámbar, de cinco años, estaba mirando “Monster High” en el ordenador. Desde donde estaba acostado, en el piso, le grité: “¡Ámbar, vení un poco!”. Se acercó a mí. “¿Qué te parece?: Traéme el libro que quieras, el que vos creas que ahora mismo tengo que leer, de ahí de la biblioteca”, le dije. Nunca antes habíamos jugado a ese juego, si acaso era uno. “¿Cualquiera?”, me preguntó. “Sí, cualquiera”, contesté. Fue y, menos de un minuto después, regresó con uno en sus manos. “Tomá. Borges”, me dijo, y volvió a mirar sus dibujos animados en la computadora. Ella conoce bien a Borges, gracias a las fotos de Sara Facio que están en las tapas de los muchos volúmenes de sus obras completas que Editorial Sudamericana editó hace unos años. Tomé el libro, el primer tomo de los Textos cautivos que lleva el número 13 de la colección. Lo abrí al azar y, casi inmediatamente, recibí la historia de un traductor fatídico de Edgar Allan Poe al castellano. Yo, por lo menos doce, trece años atrás, había leído todos los artículos agrupados en los Textos cautivos. Pero, evidentemente, la incógnita que hoy me dejaba éste no había sido tal en aquella oportunidad. No había llamado mi atención en la primera lectura, por aquel tiempo sistemática, de las obras del escritor argentino. Inmediatamente, llamé a Javier Viveros por teléfono, mi asiduo cómplice en este tipo de azares bibliográficos. Le conté lo que decía Borges, con su ironía habitual, de aquel misterioso traductor cuyo nombre no  mencionaba. Se rio, y yo mismo no pude parar de reírme en todo lo que restó del día, luego de hurgar en internet y descubrir para mí mismo  –de la mano de Javier- quién era ese traductor feraz de la poesía del autor de “Annabel Lee”. Aquí su historia, o por lo menos cómo me fue revelada por quienes ya habían escrito algo sobre él, no sin simpatía por sus avatares.

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Edgar Allan Poe
               
El francés Pierre Menard era, esencialmente, un devoto del más francés de los estadounidenses del siglo XIX: Edgar Allan Poe. Era alguien que adoraba a quien muchos consideraban –por el tiempo en que se desarrolla el relato “Pierre Menard, autor del Quijote, de Jorge Luis Borges, a fines de los años 30- “un poeta menor de la antología”. Antes que (moroso, extemporáneo) “simple” autor del Quijote, era un frío poeta simbolista como el precursor Poe. A éste Paul Valéry, un amigo de Menard no librado tampoco de sus invectivas, lo llamó “la síntesis de los vértigos”: el del clasicismo y el del romanticismo aunados.
(Como Poe, siendo éste rigurosamente yanqui, Menard forma parte de la incierta estirpe cervantina de los escritores franceses que venían de haber leído el Jacques el fatalista de Denis Diderot, y se habían dejado llevar, si no por los procedimientos de la novela, sí por las locuras especulares de Alonso Quijano cuando Alonso Quijano era solo un loco bidimensional y regional para el resto de la literatura mundial. Hasta la aparición, por supuesto, del Borges lector heterodoxo del Quijote, que es como decir del Menard lector heterodoxo del Quijote. No en vano una cita del Jacques el fatalista encabeza el largo relato “afrancesado” de Borges, “El Congreso”. Allí escribe, con su acostumbrada ironía: “En aquel tiempo no había un solo argentino cuya Utopía no fuera la ciudad de París. Quizá el más impaciente de nosotros era Fermín Eguren: lo seguía Fernández Irala, por razones harto distintas. Para el poeta de Los mármoles, París era Verlaine y Leconte de Lisle; para Eguren, una continuación mejorada de la calle Junín”. Además, la ausencia del nombre del enciclopedista en el heterogéneo examen de las fuentes de la obra de Menard es más, tratándose de Borges, una ardua marca provista por el silencio locuaz antes que por la obvia enunciación).
El Menard de Borges creía que, más aun que los tres pasajes del Quijote que había “reescrito” y que formaban parte de su más meritoria “obra invisible”, algún vago verso solitario de Poe era fundamental para el equilibro del mundo y todavía para su propia comprensión. Uno de esos versos es:

                “Ah, bear in mind this garden was enchanted!”

