29/4/14

Paseo nocturno

Rubem Fonseca. Escritor brasileño nacido en 1925.

Llegué a la casa cargando la carpeta llena de papeles, relatorios, estudios, investigaciones, propuestas, contratos. Mi mujer, jugando solitario en la cama, un vaso de whisky en el velador, dijo, sin sacar lo ojos de las cartas, estás con un aire de cansado. Los sonidos de la casa: mi hija en el dormitorio de ella practicando impostación de la voz, la música cuadrafónica del dormitorio de mi hijo. ¿No vas a soltar ese maletín? Preguntó mi mujer, sácate esa ropa, bebe un whisky, necesitas relajarte.

Fui a la biblioteca, el lugar de la casa donde me gustaba estar aislado y como siempre no hice nada. Abrí el volumen de pesquisas sobre la mesa, no veía las letras ni los números, yo apenas esperaba. Tú no paras de trabajar, apuesto que tus socios no trabajan ni la mitad y ganan la misma cosa, entró mi mujer en la sala con un vaso en la mano, ¿ya puedo mandar a servir la comida?

La empleada servía a la francesa, mis hijos habían crecido, mi mujer y yo estábamos gordos. Es aquel vino que te gusta, ella hace un chasquido con placer. Mi hijo me pidió dinero cuando estábamos en el cafecito, mi hija me pidió dinero en la hora del licor. Mi mujer no pidió nada, nosotros teníamos una cuenta bancaria conjunta.
¿Vamos a dar una vuelta en el auto? Invité. Yo sabía que ella no iba, era la hora de la teleserie. No sé qué gracia tiene pasear de auto todas las noches, también ese auto costó una fortuna, tiene que ser usado, yo soy la que se apega menos a los bienes materiales, respondió mi mujer.

Los autos de los niños bloqueaban la puerta del garaje, impidiendo que yo sacase mi auto. Saqué el auto de los dos, los dejé en la calle, saqué el mío y lo dejé en la calle, puse los dos carros nuevamente en el garaje, cerré la puerta, todas esas maniobras me dejaron levemente irritado, pero al ver los parachoques salientes de mi auto, el refuerzo especial doble de acero cromado, sentí que el corazón batía rápido de euforia. Metí la llave en la ignición, era un motor poderoso que generaba su fuerza en silencio, escondido en el capó aerodinámico. Salí, como siempre sin saber para dónde ir, tenía que ser una calle desierta, en esta ciudad que tiene más gente que moscas. En la Avenida Brasil, allí no podía ser, mucho movimiento. Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia, pero no aparecía nadie en condiciones, comencé a quedar un poco tenso, eso siempre sucedía, hasta me gustaba, el alivio era mayor. Entonces vi a la mujer, podía ser ella, aunque una mujer fuese menos emocionante, por ser más fácil. Ella caminaba apresuradamente, llevando un bulto de papel ordinario, cosas de la panadería o de la verdulería, estaba de falda y blusa, andaba rápido, había árboles en la acera, de veinte en veinte metros, un interesante problema que exigía una dosis de pericia. Apagué las luces del auto y aceleré. Ella sólo se dio cuenta que yo iba encima de ella cuando escuchó el sonido del caucho de los neumáticos pegando en la cuneta. Di en la mujer arriba de las rodillas, bien al medio de las dos piernas, un poco más sobre la izquierda, un golpe perfecto, escuché el ruido del impacto partiendo los dos huesazos, desvié rápido a la izquierda, un golpe perfecto, pasé como un cohete cerca de un árbol y me deslicé con los neumáticos cantando, de vuelta al asfalto. Motor bueno, el mío, iba de cero a cien kilómetros en once segundos. Incluso pude ver el cuerpo todo descoyuntado de la mujer que había ido a parar, rojizo, encima de un muro, de esos bajitos de casa de suburbio.

Examiné el auto en el garaje. Pasé orgullosamente la mano suavemente por el guardabarros, los parachoques sin marca. Pocas personas, en el mundo entero, igualaban mi habilidad en el uso de esas máquinas.

La familia estaba viendo la televisión. ¿Ya dio su paseíto, ahora estás más tranquilo?, preguntó mi mujer, acostada en el sofá, mirando fijamente el video. Voy a dormir, buenos noches para todos, respondí, mañana voy a tener un día horrible en la compañía.


Rubem Fonseca

22/4/14

El otoño de Gabriel García Márquez

Con la célebre novela en la cabeza. Esta es la tapa que Cien años de soledad tuvo desde la segunda edición, pero que tenía que aparecer en la primera. Pero había llegado tarde desde México, diseñada por el artista Vicente Rojo.
 
Habían vuelto a Aracataca, en el trencito amarillo de las once, hacía apenas un mes. Gabriel Eligio García, quien había jurado no volver nunca más a ese “moridero de pobres”, sin embargo, no quería romper la promesa hecha a su esposa, Luisa Santiaga Márquez: daría a luz al primogénito en la casa de los suegros. Habían sido tiempos de amores difíciles, hasta que en junio de 1926 pudieron casarse, luego de la férrea oposición de los Márquez y su aristocrática sangre española, y el acecho caribeño y tenaz de amante impenitente del telegrafista de Aracataca. El niño que iba a nacer el 6 de marzo de 1927, a las 8.30 de la mañana, mientras el abuelo Nicolás asistía a la misa de las ocho, habría de inmortalizar muchos años después los amores contrariados de sus padres en una de sus grandes novelas: El amor en los tiempos del cólera (1985).

Gabriel era el nombre de aquel niño nacido aquella mañana. Poco más de un año después sería fotografiado sentado, mirando a la cámara con sus ojos de animal agazapado que nunca más lo abandonaría, la misma imagen infantil que ilustra varias ediciones de su autobiografía Vivir para contarla (2002). Su infancia estuvo poblada tempranamente de seres mitológicos, historias legendarias. Los relatos de la abuela Tranquilina, en donde convivían seres vivos y muertos; la tarde remota en que el abuelo militar, el coronel Nicolás Márquez, lo llevó a conocer tanto el hielo como las soledades inmensas de la United Fruit Company; sus nueve años de escolar ensimismado y lector alucinado de Las mil y una noches, serían las primeras influencias narrativas del mundo de magia cotidiana que habría de caracterizar a la literatura del colombiano.


Gabriel García Márquez escribió poemas apasionados en sus tiempos de estudiante de secundaria en un colegio de Zipaquirá, una apacible ciudad colonial a cincuenta kilómetros de Bogotá. Su amor por la poesía, aunque nunca publicaría sus poemas, no lo abandonaría jamás. Una de sus novelas más poéticas, El otoño del patriarca (1975), fue escrita bajo la sombra tutelar de los alejandrinos de Rubén Darío, con el sonido volátil y certero de las esdrújulas del castellano, al mismo tiempo más castizo y más criollo, más caribeño que se conozca. Tanto fue su amor por la poesía, que medio siglo después de aquellos poemas de adolescencia, el 10 de diciembre de 1982, en el brindis oficial de celebración del Premio Nobel en Estocolmo, diría: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación y por su permanente victoria contra los poderes sordos de la muerte”.  Luego propuso que el brindis fuera “por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía”.

