9/4/12

Eva Gabrielsson, el as en la manga de Stieg Larsson


“Quisiera no haber escrito jamás este libro sobre Stieg, 
sobre nuestra vida, pero también sobre mi vida sin él”.

"Eva, date prisa”, le dijo por teléfono Per, un periodista compañero de Stieg, la siesta del martes 9 de noviembre de 2004. La mujer había sentido la inmisericordia del tono extraño, perentorio, que la conminaba de inmediato a subir al tren que la debía llevar urgentemente desde Falun, una ciudad a tres horas de distancia, hasta Estocolmo, en uno de cuyos hospitales había ido a parar el periodista y escritor Stieg Larsson, luego de sentirse mal en la oficina del semanario Expo, que dirigía. No habría tiempo, en realidad: antes de que subiera al tren, el hombre a quien había amado y con quien había convivido durante treinta y dos años, ya estaba muerto.

Solo unos meses después de aquel 9 de noviembre en que Stieg Larsson murió, el mismo día en que debía decir un discurso público en conmemoración de la Noche de los Cristales Rotos, que había dado inicio oficial a la persecución naz contra los judíos, en 1938, se publicó la primera entrega de la trilogía que fraguaba por las noches el escritor sueco, mientras bebía ingentes cantidades de café y fumaba cigarrillos interminables: Millennium.


Para quienes conocían a Larsson desde los tiempos juveniles de su militancia política en círculos maoístas, primero, y trotskistas, después, no era nada descabellado tener la certeza de que el mundo de Eva Gabrielsson, su compañera ya desde dichos tiempos núbiles, vendría a desmoronarse previsible e inevitablemente, luego de la muerte del autor de Los hombres que no amaban a las mujeres. Es ese desmoronamiento, además de detalles de la vida de periodista y escritor de Larsson, el que cuenta Gabrielsson en Millennium, Stieg y yo (Destino, 2011), un libro que no se sonroja por ser precisamente lo que el título enuncia: las memorias de una relación de pareja, pero también las confesiones de una espectadora privilegiada del proceso de creación de una de las trilogías más exitosas de las últimas décadas.
 



Gabrielsson se hizo conocida en los medios básicamente por visibilizar una de las pruebas tangibles de ese otro lado oscuro y arbitrario de la Suecia que las novelas de su  compañero quieren mostrar: el paraíso del Estado de Bienestar, de la socialdemocracia exitosa, no permite que las uniones de hecho sean consideradas válidas a efectos de litigios de herencia. Por lo que la mujer que estuvo más de tres décadas con Larsson se quedó sin nada, a diferencia del padre y el hermano del escritor, quienes, por lo menos según lo que se lee en Millennium, Stieg y yo, demostraron un súbito amor hacia la memoria de Stieg cuando la trilogía se convirtió en una victoria económica fulgurante.

Más allá de las quejas y los lamentos —totalmente atendibles, por supuesto—, de parte de Gabrielsson, acerca de su magra suerte, este libro guarda particular interés para quienes desean encontrar ciertas pistas de la vida de Larsson y, sobre todo, del hombre que escribió Millennium. Como ya se mencionó antes, Larsson tuvo una temprana inclinación política de izquierda. Siempre que la misma Gabrielsson terminaba por desencantarse de los maoístas o trotskistas, él aguantaba un poco más y realizaba críticas desde adentro de las organizaciones juveniles a las que pertenecía antes de alejarse de ellas. Su trabajo periodístico se centró, en mayor medida, en una rigurosa catalogación de los grupos de extrema derecha que pululaban (y lo siguen haciendo) en Suecia. De hecho, vivió varios años tomando cuidados especiales ante las amenazas que recibía (balas en sobres, publicación de su dirección y número telefónico en revistas extremistas, etc.).
 

Ética periodística

Larsson activó bastante por que la “Constitución sueca atribuyera a internet el mismo nivel de responsabilidad que a los otros medios de comunicación y que impusiera la obligatoriedad de que todas las páginas web tuvieran un responsable”, cuenta Gabrielsson. Esto pensado especialmente en los sitios web racistas y fascistas que incitan a la violencia. Además, “Millennium denuncia la progresiva dejación de funciones de los medios de comunicación”, desentendidos de los problemas reales de la sociedad, con periodistas económicos que tratan
“a los empresarios como si fueran estrellas de rock, dejando que se enriquecieran a sus anchas”.


El feminismo de Larsson

Otro tema sobre el que se debate bastante en torno a Millennium es el de la violencia hacia la mujer. Para Gabrielsson, no hay dudas del feminismo de Larsson. Explica que Los hombres que no amaban a las mujeres ( cuyo título en sueco es en realidad Los hombres que odian a las mujeres) fue inspirada por tres muertes reales ocurridas en Suecia, las que llevaron al escritor a escribir un ensayo previo sobre el mismo, publicado en el volumen Debate sobre los crímenes de honor; ¿feminismo o racismo? 
 
