27/8/13

John Banville o la disección de la memoria



Alexander Cleave no es un desconocido en la obra de John Banville: ya había protagonizado Imposturas (2003) y narrado Eclipse (2002), pero es muy improbable que en aquellas dos apariciones suyas lograra tensar hasta el dolor las cuerdas de la memoria, como lo hace en Antigua luz (2012), la novela más inocultablemente nabokoviana que le conozco al escritor irlandés.

Y eso que cuando se habla —y últimamente se habla tanto y mal— de la influencia de Nabokov en determinados escritores, suele pasar una de dos: o el escritor se sube sobre los hombros del estilo contagioso del autor de Pálido fuego y se supera construyendo uno en donde apenas se ve la impronta de aquel (como es el caso de Banville), o el amor que siente el novelista por la prosa levitante del ruso-norteamericano lo anula, lo empequeñece y lo obliga entonces a inflarse, para salirse de la pequeñez (como sucede, me parece, con las novelas de Javier Marías, no con sus cuentos).

En Antigua luz, Alexander Cleave cuenta desde la primera línea que oficiará una especie de autopsia de la memoria, sacando a la luz aquello que, aparentemente, estaba muerto: “Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre”. Con esa confesión de entrada, lo que viene es un regreso a la adolescencia de Cleave, cuando conoció el despertar sexual de la mano de “la señora Gray”. El relato de los avatares de aquel amor ocurrido cincuenta años antes del presente de Cleave, ocupa la parte más importante de la novela, pero también es perturbador ese presente del narrador, súbitamente involucrado en un proyecto cinematográfico —es actor—, en donde comparte cartel con una joven etérea, con un aura especial, dice él, llamada Dawn Davenport (su nombre significa “amanecer”, y no resulta casual, aun cuando el narrador compruebe que es capaz de traer el “crepúsculo” a su vida).

Ella, al igual que “la señora Gray”, llevará a Cleave a reflexionar sobre el sentido de la existencia traspasada por esa tenacidad inaudita que es el amor, pero que lidia con terca asiduidad contra el peligro de lo efímero. “¿Qué era una nube en comparación con el sol abrasador del amor?”, se pregunta Cleave en la cresta de la ola de su idilio con la señora Gray, pero sabe que esa cresta ha sido cosa del pasado, y sabe que lo que le deparan el presente y el futuro no es nada distinto. Aun cuando hay cierta amargura en todo recuerdo, Banville se las arregla con soberana maestría para sobrepasar esa imposibilidad de memorar con real justicia el amor de otro tiempo, imposibilidad que ya Dante había denunciado en el siglo XIII, con su Paolo y su Francesca. 


Hay en la novela un homenaje constante al cine, tal vez porque el cine es el paradigma del amor épico y cotidiano en el siglo en que Cleave y Gray vivieron su romance subterráneo. Hay Nabokov, es cierto, pero también hay James Joyce y W. B. Yeats en esta novela serena de John Banville. En esta obra maestra de la serenidad, hay que decir.

29/10/12

La mujer que miraba al abismo



La Muerte anda en bicicleta. Tiene aspecto de cartero joven y vital. Lleva puesta una gorra de béisbol. Pedalea incesantemente por las calles de Brentwood, en Los Ángeles. Busca el timbre de la mansión 12305 de Fifth Helena Drive, cuya ocupante hace apenas seis meses vive allí. Es el 3 de agosto de 1962. Por segunda vez, aprieta con insistencia el timbre. La puerta se abre, por fin: Marilyn Monroe. 

Es lo que narra la escritora Joyce Carol Oates en el misterioso “Prólogo” de Blonde (2000), su aclamada novela sobre la célebre actriz, nacida en 1926 y encontrada muerta en su casa californiana el 5 de agosto de 1962. Si el lector merecía una escritura a la vez penetrante, detallista y fílmica para conocer desde la ficción la figura mitológica de Marilyn Monroe, esa escritura es sin dudas la de Oates. Autora de unas cuantas obras maestras, algunas más o menos autobiográficas –excepto porque todas lo son de alguna manera, desde Dante hasta acá-, Blonde, sin embargo, no es una singularidad en la carrera de la escritora estadounidense. La impetuosa Norma Jean de la niñez y la adolescencia, la atribulada Marilyn Monroe bajo la luz cenital de un Hollywood marginal primero y central después, son dos caras de la típica heroína de Oates, doblada y desdoblada en un complejo y apasionante origami: es la mujer al asalto del mundo, curiosa y talentosa, y también es la mujer que mira al abismo.