Pertenece al poema “To Helen” (“A Elena”), escrito en 1848, dedicado a la mujer que Poe conoció tres años antes: Sarah Helena Whitman. El relato “Pierre Menard, autor del Quijote, escrito en 1939 y considerado uno de los primeros cuentos “literarios” de Borges, no es el primer texto suyo que incluye una reflexión sobre la poesía de Edgar Allan Poe. Se puede rastrear la primera referencia a ese verso hasta llegar a dos años antes de la escritura del cuento, que es de 1939. Entre 1936 y 1940, Borges publicó reseñas bibliográficas, biografías sintéticas y brevísimos comentarios “de la vida literaria” en una revista orientada más bien a señoras de clase media alta, sin demasiadas expectativas literarias: El Hogar. Los escritos fueron reunidos por primera vez en 1986 por Emir Rodríguez Monegal y Enrique Sacerio-Garí bajo el título de Textos cautivos.
Por el tiempo en que redactó la historia de Pierre Menard, la dedicación de Borges al periodismo literario era casi completa y exclusiva. Vivía de leer y escribir sobre lo que leía. Por ello, quizá, el relato está escrito como una mezcla de lo que publicaba en la prensa por esos días: una amalgama entre biografía y reseña libresca que ya se había vislumbrado en “El acercamiento a Almotásim”, escrito en 1935 y que pasaría a formar parte del conjunto de ensayos (aunque se trataba de un relato, pasa perfectamente por uno) Historia de la eternidad, publicado un año después. (Borges insistiría en esa línea harto innovadora con relatos como “Examen de la obra de Herbert Quain”, que formaría parte de Ficciones (1944), junto “Pierre Menard, autor del Quijote”).


Jorge Luis Borges

Borges se burla del extraño traductor de Poe

El 2 de abril de 1937, junto con una semblanza de Eden Phillpots y una reseña de L'homme qui s'est retrouvé, de Henri Duvernois, publicó un comentario sobre la biografía Edgar Allan Poe, escrita por el británico Edward Shanks. (Es de notar la variedad de sus lecturas: la primera es una obra que Borges prácticamente “descubrió”, publicada un año antes y que no fue traducida al castellano hasta 2008; la segunda vio la imprenta el mismo 1937, y hasta donde sé no existe versión castellana). El comentario del libro de Shanks le sirve a Borges para, más que discutir el libro, dejar por sentadas algunas de sus ideas en torno a Poe. Dice, entre otras cosas, que los traductores, por mediocres que sean, le hacen “el favor” a la prosa del autor del “Manuscrito hallado en una botella”.  Y sobre su poesía, no es más indulgente: “De lo demás apenas perdurará alguna estrofa, o alguna línea suelta”, dice sorprendentemente. Cita el consabido verso dedicado al jardín encantado de Helena. Y agrega otro verso, según él, memorable:

                “And the red winds are withering in the sky”.

Es del poema “Al Aaraaf” (1829), uno de los primeros que escribió Poe. Borges, en su comentario, luego de citar el verso, abre un paréntesis que es el que motiva este texto que pergeño. Dice:
               
“Recuerdo que la última [línea] –cuyo sentido literal viene a ser: ‘Y se marchitan en el cielo los vientos rojos” –fue ‘traducida’ al español por un acreditado intérprete de esta plaza. He aquí el facsímil que ofreció a nuestro público: ‘¡Ya no brama en la esfera el hórrido Aquilón!” 