Aparición de Kafka

Estudió Derecho en la Universidad Nacional de Colombia durante solo catorce meses. Pero aquellos meses de universitario insomne en Bogotá le mostrarían un mundo de variedades humanas y, sobre todo, le darían sus primeros amigos en el ámbito seráfico de las ideas, de la literatura. Por ejemplo, por aquellos años conoció a dos hombres disímiles: Plinio Apuleyo Mendoza, su futuro cómplice en las aventuras vagabundas del periodismo, y Camilo Torres, el cura revolucionario, padrino del primer hijo del escritor, quien tiempo después había de morir en combate en su carácter de guerrillero heroico.

Sin embargo, el conocimiento más importante en la vida del escritor en aquel tiempo no fue el de los vericuetos bohemios de la ciudad universitaria, ni las primeras borracheras con otros poetas mayores de Colombia, sino el que sobrevino una tarde de mediados de agosto de 1947, en su cuarto del segundo piso de la pensión en la que vivía. Allí leyó: “Al despertarse Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”. Era la primera frase de La metamorfosis, de Franz Kafka. “¡Carajo! ¡Pero si así hablaba mi abuela!”, cuenta en El viaje a la semilla (1997) su biógrafo Dasso Zaldívar, que gritó el escritor luego de leer ese arranque fenomenal. Aquella conjunción estilística, la escrita de Kafka y la oral de su abuela, marcaría la impronta narrativa de García Márquez.


Seis años después de aquel deslumbramiento, el escritor publicó su primera novela: La hojarasca (1953). Bajo el influjo evidente del William Faulkner de Mientras agonizo, y la referencia trágica milenaria de Antígona, de Sófocles, García Márquez comenzó su carrera dando forma cartográfica y humana por primera vez al territorio mítico que estaría poblado de personajes inolvidables: Macondo. Las siguientes novelas, El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1962) y el libro de cuento Los funerales de la Mamá Grande (1962) asentarían aún más la nombradía mágica de ese pueblo construido con los trozos de Colombia que el escritor conocía hasta entonces, y por los que su memoria poblada por otras memorias familiares lo había llevado a pasear.


La escritura de Cien años de soledad

Desde 1948, es decir, desde antes de sus primeros libros, García Márquez estaba escribiendo una terca novela que no acababa de encontrar con su tono, a la que había titulado La casa, porque todo sucedía dentro de una. Con la creación de Macondo, a la manera del condado de Yoknapatawpha de Faulkner, pero más aún de la Comala de Juan Rulfo, el escritor había descubierto que la novela no podía suceder solamente en un ámbito tan acotado, sino en uno lo suficientemente amplio para que allí cupieran sus personajes pantagruélicos. A mediados de 1965, cuando ya vivía en México, emprendió con su mujer, Mercedes Barcha, y con sus hijos, un viaje de vacaciones a Acapulco, montados en su viejo Opel blanco. Fue durante ese viaje, en plena carretera –según le contó a muchos– que solucionó por fin aquel problema que lo tenía obsesionado desde hacía 17 años: el tono de la novela debía ser el mismo con que su abuela Tranquilina Iguarán Cotes le contaba las historias fantásticas que habían marcado su infancia. Así, luego de un trabajo arduo, dio con la consabida primera frase de Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Según le contó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba (1982), luego de aquel comienzo se preguntó: “¡Qué carajo vendría después!”. Hasta cierto momento no creyó “de verdad que aquel libro pudiera llegar a ninguna parte. Pero a partir de allí [del hallazgo del galeón en medio de la selva, hacia el final del primer capítulo] todo fue una especie de frenesí, por lo demás, muy divertido”. Es el mismo frenesí narrativo que experimentan, desde junio de 1967, millones de lectores de todo el mundo.
 

La novela fue publicada en Buenos Aires. Se terminó de imprimir en dicha ciudad el 30 de mayo de 1967, pero no estuvo en las calles hasta el 5 del siguiente mes. El lanzamiento coincidió con la visita de García Márquez a la ciudad y con un reportaje que sobre la misma había hecho el semanario Primera Plana, donde trabajaban dos grandes escritores argentinos: Ernesto Schoo (quien en el número anterior había publicado una entrevista al escritor, luego de visitarlo en México, y lo había llamado Simbad) y Tomás Eloy Martínez (quien hizo de cicerone suyo por Buenos Aires y publicó la que puede ser considerada la primera reseña del libro). La estrategia editorial del lanzamiento de la novela fue la más épica de cuantos libros se hayan publicado, probablemente, en la historia de la literatura latinoamericana. Se habían impreso 8.000 ejemplares, los que se agotaron en 15 días. Y meses después, las más importantes capitales del ámbito hispánico pedían miles de ejemplares de esa novela que Editorial Sudamericana, del mítico editor Francisco Porrúa, había tenido el tino histórico de haberla publicado.
 

Luego de aquel éxito arrollador, basado en la historia secular de una familia  y de un pueblo a ratos primitivo, a ratos moderno, como Macondo, Gabo abandonó aquella geografía mágica para publicar otros libros como el nacido de un reportaje periodístico, titulado Relato de un náufrago (1970); su larga reflexión sobre el poder absoluto, El otoño del patriarca, otra de sus obras maestras, y ya entrados los años 80, Crónica de una muerte anunciada (1982), un trabajo con el tiempo narrativo que con El amor en los tiempos del cólera y toda su obra precedente confirmaría que la poética de García Márquez, alguien que se definió a sí mismo como “errante y nostálgico”, tiene al tiempo, y a la manera en que el ser humano, con sus trabajos y sus días, se mira en, a través y más allá de él, como el substrato más rico de  su obra. No en vano  en el comienzo de El amor en los tiempos del cólera, el tiempo y sus cicatrices  apremien tanto al refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour que tuvo que ponerse a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro. Se escribe con y contra el tiempo, contra la muerte siempre, la única que siempre vence.
 

Hoy, Gabriel García Márquez ha muerto, a los 87 años, un Jueves Santo, al igual que Úrsula Iguarán. Murió en la misma ciudad en la que escribió Cien años de soledad, la novela populosa con olor a guayaba en donde el coronel Aureliano Buendía, cuando no fabricaba pescaditos de oro, promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos; en donde, Remedios la Bella ascendió a los cielos envuelta en las sábanas limpias de la virginidad; en donde Úrsula, como toda matriarca latinoamericana, mantenía en pie la casa con sus artes de madre eterna; en donde tres mil obreros asesinados por el brazo largo del colonialismo llenaron los oscuros vagones de un tren de pesadumbre; en donde las estirpes condenadas a cien años de soledad no tuvieron la segunda oportunidad sobre la Tierra que el escritor reclamó para los latinoamericanos, fatigados de pobreza y dictaduras, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, en Estocolmo, donde al llegar dijo: “Mierda, esto es como asistir uno a su propio entierro”. Ha muerto y, sin embargo, como en aquel poema de su adorado Borges, sus lectores seguiremos repartiéndonos como mendigos los efluvios espléndidos de su memoria viva de creador.