Todos y cada uno de los momentos clave de la vida de Marilyn, están: la niña en una casa de huérfanas, aunque no lo era; la adolescente, en una casa de acogida de donde la mujer termina por echarla porque sospecha que su marido la mira con lascivia inevitable; sus primeros escarceos tartamudos con la actuación; un matrimonio tan inesperado como fugaz; el amor del Deportista (Joey Dimaggio) y El Dramaturgo (Arthur Miller); la “otra vida” subterránea de la Actriz Rubia: sus textos, una cita subrepticia con el Presidente, los coqueteos con la muerte. Todo con la mejor prosa de que es capaz Oates, a lo largo de 933 páginas. 

En las primeras, están las claves para leer el libro. Una cita de Konstantin Stanislavski: la “soledad en público” de que era capaz la actriz aun cuando no actuaba. Y la “Nota de la autora” en donde explica que “Blonde es una ‘vida’ radicalmente destilada en forma de ficción”. Es decir, aquí está y no está la verdadera Marilyn, si acaso hay una. Está algo mejor: ese sólido mito suyo que cuando se lo toca se desvanece en el aire.

13/10/12

La guayabera de García Márquez

Estaba por ser las 6.00 de la mañana en Ciudad de México, cuando Gabriel García Márquez se disponía a salir a trotar. Antes de cruzar el umbral de su casa, el teléfono sonó, y el escritor habrá pensado por un segundo no contestar la llamada. Sin embargo, lo hizo. Era el 21 de octubre de 1982, y del otro lado de la línea un amigo lo llamaba desde Estocolmo, Suecia. Tenía la voz atravesada por el júbilo: Gabo acababa de ganar del Premio Nobel de Literatura. 

Desde 1971, cuando lo recibió el inapelable Pablo Neruda, América Latina no había vuelto a conocer a una hija o hijo suyo como galardonado. Con la narrativa precursora del boom, extrañamente, la  Academia Sueca había saldado deudas: sin haber premiado nunca a Jorge Luis Borges, sí lo hizo a Miguel Ángel Asturias, el mismo año en que García Márquez publicó Cien años de soledad, 1967. Pero el Nobel de 1982 fue uno particularmente especial: el escritor colombiano era el símbolo de toda una generación de novelistas geniales desperdigados a lo largo de toda América, que conformaban una especie de cofradía continental, parapetados en la lengua castellana. Y no solo eso: desde los tiempos legendarios de El Quijote, esta lengua no conocía de esponsales magistrales y cervantinos con el género novelístico, como sí conocían otras lenguas. Es decir, la novela en castellano tuvo a García Márquez y los suyos como los grandes actualizadores de ese género, por lo demás profunda y originalmente castellano. Ni los escritores españoles, con sus decimonónicos Pérez Galdós, Clarín y compañía, podían compararse a los Balzac, Stendhal, Flaubert, Dostoievski y demás novelistas de otras literaturas. Hasta la llegada de la troupe de Gabo.
 
El premio a García Márquez de hace exactamente 30 años fue un reconocimiento colectivo como pocas otras literaturas unidas por una misma lengua pueden preciarse de haber recibido a lo largo de la historia del galardón. Los lauros al español Camilo José Cela (de una generación anterior a los del boom) en 1989, y el más reciente al ansioso Mario Vargas Llosa, no hicieron más que confirmar lo que ya la Academia había reconocido en 1982, por lo menos en narrativa. (El poeta Octavio Paz ganó en 1990).

Apenas unos meses antes de aquel telefonazo perentorio que recibió Gabo, su amigo Plinio Apuleyo Mendoza había publicado El olor de la guayaba, una larga entrevista donde el escritor hablaba de su oficio, y de todo lo demás. En un momento dado, Mendoza le preguntó si alguna vez se había puesto frac, a lo que el escritor contestó que nunca. «¿Nunca te lo pondrías? Si llegas a ganar el Premio Nobel tendrías que ponértelo», le espetó Mendoza. En diciembre de aquel mismo año, Gabo estaba en Estocolmo, efectivamente, sin frac: vestía una guayabera, porque América Latina tiene olor a guayaba, mientras lo abrumaban los flashes de los fotógrafos, la pomposidad inaudita de la ceremonia, y decía por lo bajo: «Mierda, esto es como asistir uno a su propio entierro».