Tapa del libro firmado por Soto y Calvo.
Es visible la burla sutil, pero no por ello menos violenta, de Borges dirigida a alguien innominado. ¿Quién era ese traductor “facsimilar”, según el adjetivo irónico de Borges? Se trata de un poeta llamado Francisco Soto y Calvo. Nacido en 1860, era estanciero –según las diferentes semblanzas biográficas que se pueden consultar en la web, en donde siempre se insiste en su condición terrateniente- y publicó sin demasiado eco poemas de extracción propia, así como traducciones de poetas clásicos y contemporáneos de diversas lenguas: francés, inglés, italiano, portugués. Entre ellos, publicó un Joyario de Poe (1927). Es ese el volumen que, casi con seguridad, Borges tenía a la vista cuando citaba la traducción en su reseña de abril de 1937.
En el libro El humor de Borges (Ediciones de La Urraca, 1991), de Roberto Alifano, el autor de El hacedor se puede encontrar otro comentario, mucho más amplio y más reciente, acerca del trabajo de Soto y Calvo. Dice Borges:

“Involuntariamente, su obra de traductor está llena de disparates y no se la puede ver en otra forma que no sea la del humor. Era el único traductor que traducía del idioma inglés sin conocer inglés, conociendo solamente el idioma castellano. Un caso curioso, ¿no? Soto y Calvo partía de la teoría de que había que traducir palabras, en el mismo orden y con el mismo número de sílabas. Yo le señalé, alguna vez, que esto era imposible. Por lo pronto, las mismas palabras, en el mismo orden, ya presupone una sintaxis similar en los idiomas. En inglés, en alemán o en francés se debe anteponer el sujeto al verbo: en cambio, en castellano no. Por ejemplo, si yo digo ‘llegó un jinete’, ‘un jinete llegó’, es lo mismo; pero en otro idioma no se puede empezar por el verbo. Esto, obviamente, no le importaba para nada a Soto y Calvo. Él sostenía, convencido, que con su sistema se podía traducir correctamente”.

La primera escaramuza entre Borges y Soto y Calvo

Pero aquel artículo de 1937 (cuando ya Soto y Calvo llevaba un año muerto), no era el primero en el que Borges mencionaba en la prensa al traductor. El traductor, que ya tenía 68 años, publicó a mediados de la década del veinte una serie de títulos paródicos en evidente alusión a algunos libros colectivos en los que Borges había participado como poeta relacionado a las vanguardias literarias y a la nueva poesía argentina. No contento con ello, en cada uno de los libros que publicó entre 1926 y 1927 dedicó un poema al objeto de su desafecto, en composiciones siempre tituladas “Jorge Luis Borges”. Escribió, por ejemplo, en uno, adoptando formas verbales modernas en tono caricaturesco:

                “Quizá este extraño gato de arrabales
                Que mayidos buscó sensacionales,
                Errado se imagina
                Que el GENIO pégase con la gomina”.

Aunque no parezca algo típico del Borges que conocemos, éste respondió a los ataques del hombre en una reseña furibunda que hizo del Índice y fe de ratas de la nueva poesía americana de Soto y Calvo, en la revista Síntesis, en setiembre de 1927 (Textos recobrados 1919-1929, Emecé 1997, pág. 316). Por supuesto, lo aplastó:

“Francisco Soto y Calvo —que no alcanzan entre los tres a uno solo— acaba de simular otro libro, no menos inédito que los treinta ya seudopublicados por él y que los cincuenta y siete que anuncia. No exagero: el nunca usado Soto es peligroso detentador de un cajón vacío, en el que cincuenta y siete libros inéditos nos amagan. Todos los géneros literarios, desde el ripio servicial hasta el plagio fiel y erudito, han sido cometidos por este reincidente sin fin”.

