2/12/14

Juan Goytisolo, el Cervantes a las "disidensias"



La fundación de la más radical novela modernista, entendido el término no en el sentido exiguo, y recluido en el castellano, de Rubén Darío e Hispanoamérica –quienes sintomáticamente desdeñaron este género narrativo– sino de la novela europea  entre  los años 20 y 40, surge a partir del desacuerdo esencial entre un escritor  y su país: James Joyce pasó horrores para publicar en Irlanda  su épica cotidiana y etílica llamada Dublineses y, sobre todo, su nocturnal novela Ulises, editada en 1922 en Francia. Esta  obra es, además de un territorio literario y existencial que se extiende  en la sincronía del lenguaje, una reflexión diacrónica y vagabunda del desarraigo y el conflicto del hombre y la mujer modernos con su ciudad, con su país. Esa es una de las pulsiones características de la novela moderna. Las más “emblemáticas” están marcadas por ese trazo a un tiempo ciudadano, histórico, cultural,  literario y, muchas veces, idiomático (es lo que le pasó a Joseph Conrad, un precursor, quien migró del polaco al inglés). Esto se da desde el citado Ulises a El tambor de hojalata de Günter Grass. En América Latina esta tendencia patricida coincide con el llamado boom, de Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo, a Yo el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos.
En España, suele decirse que es Camilo José Cela, con La familia de Pascual Duarte (1942) que se actualiza la novela ibérica. Es una verdad a medias, si acaso es verdad... Recién con El jarama (1955), de Rafael Sánchez Ferlosio, y Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos, la narrativa española  se despereza de su letargo católico-franquista (por lo demás bastante abúlica desde el surgimiento  fundador de Cervantes, con el episódico Benito Pérez Galdós y el  áspero Pío Baroja en medio). Esto hasta la aparición de Señas de identidad, de Juan Goytisolo.
 

Contra el católico-franquismo

Nacido en Barcelona en 1931 en el contexto de una familia burguesa catalana, la experiencia de la Guerra Civil  lo marca como lo hizo en la mayoría de los niños de su generación: con el horror
frente a los ojos. Su madre, en 1938, fallece a raíz del bombardeo franquista a su ciudad natal. Para mayor tragedia, su padre se reivindica anti-republicano, es decir, simpatizante furibundo del fascismo que asesinó a su madre. Esta experiencia raigal lo marcaría para siempre.  
En el 2002, reúne de diferentes fuentes sus recuerdos biográficos y publica sus Memorias. Allí explica bastante claramente su decisiva sensación de desubicación en la España de posguerra: “Autodidacta por obra de las circunstancias, me forjaría a solas una cultura desordenada y caprichosa cuyos efectos arrastraría hasta la treintena y de la que no lograría zafarme, sino el día en que relajado ya definitivamente del medio barcelonés y español, empecé a revisar por mi cuenta los valores y las normas que habían regulado hasta entonces mi vida sin las anteojeras ni prejuicios inherentes a toda ideología y sistema”.
Dos años antes de enajenarse de España, en 1954, publicó Juego de manos, su primer libro. En 1956, se encontraba ya en París en donde el conocimiento de Monique (a quien estaría diez años después dedicado Señas de identidad) le abre la posibilidad de conocer a alguien que influenciaría fuertemente en su escritura y en su sexualidad: por ella conocería a Jean Genet, sobre quien años después escribiría un libro, y también descubriría su homosexualidad, definitoria también en su rechazo del medio español dominado por el conservadurismo intolerante.
 