1/9/12

Cinco años sin Don Nardelli, un Quijote luqueño

Fotografía gentileza de la nieta de don Nardelli, Mechi Sánchez Nardelli.

A la hija y los nietos de don Nardelli, en cuya sangre también vive 
el sueño quijotesco del padre y el abuelo. 

El cartón de vino acababa de terminar. La noche respiraba inquieta del otro lado de las vías del tren, de un tren que hace rato había dejado de trasegar la cotidianidad de la ciudad, pero cuya presencia fantasmagórica todavía latía en los recuerdos solitarios de muchos. De muchos como él. Nadie caminaba en las calles. A veces se oía algo parecido a un grito etílico, eufórico, hacia la zona del bajo. El hombre septuagenario que tenía frente a mí se levantó, sacó unos billetes del bolsillo de su pantalón y me los pasó:

-Egueru ñandéve ja’uve, compañero. Igusto hina la ñande conversación- me dijo, y le dio una pitada profunda a su cigarrillo.

Era el año 2004. La despensa de donde fui a traer otro cartón de vino hoy ya no existe. Muchas cosas ya no existen. De hecho, don Félix Nardelli también ha dejado de existir. Y hoy hace exactamente cinco años de eso. Ya no existe en ese mezquino sentido material que le damos a la vida. Pero este vino abierto en su nombre estoy seguro que lo convoca esta noche, la misma que me lleva hasta aquella otra noche en que hablamos por largas horas de política, de fútbol, de mujeres, de la Guerra del Chaco, del siempre doloroso destino de las familias contemporáneas, de tantas cosas.

Abuelo de amigos entrañables, lo conocí como un hombre orgullosamente luqueño, aun cuando había nacido en Trinidad a fines de los años 20. Y el ciudadano común de su ciudad de adopción también estaba orgulloso de él: era uno de los últimos jugadores de fútbol vivos campeones con el Sportivo Luqueño en 1951 y 1953, junto a, entre otros, el gran José Parodi, quien vivía en la misma cuadra que él y quien murió un par de años antes que don Nardelli. Pero no solo eso, era querido por ser infinitamente generoso con las causas ciudadanas, con la gente común y corriente, la única que verdaderamente le importaba: si había que construir un puente, era el primero en hacerlo, de cualquier forma; si había que apadrinar a niños y jóvenes de escasos recursos en el difícil mundo del fútbol, lo hacía siempre con un desinterés quijotesco, casi poético. 

Tenía un brillo especial en los ojos cuando hablaba de tres cosas: de las gloriosas campañas de Luqueño en 1951 y 1953; de su hermano Pedro, también jugador de fútbol, recio zaguero centro como él mismo, quien jugó en el Boca Juniors y el Peñarol de la década del 50, y quien además era músico, autor del tema Ndaipóri problema; y de su paso por la Marina y el levantamiento rebelde en la Revolución del 47, de la huida suya con los alzados por vericuetos inverosímiles en el desvarío de Puerto Sajonia.

Una vez que, para un cuento hasta ahora nunca escrito, le pregunté por qué creía que, cuando yo era niño, en mi barrio jugábamos con honditas y bodoques lo que llamábamos “guerrilla”, de dónde pensaba había salido ese imaginario rayano lo subversivo, me habló de su infancia, de la cancha del Sportivo Trinidense llena de soldados recién llegados del Chaco, de oficiales que armaban dos bandos de niños y les enseñaban los rudimentos básicos de la aventura bélica. Y comprendí para siempre cuán marcada está nuestra cultura por la guerra, por las frías maquinaciones de lo militar. Todavía le debo ese cuento, don Nardelli, sepa disculparme…

La noche de los cartones de vino –la misma en que le regalé un libro de Raúl Amaral sobre los presidentes de la República del Paraguay- Nardelli recordó sus días de obrajero en el Chaco. Me contó, con una vanidad cuya belleza intrínseca no muchos comprenderían, que en medio de una noche de fin de semana, en un descanso regado de alcohol con los compañeros de trabajo, llegaron de repente los integrantes del conocido dúo Quintana-Escalante. Se unieron a la fiesta con naturalidad de juglares medievales. Nardelli cantaba por lo bajo las canciones que iba interpretando el dúo, en medio del delirio de los borrachines impenitentes de la vasta soledad chaqueña. Hasta que uno de ellos percibió ese canto subterráneo y, para sorpresa de Nardelli, lo invitó a cantar con ellos. Entonaron varias canciones, y lo felicitaron por el pundonor de sus interpretaciones. 