5/4/14

Las tragedias del siglo XX con flan de caramelo

La novela. Gentileza de María José Peralta, Santillana Paraguay.
Hay verdades incómodas que la mala conciencia esconde. Cuando esas verdades surgen del limo trágico de la historia, la mala conciencia y su tarea veladora son aún más políticas, aún más profundas y, sobre todo, aún más criminales. Es el caso, por ejemplo, del genocidio armenio de que los turcos fueron responsables entre 1915 y 1916. Más de un millón de armenios perecieron sistemáticamente en una limpieza étnica cuya brutalidad y magnitud fueron inversamente proporcionales al silencio de su encubrimiento, que llega hasta hoy por parte del Estado turco, que ha penalizado incluso la revisión de ese pasado vergonzante. Según algunos testimonios, en Trebisonda fueron quemados vivos unos mil niños. Una sobreviviente de la masacre, que vivía en Kovata, una aldea cercana a la antigua capital imperial, es el personaje central de la novela del escritor francés –nacido en Delawere, Estados Unidos- Franz-Olvier Giesbert, La cocinera de Himmler, publicada en 2014 en castellano, luego de un éxito rotundo en toda Europa. 

Rose es una fugitiva constante, desde su más temprana infancia. Cuenta su vida desde la tranquilidad centenaria (y todavía lúbrica) en la segunda década del siglo XXI, dueña de un prestigioso restorán. Vive en Marsella, la primera ciudad de Occidente que conoció luego de escapar de la masacre y en donde a principios del siglo XX sobrevivió como mendiga profesional y “recolectora” al servicio del rey del imperio del trabajo infantil en el puerto francés. Víctima hasta los 19 años de todo tipo de explotación -incluida la de esclava sexual desde antes de su primera menstruación-, Rose se casa y vive unos años de relativa tranquilidad, durante los cuales cocina, tiene hijos y lee a los clásicos de la literatura, hasta la llegada siempre puntual a su vida de lo que llama la “porquería” de la Historia: ahora, el nazismo. 

Se convierte, por los manes del antisemitismo, en la cocinera (y elusiva amante) del todopoderoso mandamás de las SS hitlerianas, responsable de la muerte (otra vez sistemática) de miles y miles de judíos. Desde allí es testigo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, en la panza infecta del fascismo alemán, primero en la Francia ocupada y luego en Berlín. El de Himmler era un estómago nazi adolorido por los nervios que se alimentaba de su pastel de berenjenas, alcachofas y gruesos langostinos con albahacas; su bacalao al ajo, con leche y eneldo; su tarta de manzana sin maza, el suflé helado al Grand Marnier y los melocotones flambeados con kirsch. 

Su carácter de testigo y protagonista de la Historia no cesaría allí: luego de la guerra y a instancias de dos ilustres comensales de su restorán, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, viajará a la China de Mao, y verá –y sufrirá- la crisis embrionaria y trágica del comunismo asiático. Aun así, el viaje de Rose a China, su enamoramiento de un funcionario chino UN DÍA antes de su regreso y su posterior casamiento y huida de China tras la muerte del funcionario, son de lo más forzado en toda la novela. Además, el análisis de Rose sobre los problemas del maoísmo son simplificadores y mecánicos, como sacados del típico mamotreto anticomunista al uso.

La novela de Giesbert se sostiene, ineluctablemente, sobre el carácter potente del personaje que ha creado: una mujer de acero, que lleva consigo a todos lados –además de una salamandra llamada Teo- “una lista de odios” en donde, como la Uma Thurman del Kill Bill de Quentin Tarantino, va tachando nombres a medida que urde y lleva a cabo el placer de sus sucesivas venganzas. También hay algo que el lector deberá develar y que es un constante hilo conductor a ciegas en el libro: quién es la Renate Fröll cuyo paradero la mujer investiga con la ayuda de su joven amigo Samir el Ratón, en el cercano año de 2012. Y, en otro nivel siempre transversal, el libro es un delicioso homenaje a la gastronomía europea, más específicamente a la cocina provenzal. 

Aun cuando el concepto de la Historia como un ente monstruoso aparentemente ajeno e inevitable parece sacado de un viejo (y vago) manual esencialista con pizcas de obnuvilación anti-historicista a la Ciorán, La cocinera de Himmler es terriblemente atractiva en su relación con los hechos que marcaron el siglo pasado. Rose es como una especie de Oskar Matzerath sanguinario –el personaje de la novela de Gunter Grass-, que mira los acontecimientos del siglo XX, pero no incide en ellos más que lo que su propio inventario de infamias personales que vengar le permite. 

Sin embargo, la adorable y terrible Rose tiene siempre una guadaña en la mano para someter a juicio a la Historia, que ella se empeña en escribir con mayúscula, como certificando nuestra insignificancia en un mundo –parece decir- de angustias feroces y felicidades pequeñas pero reconfortantes, como el flan de caramelo que Emma Lempereur le enseñó y que se prepara con 7 huevos, 1 litro de leche, 1 sobre de azúcar aromatizado a la vainilla, 200 g de azúcar, 7 terrones de azúcar y 2 cucharadas de agua para hacer caramelo directamente en una flanera de unos 20 cm de diámetro.

