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Octavio Paz |
Apenas entramos me sentí asfixiada por el calor y estaba como entre los
muertos y creo que si me quedara sola en una sala de ésas me daría miedo pues
me figuraría que todos los cuadros se me quedaban mirando y me daría una
vergüenza muy grande y es como si fueras a un camposanto en donde todos los
muertos estuvieran vivos o como si estuvieras muerta sin dejar de estar viva y
lástima que no sepa contarte los cuadros ni tanta cosa de hace muchísimos
siglos que es una maravilla que están como acabados de hacer ¿por qué las cosas
se conservan más que las personas? imagínate ya ni sombra de los que los
pintaron y los cuadros están como si nada hubiera pasado y había unos muy
lindos de martirios y degüellos de santas y niños pero estaban tan bien
pintados que no me daban tristeza sino admiración los colores tan brillantes
como si fueran de verdad el rojo de las flores el cielo tan azul y las nubes y
los arroyos y los árboles y los colores de los trajes de todos los colores y
había un cuadro que me impresionó tanto que sin darme cuenta como cuando te ves
en un espejo o como cuando te asomas a una fuente y te ves entre las hojas y
las ramas que se reflejan en el agua entré al paisaje con aquellos señores
vestidos de rojo verde amarillo y azul y que llevaban espadas y hachas y lanzas
y banderas y me puse a hablar con un ermitaño barbudo que rezaba junto a su
cueva y era muy divertido jugar con los animalitos que venían a hacerle
compañía venados pájaros y cuervos y leones y tigres mansos y de pronto cuando
iba por él los moros me cogían y me llevaban a una plaza en donde había
edificios muy altos y puntiagudos como pinos y empezaban a martirizarme y yo
empezaba a echar sangre como surtidor pero no me dolía mucho y no tenía miedo
porque Dios arriba me estaba viendo y los ángeles recogían en vasos mi sangre y
mientras los moros me martirizaban yo me divertía viendo a unas señoras muy
elegantes que contemplaban mi martirio desde sus balcones y se reían y platicaban
entre sí de sus cosas sin que les importara mucho lo que a mi me pasaba y todo
el mundo tenía un aire indiferente y allá lejos había un paisaje con un
labrador que araba muy tranquilo su campo con dos bueyes y un perro que saltaba
junto a él y en el cielo había una multitud de pájaros volando y unos cazadores
de vestidos de verde y rojo y un pájaro caía traspasado por una flecha y se
veían caer las plumas blancas y las gotas rojas y nadie lo compadecía y yo me
ponía a llorar por el pajarito y entonces los moros me cortaban la cabeza con
un alfanje muy blanco y salía de mi cuello un chorro de sangre que regaba el
suelo como una cascada roja y del suelo nacían multitud de florecitas rojas y
era un milagro y entonces todos se iban y yo me quedaba sola en aquel campo
echando sangre durante días y días y regando las flores y era otro milagro que
no acabara la sangre hasta que llegaba un ángel y me ponía la cabeza otra vez
pero imagínate que con la prisa me la ponía al revés y yo no podía andar sino
con trabajo y para atrás lo que me cansaba mucho y como andaba para atrás pues
empecé a retroceder y me fui saliendo de aquel paisaje y volví a México y me
metí en el corral de mi casa donde había mucho sol y polvo y todo el patio
cubierto por unas grandes sábanas recién lavadas y puestas a secar y las
criadas llegaban y levantaban las sábanas y eran como grandes trozos de nubes y
el prado aparecía todo verde y cubierto de florecitas rojas que mi mamá decía
que eran del color de la sangre de una Santa y yo me echaba a reír y le contaba
que la santa era yo y cómo me habían martirizado los moros y ella se enojaba y
decía ay mi Dios ya mi hija perdió la cabeza y a mí me daba mucha tristeza oír
aquellas palabras y me iba al rincón oscuro del castigo y me mordía los labios
con rabia porque nadie me creía y cuando estaba pegada a la pared deseando que
mi mamá y las criadas se murieran la pared se abrió y yo estaba al pie de un
pirú que estaba junto a un río seco y había unas piedras grandes que brillaban
al sol y una lagartija me veía con su cabecita alargada y corría de pronto a
esconderse y en la tierra veía otra vez mi cuerpo sin cabeza y mi tronco ya
estaba cicatrizado y sólo le escurría un hilo de sangre que formaba un
charquito en el polvo y a mí me daba lástima y espantaba las moscas del
charquito y echaba unos puñados de tierra para ocultarla y que los perros no
pudieran lamerla y entonces me puse a buscar mi cabeza y no aparecía y no podía
ni siquiera llorar y como no había nadie en aquel paraje me eché a andar por un
llano inmenso y amarillo buscando mi cabeza hasta que llegue a un jacal de
adobe y me encontré a un indito que allí vivía y le pedí un poco de agua por
caridad y el viejito me dijo el agua no se niega a un cristiano y me dio agua
en una jarra colorada que estaba muy fresca pero no podía beberla porque no
tenía cabeza y el indito me dijo no se apure niña yo aquí tengo una de repuesto
y empezó a sacar de unos huacales que tenía junto a la puerta su colección de
cabezas pero ninguna me venía unas eran grandes otras muy chicas y había de
viejos hombres y de mujeres pero ninguna me gustaba y después de probar muchas
me enoje y empecé a darles de patadas a todas las cabezas y el indito me dijo
no se amuine niña vamos al pueblo a cortar una cabeza que le acomode y yo me
puse muy contenta y el indito sacó de su casa un hacha de monte de cortar leña
y empezamos a caminar y luego de muchas vueltas llegamos al pueblo y en la
plaza había una niña que estaba martirizando unos señores vestidos de negro
como si fueran a un entierro y uno de ellos leía un discurso como en el Cinco
de Mayo y había muchas banderas mexicanas y en el kiosco tocaban una marcha y
era como una feria había montones de cacahuates y de jícamas y cañas de azúcar
y cocos y sandías y toda la gente compraba y vendía menos un grupo que oía al
señor del discurso mientras los soldados martirizaban a la niña y arriba por un
agujero Dios lo veía todo y la niña estaba muy tranquila y entonces el indito
se abrió paso y cuando todos estaban descuidados le cortó la cabeza a la niña y
me la puso y me quedó muy bien y yo di un salto de alegría porque el indito era
un ángel y todos me miraban y yo me fui saltando entre los aplausos de la gente
y cuando me quedé sola en el jardín de mi casa me puse un poco triste pues me
acordaba de la niña que le cortaron la cabeza. Ojalá que ella se la pueda
cortar a otra niña para que pueda tener cabeza como yo.
OCTAVIO PAZ