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En la oficina. Bradlee en los años de Watergate. |
En junio de 1949 cubrí las revueltas raciales que sucedieron
en Anacostia, junto con Jack London (llamado así por el gran novelista), que
durante el día estudiaba derecho y trabajaba como periodista para el Washington Post por la noche. El Washington Post fue el único periódico
que las calificó de revueltas raciales. Pasando por encima de los cadáveres de
Bradlee y London insistió en llamarlas "incidentes", "disturbios"
o "manifestaciones". El conflicto surgió por ver quién podía nadar en
qué piscinas públicas. Había seis piscinas de este tipo en el distrito de
Columbia, todas ellas bajo jurisdicción del Departamento de Interior. Tres eran
piscinas sólo para blancos (incluyendo la de Anacostia) y tres sólo para
negros. Fue mi primer encuentro con la segregación real. En Washington, el Star y el News usaban todavía el término "de color" para referirse
a los negros, tuviera o no algo que ver la raza del individuo con la noticia.
En el Washington Post, la regla era
no mencionar nunca la raza de una persona, a menos que fuera necesario para
hacer la historia inteligible. Utilizábamos el término "negro" en ese
caso; las palabras "black" o "afroamericano" no habían
nacido todavía.
Una pandilla de jóvenes, pertenecientes a las secciones de
Filadelfia y Nueva York de lo que quedaba del Partido Progresista de Henry
Wallace, había decidido que la integración en las piscinas públicas de verano
de Washington podía ser un proyecto que valiera la pena durante el periodo veraniego.
Y, dicho y hecho, habían estado acudiendo, en el sofocante calor de las dos
últimas semanas de junio, acompañados de jóvenes negros. En una ocasión, seis
chicos negros se las habían arreglado para zambullirse brevemente en una de las
piscinas blancas, hasta que empezaron a abuchearles y a salpicarles unos
cincuenta blancos. Los salvavidas estaban pidiendo que se les relevara del
trabajo, temiendo que se produjeran desórdenes que, fueran incapaces de
controlar. La muchedumbre era cada vez más numerosa y los ánimos se estaban
caldeando. Los periódicos —el Washington
Post incluido— estaban muertos de miedo con aquella historia. Tenían miedo
de decir la verdad y de las revueltas que, casi con seguridad, estallarían; y,
al mismo tiempo, tenían miedo de no decir la verdad y arriesgar su honor y su
reputación.
La segregación racial era una realidad en Washington, en
pleno siglo XX. Los restaurantes podían negar legalmente la entrada a los
negros y lo hacían rutinariamente. La Prensa apenas se ocupaba de la comunidad
negra, incluido el Washington Post,
que con Russ Wiggins y Ben Gilbert había sido el pionero en cubrir esta
controvertida cuestión. Era norma no cubrir incidentes cuando implicaban a
negros. Al poco de haber empezado a trabajar, recuerdo haber escuchado a través
de la radio de la policía la descripción de un delito, y al preguntarle al
redactor jefe de local de la noche si quería que fuera a cubrirlo, me contestó:
“Bah, no. Es un asunto de negros”. Una de las más preciadas posesiones de un
fotógrafo del Washington Post de
aquella época era una foto en la que él estaba en cuclillas, con la cúpula del
Capitolio al fondo, sosteniendo la cabeza de un hombre negro que acababa de
suicidarse tirándose bajo un tranvía. La foto la había tomado otro fotógrafo de
local. Nunca apareció ningún artículo sobre la muerte de aquel hombre, que
había ocurrido a plena luz del día en la avenida Pennsylvania.
A las tres de la tarde del 28 de junio la radio de la policía
transmitió una “llamada de emergencia” en Anacostia, y London y yo corrimos a
cubrirlo. Durante las seis horas siguientes fuimos testigos de una verdadera
batalla campal entre blancos y negros en la explanada que rodeaba la piscina.
La policía montada del parque paseaba sus caballos arriba y abajo, en la tierra
de nadie que se extendía entre las facciones enfrentadas. Las dos partes iban
armadas con porras de fabricación casera, algunas con clavos incrustados que
sobresalían. Oleadas de blancos disolvían periódicamente a la multitud para
ahuyentar a los blancos a los que responsabilizaban de la situación por querer
que se integraran las piscinas, o para acorralar a los negros. Estos iban
detrás de los blancos que se quedaban aislados, allí donde pudieran encontrarlos.
En total, había alrededor de cuatrocientas personas involucradas, divididas a
partes iguales entre las dos razas. Al menos veinte polis trataban de controlar
la revuelta, y había más preparados en la reserva.
London y yo nos dividimos por grupos. Lo cubrimos como si
fuéramos corresponsales de guerra, metidos hasta la piel en la acción.
Enviábamos las crónicas a la mesa —al redactor jefe de local de día y al equipo
de edición— por teléfono cada media hora. Cuando cayó la noche y se dispersó la
multitud volvimos a la redacción, sabiendo que teníamos entre manos una noticia
de primera, conscientes de que habíamos cubierto un acontecimiento importante.
En el taxi, nos preguntábamos qué otra cosa podría haber ocurrido en el mundo
que nos impidiera abrir la primera página, al menos en la primera edición.
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El libro. Bradlee publicó sus memorias en 1995. |
Nos lanzamos sobre el periódico en el momento en que salía de
la rotativa. Nuestra historia no estaba en primera página. ¡Aquello era
jodidamente increíble! Nada tampoco en el resto de la sección A. En la página
suelta, la primera página de la segunda sección —normalmente, en aquella época,
la sección local o metropolitana—, nada tampoco: ni una maldita línea.
