20/03/12

Tomás Palau y el puñado de tierra paraguaya


Foto: Última Hora

No frecuenté mucho a Tomás Palau. No sé si era un hombre solitario, pero a mí me gustaba imaginarlo, sin temor al lugar común, bajo esa imagen del intelectual que lee y escribe en soledad, por momentos solo molestado por el vuelo fugaz de una polilla entre libros y papeles, envuelto en el humo infausto de su cigarrillo. Sé que Tomás, en todo caso, no encarnaba solo esa idea romántica de intelectual. Sé que viajó durante años cientos de kilómetros para ejercer la cátedra fuera del país o para impartir talleres en recónditos lugares a gente humilde, simple y auténtica que lucha hasta hoy por un pedazo de tierra. Sé que cuando había que firmar algo de contenido inocultablemente político, Tomás lo firmaba por pura y necesaria convicción, a diferencia de otros colegas suyos, paralizados por el horror sagrado a la exposición, el compromiso real y la activa conciencia de clase.

Lo conocí por sus textos en la prensa en los años 90, sobre todo en Última Hora. Luego leí sus libros, sus colaboraciones en publicaciones colectivas, y tuve la oportunidad de tratarlo en ocasiones precisas pero inolvidables. Fue un gran intelectual orgánico del movimiento campesino, lo que muchas veces hizo que los académicos de las ciencias sociales paraguayas lo ignorasen, incapaces congénitos de seguir el ejemplo de su natural capacidad para teorizar y, a la vez, forzar a la teoría con la práctica en el teatro de operaciones de las luchas populares. Hace unos días decíamos con unos amigos, luego de leer en voz alta el fragmento de un reciente texto suyo, que era admirable que Tomás hubiera mantenido tan vivo, y en gran nivel, el oficio de la escritura al mismo tiempo que la enseñanza, la cotidianidad de dirigir un centro de investigaciones, la urgencia no menos cotidiana de sus convicciones políticas. Era capaz, a veces en el mismo día, en la misma hora, de fraguar un texto de una lucidez apabullante, y luego explicar a unos campesinos de Capiibary, con piadosa paciencia, cómo el país está marcado por la cuestión de la posesión de la tierra, y cómo esa cuestión entra, finalmente, en un momento crítico de nuestra historia con la extensión de la frontera agrícola, la aparición arrasadora de la agricultura extensiva mecanizada, el monocultivo y el modelo agroexportador, en medio de una reforma agraria stronista hecha a la medida de la oligarquía nacional.  

Unas dos o tres veces lo llamé para pedirle algún texto suyo para publicarlo en el Correo Semanal. La última vez que hablé con él a este respecto, se quejó de que los medios masivos hacía tiempo no lo tomaban en cuenta, obviamente en una sutil represalia por sus tajantes posiciones en contra de la “sojización” del país y la “descampesinización” de la campaña.

Hoy Tomás, a quien una vez en Horqueta vi llegar tempranito y solo en la mañana manejando su propio auto desde Asunción para dar un taller a inquietos universitarios, se nos ha ido también temprano para quienes siempre nos sentimos huérfanos de personas y luchadores íntegros como él. No hay dudas de que la ausencia de su palabra será pesada. Pero también es cierto, cómo no, que nos sentimos agradecidos y orgullosos de su fértil paso por este palpitante puñado de tierra llamado Paraguay.