Trilogía de Álvaro Mendiola

Luego de publicar una serie de novelas hoy muy poco leídas, en 1966 dio a conocer su ya dos veces citadas aquí Señas de identidad, la que con Reivindicación del conde don Julián (1970, décadas después revisada,  reescrita y rebautizada Don Julián, a secas) y Juan sin tierra (1975), constituyen su llamada Trilogía de Álvaro Mendiola, personaje que recorre las tres obras y al que Carlos Fuentes en La nueva novela hispanomaericana (1969), y en consonancia con lo que decía anteriormente acerca de la relación dislocada entre el escritor  moderno (y sus personajes) con su país,  llama “miniulises hispánico”.
La osadía formal que Goytisolo muestra en esta trilogía se corresponde exactamente a la valentía con que el escritor deja claramente sus diferencias con el proyecto histórico no solo del franquismo, sino de la misma España blanca y católica que viene del siglo XV y que heredaría la democracia. Si en la primera obra todavía existía cierta ligazón entre Álvaro y el medio español, en la segunda ese vínculo se quiebra definitivamente, no sin gozo y dolor al mismo tiempo. En la tercera, finalmente, la liberación del “héroe” es a la vez la liberación del autor marcada por el lenguaje y la estructura: Goytisolo es aquí también personaje del libro, en una resolución técnica que supera a la misma que por aquella época también Ernesto Sábato intentó, fallidamente, como recurso narrativo en Abadón el exterminador (1974). Pero también, Juan sin tierra, en su afán de ver al tiempo como un caleidoscopio lúdico, es la asunción política de la identidad étnica negada, humillada en el origen de la historia católica de España, esa misma España que hizo que Goytisolo “eligiera” vivir en las zonas fronterizas de su país de origen como para alejarse, pero tampoco demasiado al punto de perderle el pulso: Francia primero, Marruecos después.
Por eso esta trilogía es la piedra basal de la narrativa del escritor de origen catalán: porque muestra con exactitud  su propia evolución vital, política y literaria. Así como en su magistral Disidencias (1977) ya mostraba un inocultable interés por las fuentes otras de la literatura española (el erotismo de la olvidada del Siglo de Oro, María de Zayas, las fuentes judías y árabes de La celestina, de Fernando de Rojas, la anglofilia desconcertante de otro ninguneado como José María Blanco White, entre otros), sus trabajos reflexivos inmediatamente posteriores apuntalan su visión de un “Gran Marruecos” que debería incluir porciones de España: El problema del Sahara (1979), Crónicas sarracinas (1981) y Estambul otomano (1989). Lo que, por supuesto, le ha granjeado no pocos detractores y enemigos jurados.
En sus Memorias ya transcriptas aquí cuenta 
brutalmente, en esa segunda persona que tanto le gusta, el proceso de final “desespañolización” para mejor españolizarse. Dice: “El mismo día llegabas a Marraquech en vuelo inicialmente planeado para los dos, pero que solo tú realizaste: desvaída imagen del atardecer en el palmeral y la tierra ocre, insensible, en su estado de entonces, a la belleza, facundia e irradiación de una ciudad que en lo futuro te concederá el don magnificiente de la palabra. Encerrado en tu habitación del hotel, entre la Kutubia y Xemáa el Fna, vivirás momentos de soledad, exaltación y de rabia, consciente de haber roto la corteza de tu centro ardiente, llegado a la entraña de la que brota a borbollones el magma de escorias, materias abrasadas. La brusca y violenta jubilación, el nítido ramalazo destructor presentidos desde la infancia habían dejado de ser una visión sigilosa, acechante para hacerse reales: fuerza ligada a tu vivencia peculiar del sexo, gravitación animal de los cuerpos que debías asumir e integrar en tu conjunto textual con la misma desengañada lucidez y tranquila fatalidad...”.
Por ello, por la consuetudinaria y congénita inclinación a la exaltación de cierta “españolidad” por parte de quienes otorgan el Cervantes –aun cuando el premiado es un latinoamericano– sorprende esta decisión. Porque el premiado es un disidente, también, consuetudinario y congénito.

3/11/14

Revuelta racial y los editores: Una anécdota de Ben Bradlee



En la oficina. Bradlee en los años de Watergate.

