
Fue gracias a este índice onomástico que rápidamente encontré citado en cuatro oportunidades el nombre de Roa Bastos, en las más de setecientas páginas del segundo de los tres volúmenes de las cartas del autor de Bestiario. Una de esas menciones me llamó especialmente la atención, más aún porque no era uno solo el paraguayo mencionado, sino tres: también Gabriel Casaccia y Rubén Bareiro Saguier. En una carta remitida el 1 de diciembre de 1966 al escritor peruano Mario Vargas Llosa, Cortázar escribe en una post data:
"Rubén Bareiro me dio Alcor, para mi consuelo; después de dos textos ilegibles de Roa Bastos y Casaccia, encontré 'Pichula Cuéllar'. Tendrás que hablarme de ese 'fragmento', pues no tenía noticia de que fueras a publicar nada en Lumen. A los tres párrafos ya me tenías agarrado de la nariz, y sobre todo de las orejas. ¿Cuándo aprenderán en nuestras tierras lo que es un estilo? La gente sigue ?redactando' cuentos y novelas; lo de Casaccia parece en broma, pero desgraciadamente no lo es, supongo".
El primer hallazgo: lo que en Alcor de 1966 (no tengo idea de qué mes) se titulaba "Pichula Cuéllar", en 1967 sería una de las obras maestras de Mario Vargas Llosa: la nouvelle titulada Los cachorros. Es decir, un adelanto de lujo, lo que habla del nivel de la revista dirigida por Bareiro Saguier y Julio César Troche.
El segundo hallazgo es más ominoso e incómodo: ¿A qué relatos de Roa y Casaccia se refería Cortázar como "ilegibles" y por qué les acusaba de no tener "estilo" o de tener uno malo? Para responder lo primero, no tengo a mano la edición facsimilar de Alcor que hace un par de años editó Servilibro. Para lo segundo, arriesgo una hipótesis. Hay que tener en cuenta que es una carta a Vargas Llosa, es decir (junto con Fuentes y el propio Cortázar), el más arriesgado experimentador y renovador ficcional de la década. No es casual que el argentino elogie el fragmento de Los cachorros, un texto que es un experimento lingüístico alucinante. Frente al relato de Vargas Llosa, los textos de Casaccia y Roa Bastos de los años 60 son apenas un viaje de un día - emocionante, sí, pero demasiado breve y a veces anacrónico- a la gran ciudad, para volver a la noche a la comodidad provinciana de las capueras y del bello rocío. Es decir, probablemente, lo que Cortázar dice por "aprender lo que es un estilo" significa salirse del muelle sillón perezoso del costumbrismo, cuyas rémoras siguieron viviendo en algunas cosas que publicaban Casaccia y Roa por aquellos años. Rémoras, por otro lado, que lamentablemente persisten en una parte de nuestra literatura. Es lo que se me ocurre. Yo qué sé.