21/02/12

Asunción de vos

Tengo la certeza de que estás caminando sobre las aceras de una ciudad que nunca fue nuestra, Asunción, una ciudad nunca poblada por nuestros íntimos afanes y cuyo pesado presagio de libertad enmascarada jamás quisiste compartir conmigo. Los ruidos de esta noche parecen decirme, con odio indiferente y frágil, que estás muy cerca. Y extrañamente sé que es así. Yo estoy sentado aquí, solo, pero no lo suficiente como para convocarte a gritos o salir corriendo a buscarte en alguna calle cercana y oscura -Ayolas, O’Leary, Haedo, qué se yo-, mientras sé que vas caminando con la mirada puesta en unos niños que corren de sus miserias, o en las manos callosas que recogen del piso una latita de cerveza amanecida. Pero ignoro a dónde vas, tampoco sé si vas sola o con el muchacho joven y taciturno con aires de niño tímido que me han contado ronda tu casa desde las tempranas horas en que los lapachos de Sajonia colorean las calles, hasta las horas nocturnas y feroces en que una cama parece tan pero tan chica pero en ella caben perfectamente dos, una cama que se ensancha perfectamente el doble de su tamaño, para vos y para él. Rememoro, mientras miro la palidez de mi mano fijando estas palabras en el ordenador, las tuyas sobre Asunción, aquéllas que me decían lo que vos considerabas era un misterio al que había que respetar, con su ruido y su furia. Te negabas a venir a esta ciudad, pero las veces que lo hiciste acompañado por mí, el temor al misterio se transformaba en temor físico y palpable a los autos, a las arduas calles repletas de autos que queríamos cruzar, a los hombres todos que parecían pretenderte desde lejos, a la verticalidad inmaculada de los edificios. Yo te tomaba de la mano y vos me agarrabas fuerte, casi como un animalito indefenso pegado al cuerpo seguro y cálido de la madre, como un koala más o menos, y te ayudaba a caminar casi como el primer día en que te erguiste y diste unos pasos asustados y breves, lo imagino, allá en los lejanos días de tu infancia, cuyas imágenes tanto me gustaba mirar en el álbum de fotos de tu familia. Mientras caminabas los cinco o seis metros del asfalto con pasitos torpes te hacías más chiquita, muy chiquita, hasta llegar a la otra vereda y comenzar a crecer de nuevo, de a poco, casi imperceptiblemente, súbitamente volverte gigante y mirarme con una sonrisa orgullosa y ruin, para luego otra vez volver a empequeñecerte y caber en mi mano trémula apenas nos lanzábamos de nuevo a la calle tras abandonar una plaza, un bar insomne, alguna función de alguna obra de teatro con actores que te gustaban porque miraban profundamente como ídolos milenarios, decías, y donde los nervios se te rebelaban si una mujer con bufanda roja, muy roja al cuello no paraba de contar a su acompañante, en plena función, las desventuras por las que había tenido que pasar para llegar hasta allí y encontrarme contigo, mi amor, disculpame, cuando de repente ya llegaba la hora de partir y volvíamos a cruzar las calles, con la noche acechando triste y vengativa sobre los edificios de una ciudad que duerme con un ojo abierto bajo las frías estrellas, la luna mortecina.

De un cuento inacabado escrito hacia 2005.

Tres poemas

El poeta, la vida y la muerte

El poeta está parado en la barandilla del puente.
Abajo,
el Sena es testigo silencioso de lo que queda de la tarde:
el horizonte carmesí,
las luces parisinas infectadas de noche,
el rumor incesante de los autos
y las sirenas lejanas,
siempre lejanas
para quien no va en las ambulancias perentorias.

El poeta se va a tirar al Sena.
Antes piensa en Nelly Sachs,
amiga y poeta también,
quien poco tiempo después
también se quitará la vida,
como un gorrión enamorado y vaciado de sentido
que choca contra un edificio
habitado por empresas vendedoras de seguros
y agencias de viajes.

El poeta mira hacia abajo.
Un breve suspiro
es el preámbulo de la muerte,
y el colofón
de esa otra cosa frágil y precaria
que no vale la pena vivirla si,
justamente,
no es posible suprimirla
tirándose al Sena desde un puente.

Batalla perdida

Después de que desapareciera la tinta
con la que estaban escritos en tu agenda
mi nombre, mi dirección y mi número de teléfono,
libré una batalla a muerte
con la certeza glaciar de tu silencio.

Y perdí la batalla, por supuesto,
pero hay guerra para rato
dicen el sístole y diástole de este corazón.


Tercero excluido

El paseo central de la avenida Carlos Antonio López
es el tercero excluido
a quien no le interesa, de hecho,
dejar de ser un convidado de piedra
en la metafísica peatonal de la ciudad,
sino su propia médula espinal.

Poemas escritos hacia 2007.

14/11/11

Jamás leí a Onetti

Publicado el 9 de abril de este año en el Correo Semanal de ÚH. Nunca posteado aquí y puesto a propósito de la primera exhibición pública en Asunción esta noche, a as 20 hs., en el Centro Cultural de España Juan de Salazar.

