
Mario Benedetti, lo sabemos, fue esencialmente un poeta, aún cuando la apretada libertad del cuento o el inmensurable panóptico de la novela animaban a su pluma. Como poeta innúmero y abarcativo, hizo muchos goles, pegó no menos pelotas en los palos, y otras fueron franca y llanamente a las graderías, para utilizar un símil futbolero que no habría desdeñado, nos arriesgamos, el mismo Benedetti. Como cuentista fue menos profuso, pero dejó algunas piezas cuya exclusión del panteón del género sería poco menos que criminal. Como novelista siguió siendo melancólicamente crítico con la vida real y sus dolores impuestos, aún cuando la monotonía temática y la tentación del final sentimentalista se traspasaban sin pudor de un libro a otro. Me parece que como crítico es donde surge el más inexpugnable de todos los Benedettis posibles. No tardó en entender (porque no era cínico) que la literatura hecha en América Latina, especialmente la de las décadas del 50, 60 y 70, era inseparable de la “realidad que delira” en el interior del continente, aún cuando se tratara dehurgar en la de miedosos congénitos de “la realidad”, como Borges. Y que así como esa realidad era y es problemática, la literatura es también necesaria y genuinamente problemática, tanto en sus motivaciones como en sus arcadas internas para decirse como tal. No dejó deanalizar las obras de casi todos los más grandes poetas, prosistas y ensayistas de AméricaLatina en el siglo XX, y aún de exponentes oriundos de otras lenguas y otras latitudes. Si uno mira Los ejercicios del criterio (SeixBarral, 1996), libro antológico de decidida impronta martiana, se encuentra con que, para dar una muestra, toda la exégesis corriente y al uso de hoy día ya se encuentra esencialmente enunciada en el abordaje d eobras, por aquel tiempo novísimas, como las de Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Augusto RoaBastos (con dos escritos magistrales sobre Hijo de hombre y Yo el Supremo), Gabriel García Márquez, Nicanor Parra, Roque Dalton, Antonio Cisneros, Felisberto Hernández, entre muchísimos otros. Al contrario de algunos contemporáneos suyos, no concebía que instrumentos teóricos como el marxismo y el estructuralismo, por ejemplo, eran agua y aceite, sino precisamente eso: meros instrumentos teóricos, no fines con“tintes pasionales”, como ciertos crímenes. No habrá sido meticulosamente perfecto como crítico, pero demostró que entre hacer literatura y escribir sobre literatura, el resultado de la ecuaciónes siempre el mismo: literatura. Lo cual es una tautología sin serlo. Y en el caso de Benedetti, una tautología vital.