11/8/12

Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante: lenguaje y carnaval


"¿Quién era Bustrófedon? ¿Quién fue quién será quién es Bustrófedon? ¿B? Pensar en él es como pensar en la gallina de los huevos de oro, en una adivinanza sin respuesta, en la espiral. Él era Bustrófedon para todos y todo para Bustrófedon era él. No sé de dónde carajo sacó la palabrita —o la palabrota. Lo único que sé es que yo me llamaba muchas veces Bustrófoton o Bustrófotomatón o Busnéforoniepce, depende, dependiendo y Silvestre era Bustrófenix o Bustrofeliz o Bustrófitzgerald, y Florentino Cazalis fue Bustrófloren mucho antes de que se cambiara el nombre y se pusiera a escribir en los periódicos con su nuevo nombre de Floren Cassalis, y una novia de él se llamó siempre Bustrofedora y su madre era Bustrofelisa y su padre Bustrófader, y ni siquiera puedo decir si su novia se llamaba Fedora de veras o su madre Felisa y que él tuviera otro nombre que el que él mismo se dio. Me imagino que sacó la palabra de un diccionario como del nombre de una medicina (¿ayudado por Silvestre?) tomó lo del continente de Mutaflora, que era la bustrofloresta de los bustrófalos.
Recuerdo que un día fuimos a comer juntos él, Bustrofedonte (que era el nombre esa semana para Rine, a quien llamaba no solamente el más leal amigo del hombre, sino Rineceronte, Rinedocente, Rinedecente, Rinecente, como luego hubo un Rinecimiento seguido del Rinesimiento, Rinesemento, Rinefermento, Rinefermoso, Rineferonte, Ronoferante, Bonoferviente, Buonofarniente, Busnofedante, Bustopedante, Bustofedonte: variantes que marcaban las variaciones de la amistad: palabras como un termómetro), y yo, cuando aparecieron los dos a buscarme al periódico me dijo, Vamos a una bustrofonda, porque detestaba los restaurantes de lujo y las lámparas de lágrimas y las flores de papel, y llegamos y no se había sentado cuando llamó al camarero. Bustrómozo, dijo y ya ustedes saben cómo son los camareros en La Habana tarde en la noche, que no les gusta que los llamen por su nombre: ni camareros ni mozos ni dependientes ni cosas por el estilo, así que vino el tipo con una cara más larga que la cola de una boa y casi tan fría y escamosa, y de veras que ya no era un mozo. Bustrósotros, dijo, v-va, vamos a cocomer, dijo imitando un gago este Bustrófunny-man y el camarero(o como se llame) lo miró mortalmente, más víbora que boa o una víboa, y yo me metí una servilleta de papel (era una fonda a la moderna) en la boca para ahogar la risa, pero la risa sabía nadar crawl, relevo australiano o de pecho y las servilletas sabían a saliva de tigre y toca la casualidad que B. que en ese momento se llamaba Bustrófate me decía, Debíamos haber convivido a Bustrófelix, y yo tenía la risa llegando a la presa de papel y él que me pregunta, Eh Bustrófoto, y yo que le digo, con la servilleta en la meta de la boca, Fi flaro, y allá va la servilleta como un volador de alcance intermedio seguido por una carcajada supersónica que era una cadena de pedos bucales o vocales o bocales y el proyectiro que da, le cae al camarero en su cara, que toma todo el largo de su cara larga como pista de aterrizaje, que en un final da en diana de ojo ajado, y el tipo se niega aservirnos y se nos va de la vida como van las arenas al mar (música de Sabre Marroquín)y arma tremendo bochinche allá en el fondo del océano con el dueño poseidónico y nosotros en el más acá muertos de la risa en la orilla del mantel, con este pregonero increíble, el heraldo, Bustrófono, éste, gritando, Bustrofenó Nemo chico eres un Bustrófonbraun, gritando, Bustromba marina, gritando, Bustifón, Bustrosimún, Busmonzón, gritando, Viento Bustrófenomenal, gritando a diestro y siniestro y ambidiestro. Tuvo que venir el dueño que era un gallego calvo y chiquito y gordo, más bajito que el camarero, que al ponerse de pie al fondo no daba pie y parecía que se puso de rodillas, un Busto que anda.
  —¿QUÉ OS PASA? —Queremos (dijo Bustro tan tranquilo, de perfil) queremos quomer. —Pero, haziendo burlas, amiguito, no se come. —Y quién hizo burlas (preguntó Bustrófactótum y como él era un tipo largo y flaco y con muy mala cara y esta malacara picada por el acné juvenil o por la viruela adulta o por el tiempo y el salitre o por los buitres que se adelantaban, o por todas esas cosas juntas, se paró, se puso de pie, se dobló, se triplicó, se telescopió hacia arriba agigantándose en cada movimiento hasta llegar al cielo raso, puntal o techo).Y el dueño se achicó, si es que podía hacerlo todavía y fue el hombre increíblemente encogido, pulgarcito o meñique, el genio de la botella al revés y se fue haciendo más y más y más chico, pequeño, pequeñito, chirriquitico hasta que se desapareció por un agujero de ratones al fondo-fondo-fondo, un hoyo que empezaba con o
y me acordé de Alicia en el País de las Maravillas y se lo dije al Bustroformidable y él se puso a recrear, a regalar: Alicia en el mar de villas, Alicia en el País que Más Brilla, Alicia en el Cine Maravillas, Avaricia en el País de las Malavillas, Malavidas, Mavaricia, Marivia, Malicia, Milicia Milhizia Milhinda Milinda Malanda Malasia Malesia Maleza Maldicia Malisa Alisia Alivia Aluvia Alluvia Alevilla y marlisa y marbrilla y maldevila y empezó a cantar tomando como pie forzado (forzudo) mi FiFlaro y la evocación de Alicia en el mar y Martí y los zapaticos de Rosa aquella canción…"