3/4/14

Los caballos de Abdera

Leopoldo Lugones
   
Abdera, la ciudad tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no debe ser confundida con su tocaya bética, era célebre por sus caballos.
    Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella descollaba hasta ser única. Los habitantes todos tenían a gala la educación de tan noble animal, y esta pasión cultivada a porfía durante largos años, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, había producido efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, y todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran tributarios en esto de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe añadirse que semejante industria, uniendo el provecho a la satisfacción, ocupaba desde el rey hasta el último ciudadano.
    Estas circunstancias habían contribuido también a intimar las relaciones entre el bruto y sus dueños, mucho más de lo que era y es habitual para el resto de las naciones; llegando a considerarse las caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose las naturales exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa. Eran verdaderamente notables corceles, pero bestias al fin. Otros dormían en cobertores de biso; algunos pesebres tenían frescos sencillos, pues no pocos veterinarios sostenían el gusto artístico de la raza caballar, y el cementerio equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente recargadas, dos o tres obras maestras. El templo más hermoso de la ciudad estaba consagrado a Anón, el caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con un golpe de su tridente; y creo que la moda de rematar las proas en cabezas de caballo, tenga igual proveniencia: siendo seguro en todo caso que los bajos relieves hípicos fueron el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El monarca era quien se mostraba más decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los suyos verdaderos crímenes que los volvieron singularmente bravíos; de tal modo que los nombres de Podargos y de Lampón figuraban en fábulas sombrías; pues es del caso decir que los caballos tenían nombres como personas.
    Tan amaestrados estaban aquellos animales, que las bridas eran innecesarias, conservándolas únicamente como adornos, muy apreciados desde luego por los mismos caballos. La palabra era el medio usual de comunicación con ellos; y observándose que la libertad favorecía el desarrollo de sus buenas condiciones, dejábanlos todo el tiempo no requerido por la albarda o el arnés en libertad de cruzar a sus anchas las magníficas praderas formadas en el suburbio, a la orilla del Kossínites para su recreo y alimentación.
    A son de trompa los convocaban cuando era menester, y así para el trabajo como para el pienso eran exactísimos. Rayaba en lo increíble su habilidad para toda clase de juegos de circo y hasta de salón, su bravura en los combates, su discreción en las ceremonias solemnes. Así, el hipódromo de Abdera tanto como sus compañías de volatines; su caballería acorazada de bronce y sus sepelios, habían alcanzado tal renombre, que de todas partes acudía gente a admirarlos: mérito compartido por igual entre domadores y corceles.
    Aquella educación persistente, aquel forzado despliegue de condiciones, y para decirlo todo en una palabra, aquella humanización de la raza equina iban engendrando un fenómeno que los bistones festejaban como otra gloria nacional. La inteligencia de los caballos comenzaba a desarrollarse pareja con su conciencia, produciendo casos anormales que daban pábulo al comentario general.
    Una yegua había exigido espejos en su pesebre, arrancándolos con los dientes de la propia alcoba patronal y destruyendo a coces los de tres paneles cuando no le hicieron el gusto. Concedido el capricho daba muestras de coquetería perfectamente visible. Balios, el más bello potro de la comarca, un blanco elegante y sentimental que tenía dos campañas militares y manifestaba regocijo ante el recitado de hexámetros heroicos, acababa de morir de amor por una dama. Era la mujer de un general, dueño del enamorado bruto, y por cierto no ocultaba el suceso. Hasta se creía que halagaba su vanidad, siendo esto muy natural, por otra parte, en la ecuestre metrópoli.
    Señalábase igualmente casos de infanticidio, que aumentando en forma alarmante, fue necesario corregir con la presencia de viejas mulas adoptivas; un gusto creciente por el pescado y por el cáñamo cuyas plantaciones saqueaban los animales; y varias rebeliones aisladas que hubo de corregirse, siendo insuficiente el látigo, por medio del hierro candente. Esto último fue en aumento, pues el instinto de rebelión progresaba a pesar de todo.
    Los bistones, más encantados cada vez con sus caballos, no paraban mientes en eso. Otros hechos más significativos produjéronse de allí a poco. Dos o tres atalajes habían hecho causa común contra un carretero que azotaba su yegua rebelde. Los caballos resistíanse cada vez más al enganche y al yugo, de tal modo que empezó a preferirse el asno. Había animales que no aceptaban determinado apero; mas como pertenecían a los ricos, se defería a su rebelión comentándola mimosamente a título de capricho.
    Un día los caballos no vinieron al son de la trompa, y fue menester constreñirlos por la fuerza; pero los subsiguientes no se reprodujo la rebelión.
    Al fin ésta ocurrió cierta vez que la marea cubrió la playa de pescado muerto, como solía suceder. Los caballos se hartaron de eso, y se les vio regresar al campo suburbano con lentitud sombría.
    Medianoche era cuando estalló el singular conflicto.
    De pronto un trueno sordo y persistente conmovió el ámbito de la ciudad. Era que todos los caballos se habían puesto en movimiento a la vez para asaltarla, pero esto se supo luego, inadvertido al principio en la sombra de la noche y la sorpresa de lo inesperado.
   Como las praderas de pastoreo quedaban entre las murallas, nada pudo contener la agresión; y añadido a esto el conocimiento minucioso que los animales tenían de los domicilios, ambas cosas acrecentaron la catástrofe.
    Noche memorable entre todas, sus horrores sólo aparecieron cuando el día vino a ponerlos en evidencia, multiplicándolos aun. Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo dando paso a feroces manadas que se sucedían casi sin interrupción. Había corrido sangre, pues no pocos vecinos cayeron aplastados bajo el casco y los dientes de la banda en cuyas filas causaron estragos también las armas humanas.
    Conmovida de tropeles, la ciudad oscurecíase con la polvareda que engendraban; y un extraño tumulto formado por gritos de cólera o de dolor, relinchos variados como palabras a los cuales mezclábase uno que otro doloroso rebuzno, y estampidos de coces sobre las puertas atacadas, unía su espanto al pavor visible de la catástrofe. Una especie de terremoto incesante hacía vibrar el suelo con el trote de la masa rebelde, exaltado a ratos como en ráfaga huracanada por frenéticos tropeles sin dirección y sin objeto; pues habiendo saqueado todos los plantíos de cáñamo, y hasta algunas bodegas que codiciaban aquellos corceles pervertidos por los refinamientos de la mesa, grupos de animales ebrios aceleraban la obra de destrucción. Y por el lado del mar era imposible huir. Los caballos, conociendo la misión de las naves, cerraban el acceso del puerto.
    Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezábase a organizar en ella la resistencia. Por lo pronto cubríase de dardos a todo caballo que cruzaba por allí, y cuando caía cerca era arrastrado al interior como vitualla.
    Entre los vecinos refugiados circulaban los más extraños rumores. El primer ataque no fue sino un saqueo. Derribadas las puertas, las manadas introducíanse en las habitaciones, atentas sólo a las colgaduras suntuosas con que intentaban revestirse, a las joyas y objetos brillantes. La oposición a sus designios fue lo que suscitó su furia.
    Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y aplastadas en sus propios lechos con ímpetu bestial; y hasta se señalaba a una noble doncella que sollozando narraba entre dos crisis su percance: el despertar en la alcoba a la media luz de la lámpara, rozados sus labios por la innoble jeta de un potro negro que respingaba de placer el belfo enseñando su dentadura asquerosa; su grito de pavor ante aquella bestia convertida en fiera, con el resplandor humano y malévolo de sus ojos incendiados de lubricidad; el mar de sangre con que la inundara al caer atravesado por la espada de un servidor...
    Mencionábase varios asesinatos en que las yeguas se habían divertido con saña femenil, despachurrando a mordiscos a las víctimas. Los asnos habían sido exterminados, y las mulas subleváronse también, pero con torpeza inconsciente, destruyendo por destruir, y particularmente encarnizadas contra los perros.
    El tronar de las carreras locas seguía estremeciendo la ciudad, y el fragor de los derrumbes iba aumentando. Era urgente organizar una salida, por más que el número y la fuerza de los asaltantes la hiciera singularmente peligrosa, si no se quería abandonar la ciudad a la más insensata destrucción.
    Los hombres empezaron a armarse; mas, pasado el primer momento de licencia, los caballos habíanse decidido a atacar también.
    Un brusco silencio precedió al asalto. Desde la fortaleza distinguían el terrible ejército que se congregaba, no sin trabajo, en el hipódromo. Aquello tardó varias horas, pues cuando todo parecía dispuesto, súbitos corcovos y agudísimos relinchos cuya causa era imposible discernir, desordenaban profundamente las filas.
    El sol declinaba ya, cuando se produjo la primera carga. No fue, si se permite la frase, más que una demostración, pues los animales se limitaron a pasar corriendo frente a la fortaleza. En cambio, quedaron acribillados por las saetas de los defensores.
    Desde el más remoto extremo de la ciudad, lanzáronse otra vez, y su choque contra las defensas fue formidable. La fortaleza retumbó entera bajo aquella tempestad de cascos, y sus recias murallas dóricas quedaron, a decir vedad, profundamente trabajadas.
    Sobrevino un rechazo, al cual sucedió muy luego un nuevo ataque.
    Los que demolían eran caballos y mulos herrados que caían a docenas; pero sus filas cerrábanse con encarnizamiento furioso, sin que la masa pareciera disminuir. Lo peor era que algunos habían conseguido vestir sus bardas de combate en cuya malla de acero se embotaban los dardos. Otros llevaban jirones de tela vistosa, otros, collares, y pueriles en su mismo furor, ensayaban inesperados retozos.
    De las murallas los conocían. ¡Dinos, Aethon, Ameteo, Xanthos! Y ellos saludaban, relinchaban gozosamente, enarcaban la cola, cargando en seguida con fogosos respingos. Uno, un jefe ciertamente, irguióse sobre sus corvejones, caminó así un trecho manoteando gallardamente al aire como si danzara un marcial balisteo, contorneando el cuello con serpentina elegancia, hasta que un dardo se le clavó en medio del pecho...
    Entre tanto, el ataque iba triunfando. Las murallas empezaban a ceder.
    Súbitamente una alarma paralizó a las bestias. Unas sobre otras, apoyándose en ancas y lomos, alargaron sus cuellos hacia la alameda que bordeaba la margen del Kossínites; y los defensores volviéndose hacia la misma dirección, contemplaron un tremendo espectáculo.
    Dominando la arboleda negra, espantosa sobre el cielo de la tarde, una colosal cabeza de león miraba hacia la ciudad. Era una de esas fieras antediluvianas cuyos ejemplares, cada vez más raros, devastaban de tiempo en tiempo los montes Ródopes. Mas nunca se había visto nada tan monstruoso, pues aquella cabeza dominaba los más altos árboles, mezclando a las hojas teñidas de crepúsculo las greñas de su melena.
    Brillaban claramente sus enormes colmillos, percibíase sus ojos fruncidos ante la luz, llegaba en el hálito de la brisa su olor bravío, inmóvil entre la palpitación del follaje, herrumbrada por el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase ante el horizonte como uno de esos bloques en que el pelasgo, contemporáneo de las montañas, esculpió sus bárbaras divinidades.
    Y de repente empezó a andar, lento como el océano. Oíase el rumor de la fronda que su pecho apartaba, su aliento de fragua que iba sin duda a estremecer la ciudad cambiándose en rugido.
    A pesar de su fuerza prodigiosa y de su número, los caballos sublevados no resistieron semejante aproximación. Un solo ímpetu los arrastró por la playa, en dirección a la Macedonia, levantando un verdadero huracán de arena y de espuma, pues no pocos disparábanse a través de las olas.
    En la fortaleza reinaba el pánico. ¿Qué podrían contra semejante enemigo? ¿Qué gozne de bronce resistiría a sus mandíbulas? ¿Qué muro a sus garras...?
    Comenzaban ya a preferir el pasado riesgo (al fin en una lucha contra bestias civilizadas), sin aliento ni para enflechar sus arcos, cuando el monstruo salió de la alameda. No fue un rugido lo que brotó de sus fauces, sino un grito de guerra humano, el bélico "¡alalé!" de los combates, al que respondieron con regocijo triunfal los "hoyohei" y los "hoyotohó" de la fortaleza.
    ¡Glorioso prodigio!
    Bajo la cabeza del felino, irradiaba luz superior el rostro de un numen; y mezclados soberbiamente con la flava piel, resaltaban su pecho marmóreo, sus brazos de encina, sus muslos estupendos.
    Y un grito, un solo grito de libertad, de reconocimiento, de orgullo, llenó la tarde:
      —¡Hércules, es Hércules que llega!

Leopoldo Lugones

1/4/14

Cabeza de ángel

Octavio Paz

Apenas entramos me sentí asfixiada por el calor y estaba como entre los muertos y creo que si me quedara sola en una sala de ésas me daría miedo pues me figuraría que todos los cuadros se me quedaban mirando y me daría una vergüenza muy grande y es como si fueras a un camposanto en donde todos los muertos estuvieran vivos o como si estuvieras muerta sin dejar de estar viva y lástima que no sepa contarte los cuadros ni tanta cosa de hace muchísimos siglos que es una maravilla que están como acabados de hacer ¿por qué las cosas se conservan más que las personas? imagínate ya ni sombra de los que los pintaron y los cuadros están como si nada hubiera pasado y había unos muy lindos de martirios y degüellos de santas y niños pero estaban tan bien pintados que no me daban tristeza sino admiración los colores tan brillantes como si fueran de verdad el rojo de las flores el cielo tan azul y las nubes y los arroyos y los árboles y los colores de los trajes de todos los colores y había un cuadro que me impresionó tanto que sin darme cuenta como cuando te ves en un espejo o como cuando te asomas a una fuente y te ves entre las hojas y las ramas que se reflejan en el agua entré al paisaje con aquellos señores vestidos de rojo verde amarillo y azul y que llevaban espadas y hachas y lanzas y banderas y me puse a hablar con un ermitaño barbudo que rezaba junto a su cueva y era muy divertido jugar con los animalitos que venían a hacerle compañía venados pájaros y cuervos y leones y tigres mansos y de pronto cuando iba por él los moros me cogían y me llevaban a una plaza en donde había edificios muy altos y puntiagudos como pinos y empezaban a martirizarme y yo empezaba a echar sangre como surtidor pero no me dolía mucho y no tenía miedo porque Dios arriba me estaba viendo y los ángeles recogían en vasos mi sangre y mientras los moros me martirizaban yo me divertía viendo a unas señoras muy elegantes que contemplaban mi martirio desde sus balcones y se reían y platicaban entre sí de sus cosas sin que les importara mucho lo que a mi me pasaba y todo el mundo tenía un aire indiferente y allá lejos había un paisaje con un labrador que araba muy tranquilo su campo con dos bueyes y un perro que saltaba junto a él y en el cielo había una multitud de pájaros volando y unos cazadores de vestidos de verde y rojo y un pájaro caía traspasado por una flecha y se veían caer las plumas blancas y las gotas rojas y nadie lo compadecía y yo me ponía a llorar por el pajarito y entonces los moros me cortaban la cabeza con un alfanje muy blanco y salía de mi cuello un chorro de sangre que regaba el suelo como una cascada roja y del suelo nacían multitud de florecitas rojas y era un milagro y entonces todos se iban y yo me quedaba sola en aquel campo echando sangre durante días y días y regando las flores y era otro milagro que no acabara la sangre hasta que llegaba un ángel y me ponía la cabeza otra vez pero imagínate que con la prisa me la ponía al revés y yo no podía andar sino con trabajo y para atrás lo que me cansaba mucho y como andaba para atrás pues empecé a retroceder y me fui saliendo de aquel paisaje y volví a México y me metí en el corral de mi casa donde había mucho sol y polvo y todo el patio cubierto por unas grandes sábanas recién lavadas y puestas a secar y las criadas llegaban y levantaban las sábanas y eran como grandes trozos de nubes y el prado aparecía todo verde y cubierto de florecitas rojas que mi mamá decía que eran del color de la sangre de una Santa y yo me echaba a reír y le contaba que la santa era yo y cómo me habían martirizado los moros y ella se enojaba y decía ay mi Dios ya mi hija perdió la cabeza y a mí me daba mucha tristeza oír aquellas palabras y me iba al rincón oscuro del castigo y me mordía los labios con rabia porque nadie me creía y cuando estaba pegada a la pared deseando que mi mamá y las criadas se murieran la pared se abrió y yo estaba al pie de un pirú que estaba junto a un río seco y había unas piedras grandes que brillaban al sol y una lagartija me veía con su cabecita alargada y corría de pronto a esconderse y en la tierra veía otra vez mi cuerpo sin cabeza y mi tronco ya estaba cicatrizado y sólo le escurría un hilo de sangre que formaba un charquito en el polvo y a mí me daba lástima y espantaba las moscas del charquito y echaba unos puñados de tierra para ocultarla y que los perros no pudieran lamerla y entonces me puse a buscar mi cabeza y no aparecía y no podía ni siquiera llorar y como no había nadie en aquel paraje me eché a andar por un llano inmenso y amarillo buscando mi cabeza hasta que llegue a un jacal de adobe y me encontré a un indito que allí vivía y le pedí un poco de agua por caridad y el viejito me dijo el agua no se niega a un cristiano y me dio agua en una jarra colorada que estaba muy fresca pero no podía beberla porque no tenía cabeza y el indito me dijo no se apure niña yo aquí tengo una de repuesto y empezó a sacar de unos huacales que tenía junto a la puerta su colección de cabezas pero ninguna me venía unas eran grandes otras muy chicas y había de viejos hombres y de mujeres pero ninguna me gustaba y después de probar muchas me enoje y empecé a darles de patadas a todas las cabezas y el indito me dijo no se amuine niña vamos al pueblo a cortar una cabeza que le acomode y yo me puse muy contenta y el indito sacó de su casa un hacha de monte de cortar leña y empezamos a caminar y luego de muchas vueltas llegamos al pueblo y en la plaza había una niña que estaba martirizando unos señores vestidos de negro como si fueran a un entierro y uno de ellos leía un discurso como en el Cinco de Mayo y había muchas banderas mexicanas y en el kiosco tocaban una marcha y era como una feria había montones de cacahuates y de jícamas y cañas de azúcar y cocos y sandías y toda la gente compraba y vendía menos un grupo que oía al señor del discurso mientras los soldados martirizaban a la niña y arriba por un agujero Dios lo veía todo y la niña estaba muy tranquila y entonces el indito se abrió paso y cuando todos estaban descuidados le cortó la cabeza a la niña y me la puso y me quedó muy bien y yo di un salto de alegría porque el indito era un ángel y todos me miraban y yo me fui saltando entre los aplausos de la gente y cuando me quedé sola en el jardín de mi casa me puse un poco triste pues me acordaba de la niña que le cortaron la cabeza. Ojalá que ella se la pueda cortar a otra niña para que pueda tener cabeza como yo.

OCTAVIO PAZ

La crueldad de abril

T. S. Elliot
Me gusta recordar el consabido verso de Elliot cada vez que comienza abril, el mes de mi cumpleaños.


Para él, abril no era el mismo mes crudelísimo que puede ser para nosotros, en términos estacionales. Era más benevolente climáticamente. Abril era, para él, el del renacimiento de la tierra luego de la muerte invernal. Su crueldad, en todo caso, era volver a engendrar lo diverso en un mundo atónito de espanto. Y sin embargo, por eso mismo, abril es el mismo mes cruel para todos, primaveral u otoñal, porque el espanto no cede. Dice el poeta anglo-estadounidense, en La tierra baldía (1922):

"Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y deseos...".


En 1960, Guillermo Cabrera Infante publicó su primer libro de cuentos, Así en la paz como en la guerra. En él está el relato "Abril es el mes más cruel" (años después reescrito y acotado significativamente, como si fuera Gordon Lish, el editor de Raymond Carver, y quisiera podarlo hasta dejarlo esquelético). El título es una obvia alusión al famoso primer verso del poema de Elliot. Aquí, muy a la manera de Hemingway (pero también con personajes típicamente chejovianos), el escritor cubano muestra a una pareja en plena luna de miel bajo el sol de estío en una playa innominada. En el cuento, lo recién nacido (el matrimonio) estará amenazado siempre por la posibilidad ambigua de la muerte junto al acantilado, aun cuando todo parezca engendrar lilas felices de la tierra muerta.

En 1998, en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, Joaquin Font (uno de mis personajes preferidos de la novela, uno de los más lúcidos de ella en su locura) está en la Clínica de Salud Mental El Reposo. Es abril de 1980. Uno de los realvisceralistas, Álvaro Damián, lo visita. Le cuenta que el Premio Laura Damián que había entusiasmado durante un tiempo a los poetas jóvenes ha dejado de entregarse. Y a Font le parece bien la muerte de ese premio. Poco después, va la hija de Font a visitarlo. "Tengo que decírtelo", le dice. "Cuenta, cuenta, soy todo oídos", contesta Font. Y ella cuenta: "Álvaro Damián se pegó un balazo en la cabeza". Y Font, luego de preguntarse cómo pudo haber hecho semejante barbaridad, pensó "en el premio Laura Damián que se había acabado y en los locos de El Reposo en donde nadie tiene dónde reposar la cabeza y en el mes de abril, más que cruel desastroso, y entonces supe sin asomo de duda que todo iría de mal en peor".

Así es abril. El mes en que nací.

22/12/13

David Thomson: la invención del antes y el después como homenaje al cine


Mi querida amiga Sarah Zevaco me regaló varios libros a lo largo de estos años, todos ellos primordiales para mí en cuanto obras originales y decisivas. Uno de ellos es Sospechosos, del crítico de cine estadounidense David Thomson. 

¿Qué es Sospechosos? Es, probablemente, la novela más cinéfila que se haya escrito, un homenaje alucinante al cine negro de Hollywood como acaso no se pueda escribir más desde que murió Guillermo Cabrera Infante. Thomson (¿simplemente?) toma personajes de películas del "film noir" (de los clásicos y de los que rozan apenas el género) y les dota de una biografía antes, durante y después de su paso por el mundo de la ficción cinematográfica. Pero no solo eso: relaciona las vidas de, por ejemplo, personajes de Casablanca, El largo adiós, El Padrino, Lolita, Taxi driver, entre muchas otras. 