En junio de 1949 cubrí las revueltas raciales que sucedieron en Anacostia, junto con Jack London (llamado así por el gran novelista), que durante el día estudiaba derecho y trabajaba como periodista para el Washington Post por la noche. El Washington Post fue el único periódico que las calificó de revueltas raciales. Pasando por encima de los cadáveres de Bradlee y London insistió en llamarlas "incidentes", "disturbios" o "manifestaciones". El conflicto surgió por ver quién podía nadar en qué piscinas públicas. Había seis piscinas de este tipo en el distrito de Columbia, todas ellas bajo jurisdicción del Departamento de Interior. Tres eran piscinas sólo para blancos (incluyendo la de Anacostia) y tres sólo para negros. Fue mi primer encuentro con la segregación real. En Washington, el Star y el News usaban todavía el término "de color" para referirse a los negros, tuviera o no algo que ver la raza del individuo con la noticia. En el Washington Post, la regla era no mencionar nunca la raza de una persona, a menos que fuera necesario para hacer la historia inteligible. Utilizábamos el término "negro" en ese caso; las palabras "black" o "afroamericano" no habían nacido todavía.
Una pandilla de jóvenes, pertenecientes a las secciones de Filadelfia y Nueva York de lo que quedaba del Partido Progresista de Henry Wallace, había decidido que la integración en las piscinas públicas de verano de Washington podía ser un proyecto que valiera la pena durante el periodo veraniego. Y, dicho y hecho, habían estado acudiendo, en el sofocante calor de las dos últimas semanas de junio, acompañados de jóvenes negros. En una ocasión, seis chicos negros se las habían arreglado para zambullirse brevemente en una de las piscinas blancas, hasta que empezaron a abuchearles y a salpicarles unos cincuenta blancos. Los salvavidas estaban pidiendo que se les relevara del trabajo, temiendo que se produjeran desórdenes que, fueran incapaces de controlar. La muchedumbre era cada vez más numerosa y los ánimos se estaban caldeando. Los periódicos —el Washington Post incluido— estaban muertos de miedo con aquella historia. Tenían miedo de decir la verdad y de las revueltas que, casi con seguridad, estallarían; y, al mismo tiempo, tenían miedo de no decir la verdad y arriesgar su honor y su reputación.
La segregación racial era una realidad en Washington, en pleno siglo XX. Los restaurantes podían negar legalmente la entrada a los negros y lo hacían rutinariamente. La Prensa apenas se ocupaba de la comunidad negra, incluido el Washington Post, que con Russ Wiggins y Ben Gilbert había sido el pionero en cubrir esta controvertida cuestión. Era norma no cubrir incidentes cuando implicaban a negros. Al poco de haber empezado a trabajar, recuerdo haber escuchado a través de la radio de la policía la descripción de un delito, y al preguntarle al redactor jefe de local de la noche si quería que fuera a cubrirlo, me contestó: “Bah, no. Es un asunto de negros”. Una de las más preciadas posesiones de un fotógrafo del Washington Post de aquella época era una foto en la que él estaba en cuclillas, con la cúpula del Capitolio al fondo, sosteniendo la cabeza de un hombre negro que acababa de suicidarse tirándose bajo un tranvía. La foto la había tomado otro fotógrafo de local. Nunca apareció ningún artículo sobre la muerte de aquel hombre, que había ocurrido a plena luz del día en la avenida Pennsylvania.
A las tres de la tarde del 28 de junio la radio de la policía transmitió una “llamada de emergencia” en Anacostia, y London y yo corrimos a cubrirlo. Durante las seis horas siguientes fuimos testigos de una verdadera batalla campal entre blancos y negros en la explanada que rodeaba la piscina. La policía montada del parque paseaba sus caballos arriba y abajo, en la tierra de nadie que se extendía entre las facciones enfrentadas. Las dos partes iban armadas con porras de fabricación casera, algunas con clavos incrustados que sobresalían. Oleadas de blancos disolvían periódicamente a la multitud para ahuyentar a los blancos a los que responsabilizaban de la situación por querer que se integraran las piscinas, o para acorralar a los negros. Estos iban detrás de los blancos que se quedaban aislados, allí donde pudieran encontrarlos. En total, había alrededor de cuatrocientas personas involucradas, divididas a partes iguales entre las dos razas. Al menos veinte polis trataban de controlar la revuelta, y había más preparados en la reserva.
London y yo nos dividimos por grupos. Lo cubrimos como si fuéramos corresponsales de guerra, metidos hasta la piel en la acción. Enviábamos las crónicas a la mesa —al redactor jefe de local de día y al equipo de edición— por teléfono cada media hora. Cuando cayó la noche y se dispersó la multitud volvimos a la redacción, sabiendo que teníamos entre manos una noticia de primera, conscientes de que habíamos cubierto un acontecimiento importante. En el taxi, nos preguntábamos qué otra cosa podría haber ocurrido en el mundo que nos impidiera abrir la primera página, al menos en la primera edición. 

El libro. Bradlee publicó sus memorias en 1995.
Nos lanzamos sobre el periódico en el momento en que salía de la rotativa. Nuestra historia no estaba en primera página. ¡Aquello era jodidamente increíble! Nada tampoco en el resto de la sección A. En la página suelta, la primera página de la segunda sección —normalmente, en aquella época, la sección local o metropolitana—, nada tampoco: ni una maldita línea. Empezamos a expresar nuestra indignación en voz alta. Las cosas empeoraron cuando "la" descubrimos finalmente dentro de la sección local; salvo que la historia no era sobre la revuelta racial que acabábamos de presenciar. El titular decía: “El Gobierno administrará la piscina McKinley tras la retirada de la Junta de Distrito”. La primera mención que se hacía sobre Anacostia en el artículo estaba en el octavo párrafo: “No se produjeron incidentes en la piscina de Anacostia durante el periodo de baño de la mañana...”. Las palabras “pelea”, “gresca” y “refriega” aparecían en los párrafos noveno y undécimo. Y los acontecimientos de la tarde y de la noche se describían cerca del final como un “incidente”.
Casi cuarenta y tres años después, Ben Gilbert se refirió como sigue al “incidente” en un informe, encargado por el editor Don Graham, sobre las relaciones raciales en el Washington Post, titulado “Levantando el velo sobre la Ciudad Secreta... El Washington Post y la revolución racial”:
John Riseling, el redactor jefe de local de noche, telefoneó a quien esto escribe [es decir, al propio Gilbert, entonces redactor jefe de local] a casa para informarle sobre lo que había ocurrido cuando se sugirió que el turno de día cubriera la noticia al día si-guiente. Riseling me contó las quejas de Bradlee y London diciendo que estaba armando «un buen follón» en la redacción. 