Empezamos a expresar nuestra indignación en voz alta. Las cosas empeoraron
cuando "la" descubrimos finalmente dentro de la sección local; salvo
que la historia no era sobre la revuelta racial que acabábamos de presenciar.
El titular decía: “El Gobierno administrará la piscina McKinley tras la
retirada de la Junta de Distrito”. La primera mención que se hacía sobre
Anacostia en el artículo estaba en el octavo párrafo: “No se produjeron
incidentes en la piscina de Anacostia durante el periodo de baño de la mañana...”.
Las palabras “pelea”, “gresca” y “refriega” aparecían en los párrafos noveno y
undécimo. Y los acontecimientos de la tarde y de la noche se describían cerca
del final como un “incidente”.
Casi cuarenta y tres años después, Ben Gilbert se refirió
como sigue al “incidente” en un informe, encargado por el editor Don Graham,
sobre las relaciones raciales en el Washington
Post, titulado “Levantando el velo sobre la Ciudad Secreta... El Washington
Post y la revolución racial”:
John Riseling, el redactor jefe de local de noche, telefoneó a quien esto
escribe [es decir, al propio Gilbert, entonces redactor jefe de local] a casa
para informarle sobre lo que había ocurrido cuando se sugirió que el turno de
día cubriera la noticia al día si-guiente. Riseling me contó las quejas de
Bradlee y London diciendo que estaba armando «un buen follón» en la redacción.
Aquello era exactamente lo que habíamos hecho, completamente
indignados por el miedo que había mostrado el liberal Washington Post a contar
la verdad, y cómo los redactores jefes estaban tan integrados en el “sistema”
que no se atrevían a hablar de razas a menos que se tratara de alguna historia
jugosa sobre un negro que lucha y logra el triunfo o un artículo sobre un
fanático de raza blanca. London iba a ser abogado, por lo que no le preocupaba
su carrera en el periódico, pero yo llevaba en el Washington Post sólo siete meses y no tenía a dónde ir. No
obstante, estábamos furiosos e hicimos que todo el mundo se enterara.
De pronto sentí una palmadita en el hombro y, al darme la
vuelta, me encontré de frente con Phil Graham, el editor, vestido de frac. “De
acuerdo, muchacho”, dijo, “ven arriba conmigo”. Me llevó arriba, a su despacho
en la quinta planta del viejo edificio del Washington Post. Allí —no podía creer
lo que veían mis ojos— estaba Julius “Cap” Krug, el secretario de Interior, que
era el responsable final de las piscinas de la ciudad; su subsecretario, Oscar
Chapman, y, en representación de la Casa Blanca, el consejero especial del
presidente Truman, Clark Clifford. Todos vestidos de frac, si mal no recuerdo.
Graham me invitó a que les contara mi historia a aquellos
miembros tan elegantemente vestidos de la jerarquía de Washington. Nervioso al
principio, me fui encendiera medida que hablaba. Cuando terminé, me despidieron
con un “muchas gracias” y eso fue todo. El artículo de la página B2 no cambió
en las siguientes ediciones, pero al día siguiente se trasladó a la primera
página: “Cerrada la piscina de Anacostia hasta nuevo aviso”. El artículo incluía
los nombres de los heridos y de los arrestados, el número de policías (100) y
el número de los concentrados (450). Se seguía refiriendo al acontecimiento
como “disturbio”.
Hasta mucho más tarde no supe lo que había pasado en el
despacho de Graham. El editor había negociado un verdadero arreglo con los
peces gordos: cerrarían inmediatamente la piscina de Anacostia, prometiendo que
las seis piscinas operarían, el año siguiente, de forma totalmente integrada, o
si no el artículo de Bradlee iría en primera página a la mañana siguiente. Krug
y compañía aceptaron el acuerdo allí mismo, a pesar de que ello significaba
cerrar una de las piscinas durante los dos meses más calurosos, en una ciudad
sofocante, carente casi por completo de aire acondicionado.
Ningún editor se atrevería, hoy en día, a hacer un trato
semejante. Primero, porque los negros no lo apoyarían. Los días en que los
blancos tomaban decisiones que les afectaban sin su participación han pasado a
la historia, y de ello nos felicitamos. Segundo, porque el trato nunca podría
mantenerse en secreto, y su consecución precisamente dependía de que se
mantuviera en secreto; los periodistas hablarían; los propagadores de rumores
propagarían sus rumores; los analistas periodísticos publicarían todos los
detalles. Los departamentos de prensa de Time
y Newsweek harían un marcaje de lo
más agresivo. El atropello de la prensa, ese nuevo fruto de la democracia
americana, haría su irrupción.
Pero ¿sería el mundo mejor si no se hubiera hecho aquel
trato? Seguramente habríamos tenido algún tipo de revuelta racial aquel verano
o el siguiente. En lugar de eso, no tuvimos nada parecido durante diecinueve
años, hasta 1968, cuando estallaron los disturbios por el asesinato de Martin
Luther King, Jr.
Estoy instintivamente a favor de la luz del sol, contra las
puertas cerradas, a favor del "deja que todo se ventile" y contra las
habitaciones llenas de humo. Creo que la verdad hace libres a los hombres; odio
tener que ceder un solo centímetro de terreno en contra de este elevado
principio, pero estoy menos seguro hoy en día de lo que lo estaba entonces
—cuando Phil Graham hizo su pacto secreto—, sobre si se sirve mejor al público
dejando que lo sepa todo al mismo tiempo que se está produciendo un
acontecimiento.
Ben Bradlee, La vida de
un periodista, El País-Aguilar, 1996, págs. 144-149.