Tres tristes tigres, Seix Barral, 1979, págs. 207-209.

10/7/12

50 años de la muerte de William Faulkner: Una fecunda influencia literaria


La biblioteca del Colegio Nacional de Luque no abunda en literatura. Pero de sus anaqueles,  en algún momento del año 1998, tomé con cierto temor adolescente un volumen que haría de mí el empedernido lector de novelas que soy: Luz de agosto, de William Faulkner. Recuerdo estar leyendo el libro sentado en el penúltimo asiento de un bus lleno de jóvenes jugadores de fútbol que viajaban rumbo a Foz de Yguazú, en la época en que creía que sería futbolista y dividía mi tiempo entre las canchas en las Inferiores del club Olimpia y  la literatura, la leída y la escrita.  El negro Joe Christmas, la pensativa Lena Grove, el díscolo Byron Bunch y el reverendo Gail Hightower (a quien la poeta argentina Olga Orozco le dedicó un bello poema, que en una parte dice: “Gail Hightower veinte años antes de mi nacimiento, /soy todo lo que fui: /un ciego remolino que alienta para siempre en la aridez de                                  aquella polvareda”): 
estos  son los  personajes de una novela cuya potencia existencial había sido para mí una revelación inolvidable, como lo había sido para el joven Jean-Paul Sartre, en trance de ser existencialista.
 
Se cumplieron 50 años de la muerte de quien para muchos escritores de varias lenguas es el más grande novelista del siglo XX. Inventor del condado de Yoknapatawpha, de la saga secular de los Snopes y los Sartoris, la obra Faulkner es una de las más densas de la literatura moderna. Poseedor de una prosa envolvente y oscura, sus novelas han abrevado de la dureza del Sur de los Estados Unidos, siempre con formas narrativas renovadoras: los monólogos trepidantes de Mientras agonizo, las tormentas sintácticas de El ruido y la furia, las historias paralelas que nunca se tocan de  Las palmeras salvajes, los cuatro  narradores que reconstruyen una realidad que apenas conocen de  ¡Absalón, Absalón!, etc. La influencia de Faulkner en el aspecto formal fue acaso más grande que el del propio James Joyce, sobre el que el mismo escritor diría: “Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe”. De hecho, inventó toda una narrativa: la   latinoamericana. De Juan Rulfo a Ricardo Piglia, pasando por Gabriel García Márquez y Augusto Roa Bastos, toda la novela latinoamericana moderna siente el influjo de Faulkner. García Márquez, de hecho, escribe su primera novela, La hojarasca, a la manera de Mientras agonizo. La Casa Verde, de Mario Vargas Llosa, y La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, jamás podrían haber sido escritas sin que sus autores leyeran al escritor norteamericano. Pero si hay alguien que es el más perfecto heredero de Faulkner, ese fue Juan Carlos Onetti: no solo aprendió y amplió su técnica,  sino que Santa María es la misma “geografía moral” (como diría la hispanista Jean Franco) que Yoknapatawpha. Y la retórica faulkneriana, como un Góngora moderno, es la misma retórica ominosa del escritor uruguayo.
 
Una novela no es una novela completa si no retumba cotidiana, morosamente, en la memoria del lector. Así son las novelas de Faulkner. Sus personajes, "entre la nada y la pena", siempre eligen la pena. Prefieren, enternamente falibles, el ser a la nada. Por eso su inmortalidad, más allá del lugar común, está asegurada, como la de Shakespeare, como la de Dostoievski.