Aquello era exactamente lo que habíamos hecho, completamente indignados por el miedo que había mostrado el liberal Washington Post a contar la verdad, y cómo los redactores jefes estaban tan integrados en el “sistema” que no se atrevían a hablar de razas a menos que se tratara de alguna historia jugosa sobre un negro que lucha y logra el triunfo o un artículo sobre un fanático de raza blanca. London iba a ser abogado, por lo que no le preocupaba su carrera en el periódico, pero yo llevaba en el Washington Post sólo siete meses y no tenía a dónde ir. No obstante, estábamos furiosos e hicimos que todo el mundo se enterara.
De pronto sentí una palmadita en el hombro y, al darme la vuelta, me encontré de frente con Phil Graham, el editor, vestido de frac. “De acuerdo, muchacho”, dijo, “ven arriba conmigo”. Me llevó arriba, a su despacho en la quinta planta del viejo edificio del Washington Post. Allí —no podía creer lo que veían mis ojos— estaba Julius “Cap” Krug, el secretario de Interior, que era el responsable final de las piscinas de la ciudad; su subsecretario, Oscar Chapman, y, en representación de la Casa Blanca, el consejero especial del presidente Truman, Clark Clifford. Todos vestidos de frac, si mal no recuerdo.
Graham me invitó a que les contara mi historia a aquellos miembros tan elegantemente vestidos de la jerarquía de Washington. Nervioso al principio, me fui encendiera medida que hablaba. Cuando terminé, me despidieron con un “muchas gracias” y eso fue todo. El artículo de la página B2 no cambió en las siguientes ediciones, pero al día siguiente se trasladó a la primera página: “Cerrada la piscina de Anacostia hasta nuevo aviso”. El artículo incluía los nombres de los heridos y de los arrestados, el número de policías (100) y el número de los concentrados (450). Se seguía refiriendo al acontecimiento como “disturbio”.
Hasta mucho más tarde no supe lo que había pasado en el despacho de Graham. El editor había negociado un verdadero arreglo con los peces gordos: cerrarían inmediatamente la piscina de Anacostia, prometiendo que las seis piscinas operarían, el año siguiente, de forma totalmente integrada, o si no el artículo de Bradlee iría en primera página a la mañana siguiente. Krug y compañía aceptaron el acuerdo allí mismo, a pesar de que ello significaba cerrar una de las piscinas durante los dos meses más calurosos, en una ciudad sofocante, carente casi por completo de aire acondicionado.
Ningún editor se atrevería, hoy en día, a hacer un trato semejante. Primero, porque los negros no lo apoyarían. Los días en que los blancos tomaban decisiones que les afectaban sin su participación han pasado a la historia, y de ello nos felicitamos. Segundo, porque el trato nunca podría mantenerse en secreto, y su consecución precisamente dependía de que se mantuviera en secreto; los periodistas hablarían; los propagadores de rumores propagarían sus rumores; los analistas periodísticos publicarían todos los detalles. Los departamentos de prensa de Time y Newsweek harían un marcaje de lo más agresivo. El atropello de la prensa, ese nuevo fruto de la democracia americana, haría su irrupción.
Pero ¿sería el mundo mejor si no se hubiera hecho aquel trato? Seguramente habríamos tenido algún tipo de revuelta racial aquel verano o el siguiente. En lugar de eso, no tuvimos nada parecido durante diecinueve años, hasta 1968, cuando estallaron los disturbios por el asesinato de Martin Luther King, Jr.
Estoy instintivamente a favor de la luz del sol, contra las puertas cerradas, a favor del "deja que todo se ventile" y contra las habitaciones llenas de humo. Creo que la verdad hace libres a los hombres; odio tener que ceder un solo centímetro de terreno en contra de este elevado principio, pero estoy menos seguro hoy en día de lo que lo estaba entonces —cuando Phil Graham hizo su pacto secreto—, sobre si se sirve mejor al público dejando que lo sepa todo al mismo tiempo que se está produciendo un acontecimiento.



Ben Bradlee, La vida de un periodista, El País-Aguilar, 1996, págs. 144-149.
 

26/9/14

Al pie de la letra

Julio Ramón Ribeyro. Escritor peruano.

Akito Kamura, un japonés de treinta años, estudia en la Sorbona Literatura Comparada. Sus profesores lo aprecian, pues es un alumno brillante, no así sus condiscípulos, que lo consideran distante, desdeñoso, demasiado imbuido de su valor intelectual.

No se junta con nadie y jamás deja pasar la ocasión de mostrar que sabe más que todos. Detalle importante: Akito mide apenas un metro cuarenta, es flaquísimo y de una fealdad que da miedo.

En su departamento del Barrio Latino –su padre le envía de Tokio una buena mesada– pasa la mayor parte de sus horas libres escuchando música, leyendo, escribiendo una tesis erudita sobre las figuras de retórica en la literatura amorosa.

Parece aceptar la soledad no como un castigo sino como un signo de superioridad espiritual, pensando tal vez, como ese personaje de Ibsen, que «el hombre más fuerte del mundo es aquél que está completamente solo».

En el transcurso del año se inscribe en su clase una muchacha holandesa guapa, cordial, sin pizca de malicia y muy dispuesta a la amistad y la comunicación. Este pequeño oriental tan inteligente, solitario y feo despierta su curiosidad. Es la única que lo saluda, que cambia con él unas palabras entre dos cursos.

Akito, al comienzo reticente, acepta un día tomar un café con ella, luego a dar un paseo por el Sena, posteriormente a ir de vez en cuando al cine. Llegan a ser, si no amigos, al menos buenos camaradas de clase.

Akito le hace un día una invitación formal: venir a cenar a su departamento. Elke acepta y se presenta llevándole de regalo un libro de sonetos de Ronsard y una rosa. Durante la comida hablan de literatura, de pintura, composición floral, costumbres japonesas y holandesas. Akito es una verdadera enciclopedia, sabe horrores de cosas, le recita poemas de Shiki y Onitsura, le lee una parte de su tesis.

Después del té, continúan conversando en el sofá de la sala. Sólo que la conversación cobra un giro inesperado. Akito empieza a disertar sobre la técnica del amor y en su apoyo le muestra un libro de estampas eróticas. Luego le coge la mano, trata de besarla y sin eufemismos le propone «ir a la cama».

A Elke esto le parece fuera de lugar, coge su bolso y se dirige hacia la puerta. Akito se excusa, trata de retenerla y finalmente le dice que lo espere un instante, que va a buscar su llave para acompañarla hasta los bajos.

Elke se entretiene mirando los grabados de Hokusai que hay en los muros. Al sentir las pisadas de Akito que regresa da media vuelta. No tiene tiempo ni de gritar: Akito está en medio de la sala apuntándole con una carabina. Una luz, un estampido y luego nada.

Elke está tendida en el vestíbulo del departamento, un orificio en la frente. Akito la jala de las piernas y la coloca sobre el sofá. Sin prisa la va desvistiendo: los zapatos, las medias, la falda, la ropa interior. Cuando está completamente desnuda la contempla, la toca, la acaricia y bruscamente trata de comérsela, empezando por un pie.

Apenas logra desgarrarle la piel de un dedo. Huesos, tendones y nervios ofrecen resistencia. Intenta hacer lo mismo con una mano, pero renuncia. Se pone entonces de pie, se desnuda y cubriéndole la cara con su camisa se extiende sobre el cadáver aún caliente.

Despierta de madrugada, tiritando, sobre ese cuerpo ahora helado. Viene a su mente un extraño hai-kai de Shiki: «Una vez muerta la araña, el solitario, fría es la noche».

Lo primero que hace es meter la ropa de Elke en una bolsa de plástico. Luego lleva el cuerpo a la cocina, tirándolo de las piernas. Trata de meterlo en una maleta de viaje, pero no entra. Busca entre sus utensilios un cuchillo de cortar carne y le secciona la cabeza. La sangre semi coagulada, apenas ensucia el piso.

Ahora intenta seccionarla por la cintura, pero calcula mal y tropieza con el hueso iliaco. Comienza más arriba, corta músculos y órganos y al llegar a la columna vertebral recurre a una pequeña sierra. Trae una segunda maleta y antes de meter el cuerpo en ambas, separa con el cuchillo las partes más blandas: un seno, un pedazo de nalga, el interior de un muslo, pedazos que coloca en una fuente y guarda en la nevera.

Luego de meter en las dos maletas el cuerpo despedazado se pregunta qué hacer con ellas. Pero ya la ciudad despertó. Por la ventana entra la luz y el ruido del tráfico matutino. Se recuesta esta vez en su cama y se queda profundamente dormido.

Al atardecer está ya levantado, vestido. Ha limpiado las huellas de sangre y metido en el cubo de basura del edificio la bolsa con las ropas de la víctima. Espera que anochezca para llevar las maletas a un lugar apartado. Como siente hambre, abre la nevera, saca un seno, lo calienta al vapor y se lo come.

Entrada la noche llama un taxi por teléfono y desciende por el ascensor con las dos maletas. Las mete en el cofre del vehículo y pide al chofer que lo lleve al bosque de Boulogne. Mala suerte: esa noche primaveral es cálida, parisinos y turistas retozan en la yerba o se pasean por senderos y avenidas.

Imposible bajar del taxi para deshacerse de las maletas. Tiene que regresar a su casa. Pasada la medianoche, desciende con su macabro equipaje, detiene un taxi en la calle y se dirige nuevamente al bosque de Boulogne.

El lugar está ya desierto, salvo uno que otro sátiro o exhibicionista emboscado entre los árboles al acecho de una víctima. Ordena al taxista detenerse en un lugar sombrío y, despachándolo, se interna en la espesura, una maleta en cada mano.

Dos días más tarde un guardabosque encuentra las maletas sangrientas. Imposible identificar a la víctima, de la cual no hay prenda ni documento. Pero nada más fácil que identificar al victimario. Akito no es un asesino profesional y no ha hecho más que dejar por todo sitio huellas y testimonios de su crimen.

El más imbécil inspector de policía descubriría al asesino en menos de veinticuatro horas. Por lo pronto las maletas, que a pesar de no llevar etiquetas ni iniciales, son maletas japonesas, lo que permite orientar las pesquisas. Luego los choferes de taxi que lo condujeron al bosque de Boulogne.
Por último, el inevitable testigo, un vecino insomne que lo vio descender del edificio con su pesada carga.

Una sola inspección bastó a la policía para confundirlo. Se encontraron con un japonés enano, hosco, nervioso, que no supo dar cuenta del empleo de su tiempo en las noches anteriores y en cuya casa descubrieron carabina, cuchillo, sierra y pedazos de carne de origen evidentemente humano. Al cabo de diez minutos de interrogatorio confesó su delito.
El crimen de Akito es horrible, nauseabundo, pues acumula asesinato, necrofilia y canibalismo. No es mi intención justificarlo. Simplemente tratar de encontrarle una explicación. Se pueden utilizar dos tipos de razonamiento.

El primero pertenece al campo de la sexología. Akito es un handicapé sexual, es decir, pertenece a esa minoría de personas que encuentran dificultad o se ven excluidas de todo tipo de relación sexual regular y normal. Clasificar a los handicapés sexuales sería temerario y aburrido, pues sus causas son físicas, mentales, culturales, sociales, etc.

La gama comprende desde los minusválidos en el sentido corriente (paralíticos, cojos, ciegos, débiles mentales) hasta los que sufren enfermedades repugnantes o deformaciones inaceptables (lepra, elefantiasis, obesidad, macrocefalia).

A lo que se puede añadir los presos y los locos, las minorías de trabajadores migrantes, los vagabundos y los pordioseros, los enanos y los gigantes. Y las personas de una fealdad intolerable.

Todos esos sujetos tienen en común el verse privados de una de las funciones más necesarias y gratificadoras de la especie, como es la relación sexual, con todas las consecuencias que esto puede traer sobre su equilibrio y comportamiento.

Sólo en ciertas sociedades avanzadas, en particular en los países nórdicos, se han preocupado de encontrar una solución a este problema, sobre todo tratándose de reclusos, enfermos mentales y minusválidos físicos. Pero fuera de estos países y casos, el handicapé sexual queda librado a sus inhibiciones y fantasmas.

Pero es el segundo razonamiento el que más me interesa. Akito, como queda dicho, era un estudiante serio, inteligente, con una cabal conciencia de su rendimiento intelectual.

Era, además, un hombre ecuánime, prudente, que sabía perfectamente distinguir lo lícito de lo ilícito y que hasta los treinta años no había nunca violado el pacto social. Su inducción hacia el crimen tiene una raigambre literaria o si se quiere lingüística.

Estudiante de Literatura Comparada, estaba familiarizado con las metáforas amorosas y conocía en consecuencia las figuras retóricas que asocian amor a manducación y, en un nivel más profundo, Eros a Tánatos.

Estas figuras pertenecen al ámbito de la literatura popular (cuando el amante le dice a la amada «quisiera comerte»), pero también en la culta se pueden encontrar ejemplos de esta misma pulsión expresada a través de imágenes de una factura más elegante.

Lo que sucedió con Akito es que, por uno de esos cortocircuitos de nuestro mecanismo mental, el plano del lenguaje se fundió o se confundió con el de la realidad. Cesó de haber diferencia entre la expresión metafórica y su referente.

La humanidad había tardado milenios en sofocar impulsos culturalmente aceptados en sus orígenes (la antropofagia, entre otros) para recuperarlos mediante fórmulas del lenguaje poético o familiar.

Ya nadie se come a su amada: se lo dice. Ya nadie mata al amigo, ni siquiera al enemigo: durante una polémica, lo amenaza con «aniquilarlo» o «hacerlo papilla». El lenguaje permite realizar simbólicamente pulsiones que, primitivamente, podían cumplirse sin infringir la norma.

Decir es una cosa, pero hacerla, otra. En Akito el decir y el hacer recobraron su unidad original. Su delito consistió en haber tomado una metáfora al pie de la letra.


Julio Ramón Ribeyro

16/9/14

Monsanto: contaminación, colonización alimentaria y muerte


La dilatada carrera de uno de los más grandes contaminadores de la historia del capitalismo industrial comenzó con un homenaje de aquellos que suelen llamarse “románticos”. En 1901, el químico autodidacta John Francis Queen creyó absolutamente conveniente poner el apellido de su esposa a la empresa que acababa de fundar: Monsanto. Así suelen estar envueltos los “regalos” que vienen desde Estados Unidos, desde el "sueño americano", desde sus empresas multinacionales y desde su aparato político y militar: con la apariencia de una oda al amor, a la democracia, a la civilización.
Al principio, el nuevo emprendimiento afincado en Saint Louis, Missouri, fabricaba sacarina para venderla a otra conocida empresa: Coca Cola. Hacia 1918, Monsanto empezó su carrera en la fabricación de productos industriales de base. En 1935, la empresa compró la Swann Chemical Company, líder en producción de los llamados PCB (policlorobifenilos), es decir, las propiedades del benceno mezcladas con cloro para dar como resultado un producto de gran resistencia que sería utilizado en aparatos hidráulicos y lubricantes en la producción de plásticos, pinturas, tinta, papel, etc. Es el comienzo del largo prontuario contaminante y destructor de la empresa que es parte congénito del sueño americano: Queen necesitó hacer un préstamo de 5 mil dólares para montarla. Todo ese prontuario criminal fue revelado por la periodista Marie-Monique Robin en un libro de una rigurosidad investigativa sin fisuras, hoy traducido a 15 idiomas y del cual hay una versión en documental audiovisual: El mundo según Monsanto (2008).
El capítulo macabro de la relación de los PCB y Monsanto con los seres humanos de a pie no tardó en llegar. No solo los obreros que trabajaban en su producción durante los años 50 habían sido contaminados, desarrollando enfermedades de diversa índole (lo que fue sistemáticamente ocultado por la empresa), sino que un pueblo entero resultó víctima propiciatoria de su afán de renta: miles de pobladores de Anniston, en Alabama, fueron afectados por la toxicidad de los PCB mediante la ingesta de agua contaminada. Lo que muestra algo que sería norma para la empresa norteamericana: saber de los efectos dañinos (mediante estudios científicos) y ocultarlo. A principios de la década pasada, miles de habitantes de Anniston le ganaron un juicio a Monsanto y fueron indemnizados por el valor de 700 millones de dólares, luego de vivir expuestos a los PCB durante más de 30 años. Entre las víctimas, se encontraban más de 400 niños con parálisis cerebral. 

Cambio de rubro: mismo resultado

La fabricación de PCB fue prohibida mucho antes de la condena en contra de la empresa, en la década del 70. Pero para ese entonces ya Monsanto estaba en otra cosa: producción de herbicidas y plaguicidas que contienen dioxina, un subproducto industrial altamente tóxico. Y, otra vez, contaminó todo un pueblo: Times Beach, a 30 kilómetros de Saint Louis, luego de que el municipio utilizara aceites residuales que incluían dioxina para eliminar la proliferación de polvo en sus calles. Hoy, Times Beach es un espectro desértico: nadie puede vivir allí.

Veneno. Dioxina rociada en Times Beach.
Pero el más grande negocio de la dioxina vendría con la guerra de Vietnam, pues Monsanto fue la encargada de producir ingentes cantidades del llamado “agente naranja” (entre agentes de otros colores según el nivel de toxicidad), herbicidas en estado puro que, comprados por el gobierno norteamericano, eran lanzados desde el aire no solamente sobre los cultivos de los soldados comunistas vietnamitas (en estrategia que sería replicada por gobiernos colombianos, asesorados por Washington, en su conflicto con las guerrillas),  sino sobre poblaciones enteras, en la llamada operación “Ranch Hand”. Años después, aún persisten los efectos del “agente naranja”. Se ven, sobre todo, en los propios soldados norteamericanos que estuvieron expuestos directamente a la dioxina. No habían sido alertados por el gobierno de su país de su toxicidad.

Rondup y transgénicos

La aparición en 1974 del “herbicida más vendido del mundo”, el Rondup, nombre comercial del glifosato que los científicos de la empresa descubrieron a fines de los sesenta, marca un antes y un después en la historia de Monsanto. Pero también de la agricultura como era conocida hasta entonces: hace cuarenta años, aquella empresa que un químico emprendedor estadounidense fundó siete décadas antes, entró al negocio (esa es la palabra, negocio) de los alimentos. Los muchos casos de contaminación e intoxicación que hay en torno al Rondup no desmerecen a los de los PCB y la dioxina: es el herbicida preferido de los suicidas y, como ya dijimos más arriba, el “Plan Colombia” de Álvaro Uribe (adorado por la dirigencia política oligárquica paraguaya) incluye rociamiento de cultivos de coca con Rondup, lo que ha intoxicado a miles de civiles. Fueron 300.000 solamente en el departamento de Putumayo.
En todos los casos en que la empresa necesitó licencias para operar con sus productos industriales, se vio siempre favorecida por las llamadas “puertas giratorias”: empleados suyos dejan Monsanto para trabajar en los organismos de control sanitario estadounidenses, y viceversa. Pero el caso definitivamente ejemplar de su carrera dentro del agronegocio fue el lobby que impulsó en los años 80 con los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush (padre) para que se aprobara una reglamentación acorde con los intereses de la empresa en la rama de producción que revolucionaría la agricultura mundial (y las finanzas de la empresa, hasta el punto de generar subdivisiones de producción bajo otros emblemas): los organismos genéticamente modificados. Su producto estrella, la soja transgénica, llamada rondup ready por ser resistente al herbicida de la misma empresa, no tardó en extenderse a lo largo de todo el mundo, colonizando incluso plantaciones de soja tradicional, lo que con el tiempo le reedituaría pingües dividendos a Monsanto, por las patentes de uso. Hubo casos incluso, como bien lo cuenta la autora en el libro, en que plantaciones no transgénicas fueron asediadas por las que sí lo eran, perjudicando así a productores que no había comprado los productos de Monsanto al verse obligados a pagar patentes de uso por semillas que ellos no habían plantado.

Roberto Franco

La conexión Paraguay: la "bolsa blanca" y Silvino Talavera

Hay todo un capítulo dedicado al Paraguay en el libro de Robin, con sorprendentes revelaciones. La periodista entrevistó en 2007 a Roberto Franco, entonces ministro de Agricultura del gobierno colorado de Nicanor Duarte Frutos. El mismo confesó que las semillas transgénicas de soja, que desde hacía poco tiempo los sojeros paraguayos plantaban, ingresaron al país de manera irregular. “¿Quién organizó el contrabando?”, preguntó la periodista a Franco. “Los grandes productores de soja paraguayos mantienen estrechas relaciones con sus colegas argentinos...”, respondió el ministro. “Por lo tanto, para evitar perder nuestros mercados (…) tuvimos que… legalizar los cultivos ilegales”. Y tanto periodista como representante gubernamental paraguayo muestran sospechas de que la misma Monsanto podría estar detrás del contrabando como manera de promoción de su producto. De la misma manera entraron en Brasil y Argentina, y cuando ya los cultivos estaban consumados, la empresa se lanzó a cobrar los royalties por sus semillas. En octubre de 2004 les tocó a los sojeros paraguayos pasar por caja: 3 dólares por tonelada debían pagar a Monsanto (lo que debía aumentar y aumentó con los años), pero los productores no tenían mucho problema en hacerlo para una multinacional, totalmente lo contrario cuando años después se propuso gravar específicamente su renta, hecha posible y sustentada en la ilegalidad: el contrabando de semillas (entre otras cosas).
La madre. Petrona Villasboa sostiene un afiche con el rostro de su hijo Silvino Talavera.
Robin, también, recuerda un día nefasto, pero a la vez fundacional, jurisprudente, en la resistencia al modelo agroexportador en Paraguay y sus contactos directos con Monsanto: el 2 de enero de 2003, Silvino Talavera, de once años, fue literalmente bañado con Rondup escupido por las “alas” de un “mosquito” fumigador, mientras volvía del almacén, a donde había ido a comprar fideos y un pedazo de carne. El aparato estaba guiado por un sojero de nombre Herman Schelender, y si no te es familiar su nombre es porque fue mucho menos referido en los medios que el de cualquier campesino organizado e “invasor de tierras” de aquel tiempo (y el de hoy). Talavera fue hospitalizado por tres días, pero luego del alta médica… ¡volvió a ser rociado por otro productor! Esta vez fue Alfredo Laustenlager, desde apenas quince metros de su casa. El 7 de enero, Silvino murió. Los sojeros fueron condenados a dos años de cárcel y una multa exigua de 25 millones en abril de 2004.
Robin registró, además, lo que ningún medio de comunicación corporativo paraguayo ha registrado: que el gobierno de Nicanor Duarte Frutos (2003-2008) sentó las bases del regreso del modelo represivo stronista, actualizado en tiempos de “democracia”. Y, además, dio cuenta de un fenómeno nuevo: la proliferación de un ejército irregular que, aliado con los órganos estatales de seguridad, se encargan de preservar por medio de las armas los privilegios (basados, es necesario decirlo de vuelta, en la ilegalidad según el mismo régimen jurídico burgués hecho a medida) y los atentados contra la vida de comunidades enteras por parte de los sojeros. “Por todo el país se ha reclutado a matones armados para proteger los aparatos para la fumigación y las grandes propiedades de soja, todo ello con el aval del presidente Duarte”, escribe Robin sobre el hoy reubicado por Horacio Cartes en la siempre “jugosa” embajada paraguaya en Argentina.   
El espacio de esta reseña no puede abarcar todo el espectro de fechorías de la  compañía estadounidense, que el libro de la periodista francesa muy bien (puntillosamente bien) detalla: sus tentáculos en el mundo de la ciencia, con científicos colonizados por la “filosofía empresarial” o directamente comprados; el destrozo de las carreras de investigadores con trabajos que demuestran el carácter dañino de los transgénicos, mediante la inclemente desacreditación mediática; desastres sanitarios en supermercados de Estados Unidos, publicidad engañosa, la ruina económica de productores al principio convencidos por la soja y el algodón transgénicos, etc., etc., etc.

Para simplificar las cosas: la carrera comercial de Monsanto pone en peligro el ambiente en el que vivimos y los alimentos que consumimos, anteponiendo la lógica de acumulación por encima de las necesidades colectivas, culturales e históricas. Si no me creen, a El mundo según Monsanto sí le creerán. Estoy seguro.