Un silbido melódico, como de tango, y la imagen del puerto de Montevideo ensombrecida por densos nubarrones negros. Amenaza lluvia, como la manifestación atmosférica de una atmósfera metafísica. Corte. El escritor uruguayo y director de la Biblioteca Nacional de su país, Tomás de Mattos, coloca sobre una mesa manuscritos con una letra ininteligible a simple vista. Es la letra del autor de Juntacadáveres. Estamos viendo el documental Jamás leí a Onetti, de Pablo Dotta, que se pasó el viernes 25 de marzo por La 2 de Televisión Española, pero que sigue online en www.rtve.es.

Allí están quienes conocieron personalmente y quienes no al escritor: el citado De Mattos, que muestra los papeles que guarda la Biblioteca, incluido el que se considera probablemente su último escrito; el dibujante Tunda Prada, quien, balbuceando en la soledad de su estudio, ensaya durante todo el documental un imposible mapa de lo que sería Santa María; el músico Fernando Cabrera, a quien pertenece la melodía silbada al inicio, y que también durante el documental compone un homenaje a Onetti, con la sorpresiva ayuda de Jorge Drexler; el escritor Eduardo Galeano, quien cuenta anécdotas, lee El pozo y descubre luego una dedicatoria: "A Galeano, quien alguna vez escribirá casi mejor que yo"; la escritora y periodista María Esther Gilio, quien entra a un bar, enciende una vieja grabadora de la que sale la voz de Onetti dándole título a este documental; su viuda Dorothea Muhr, la inefable Dolly, que abre la puerta de su casa de Madrid, la última del escritor; el novelista español Antonio Muñoz Molina, quien muestra una edición de Los adioses, firmado por un hombre y una mujer, en una aparente experiencia de lectura compartida; el también español Juan Cruz, periodista que rememora la escritura sobre su muerte.

Yo la vi dos veces, con personas que han leído a Juan Carlos Onetti y con otras que no lo han hecho. A todas emociona. Búsquenla en la dirección web citada más arriba. Imprescindible.

Tomás Segovia o las dos orillas de la poesía

Tenía 12 años cuando, hacia el final de la Guerra Civil Española, su familia abandonó la Península Ibérica para recalar, primero, en París y, luego, en la otra orilla del Atlántico, en México, el país solidario de Lázaro Cárdenas, que albergó a tantos compatriotas suyos escapados de la barbarie, entre los que se contaban intelectuales y escritores de primera línea. El entonces púber Tomás Segovia había nacido en un año decisivo de la poesía de su país natal, 1927, hito de la modernidad poética española, parada sobre la resurrección fantasmagórica de Góngora, y en una ciudad en donde los intelectuales antifascistas, cuando él tenía 10 años, habrían de reunirse para condenar colectivamente la barbarie de la falange conservadora, católica y militar del general Franco: Valencia la Bella.

“Yo no fui al exilio, a mí me llevaron”, escribiría décadas después, explicando, por un lado, la condición impuesta de su destierro por motivos ajenos a su voluntad y a su infancia recién perdida; y, por el otro, como legítima defensa ante la tentación de la nostalgia que la “oficialidad” del exilio reivindicaba como marca.

Desde la aparición, en 1950, de La luz provisional, hasta los Sonetos votivos que reunió en 2007, la carrera poética de Segovia se movió impetuosa entre cierta práctica surrealista más sobria que la de los tiempos etílicos de André Breton (de quien fue traductor), y la recuperación de una tradición literaria universal, pero que en España diera resultados legendarios: el soneto.

Personalmente, fue esta última faceta la que terminó por hacerme entrar al amplio universo de Segovia. Fue un poeta que cultivó esa forma clásica, como pocos en nuestro tiempo, sobre todo con aliento erótico, que dividía su herencia española, por la vena de Quevedo, y su adopción mexicana, por la vena de Octavio Paz, de quien fue gran amigo. No concebía el erotismo como esa cosa a la que hay que rondar, cuya enunciación depende de la mística de lo innombrable. Prefería ser esencial, animal y franco: “Cuando yaces desnuda toda, cuando/ te abres de piernas ávida y temblando/ y hasta tu fondo frente a mí te hiendes,/ un corazón puedes abrir, y si entro/ con la lengua en la entrada que me tiendes, /puedo besar tu corazón por dentro”, dice en los dos últimos tercetos de un soneto.