5/7/12

Por los años de la influencia de Felisberto Hernández

En 1942, hace 70 años, un humilde concertista uruguayo, que tocaba generalmente ante un exiguo público de provincias pero que contaba con no pocos admiradores en la élite artística de Montevideo, publicó el libro Por los tiempos de Clemen Colling. El relato que da nombre al libro es una evocación no sin obvio aliento proustiano de quien fuera su profesor de piano y de sus años de aprendizaje. El volumen tenía una inscripción que advertía: «Editan la presenta novela de Felisberto Hernández un grupo de sus amigos en reconocimiento por la labor que este alto espíritu ha realizado en nuestro país con su obra fecunda y de calidad como compositor, concertista y escritor». Entre dichos amigos, cuyos nombres aparecían al pie de la inscripción de la portadilla, se encontraba, por ejemplo, el gran pintor uruguayo Joaquín Torres García. 

Hay una edición reciente, de 2009, de los Cuentos reunidos, con prólogo de Elvio E. Gandolfo, a cargo de la editora argentina Eterna Cadencia. 

Un fragmento del cuento que da nombre al libro puede parecer revelador de la influencia pocas veces vista y reconocida de Hernández en la narrativa que vendría dos décadas después en el Río de la Plata. El párrafo que copio a continuación, muy bien podría haber sido firmado por Julio Cortázar, y haber formado parte del capítulo 23 de su Rayuela.  

«Después, apoyado en la baranda de tertulia, empezaba a sentir ese silencio de sueño que se hace antes de los conciertos cuando falta mucho para empezar; cuando lo hacen mucho más profundo los primeros cuchicheos y el chasquido seco de las primeras butacas; cuando se espera oír y sin embargo es más lo que se ve que lo que se oye; cuando el espíritu, sin saberlo, espera trabajando; cuando trabaja casi como en el sueño, dejando venir cosas, esperándolas y observándolas con una distracción infantil y profunda; cuando de pronto se hace esfuerzo para suponer lo que vendrá y se mira por centésima vez el programa; cuando se repasa la vida de uno y se aventuran ilusiones; cuando uno siente la angustia de no estar colocado en ningún lugar de este mundo y se jura colocarse en alguno; cuando uno sueña llamar la atención de los demás algún día y siente cierta tristeza y rencor porque ahora no la llama: cuando se pone histérico y sueña un porvenir que le adormece la piel de la cabeza y le insensibiliza el pelo; y que jamás lo confesaría a nadie porque se ve a sí mismo demasiado bien y es el secreto más retenido del que tiene algún pudor; porque tal vez sea lo más profundo del sentido estético de la vida; porque cuando no se sabe de lo que se es capaz, tampoco se sabe si su sueño es vanidad u orgullo».

11/6/12

Las firmas (2)

Era diciembre de 2005. Buscando no sé qué cosa en internet, tropecé con un cuento de Nélida Piñón. En junio de ese mismo año, le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias, ganándoles en las votaciones a Paul Auster (quien ganó al año siguiente), Amos Oz (vencedor del 2007) y Philip Roth (laureado este año). 
Debajo de la firma de Piñón en el cuento, había una dirección de correo electrónico. Yo solo había leído en ese entonces El pan de cada día, que traje de una librería de Buenos Aires un año antes: un libro misceláneo, con anotaciones temáticas, aforismos, anécdotas. Me animé y le escribí. Le dije que sus reflexiones sobre la escritura, su deliciosa anécdota sobre Borges, era lo poco que conocía de ella, que sus libros llegaban poco a Paraguay, pero que la experiencia de leerla era bella. El 27 de diciembre de 2005, me respondió: 

Prezado Blas,

          grata por suas palavras tão carinhosas.Por elas vejo da dificuldade de obter alguns dos meus títulos. Desta forma, terei muito prazer em lhe enviar alguns livros de sua preferência .

        Vou transferir sua carta para a minha  secretária para que ela providencie a remessa agora de algum título meu . Acaso lê em português? Lembro-me agora que tenho poucas cópias- ou nenhuma dos meus livros em espanhol. Avise-me se pode lê-los em português. E envie também o seu endereço-dirección.

          Um feliz 2006 .O abraço afetuoso da

              Nélida

Y luego de unos meses, ya en 2006, un buen día recibí desde Rio de Janeiro una edición brasileña de A República dos Sonhos (Editora Record, 2005), su novela más célebre. Y en la portada, la siguiente dedicatoria: