![]() |
| Foto: Última Hora |
No frecuenté mucho a Tomás Palau. No sé si era un hombre solitario, pero a mí me gustaba imaginarlo, sin temor al lugar común, bajo esa imagen del intelectual que lee y escribe en soledad, por momentos solo molestado por el vuelo fugaz de una polilla entre libros y papeles, envuelto en el humo infausto de su cigarrillo. Sé que Tomás, en todo caso, no encarnaba solo esa idea romántica de intelectual. Sé que viajó durante años cientos de kilómetros para ejercer la cátedra fuera del país o para impartir talleres en recónditos lugares a gente humilde, simple y auténtica que lucha hasta hoy por un pedazo de tierra. Sé que cuando había que firmar algo de contenido inocultablemente político, Tomás lo firmaba por pura y necesaria convicción, a diferencia de otros colegas suyos, paralizados por el horror sagrado a la exposición, el compromiso real y la activa conciencia de clase.