Era tan feliz don Nardelli recordando cosas excepcionales como aquellas. O la otra anécdota, de cuando con Luqueño fue a jugar a Montevideo una copa que era el prototipo de lo que luego sería la Libertadores. El hotel en donde se hospedaba el equipo paraguayo estaba a orillas del Atlántico. Prácticamente ningún jugador había visto el mar. Se demoraron horas en las playas de la ciudad. Pero Nardelli se demoró un poco más: una hermosa mujer estaba tomando el sol acostada sobre una enorme roca, y accedió a cruzar unas palabras con el aguerrido defensor paraguayo. No pasó un par de minutos cuando un policía se acercó en plan amenazante y quiso llevarse a Nardelli a la delegación por apenas charlar con la mujer. En esa discusión estaban futbolista y policía, cuando apareció Obdulio Varela, el gran capitán del Peñarol de Montevideo, el mismo que hacía apenas unos años había dado el “Maracanazo” con la selección uruguaya contra Brasil en la final del Mundial de 1950. Y ese título, definitivamente, pesaba para cualquier uruguayo: el policía fue blanco de una reprimenda antológica por parte de Varela, quien había llegado al hotel a saludar a la delegación luqueña. Nardelli y Obdulio regresaron al hotel riéndose del miedo bíblico del policía a la presencia colosal del jugador uruguayo.   

Poco tiempo antes de su muerte, la empresa tabacalera que producía los cigarrillos negros y sin filtro que don Nardelli fumaba, dejó de sacar al mercado la fiel marca de mi amigo, y creo que desde ese día él comenzó a morir. Cayó enfermo, y en cuestión de pocos meses, esa muerte a la que no temía y solía desafiar con esa voz grave que lo caracterizaba, se lo llevó sin más contemplaciones. Pero la muerte tampoco podría habérselo llevado antes, por más rápido que quisiera hacerlo: pudo volver a ver a su querido Sportivo Luqueño campeón del fútbol paraguayo, luego de 54 años.

El 1 de setiembre de 2007, el féretro de don Nardelli ingresó al estadio Feliciano Cáceres con todos los honores que se merecía. En vida, supo honrar al club al que marcó y que lo marcó de por vida y, me consta, también supo ser un crítico feroz y lúcido de determinadas administraciones de la institución auriazul, sobre todo las de la familia colorada –porque para él no era un dato menor dicha filiación política- de los González Daher.

No sé si estas son las palabras que Nardelli se merece, ahora que ha pasado un lustro de su ausencia, ahora que he vuelto a vivir a Luque, y que Luque ya no es la misma sin su sentido implacable y sin concesiones de lo humano, demasiado humano. Aun así, ahora mismo tengo ganas de cruzar la calle, de comprar un cartón de vino y fumar un cigarrillo sin filtro. Pero no solo, sino con Nardelli. Y eso, mágicamente, es lo que haré.