Muchos de los comentaristas de esta enemistad intelectual entre Borges y Soto y Calvo citan que aquél solía referirse  a éste en los dichos términos de que no suman uno solo su nombre y su apellido compuesto. La prueba escrita aportada por Sorrentino es concluyente a este respecto: Borges se refirió a él de esa manera, aunque parece ser que también solía usar la misma fórmula para Marcelino Menéndez y Pelayo y José Ortega y Gasset.
Sin embargo, el trabajo literario de Soto y Calvo al parecer generaba la suficiente polémica en los círculos literarios argentinos como para que un año después de la reseña de Borges la revista rosarina La Gaceta del Sur orquestara una encuesta denominada "Cocktail Soto y Calvo", en donde "convocó a la plana joven de los poetas favorecidos por Soto y Calvo [esto es, citados irónicamente por éste en sus versos], solicitando una opinión escrita sobre su empecinado consonanteador", al que calificaban de "fenómeno". Borges fue uno de los que respondió, no sin tirria contra su "enemigo" y la propia voluntad cizañera de la publicación:
           
                 “Me falta la vocación de Juicio Final. Su encuesta, amigos míos, es una no disimulada incitación a los epigramas, quiero decir a los denuestros de carácter atolondrado, aunque de memorable dicción; quiero decir una coalición de silbidos. Así no juego. Responderé con impertinente gravedad. De fenómeno (salvo en la general acepción kantiana de esa palabra) no tiene nada Don Francisco: es de lo más normal y hacendoso que se puede dar. De las bibliotecas continuas que mana incesantemente su pluma, sólo he frecuentado un par de tomos: saludo que si bien no entusiasmó mi curiosidad tampoco puede ser fundamento de un juicio entero. 
                  Arriesgo, sin embargo: Esa su misma intimidad, aunque estéril en productos de belleza, con la literatura, ¿no es acaso merecedora de toda simpatía, de parte de quienes adolecemos del mismo bien?”. (Textos recobrados 1919-1929, Emecé 1997, págs. 394-395)

Según contó el mismo Borges en varias oportunidades, mucho después de las reseñas suyas ya citadas, el autor de Los poetas maullantinos [sic] en el arca de Noé, le solía leer sus traducciones en jornadas que podemos imaginar soporíferas para el ciego, si no fueran inverosímiles luego de aquellos cruces de 1927, precisamente el año de la publicación de las traducciones de Poe. Aun así, haciendo el ejercicio de creerle a un infatuado inventor, una de las traducciones leídas fue la del citado “Al Aaaraaf”. Allí estaba, por supuesto, el imposible: “Ya no brama en la esfera el hórrido Aquilón”. Borges, según le contó a Alifano, en aquella ocasión le hizo notar al hombre que las suyas “no eran las mismas palabras, en el mismo orden y con el mismo número de sílabas” que el original, según mandaba su vociferada preceptiva traductora. Y Soto y Calvo le respondió: “Yo esperaba algo mejor de usted, Borges; el águila vuela muy alto”. El águila era Soto y Calvo, naturalmente.
No hay dudas de que el hombre se tenía en muy alta estima, todavía más teniendo en cuenta que solía ser víctima de las más variadas diatribas de escritores, en los cenáculos literarios y en los medios de prensa. El escritor argentino Fernando Sorrentino es uno de los que más aportó en datos acerca de las relaciones entre el autor de El Aleph y el traductor. En el “El ilimitado don Francisco Soto y Calvo” (2001), y en otros artículos  publicados en la Revista de Traducción El Trujamán del Centro Cervantes Virtual, podemos ver que el traductor consideraba su propio trabajo como un aporte decisivo a la teoría y la práctica de la traducción. Cita Sorrentino lo que el propio Soto y Calvo escribió en la revista argentina Nosotros a fines de 1930 (un año después de la muerte del escritor paraguayo Eloy Fariña Núñez, dicho sea de paso, quien formó parte del directorio de la publicación hasta su fallecimiento, por lo que no hay por qué no suponer que conoció al estanciero poeta):
               
“Conozco suficientemente varios de los idiomas de que traduzco: confuto y comparo textos con una paciencia heroica, y es pasmosa, por lo fácil y ágil, mi comprensión y mi plasmación de la belleza que discierno; además, mi resistencia para el trabajo no es ya de nuestros días, y el placer con que la gozo es casi una especie de enfermedad deliciosa…”
               
