
Michael Berg tenía quince años cuando, de ida al colegio, sufrió un vahído y terminó vomitando en la calle. Ese vómito sería crucial en su vida, pero no porque fuera el síntoma de una terrible hepatitis, que también lo era, sino el prolegómeno impensado del amor y sus propios vómitos: Hanna Schmitz, una joven treinteañera, pasaba por allí, lo ayudó a recuperarse y lo llevó de regreso a casa. Luego de la convalecencia, obligado por su madre, un tímido e imberbe Michael estaba en la puerta del departamento de Hanna, con un ramo de flores y el cometido del agradecimiento oficial colgándole de las sienes. Apenas un encuentro posterior más y la piel de Michael sufría ya el placentero contacto con la piel de Hanna: el comienzo de una fascinación adolescente que lleva en sí misma el germen de la destrucción, basada en gimientes sesiones de lectura de los clásicos de la literatura y en un erotismo revelador. Lo que viene después es la serena maestría de Schlink para convertir el ardor de la pasión juvenil en una reflexión sobre la culpa y el castigo, sobre la memoria histórica de Alemania y su mala conciencia nazi, en un breve tratado sobre el perdón y el silencio, en un alegato sobre el placer redentor de la lectura, pero antes que todo sobre el amor y el tiempo. La novela, entonces, me pareció inquietante y bella, de esas que dicen mucho en poco.
Meses después vi la foto de una abismal Kate Winslet, con los ojos fijos mirando atentamente a un joven que le lee un libro, ambos desnudos, frente a frente en una tina. Un deslumbramiento: sabía que esa era una escena de El lector, la novela encontrada en el quiosco asunceno. Ahí nomás Google y confirmado: Kate, siempre haciendo de escritora o personaje de novela, siempre desnudando sus hermosos kilitos de más y esa sonrisa inexpugnable de Monalisa ebria, era Hanna Schmitz. Con la inescrupulosa e impenitente ayuda del “mercado negro”, muchas veces más generoso y humano que el “mercado blanco y legal” del neoliberalismo, logré ver la película, aunque aún no haya sido estrenada en cines ni haya llegado a los clubes de DVD de la ciudad. Muy por el contrario de lo que suele suceder en las versiones que hace el cine de los buenos libros, la encontré sincera, nada sofisticada y bastante fiel al original literario. Y es más: como no me sucede casi nunca con la literatura, lo que en el libro de Schlink me causó una impresión racional, seca y fría; en la película de Stephen Daldry me dejó por momentos desarmado, absorto en una tristeza estúpida, pero no por ello menos cierta y certera.
Asunción, como sabemos, no es una ciudad demasiado grande. El microcentro cabe en el centro de un micro. En la mitad de una calle estrellada, encontrarán el quiosco que vende libros de autoayuda, cigarrillos, discos, revistas, pero también un solo ejemplar más de un libro que muestra a nuestros escritores paraguayos que la memoria histórica no es solo llorar sobre la leche derramada sino problematizar esa memoria y esa historia.
Me gusta imaginarme a Kate Winslet en ese quiosco asunceno, acodada y pensativa sobre su estatuilla del Oscar, con la compañía apasible y anciana de Hanna Schmitz y de El lector que podés ser vos.