Fue también gran traductor de Rilke, y ensayista ejemplar. Regresó a España en 1985. Fue hace unos días a México para recibir un premio y leer poemas junto a Juan Gelman, y allí el lunes pasado, con amarga justicia poética, lo encontró “el toro negro de la muerte”.

Marina Tsvetáieva homenajeada en Argentina

Hace 5 años, aquí mismo, conté cómo había llegado a conocer la poesía de Marina Tsvetáieva: gracias a la conjunción (de un espejo y de una enciclopedia, diría Borges, pero no) de una novela de Paul Auster, La invención de la soledad, y de una apasionada carta escrita por ella al poeta checo Rainer María Rilke. Este año se cumplieron setenta de la muerte de esta mujer, quien, junto a Ana Ajmátova, conforma lo más valiente y denso de la poesía femenina rusa del siglo pasado.

En Argentina, la semana entrante tendrá lugar la “Semana Tsvetáieva en la Biblioteca Nacional 2011”, un homenaje a la poeta desde la historia y la literatura, con conferencias, debates y hasta música. “Es una escritora que moviliza mucho, impresionantemente lúcida, que lleva todo hasta las últimas consecuencias. Está en los extremos del amor, de la escritura, de la vida. Ojalá que todo el mundo la conociera, porque es única”, dijo a la agencia Télam Sofía González Bonorino, coordinadora del evento.

Hace un lustro escribí: “Habría que acercarse a la poesía de una mujer que sobre la tierra había sido víctima de la sinrazón de la historia, y a quien, apenas arribada al cielo tras su muerte, la imagino blandir como una espada dos versos de un poema suyo, rebeldes y orgullosos como había sido ella misma en la tierra, a pesar de todo: ‘¡Dios, no juzgues! ¡Tú no has sido/ una mujer en la tierra!’”.

05/10/11

El Premio Nobel de Literatura

Desde el año pasado, cuando Mario Vargas Llosa ganó el galardón con el que tanto soñó, el Nobel casi me tiene sin cuidado, esperando hoy el nombre poco conocido de casi siempre. Antes que esperar que ganara algún caballo especial "mío", prefería hacer fuerza porque no lo ganara Varguitas. Es decir, no creo que, hablando estrictamente de literatura, el autor de La Casa Verde no lo haya merecido (aunque no ha escrito nada particularmente importante en mucho tiempo, La fiesta de Chivo no desmerece su firma), pero hubiera preferido que no lo ganara nunca, porque (ya se vio muestras de ello) utilizaría su finalmente encumbrado prestigio literario para justificar sus desatinos (para mí y para muchos) políticos.

La mayoría de los nombres de los candidatos que se manejan me son desconocidos. Es cierto, siempre se menciona al norteamericano Philip Roth, y después de leer hace poco Pastoral Americana, no puedo entender cómo nunca se lo dieron. Es quien quiero desde hace 5 años que gane, como si fuera mi equipo de fútbol. El del israelí Amos Oz (foto) es otro cuyo nombre suena siempre, y tal vez sea el siguiente, por el escenario político propicio: es una voz disidente del sionismo, a favor de un Estado palestino, cuando por abrumadora mayoría en la propia ONU quieren tener al país árabe como miembro.

Y en la misma consonancia con los cambios políticos en Oriente Medio, otro que aguarda expectante la decisión es el poeta sirio-libanés Adonis, sobre todo teniendo en cuenta, además
del contexto político, que desde la gran polaca Wislawa Symborszka no premian a un poeta.

27/09/11

Las cartas que no llegan

Muchas veces he confesado ya ante los míos, sin ningún pudor, que cuando se trata de escritores y escritoras quiero saber hasta el mínimo detalle, casi como un morboso espectador de chismes de la farándula. Suelo citar a un Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, en mi apoyo: "Soy también fetichista literario y de los escritores que admiro me encanta saberlo todo: lo que hicieron, lo que no hicieron, lo que le atribuyeron amigos y enemigos y lo que ellos mismos se inventaron, a fin de no defraudar a la posteridad. Estoy, pues, colmado, con la fantástica efusión pública de revelaciones, infidencias, delaciones y chismografías...", decía el escritor peruano.