Tenemos así, por ejemplo, y en la precisa mitad del libro, la biografía de Jack Torrance, el escritor de la novela de Stephen King, interpretado por un demente Jack Nicholson en El resplandor, la película de Stanley Kubrick. No es casual que esa breve biopic novelesca de Torrance ocupe el exacto punto medio de Sospechosos: Thomson explica que aquél era un cinéfilo incurable, obsesivo. "Todas y cada una de las noches de su vida las pasó en el cine. Luego se iba directo a su casa y seguía viendo películas por televisión, hasta que, aburrido por sus trillados argumentos, se dejaba vencer por el sueño", cuenta Thomson de Torrance. Y cuando llega el momento de ocupar con su familia aquel hotel de pesadilla rodeado de la nieve cuyo blancor insoportable ya había prefigurado Edgar Allan Poe (un "noir" precursor al estilo racionalista francés, siendo norteamericano), Torrance escribe una novela cuyo argumento le resultará absolutamente familiar al lector: "¿Qué escribía durante tantas y tantas horas, en aquellas habitaciones desiertas, bañadas por el sol, donde las maderas crujían y la claridad exterior de la nieve se alzaba como una marca contra el cristal? Todos aquellos años de solitaria cinefilia, pasatiempo que había empalidecido su rostro de por vida, degeneraron en una extensa novela llena de desolación (si bien disfrazada como obra de ensayo) que tenía como protagonistas a los personajes de aquellas películas y dilataba sus días más allá del ámbito de la ficción cinematográfica" (las cursivas son mías). 

Es decir, el personaje de Nicholson en la célebre película de Kubrick escribe la misma novela que David Thomson escribe y nos la está contando. Y aquí también el crítico-novelista realiza el mismo procedimiento que se puede encontrar en Las mil y una noches, el mismo que Borges tan bien había acertado en identificar como una de esas "magias parciales" de que está dotada cierta literatura. Explica el autor de Ficciones: "La necesidad de completar mil y una secciones obligó a los copistas de la obra a interpolaciones de todas clases. Ninguna tan perturbadora como la de la noche DCII, mágica entre las noches. En esa noche, el rey oye de boca de la reina su propia historia. Oye el principio de la historia, que abarca a todas las demás, y también —de monstruoso modo—, a sí misma. ¿Intuye claramente el lector la vasta posibilidad de esa interpolación, el curioso peligro? Que la reina persista y el inmóvil rey oirá para siempre la trunca historia de Las Mil y Una Noches, ahora infinita y circular". El lector de Sospechosos puede intuir la macabra posibilidad de que lo que Torrance escribe es la novela en donde Torrance escribe la novela en donde Torrance escribe la novela en donde Torrance escribe... La originalidad perversa de la apuesta de Thomson es que Torrance es un personaje de ficción de otra novela y de otra película que escribe sobre personajes de ficción de otra novela y de otra película...


Lo que Jack Nicholson redacta en aquel salón atosigante es "Un libro disparatado, insólito, pero no fruto de su invención", según lo declara el misterioso narrador de Sospechosos (cuya identidad el lector develará al final del volumen). Con lo que queda dicho que, en ese juego de espejos interminables, el libro que Thomson nos entrega no forma parte de su propia creatividad sino de las generosidades de la historia del cine. Algo discutible: Thomson parece haber inventado, en los tiempos en que los autores y los libros apócrifos merecen biografías arbitrarias -con Marcel Schwob como precursor y el propio Borges y Roberto Bolaño como sacerdotes contemporáneos de la iglesia de lo apócrifo-, una novela en que los personajes de películas tienen la oportunidad de vivir un antes y un después de la fugacidad estatuaria que le sopló el cine como aliento de vida. Y esa invención, hasta donde sé, no es algo baladí cuando ya todo ha sido inventado. Incluso la literatura y el cine.

2/10/13

Los paraguayos en el funeral de Pablo Neruda


Luis Casabianca
Se puede ver un vídeo en YouTube, con audio francés y subtítulos, del funeral de Pablo Neruda. En el minuto 1, la cámara se acerca a la multitud en marcha, y se ve a un hombre alto, con anteojos, que con el puño levantado canta a voz en cuello, con todos los demás: “Agrupémonos todos/ en la lucha final./ Y se alzan los pueblos, con valor por la Internacional”. Controlando ese acompañamiento funerario que se había convertido en una manifestación política, acaso la primera luego del advenimiento intempestivo de Pinochet y la Junta Militar, estaban los carabineros con sus armas, tensando el ambiente. Nunca antes, y nunca después probablemente, la muerte de un poeta congregó en las calles a tanta gente en un momento tan álgido de la historia de un pueblo, como lo hizo la de Neruda, luego del golpe fascista de setiembre de 1973, en Chile. En ese preciso momento y lugar, estuvieron Luis Casabianca, el hombre de anteojos y puño erguido del video, dirigente histórico del Partido Comunista Paraguayo en el exilio, y Carmen Soler, su compañera de entonces, comunista también y poeta de potente acento político.

Casabianca está al otro lado del teléfono, y se aparta un rato del corro de huelguistas y crucificados choferes de la Línea 30, a quienes acompaña con ímpetu juvenil en su lucha, para contarme: “Nosotros estábamos relacionados con Neruda a través de María Maluenda, actriz y luchadora social chilena, quien formaba parte en Chile de un grupo de solidaridad por la libertad de los presos políticos en Paraguay. Maluenda era diputada y muy amiga de Neruda. Íbamos a su casa ubicada en el cerro San Cristóbal, de Santiago, a la que llamaba La Chascona. Neruda pasaba de vez en cuando un rato por ahí, y le veíamos con Carmen”.


Carmen Soler por Federico Caballero. Portal Guaraní.
En aquellos años, como bien cuenta Casabianca en su libro de memorias Clandestino y bajo agua. Crónicas del pueblo insurrecto, él trabajaba en la editorial estatal que Salvador Allende había impulsado, Quimantú. “Supimos de la realización del funeral y quisimos, Carmen y yo, ir a acompañar el féretro, junto con otros compañeros paraguayos: Vicente Barrios y Nélida Vallejos, quienes viven  hasta hoy en Lambaré; además de Carmen y yo, fue mucha gente de Quimantú”.

—¿Y cómo se sentía la gente en medio del dolor del golpe y de la muerte de Neruda?
—La gente estaba con mucho dolor y con mucha indignación. Pero era ya un clima de resistencia y de esperanza, de que podía recuperarse lo conquistado y derrocar a la Junta. La gente aprovechó esa oportunidad para manifestarse.

—¿Se temía una represión? 
—Estaban los carabineros apuntando con metralletas, con camiones blindados, pero no llegaron a tomar ninguna medida represiva. No reprimieron porque estaban algunos embajadores, creo que los de Italia y Suecia. La marcha la encabezaron los intelectuales, todos los políticos de la época, menos los fascistas.