11/8/12

Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante: lenguaje y carnaval


"¿Quién era Bustrófedon? ¿Quién fue quién será quién es Bustrófedon? ¿B? Pensar en él es como pensar en la gallina de los huevos de oro, en una adivinanza sin respuesta, en la espiral. Él era Bustrófedon para todos y todo para Bustrófedon era él. No sé de dónde carajo sacó la palabrita —o la palabrota. Lo único que sé es que yo me llamaba muchas veces Bustrófoton o Bustrófotomatón o Busnéforoniepce, depende, dependiendo y Silvestre era Bustrófenix o Bustrofeliz o Bustrófitzgerald, y Florentino Cazalis fue Bustrófloren mucho antes de que se cambiara el nombre y se pusiera a escribir en los periódicos con su nuevo nombre de Floren Cassalis, y una novia de él se llamó siempre Bustrofedora y su madre era Bustrofelisa y su padre Bustrófader, y ni siquiera puedo decir si su novia se llamaba Fedora de veras o su madre Felisa y que él tuviera otro nombre que el que él mismo se dio. Me imagino que sacó la palabra de un diccionario como del nombre de una medicina (¿ayudado por Silvestre?) tomó lo del continente de Mutaflora, que era la bustrofloresta de los bustrófalos.
Recuerdo que un día fuimos a comer juntos él, Bustrofedonte (que era el nombre esa semana para Rine, a quien llamaba no solamente el más leal amigo del hombre, sino Rineceronte, Rinedocente, Rinedecente, Rinecente, como luego hubo un Rinecimiento seguido del Rinesimiento, Rinesemento, Rinefermento, Rinefermoso, Rineferonte, Ronoferante, Bonoferviente, Buonofarniente, Busnofedante, Bustopedante, Bustofedonte: variantes que marcaban las variaciones de la amistad: palabras como un termómetro), y yo, cuando aparecieron los dos a buscarme al periódico me dijo, Vamos a una bustrofonda, porque detestaba los restaurantes de lujo y las lámparas de lágrimas y las flores de papel, y llegamos y no se había sentado cuando llamó al camarero. Bustrómozo, dijo y ya ustedes saben cómo son los camareros en La Habana tarde en la noche, que no les gusta que los llamen por su nombre: ni camareros ni mozos ni dependientes ni cosas por el estilo, así que vino el tipo con una cara más larga que la cola de una boa y casi tan fría y escamosa, y de veras que ya no era un mozo. Bustrósotros, dijo, v-va, vamos a cocomer, dijo imitando un gago este Bustrófunny-man y el camarero(o como se llame) lo miró mortalmente, más víbora que boa o una víboa, y yo me metí una servilleta de papel (era una fonda a la moderna) en la boca para ahogar la risa, pero la risa sabía nadar crawl, relevo australiano o de pecho y las servilletas sabían a saliva de tigre y toca la casualidad que B. que en ese momento se llamaba Bustrófate me decía, Debíamos haber convivido a Bustrófelix, y yo tenía la risa llegando a la presa de papel y él que me pregunta, Eh Bustrófoto, y yo que le digo, con la servilleta en la meta de la boca, Fi flaro, y allá va la servilleta como un volador de alcance intermedio seguido por una carcajada supersónica que era una cadena de pedos bucales o vocales o bocales y el proyectiro que da, le cae al camarero en su cara, que toma todo el largo de su cara larga como pista de aterrizaje, que en un final da en diana de ojo ajado, y el tipo se niega aservirnos y se nos va de la vida como van las arenas al mar (música de Sabre Marroquín)y arma tremendo bochinche allá en el fondo del océano con el dueño poseidónico y nosotros en el más acá muertos de la risa en la orilla del mantel, con este pregonero increíble, el heraldo, Bustrófono, éste, gritando, Bustrofenó Nemo chico eres un Bustrófonbraun, gritando, Bustromba marina, gritando, Bustifón, Bustrosimún, Busmonzón, gritando, Viento Bustrófenomenal, gritando a diestro y siniestro y ambidiestro. Tuvo que venir el dueño que era un gallego calvo y chiquito y gordo, más bajito que el camarero, que al ponerse de pie al fondo no daba pie y parecía que se puso de rodillas, un Busto que anda.
  —¿QUÉ OS PASA? —Queremos (dijo Bustro tan tranquilo, de perfil) queremos quomer. —Pero, haziendo burlas, amiguito, no se come. —Y quién hizo burlas (preguntó Bustrófactótum y como él era un tipo largo y flaco y con muy mala cara y esta malacara picada por el acné juvenil o por la viruela adulta o por el tiempo y el salitre o por los buitres que se adelantaban, o por todas esas cosas juntas, se paró, se puso de pie, se dobló, se triplicó, se telescopió hacia arriba agigantándose en cada movimiento hasta llegar al cielo raso, puntal o techo).Y el dueño se achicó, si es que podía hacerlo todavía y fue el hombre increíblemente encogido, pulgarcito o meñique, el genio de la botella al revés y se fue haciendo más y más y más chico, pequeño, pequeñito, chirriquitico hasta que se desapareció por un agujero de ratones al fondo-fondo-fondo, un hoyo que empezaba con o
y me acordé de Alicia en el País de las Maravillas y se lo dije al Bustroformidable y él se puso a recrear, a regalar: Alicia en el mar de villas, Alicia en el País que Más Brilla, Alicia en el Cine Maravillas, Avaricia en el País de las Malavillas, Malavidas, Mavaricia, Marivia, Malicia, Milicia Milhizia Milhinda Milinda Malanda Malasia Malesia Maleza Maldicia Malisa Alisia Alivia Aluvia Alluvia Alevilla y marlisa y marbrilla y maldevila y empezó a cantar tomando como pie forzado (forzudo) mi FiFlaro y la evocación de Alicia en el mar y Martí y los zapaticos de Rosa aquella canción…"