Las biografías, memorias y cartas son la tríada perfecta para conocer algo más sobre cualquier escritor. En cualquier parte del mundo... no así en Paraguay. Biografías hay, muy pocas. Memorias, menos. Las cartas son casi inexistentes.

Pienso en esto porque últimamente estuve releyendo las misivas del escritor argentino Julio Cortázar (Cartas 1964-1968. Vol. II, Alfaguara), y leyendo por primera vez las del norteamericano Truman Capote (Un placer fugaz, Debolsillo), y me puse a meditar sobre el hecho de que tan poco tengamos a disposición los paraguayos de la producción epistolar, no solamente de nuestros escritores consagrados ya fallecidos (la excepción sería Gabriel Casaccia, de quien se publicó su correspondencia dirigida a su hermano), sino también las de nuestros políticos, militares, músicos, pintores, todo aquel cuya vida privada está íntimamente ligada a la historia del Paraguay y cuyas visiones particulares enriquecen las de cualquier ciudadano de este país sobre el tema que sea. Si uno hace el ejercicio de buscar en cualquier libro nacional de investigación histórica el nivel de aportes que tiene este tipo de fuente, es casi seguro que no encontrará gran cosa. Eso teniendo en cuenta que para la historiografía cualquier testimonio, escrito u oral, es fundamental.

Piense en un solo caso, paradigmático: últimamente se han publicado ensayos y libros de entrevistas importantes sobre Augusto Roa Bastos, pero no una biografía como tal, ni sus cartas con escritores, investigadores y políticos paraguayos y extranjeros (él despreciaba los libros de memorias, por lo que nunca inició la redacción de uno).

Cuando Cortázar escribe al escritor cubano Roberto Fernández Retamar, el 29 de octubre de 1967: "El Che ha muerto y a mí no me queda más que el silencio, hasta quién sabe cuándo"; o cuando Capote da cuenta de la muerte de Marilyn Monroe, el 8 de agosto de 1962 en una carta a Newton Arvin: "No me puedo creer que Marilyn M. haya muerto. Era una chica de tan buena pasta, tan pura, en realidad, que estaba más cerca que nadie de lo angelical", están tan cerca ambos de su propio corazón como de la historia común del hombre y la mujer contemporáneos, que conocer ese juicio íntimo se hace necesario. No creo que, en el caso paraguayo, sea un simple capricho mío querer conocer dicho juicio. La historia y la cultura nacionales lo necesitan.

26/09/11

Keira Knightley será la nueva Ana Karenina

Me han tentado unos amigos luqueños para que entrara al piramidal “sistema Ponzi”: poner un millón de guaraníes y a los 20 días retirar siete. No me atrae, no me interesa la idea. Soy demasiado clásico: no concibo que la inversión no signifique producción. Sé también que antes que el “ilustre bicicletero” italiano existió una española de nombre Baldomera Larra, hija del escritor Mariano José de Larra (no podía no estar la literatura detrás de todo esto, encima del más genuino corte romántico), quien ya practicó en el Madrid del siglo XIX este método. Cuando le preguntaron cuál era la garantía del sistema, respondió: “¿Garantía? Una sola: el viaducto”. Y allí aparece Ana Karenina, quien popularizó en el siglo de Baldomera eso de morir por propia decisión, atropellada por un vehículo en movimiento, en su caso el tren. Por eso también fueron días en que pensé en Ana Karenina y les deseé suerte a mis amigos “inversores” luqueños.
Hoy leo que la más decimonónica de las actrices contemporáneas, Keira Knightley, será la nueva heroína de Tolstoi, la sucesora de Greta Garbo, Vivien Leigh y Sophie Marceau. “He estado leyendo el libro durante dos o tres meses, estudiándolo y tratando de recomponer las piezas del personaje y de descubrir todo sobre él. También me he leído un par de libros sobre aquel momento en la historia de Rusia, que es fascinante”, dijo la actriz.

22/09/11

Reeditan biografía de Lorca, de Ian Gibson

Hace ya cierto tiempo, vi sobre la mesa de luz del poeta Eulo García, connotado lorquiano —en su libro Gris hay un poema titulado “Lamentación lorquiana”, que hace justicia a la poética del granadino—, un grueso volumen que me hizo preguntarle estupefacto de dónde lo había conseguido. “Me lo regaló una compañera de trabajo. Bueno, su papá, en realidad”, me dijo, con una sonrisa enigmática. Y me contó que la compañera en cuestión había ido a España, y que García le pidió le trajera la clásica biografía de Ian Gibson sobre el otro García, el español. No hubo caso: no reeditada desde los 90, estaba agotadísima.

La compañera, española ella, visitó a su padre y le comentó acerca del inhallable pedido de Eulo. El hombre, como desprendiéndose de una joya para ir a parar a las manos de un poeta remoto, sin más preámbulos, se lo regaló en seco por medio de su hija, y son los dos gruesos volúmenes que tiene hoy el poeta sajoniano.

Ahora, por suerte, Eulo no será más un privilegiado: se acaba de editar una nueva edición. “Es el poeta más oral de toda su generación, y en Argentina, por ejemplo, intervino en muchos programas —porque su visita a ese país fue un hito, un fenómeno de una magnitud increíble— y es posible que exista alguna grabación perdida en algún sótano; no se sabe”, le dijo a Efe Gibson,
con motivo del lanzamiento del libro.

Eco cuenta cómo se hizo novelista

Sé de quienes no le tienen mucha estima a Umberto Eco. En él me parece que se opera lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu diría que es un caso de “tráfico de prestigio” (aunque el término es mío, no de Bourdieu) dentro de un mismo campo cultural: de riguroso académico y teórico, se hizo novelista popular, masivo y culto, según el juicio de lo que el filósofo argentino-mexicano Néstor García Canclini dice que es un síntoma de la posmodernidad. Es obvio que quienes lo leían con cierto respeto desde las esferas científicas, se desesperaron ante tanta “inmediatez” novelística del autor de El péndulo de Foucault. Y los lectores de sus novelas difícilmente no se lleven un chasco leyendo su Tratado de semiótica general.

Ahora, Eco vuelve a las librerías, luego de su reciente novela El cementerio de Praga, con Confesiones de un joven novelista, en donde aparentemente explica, desde su particular perspectiva, cómo fue que se hizo escritor de ficciones. Por lo menos por razones de oficio, el libro suena más que interesante.

“Nunca he entendido por qué a Homero se le considera un escritor creativo y a Platón no. ¿Por qué un mal poeta es un escritor creativo y un buen ensayista creativo no lo es?”, le dijo el escritor a la periodista Carmen Sigüenza, de Efe. Este “joven novelista” tiene hoy 83 años.

07/09/11

El teléfono me habla del amor y del tiempo


Hace unas horas, sonó el teléfono en la Redacción. Contesté, y del otro lado surgió la voz de una mujer, cansada y enérgica a un tiempo, evidentemente añosa. Se presentó, con un acento que conservaba el inconfundible tono del castellano paraguayo, mezclado con el industrial portugués paulista:

-Hola, estoy llamando desde Sao Paulo -me dijo. Soy la viuda de Joäo Rossi.

En un segundo, el nombre del artista brasileño que vino al Paraguay a mediados de los años 50 del siglo pasado provocó una serie de imágenes en mi cabeza, ninguna de ellas respondía aparentemente al motivo por el cual recibía el llamado telefónico de su viuda, distante 1300 kilómetros de Asunción.

-Le llamo para agradecerle el artículo que escribió el 28 de marzo sobre mi marido- me dijo.

Ahí recordé. Esa página de los lunes en la contratapa de ÚH, que desde hace 3 años vengo escribiendo con otros compañeros, a veces bufando por no hacerlo, me ha traído más reacciones que cualquier página más placentera escrita sobre Roa Bastos o Borges. Alguna vez me escribió un investigador desde, también, el Brasil, preguntándome qué tanto sabía sobre el pintor paraguayo Andrés Guevara como para ayudarlo en un trabajo suyo sobre historia del diseño en su país. Mucho no pude decirle, por supuesto. Y me han llamado las viudas de muchos grandes, grandísimos poetas paraguayos. Habrá quien pensará que soy un especialista en viudas, pero tampoco lo soy.

-Quiero agradecerle el artículo. Soy Isabel Olmedo, que es mi apellido de soltera. Para los cheques soy de Rossi- me dice riendo esta mujer de 86 años, coqueta, desde el mismo atelier en donde vivió, trabajó y murió el pintor brasileño que dio un empuje al arte moderno paraguayo.