La palabra “varios” delata certeramente a Soto y Calvo: no conocía todas las lenguas que traducía. Sus enemigos decían, no sin impiedad, que no conocía ninguna, incluso las más afines al castellano, como la portuguesa.
Sorrentino también escribió, en dos entregas, un artiículo titulado “El plagio fiel y erudito” (en directa referencia a la descripción que Borges hizo acerca de su labor). El artículo reflexiona sobre la traducción que de “The raven” hizo el responsable de Joyario de Poe. Por lo visto, el escritor tenía a la vista un ejemplar de ese libro de 1927, pues cita el prefacio  escrito por Soto y Calvo, además de su versión del célebre poema. En las palabras preliminares, llega a decir, sin rubor alguno:

“Pretendo, sí, no imprimir traducción que no sea mejor que todas las que conozco. Esto es una invitación, para que se me pruebe lo contrario: lo que sería en bien de todos; pues, mi error probado, tendría yo que hacer de nuevo la obra, y ensayaría vencer”.
               
Además, el prolífico traductor daba a publicidad poemas de su autoría, como los citados por la escritora May Lorenzo Alcalá en su artículo “El contra-antólogo de la vanguardia argentina: Francisco Soto y Calvo”, publicada en la revista El Catoblepas en 2008. Es palmaria la intención burlesca de sus versos, y de ahí viene el benévolo rol que Lorenzo Alcalá le asigna en el título de su trabajo. Estos versos, por ejemplo, son de 1925:

                El Error no destierra
                nada en la incierta tierra
                que el Juicio en sabia guerra
                No intente restaurar”.

Y estos de 1931:

                “A pie y en traje somero
                Pues del zambullo es la época.
                Va la tanta de bañistas
                Hacia el ‘Puerto de las Piedras’”.

Lorenzo Alcalá (fallecida en 2011) fue, junto a Sorrentino, quien más ha investigado acerca de la vida y de la obra de Soto y Calvo, aunque este último parece haberse centrado en su affaire con Borges, y a aquélla le haya interesado todos los aspectos de su vida intelectual. (Existe un libro, escrito por Claudio Miguel Ángel Rodríguez, El esplendor perdido, Editorial Dunken, 2012, sobre la relación de Soto y Calvo con su esposa, la pintora María Obligado. Ignoro qué puede aportar dicho volumen sobre el trabajo de traductor de nuestro hombre). Fue Lorenzo Alcalá quien, medio siglo después de recibidas, abrió y ayudó a la catalogación de lo que había en las cajas del legado intelectual del malhadado traductor y poeta, las que los familiares donaron a la Biblioteca Nacional de Argentina, y que nadie se dignó siquiera en revisar desde fines de la década del 30. Hoy ese archivo forma parte del Fondo que lleva su nombre y el inventario de lo que dejó se puede consultar en el sitio web de la institución argentina.