Tres tristes tigres, Seix Barral, 1979, págs. 207-209.

10/7/12

50 años de la muerte de William Faulkner: Una fecunda influencia literaria


La biblioteca del Colegio Nacional de Luque no abunda en literatura. Pero de sus anaqueles,  en algún momento del año 1998, tomé con cierto temor adolescente un volumen que haría de mí el empedernido lector de novelas que soy: Luz de agosto, de William Faulkner. Recuerdo estar leyendo el libro sentado en el penúltimo asiento de un bus lleno de jóvenes jugadores de fútbol que viajaban rumbo a Foz de Yguazú, en la época en que creía que sería futbolista y dividía mi tiempo entre las canchas en las Inferiores del club Olimpia y  la literatura, la leída y la escrita.  El negro Joe Christmas, la pensativa Lena Grove, el díscolo Byron Bunch y el reverendo Gail Hightower (a quien la poeta argentina Olga Orozco le dedicó un bello poema, que en una parte dice: “Gail Hightower veinte años antes de mi nacimiento, /soy todo lo que fui: /un ciego remolino que alienta para siempre en la aridez de                                  aquella polvareda”): 
estos  son los  personajes de una novela cuya potencia existencial había sido para mí una revelación inolvidable, como lo había sido para el joven Jean-Paul Sartre, en trance de ser existencialista.
 
Se cumplieron 50 años de la muerte de quien para muchos escritores de varias lenguas es el más grande novelista del siglo XX. Inventor del condado de Yoknapatawpha, de la saga secular de los Snopes y los Sartoris, la obra Faulkner es una de las más densas de la literatura moderna. Poseedor de una prosa envolvente y oscura, sus novelas han abrevado de la dureza del Sur de los Estados Unidos, siempre con formas narrativas renovadoras: los monólogos trepidantes de Mientras agonizo, las tormentas sintácticas de El ruido y la furia, las historias paralelas que nunca se tocan de  Las palmeras salvajes, los cuatro  narradores que reconstruyen una realidad que apenas conocen de  ¡Absalón, Absalón!, etc. La influencia de Faulkner en el aspecto formal fue acaso más grande que el del propio James Joyce, sobre el que el mismo escritor diría: “Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe”. De hecho, inventó toda una narrativa: la   latinoamericana. De Juan Rulfo a Ricardo Piglia, pasando por Gabriel García Márquez y Augusto Roa Bastos, toda la novela latinoamericana moderna siente el influjo de Faulkner. García Márquez, de hecho, escribe su primera novela, La hojarasca, a la manera de Mientras agonizo. La Casa Verde, de Mario Vargas Llosa, y La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, jamás podrían haber sido escritas sin que sus autores leyeran al escritor norteamericano. Pero si hay alguien que es el más perfecto heredero de Faulkner, ese fue Juan Carlos Onetti: no solo aprendió y amplió su técnica,  sino que Santa María es la misma “geografía moral” (como diría la hispanista Jean Franco) que Yoknapatawpha. Y la retórica faulkneriana, como un Góngora moderno, es la misma retórica ominosa del escritor uruguayo.
 
Una novela no es una novela completa si no retumba cotidiana, morosamente, en la memoria del lector. Así son las novelas de Faulkner. Sus personajes, "entre la nada y la pena", siempre eligen la pena. Prefieren, enternamente falibles, el ser a la nada. Por eso su inmortalidad, más allá del lugar común, está asegurada, como la de Shakespeare, como la de Dostoievski.