—¿No hubo otros paraguayos además de las personas que mencionó?
—No vi a otros paraguayos. [El sociólogo] Tomás Palau estaba en Santiago, pero no fue. Lo visité luego, y le llevamos la noticia de la manifestación popular, lo cual lo animó mucho, pues él estaba muy afectado por los acontecimientos. La gente quedó muy desmoralizada, muy apesadumbrada, a todos nos cayó muy mal
el golpe, y la muerte de Neruda luego.

Casabianca y Carmen Soler, exactamente un mes después de la muerte del poeta, se asilaron en la Misión Comercial Cubana, a cargo de la diplomacia sueca, pues la embajada de la isla había sido asaltada. “Queríamos ir a Argentina, a Francia o a Italia, pero no pudimos. A mí me asiló [el escritor] Carlos Villagra Marsal, quien trabajaba por entonces en la CEPAL. Subimos a su camioneta, y él nos metió a la Misión, sin ningún equipaje".

Aquel 23 de setiembre de 1973, Carmen Soler escribió, peculiarmente directa y rabiosa: “Esta noche tan negra/ no es toda oscura./ Dos estrellas alumbran/ desde la altura”.

20/9/13

Borges y los años fervorosos

Borges tenía 15 años cuando viajó por primera vez a Europa. Y no era cualquier Europa: en 1914, el continente se preparaba para una guerra cuya ferocidad y alcance territorial no tenían precedentes. Luego de pasar por París -que no le agradó, "al contrario de lo que les sucede a la mayoría de los argentinos", según él mismo escribió-, su familia llegó para quedarse en Ginebra, una ciudad que el escritor confesaría tiempo después conocía "todavía mejor que Buenos Aires".
En Suiza descubriría la obra de Whitman, uno de sus héroes de juventud. Pero, sobre todo, el acercamiento al expresionismo alemán es el que definiría el contorno y la esencia de la poesía que publicaría en su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Aun así, seguía escribiendo poemas a la manera de Wordsworth y de los simbolistas franceses.
Luego de terminada la Gran Guerra, tras un año en Lugano, la familia de Borges se trasladó a la isla de Mallorca, en España. A principios de 1920, el escritor estaba en Sevilla, ciudad donde publicó su primer poema, "Himno del mar", un canto de inocultable acento whitmaniano.
El viaje a Madrid sería definitivo para el Borges de Fervor: allí conocería a su primer y verdadero maestro, Rafael Cansinos Assens, notable polígrafo, traductor de la, probablemente hasta hoy, mejor versión en castellano de las obras completas de Fiodor Dostoievski. Alrededor de Cansinos, en el Café Colonial sevillano, se reunía un cenáculo de poetas, entre los que resaltaba Guillermo de Torre (luego cuñado de Borges) y Ramón Gómez de la Serna (con los años, exiliado en la capital argentina). En Sevilla, Borges escribió sus dos primeros libros: Los naipes del tahúr y Los ritmos rojos (también titulado Los salmos rojos), que nunca publicó, pero cuyos poemas se pueden consultar en el libro Textos recobrados (1919-1929), el primero de tres volúmenes que recoge escritos inéditos y versiones de obras de Borges hasta 1986.
Con Cansinos y compañía, Borges practicó lo que el primero había bautizado "ultraísmo", una corriente de vanguardia que ponía énfasis expresivo en las imágenes poéticas, algunas de las cuales no abandonarían más al argentino durante el resto de su obra, como la hipálage y el oxímoron.
El Borges que regresó a Buenos Aires en 1921 era uno convencido de sus propias herramientas estilísticas (todavía juveniles, por supuesto): logró que el ultraísmo cruzara el Océano Atlántico, convirtiendo a la "secta" a otros poetas argentinos. Fundó dos revistas de vanguardia, Prisma, antes de Fervor, y Proa, luego de él. Pero le faltaba cierta materia en la que debía encarnar su expresión. Y esa materia no podía ser otra que la Buenos Aires recobrada, mirada con una nostalgia finisecular y metafísica. Aun cuando el propio Borges luego negó que el ultraísmo tuviera que ver ya con Fervor de Buenos Aires, es evidente que, como se puede ver en los citados Textos recobrados, su escritura más radicalmente ultraísta del periodo español no cambió mucho con respecto a la poesía que escribió en los dos primeros años del regreso a Argentina. En todo caso, aquellos elementos y temas que no eran ultraístas serían los que caracterizarían a la poesía posterior -luego de otros dos libros en la misma línea más afín a su tiempo experimental, Cuaderno San Martín y Luna de enfrente-, la escrita luego de su ceguera total, cercano a cierto clasicismo aggiornado, particularmente borgiano.
Borges demostró con el poemario que cumple noventa años un doble fervor, típico de su tiempo: el fervor del lenguaje exigente de registros que lo alejaran de la poesía precedente -en el caso de la Argentina y América Latina, la del moribundo modernismo-, y el fervor por la ciudad, para Borges no tanto contemporánea y feroz, sino más el de su infancia de la puerta cancel y el aljibe.

12/9/13

Gramsci vs. Mussolini y la criminalización de la lucha social


El 16 de mayo de 1925, Antonio Gramsci ocupaba un escaño en el Parlamento Italiano. Desde que había fracasado el intento de conformar un "antiparlamento", luego del asesinato del socialdemócrata Mateotti a mano de los fascistas, el PCI volvió al Congreso para utilizarlo como foro de propaganda. En ese contexto, el fascismo había presentado un proyecto de ley que pretendía prohibir las sociedades secretas (la masonería, específicamente, según ellos), con la particularidad de que dicha ley "perseguía", en realidad, prohibir las organizaciones no secretas y eminentemente sociales, entre ellas el Partido Comunista de Italia. En un momento dado de la candente discusión en el foro parlamentario, Gramsci tomó la palabra y dijo:
-En realidad, el aparato policíaco del Estado está ya tratando al Partido Comunista como una organización secreta.
Y Benito Mussolini, su rival en la discusión, quien tiempo después lo mandaría apresar para que nunca más supiera lo que es la vida fuera de una cárcel, le respondió, ofendido, con el cinismo típico del fascismo:
-¡No es verdad!
Gramsci insistió, inmediatamente, denunciando algo parecido a lo que hoy se denuncia en Paraguay: la aprobación parlamentaria de la ley de Defensa Nacional y Seguridad Interna de Horacio Cartes, que persigue en el fondo a las organizaciones sociales y políticas de izquierda:
-Se detiene sin imputación especifica alguna a todo el que se encuentra en una reunión de tres personas, por el mero hecho de ser comunista, y se le mete en la cárcel.
Y allí saltó Mussolini a decir lo que él creía que zanjaba definitivamente la discusión, con un tono casi generoso, con la magnanimidad terrorífica del fascismo:
-Pero se les libera pronto. ¿Cuántos hay en la cárcel? No los pescamos más que para conocerlos.