Alejandro Guanes

Conexión paraguaya: Alejandro Guanes y Poe

Casi cincuenta años después del artículo de Borges en El Hogar, en 1984, la psicoanalista y escritora paraguaya Mara Vacchetta Boggino logró entrevistar en Buenos Aires al autor de El Aleph. El 2 de diciembre de 2012, en el Suplemento Cultural del diario Abc Color de Asunción, Vacchetta publicó aquella entrevista (no se consigna en la misma sim entera o parcialmente fue publicada antes). Ella se proponía, según cuenta, leerle poesía paraguaya al escritor –asesorada por el crítico literario paraguayo, residente en la capital argentina, Edgar Valdés- y captar sus opiniones al respecto. Así lo hizo. El último poema leído fue “Las leyendas”, de Alejandro Guanes. Borges, por supuesto, automáticamente captó la estirpe de aquella música que el autor de De paso por la vida había escrito en 1909: “¡Qué bello! Me recuerda a Poe”, le dijo a Vacchetta en aquella oportunidad. Borges, obviamente, había dado en la tecla: la influencia del poeta estadounidense era patente, indisimulable. Su poema estaba escrito a la manera de “Ulalume”, con una semejanza musical, las mismas imágenes lóbregas, la misma atmósfera. Y eso no era casualidad: Guanes había traducido ese mismo poema. Al igual que Soto y Calvo, era traductor de Poe. Borges, en la entrevista, recuerda otra vez el caso del verso de “Al Aaraaf”, como lo había hecho en su conversación con Roberto Alifano. Al parecer, era un recuerdo recurrente en él en aquel tiempo, ya que en una entrevista publicada en el diario Clarín el 19 de junio de 1986 (cinco días después de su muerte), pero realizada por el escritor Ricardo Kunis en 1983, hizo alusión a la misma anécdota que le contó a Alifano y Vacchetta. Con esta última, sin embargo, tuvo una feliz variación de lo que acostumbraba a contar: “La verdad es que era todo horrible: ‘esfera’, ‘brama’, ‘hórrido’, en fin, ¡todo! Solamente se salvan el ‘ya’, el ‘no’, el ‘en’ y el ‘la’”, le dijo a la escritora paraguaya mientras se reía.
El 29 de junio de 2012, el director de la revista Ñ, del diario Clarín, Jorge Aulicino, agregó un episodio más a la saga traductora de Francisco Soto y Calvo, cuya labor –huelga decirlo- es muy difícil consultar en su totalidad al no haber reediciones de su trabajo. Le acercaron a Aulicino la traducción que éste había hecho de nada menos que… ¡la Divina Comedia, de Dante Alighieri! Publicada en 1940, esa traducción era prácticamente desconocida. Pero un ejemplar de aquella edición anotada por Luis Berutti en 1941, un respetado traductor del Infierno, permitió que Aulicino –el último argentino que vertió al castellano la obra, tras la estela ilustre dejada por Bartolomé Mitre, el mismo al que Augusto Roa Bastos le dedica su magistral relato “Frente al frente argentino”- comentara los desatinos de Soto y Calvo en su artículo En todo, el diablo mete la cola, al que le agregó luego una “Nota bene” para el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Entre los muchos ejemplos posibles, nada más paradigmático del estilo de traducir de Soto y Calvo que lo que hizo con el que es tal vez el único verso inmodificable de los miles de endecasílabos de Dante, precisamente por intraducible, por enigmáticamente neológico: el “Pappé Satán, pappé Santán, aleppe”, del Canto VII del Infierno. A diferencia de soluciones alternativas, como la de Ángel Crespo (quien encabalgó el verso, pero no lo mutiló), Soto y Calvo obvió directamente la repetición de la célebre interjección dantesca, y lo dejó en un desabrido: “¡Pape Satán! ¡Aleppe!”. Aun así, es lo más cercano a la lucidez traductora a que pudo llegar su versión, según se puede colegir de la exégesis de Aulicino. Eso sin contar, por supuesto, el festín de sinsentidos semánticos que se dio el hombre, introduciendo al mismo Diablo (literalmente) en donde no existía ninguna alusión a él en los versos originales de Dante. “Esto es atroz”, anotó Beruti, al margen de aquella edición rescatada en una librería de viejo de Buenos Aires. Es más que seguro que Borges hubiera secundado ese juicio.
La compilación de estas páginas estuvo insuflada por el curioso aliento de reunir todo lo que a mi mano estuviera disponible en internet acerca de un personaje cuya existencia fantasmal –lo repito: por lo menos para mí- me fue impuesta durante una pesada siesta de domingo. No hay dudas de que aquel aliento tenue generado por mi hija Ámbar, y azuzado por la pesquisa conjunta con Javier Viveros, terminó siendo para mí el soplo de un “hórrido Aquilón” de una, por fin, saciada curiosidad.