-Lo conocí hace 48 años a mi marido, y hasta ahora lo amo- completa. En la Redacción los teclados parecían saltar por los aires ante cada golpe de los dedos de los periodistas, como juegos pirotécnicos que festejaban la frase de la mujer.

-Qué bien señora, debe estar orgullosa de amarlo hasta ahora- es lo único que atiné a decir, al borde desatino.

Magancha, como le dicen cariñosamente a Isabel, me cuenta rápidamente, luego de excusarse en un guaraní aún más extraño por el acento portugués ("che ñe'ëgatueterei"), que es hija de un antiguo canillita de La Tribuna.

-Cada fin de año La Tribuna sacaba historias sobre Asunción. Ahí salió una sobre mi papá, que fue el fundador de la primera escuela de canillitas- me cuenta.

Me agradece una y otra vez haber escrito sobre su marido, tanto que siento vergüenza ya de haberlo hecho. Esa vergüenza que al periodista a veces le falta, supongo. Me invita a que cuando vaya a Sao Paulo no dude en ir a su casa, que queda "cerca del barrio Morumbí".

-“Yo no soy porteña, que dice 'venga', y luego se esconde”- dictamina, cerca de una xenofobia casi infantil, pero también de la auténtica y genuina queja. Ya la conversación se hace un tanto repetitiva y larga, cuando lanza otra frase potente, sin transición:

-Yo soy comunista. Bueno, no éramos de partido, pero sí de izquierda. Acá estuve una vez presa en la delegación 48 días. Era muy amiga de Herminio Giménez yo- y calla, para después invitarme de nuevo a que fuera a Sao Paulo.

Prometí ir algún día, hasta anoté su número de teléfono paulista, y el de una hermana suya que vive en el barrio Las Mercedes de Asunción, sobre quien me aseguró que mañana jueves sale para ir junto a ella, si es que por ahí quería enviarle algo. "Sí, sí", dije, azorado por el tiempo, lo único que a fin de cuentas siempre nos azora inevitablemente.

Ella reía hermosamente en Sao Paulo, feliz de hurgar en la memoria del hombre que amó y que hace 11 años murió. Yo la escuchaba súbitamente entristecido en Asunción. Finalmente, se despidió. Volvió a repetir el "hasta ahora lo amo" del comienzo de la conversación. Su voz se apagó.

Casi seguro estoy que nunca iré a Sao Paulo a conocerla. Pero también estoy seguro, que por unos minutos interminables conocí ciertos atajos y certezas contra los apremios del tiempo y el amor que tan poco solucionados tenemos los otros mortales. Fui testigo de una memoria satisfecha, orgullosa. La envidié profundamente, mientras colgaba el tubo del teléfono.

06/09/11

El cotidiano Twitter y lo literario


Básicamente, el más célebre cuento del guatemalteco Augusto Monterroso tiene 50 caracteres: “Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”. Poco más de la tercera parte de lo que es posible escribir en Twitter. Tal vez una prueba de que las obras maestras caben en cualquier espacio.

Para mí hay un antes y un después en Twitter al hecho de “seguir” al mexicano Juan Villoro. Me parece que, con el espíritu de Nietzsche y, sobre todo, de Ciorán a cuestas, ha captado perfectamente lo que se puede hacer de literario en esta red social, sin perder profundidad y ganando en ironía y cinismo. Algunos de sus “tuits”: “Lo bueno de la basura orgánica es que es reciclable. Lo malo de los intelectuales orgánicos es que también son reciclables”; o “Tengo un amigo tan culto, que si encuentra una errata cree que es un ‘joycismo’ y si ve un vidrio roto cree que es un ‘Duchamp’ ”. Y así, cientos de genialidades. Hace poco me topé con un “tuit” del músico uruguayo Jorge Drexler. Escribió en 140 caracteres una sextilla sobre qué es escribir en Twitter, casi a la manera de Lope de Vega y su famoso soneto sobre cómo escribir un soneto: “Aquí me pongo a contar/ mis dudas y pareceres/ y para estos menesteres / debo mantenerme atento / y que sumen justo ciento / cuarenta los caracteres”. O esta de un escritor paraguayo y amigo, casi una perfecta crítica literaria cumpliendo el mandato de Borges, releer: “Me gustaba tu cuentística, Juan José Millas. ¿Qué ha pasado? Nada, simplemente tu obra no es compatible con las relecturas”.

Cuando Monterroso escribió su cuento “El dinosaurio” ignoraba, tanto como cuando Borges escribió “El aleph” prefigurando la misma internet, que la llamada “era digital” asimilaría su obra para hacerla más perfecta aún. Si el nuevo soporte sirve, el que sea y al igual que el libro, para transmitir significados y significantes profundos, gracias tecnología.

02/11/10

Mario Vargas Llosa en Limpio

Un día de 1997, fui a jugar un partido de fútbol (cuando quería y creía que iba a ser futbolista profesional) en la cancha de la Federación Limpeña. Terminado el mismo, fui hasta un copetín en el mercado. Me senté y pedí unas empanadas. Puse sobre la barra el libro que leía en ese momento: El Hablador, de Mario Vargas Llosa. La dueña del local sonrió al verlo. Me preguntó si me gustaba. Le dije que sí, sobre todo pensando en el personaje “Mascarita”, quien solía pedirle al narrador, siempre que estaba nervioso e impaciente, algo que tiene que ver con quien era mi ídolo por aquellos días, justamente gracias a Vargas Llosa (y García Márquez): “A ver, háblame de Faulkner”. La señora hizo una mueca de contrariedad y me preguntó, con un acento visiblemente extranjero, de qué iba la novela. Le expliqué que hay una parte urbana, historias de escritores y otros que quieren serlo, y otra parte se desarrolla en las selvas de la Amazonia peruana, con tribus indígenas. Sonrió. “No le creas nunca a Vargas Llosa”, me dijo, “lo suyo es pura pose. En el Perú lo conocemos. Él puede escribir todo lo que quiera sobre los indígenas, pero en la vida real los odia”. Ahí recién caí en la cuenta del origen de su acento y de sus rasgos físicos: era peruana, con ascendencia indígena, por supuesto. Le escuché un plagueo interminable sobre declaraciones y actos intolerantes y racistas del escritor, durante su candidatura a la presidencia del Perú. (A propósito, me leí de cabo a rabo su libro de memorias El pez en el agua, que historia su campaña presidencial, y en ninguna de sus 400 páginas está escrita la palabra “indígena”, acaso como medida antiséptica. Esto de parte de alguien que quería ser presidente de un país con más del 40% de sus habitantes con sangre aborigen.)
En todo caso, nunca olvidé las palabras de aquella simple dueña de copetín en medio de un mercado grasiento y orgulloso de su olor a pueblo. Y nunca más leí a Vargas Llosa con inocencia. El secreto es ese: no ser inocente cuando se lee. Con respecto a Vargas Llosa, eso me enseñó aquella mujer en Limpio.

21/09/10

Fragmento de Madame Bovary en edición de setiembre de Playboy

El veterano Hugh Hefner está siempre en su mansión, rodeado de rubias sintéticas que vegetan por ahí sin penar por él, y con una previsible servidumbre siempre lista para tratarlo como al señor Burns de Los Simpsons, acaso tendrá tiempo de leer algo que no sea su fabuloso y lucrativo invento: la revista Playboy. Al menos eso es lo que parece, si le hacemos caso por lo que ha anunciado en su twitter esta semana: considera a Madame Bovary, la obra maestra de Gustave Flaubert, “una gran lectura”.
Playboy ha anunciado que las mujeres con poca ropa de su próximo número de setiembre
se verán acompañadas por el fragmento de una nueva traducción de la clásica novela, que poco tiempo después saldrá a la venta por la editorial Penguin. La encargada de la traducción, otra mujer; su nombre es Lydia Davis, y es una escritora y crítica estadounidense especializada en literatura francesa.
Esta información me hizo recordar algo. Exactamente dos años atrás, la edición argentina de la revista Maxim, también dedicada al público masculino, traía en tapa a una generosa Dallys Ferreira. Y las fotos en las páginas interiores no llevaban texto que hablaran de la paraguaya, sino estaban acompañadas por uno sorprendente: un fragmento de Contravida,de Augusto Roa Bastos...