Las tres muertes (la de una mujer asesinada por su novio celoso; la de una joven india muerta por su padre, al no querer aceptar un matrimonio consumado; la de otra despedazada sin más) Larsson explicaba que formaban parte de la misma matriz: eran “víctimas de la misma opresión patriarcal”. De hecho, denunciaba la manera en que en Suecia consideraban estos hechos de violencia extrema: la del novio celoso como un asesinato cualquiera, al igual que la mujer despedazada; y la de la india, un asesinato étnico en el cual Occidente y sus instituciones no tienen por qué ver motivaciones especiales y específicas, diferentes a las de un “asesinato cualquiera”. Se trata —explicaba Larsson en el ensayo que es citado por Gabrielsson— de una “violencia sistemática”, la que sería “la expresión que emplearíamos si semejante violencia se ejerciera contra sindicalistas, judíos o minusválidos”. 

El cuarto volumen

Tal vez el capítulo dedicado al siguiente volumen de Millennium, el que Larsson no terminó, sea el que más interese a los fanáticos de la trilogía. Aquí Gabrielsson deja en claro lo que es tal vez el más importante refugio (por lo menos hasta ahora) de la memoria ética del escritor. Titulado provisoriamente La venganza de Dios, el cuarto volumen es el único que la mujer posee. Desde un año después de la muerte de su compañero, cuando su suegro y cuñado le arrebataron legalmente los derechos sobre su obra, Gabrielsson manifestó su deseo de gestionar el legado escrito (que suegro y cuñado han maltratado, cambiando nombres de personajes y hechos) de Larsson. 

“No quiero que su nombre continúe siendo una industria y una marca”, dice Gabrielsson, mientras se niega a dar a conocer la no culminada cuarta entrega. Ella se declara, si no heredera legal, sí heredera moral de Stieg Larsson. El as en la manga de los hombres que sí aman a las mujeres.

Wislawa Szymborska, la poeta de la simple ironía

Szymborska y un ritual hasta la muerte: fumar.
Para nada sospechaba que la decisión tomada el pasado jueves por la mañana, la de poner el Réquiem de Mozart en el equipo de audio mientras mi pequeña hija Ámbar insistía tercamente en ayudarme a ordenar los libros, entrañaría para mis gustos literarios una todavía ilegible señal funesta. Wislawa Szymborska, la que fuera considerada por quienes instituyen el Premio Nobel como la “Mozart de la poesía”, había ya fallecido en la tranquilidad de su hogar en Cracovia, Polonia, para cuando la levitante música del genio de Salzburgo inundaba la luminosa y lejana mañana luqueña.

Nacida en julio de 1923, esta polaca adorable, de formas tímidas y temperamento poético potente, la última mujer en ser galardonada con el Nobel de Literatura, era una fumadora  empedernida aún cuando ya rosaba las nueve décadas de vida. Murió, de hecho, de un cáncer de pulmón. “Una vez recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar. Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí”, le contó hace tres años a un periodista de El País, de Madrid, sin ningún rictus facial que denotara el miedo y la certeza de que moriría de una afección pulmonar.

Publicó su primer libro de poemas en 1952, inicialmente seducida por un realismo marcado por su cercanía, luego atenuada y desaparecida, con el comunismo. Fue distinguida con una importante cantidad de premios en su país antes de ser mundialmente famosa, hecho este último que siempre le incomodó un poco. 

En castellano, solo era poeta de antologías dispersas, y hoy se cuenta con toda su obra
poética traducida, incluso la que tiene escrita en prosa. Dos años antes del Nobel, su
coterráneo Krzysztof Kieslowski comenzó a hacerla conocida en Occidente, aunque muchos no se dieron cuenta de ello: en una escena de Rojo, la primera de la gran trilogía de películas formada también por BlancoyAzul, el director de cine incluyó la lectura de un poema que, algunos creen, pudo hasta haber inspirado el filme. Dice, en una parte, “Amor a primera vista”: “Los dos pensaron que/ un repentino sentimiento los unía./ Esa seguridad era hermosa/ aún más hermosa que la inseguridad./ Ellos pensaban que no se conocían/ el uno al otro./ Nunca había pasado nada entre ellos./ Estas calles, estos corredores./  ¿Dónde pudieron haberse  conocido antes?”.

“Un lugar siempre hay vacío/ de donde qué más fácil que divisar la muerte”, dice, en “Monólogo para Casandra”, esta Casandra polaca, quien divisó con particular y simple ironía los temas más importantes del mundo contemporáneo y de cualquier tiempo: el amor, la soledad, la violencia.

Hoy la divisamos desde la vida en esa muerte suya, tranquila y hogareña, que quien sabe si es más vida que la nuestra: otra más desenmascarada por Szymborska con la ironía de hacernos creer que el Réquiem de Mozart suena por ella, cuando probablemente suena por nosotros,
ilusos.