5/7/12

Por los años de la influencia de Felisberto Hernández

En 1942, hace 70 años, un humilde concertista uruguayo, que tocaba generalmente ante un exiguo público de provincias pero que contaba con no pocos admiradores en la élite artística de Montevideo, publicó el libro Por los tiempos de Clemen Colling. El relato que da nombre al libro es una evocación no sin obvio aliento proustiano de quien fuera su profesor de piano y de sus años de aprendizaje. El volumen tenía una inscripción que advertía: «Editan la presenta novela de Felisberto Hernández un grupo de sus amigos en reconocimiento por la labor que este alto espíritu ha realizado en nuestro país con su obra fecunda y de calidad como compositor, concertista y escritor». Entre dichos amigos, cuyos nombres aparecían al pie de la inscripción de la portadilla, se encontraba, por ejemplo, el gran pintor uruguayo Joaquín Torres García. 

Hay una edición reciente, de 2009, de los Cuentos reunidos, con prólogo de Elvio E. Gandolfo, a cargo de la editora argentina Eterna Cadencia. 

Un fragmento del cuento que da nombre al libro puede parecer revelador de la influencia pocas veces vista y reconocida de Hernández en la narrativa que vendría dos décadas después en el Río de la Plata. El párrafo que copio a continuación, muy bien podría haber sido firmado por Julio Cortázar, y haber formado parte del capítulo 23 de su Rayuela.  

«Después, apoyado en la baranda de tertulia, empezaba a sentir ese silencio de sueño que se hace antes de los conciertos cuando falta mucho para empezar; cuando lo hacen mucho más profundo los primeros cuchicheos y el chasquido seco de las primeras butacas; cuando se espera oír y sin embargo es más lo que se ve que lo que se oye; cuando el espíritu, sin saberlo, espera trabajando; cuando trabaja casi como en el sueño, dejando venir cosas, esperándolas y observándolas con una distracción infantil y profunda; cuando de pronto se hace esfuerzo para suponer lo que vendrá y se mira por centésima vez el programa; cuando se repasa la vida de uno y se aventuran ilusiones; cuando uno siente la angustia de no estar colocado en ningún lugar de este mundo y se jura colocarse en alguno; cuando uno sueña llamar la atención de los demás algún día y siente cierta tristeza y rencor porque ahora no la llama: cuando se pone histérico y sueña un porvenir que le adormece la piel de la cabeza y le insensibiliza el pelo; y que jamás lo confesaría a nadie porque se ve a sí mismo demasiado bien y es el secreto más retenido del que tiene algún pudor; porque tal vez sea lo más profundo del sentido estético de la vida; porque cuando no se sabe de lo que se es capaz, tampoco se sabe si su sueño es vanidad u orgullo».

11/6/12

Las firmas (2)

Era diciembre de 2005. Buscando no sé qué cosa en internet, tropecé con un cuento de Nélida Piñón. En junio de ese mismo año, le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias, ganándoles en las votaciones a Paul Auster (quien ganó al año siguiente), Amos Oz (vencedor del 2007) y Philip Roth (laureado este año). 
Debajo de la firma de Piñón en el cuento, había una dirección de correo electrónico. Yo solo había leído en ese entonces El pan de cada día, que traje de una librería de Buenos Aires un año antes: un libro misceláneo, con anotaciones temáticas, aforismos, anécdotas. Me animé y le escribí. Le dije que sus reflexiones sobre la escritura, su deliciosa anécdota sobre Borges, era lo poco que conocía de ella, que sus libros llegaban poco a Paraguay, pero que la experiencia de leerla era bella. El 27 de diciembre de 2005, me respondió: 

Prezado Blas,

          grata por suas palavras tão carinhosas.Por elas vejo da dificuldade de obter alguns dos meus títulos. Desta forma, terei muito prazer em lhe enviar alguns livros de sua preferência .

        Vou transferir sua carta para a minha  secretária para que ela providencie a remessa agora de algum título meu . Acaso lê em português? Lembro-me agora que tenho poucas cópias- ou nenhuma dos meus livros em espanhol. Avise-me se pode lê-los em português. E envie também o seu endereço-dirección.

          Um feliz 2006 .O abraço afetuoso da

              Nélida

Y luego de unos meses, ya en 2006, un buen día recibí desde Rio de Janeiro una edición brasileña de A República dos Sonhos (Editora Record, 2005), su novela más célebre. Y en la portada, la siguiente dedicatoria: