3/4/14

Los caballos de Abdera

Leopoldo Lugones
   
Abdera, la ciudad tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no debe ser confundida con su tocaya bética, era célebre por sus caballos.
    Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella descollaba hasta ser única. Los habitantes todos tenían a gala la educación de tan noble animal, y esta pasión cultivada a porfía durante largos años, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, había producido efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, y todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran tributarios en esto de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe añadirse que semejante industria, uniendo el provecho a la satisfacción, ocupaba desde el rey hasta el último ciudadano.
    Estas circunstancias habían contribuido también a intimar las relaciones entre el bruto y sus dueños, mucho más de lo que era y es habitual para el resto de las naciones; llegando a considerarse las caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose las naturales exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa. Eran verdaderamente notables corceles, pero bestias al fin. Otros dormían en cobertores de biso; algunos pesebres tenían frescos sencillos, pues no pocos veterinarios sostenían el gusto artístico de la raza caballar, y el cementerio equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente recargadas, dos o tres obras maestras. El templo más hermoso de la ciudad estaba consagrado a Anón, el caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con un golpe de su tridente; y creo que la moda de rematar las proas en cabezas de caballo, tenga igual proveniencia: siendo seguro en todo caso que los bajos relieves hípicos fueron el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El monarca era quien se mostraba más decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los suyos verdaderos crímenes que los volvieron singularmente bravíos; de tal modo que los nombres de Podargos y de Lampón figuraban en fábulas sombrías; pues es del caso decir que los caballos tenían nombres como personas.
    Tan amaestrados estaban aquellos animales, que las bridas eran innecesarias, conservándolas únicamente como adornos, muy apreciados desde luego por los mismos caballos. La palabra era el medio usual de comunicación con ellos; y observándose que la libertad favorecía el desarrollo de sus buenas condiciones, dejábanlos todo el tiempo no requerido por la albarda o el arnés en libertad de cruzar a sus anchas las magníficas praderas formadas en el suburbio, a la orilla del Kossínites para su recreo y alimentación.
    A son de trompa los convocaban cuando era menester, y así para el trabajo como para el pienso eran exactísimos. Rayaba en lo increíble su habilidad para toda clase de juegos de circo y hasta de salón, su bravura en los combates, su discreción en las ceremonias solemnes. Así, el hipódromo de Abdera tanto como sus compañías de volatines; su caballería acorazada de bronce y sus sepelios, habían alcanzado tal renombre, que de todas partes acudía gente a admirarlos: mérito compartido por igual entre domadores y corceles.
    Aquella educación persistente, aquel forzado despliegue de condiciones, y para decirlo todo en una palabra, aquella humanización de la raza equina iban engendrando un fenómeno que los bistones festejaban como otra gloria nacional. La inteligencia de los caballos comenzaba a desarrollarse pareja con su conciencia, produciendo casos anormales que daban pábulo al comentario general.
    Una yegua había exigido espejos en su pesebre, arrancándolos con los dientes de la propia alcoba patronal y destruyendo a coces los de tres paneles cuando no le hicieron el gusto. Concedido el capricho daba muestras de coquetería perfectamente visible. Balios, el más bello potro de la comarca, un blanco elegante y sentimental que tenía dos campañas militares y manifestaba regocijo ante el recitado de hexámetros heroicos, acababa de morir de amor por una dama. Era la mujer de un general, dueño del enamorado bruto, y por cierto no ocultaba el suceso. Hasta se creía que halagaba su vanidad, siendo esto muy natural, por otra parte, en la ecuestre metrópoli.
    Señalábase igualmente casos de infanticidio, que aumentando en forma alarmante, fue necesario corregir con la presencia de viejas mulas adoptivas; un gusto creciente por el pescado y por el cáñamo cuyas plantaciones saqueaban los animales; y varias rebeliones aisladas que hubo de corregirse, siendo insuficiente el látigo, por medio del hierro candente. Esto último fue en aumento, pues el instinto de rebelión progresaba a pesar de todo.
    Los bistones, más encantados cada vez con sus caballos, no paraban mientes en eso. Otros hechos más significativos produjéronse de allí a poco. Dos o tres atalajes habían hecho causa común contra un carretero que azotaba su yegua rebelde. Los caballos resistíanse cada vez más al enganche y al yugo, de tal modo que empezó a preferirse el asno. Había animales que no aceptaban determinado apero; mas como pertenecían a los ricos, se defería a su rebelión comentándola mimosamente a título de capricho.
    Un día los caballos no vinieron al son de la trompa, y fue menester constreñirlos por la fuerza; pero los subsiguientes no se reprodujo la rebelión.
    Al fin ésta ocurrió cierta vez que la marea cubrió la playa de pescado muerto, como solía suceder. Los caballos se hartaron de eso, y se les vio regresar al campo suburbano con lentitud sombría.
    Medianoche era cuando estalló el singular conflicto.
    De pronto un trueno sordo y persistente conmovió el ámbito de la ciudad. Era que todos los caballos se habían puesto en movimiento a la vez para asaltarla, pero esto se supo luego, inadvertido al principio en la sombra de la noche y la sorpresa de lo inesperado.
   Como las praderas de pastoreo quedaban entre las murallas, nada pudo contener la agresión; y añadido a esto el conocimiento minucioso que los animales tenían de los domicilios, ambas cosas acrecentaron la catástrofe.
    Noche memorable entre todas, sus horrores sólo aparecieron cuando el día vino a ponerlos en evidencia, multiplicándolos aun. Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo dando paso a feroces manadas que se sucedían casi sin interrupción. Había corrido sangre, pues no pocos vecinos cayeron aplastados bajo el casco y los dientes de la banda en cuyas filas causaron estragos también las armas humanas.
    Conmovida de tropeles, la ciudad oscurecíase con la polvareda que engendraban; y un extraño tumulto formado por gritos de cólera o de dolor, relinchos variados como palabras a los cuales mezclábase uno que otro doloroso rebuzno, y estampidos de coces sobre las puertas atacadas, unía su espanto al pavor visible de la catástrofe. Una especie de terremoto incesante hacía vibrar el suelo con el trote de la masa rebelde, exaltado a ratos como en ráfaga huracanada por frenéticos tropeles sin dirección y sin objeto; pues habiendo saqueado todos los plantíos de cáñamo, y hasta algunas bodegas que codiciaban aquellos corceles pervertidos por los refinamientos de la mesa, grupos de animales ebrios aceleraban la obra de destrucción. Y por el lado del mar era imposible huir. Los caballos, conociendo la misión de las naves, cerraban el acceso del puerto.
    Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezábase a organizar en ella la resistencia. Por lo pronto cubríase de dardos a todo caballo que cruzaba por allí, y cuando caía cerca era arrastrado al interior como vitualla.
    Entre los vecinos refugiados circulaban los más extraños rumores. El primer ataque no fue sino un saqueo. Derribadas las puertas, las manadas introducíanse en las habitaciones, atentas sólo a las colgaduras suntuosas con que intentaban revestirse, a las joyas y objetos brillantes. La oposición a sus designios fue lo que suscitó su furia.
    Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y aplastadas en sus propios lechos con ímpetu bestial; y hasta se señalaba a una noble doncella que sollozando narraba entre dos crisis su percance: el despertar en la alcoba a la media luz de la lámpara, rozados sus labios por la innoble jeta de un potro negro que respingaba de placer el belfo enseñando su dentadura asquerosa; su grito de pavor ante aquella bestia convertida en fiera, con el resplandor humano y malévolo de sus ojos incendiados de lubricidad; el mar de sangre con que la inundara al caer atravesado por la espada de un servidor...
    Mencionábase varios asesinatos en que las yeguas se habían divertido con saña femenil, despachurrando a mordiscos a las víctimas. Los asnos habían sido exterminados, y las mulas subleváronse también, pero con torpeza inconsciente, destruyendo por destruir, y particularmente encarnizadas contra los perros.
    El tronar de las carreras locas seguía estremeciendo la ciudad, y el fragor de los derrumbes iba aumentando. Era urgente organizar una salida, por más que el número y la fuerza de los asaltantes la hiciera singularmente peligrosa, si no se quería abandonar la ciudad a la más insensata destrucción.
    Los hombres empezaron a armarse; mas, pasado el primer momento de licencia, los caballos habíanse decidido a atacar también.
    Un brusco silencio precedió al asalto. Desde la fortaleza distinguían el terrible ejército que se congregaba, no sin trabajo, en el hipódromo. Aquello tardó varias horas, pues cuando todo parecía dispuesto, súbitos corcovos y agudísimos relinchos cuya causa era imposible discernir, desordenaban profundamente las filas.
    El sol declinaba ya, cuando se produjo la primera carga. No fue, si se permite la frase, más que una demostración, pues los animales se limitaron a pasar corriendo frente a la fortaleza. En cambio, quedaron acribillados por las saetas de los defensores.
    Desde el más remoto extremo de la ciudad, lanzáronse otra vez, y su choque contra las defensas fue formidable. La fortaleza retumbó entera bajo aquella tempestad de cascos, y sus recias murallas dóricas quedaron, a decir vedad, profundamente trabajadas.
    Sobrevino un rechazo, al cual sucedió muy luego un nuevo ataque.
    Los que demolían eran caballos y mulos herrados que caían a docenas; pero sus filas cerrábanse con encarnizamiento furioso, sin que la masa pareciera disminuir. Lo peor era que algunos habían conseguido vestir sus bardas de combate en cuya malla de acero se embotaban los dardos. Otros llevaban jirones de tela vistosa, otros, collares, y pueriles en su mismo furor, ensayaban inesperados retozos.
    De las murallas los conocían. ¡Dinos, Aethon, Ameteo, Xanthos! Y ellos saludaban, relinchaban gozosamente, enarcaban la cola, cargando en seguida con fogosos respingos. Uno, un jefe ciertamente, irguióse sobre sus corvejones, caminó así un trecho manoteando gallardamente al aire como si danzara un marcial balisteo, contorneando el cuello con serpentina elegancia, hasta que un dardo se le clavó en medio del pecho...
    Entre tanto, el ataque iba triunfando. Las murallas empezaban a ceder.
    Súbitamente una alarma paralizó a las bestias. Unas sobre otras, apoyándose en ancas y lomos, alargaron sus cuellos hacia la alameda que bordeaba la margen del Kossínites; y los defensores volviéndose hacia la misma dirección, contemplaron un tremendo espectáculo.
    Dominando la arboleda negra, espantosa sobre el cielo de la tarde, una colosal cabeza de león miraba hacia la ciudad. Era una de esas fieras antediluvianas cuyos ejemplares, cada vez más raros, devastaban de tiempo en tiempo los montes Ródopes. Mas nunca se había visto nada tan monstruoso, pues aquella cabeza dominaba los más altos árboles, mezclando a las hojas teñidas de crepúsculo las greñas de su melena.
    Brillaban claramente sus enormes colmillos, percibíase sus ojos fruncidos ante la luz, llegaba en el hálito de la brisa su olor bravío, inmóvil entre la palpitación del follaje, herrumbrada por el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase ante el horizonte como uno de esos bloques en que el pelasgo, contemporáneo de las montañas, esculpió sus bárbaras divinidades.
    Y de repente empezó a andar, lento como el océano. Oíase el rumor de la fronda que su pecho apartaba, su aliento de fragua que iba sin duda a estremecer la ciudad cambiándose en rugido.
    A pesar de su fuerza prodigiosa y de su número, los caballos sublevados no resistieron semejante aproximación. Un solo ímpetu los arrastró por la playa, en dirección a la Macedonia, levantando un verdadero huracán de arena y de espuma, pues no pocos disparábanse a través de las olas.
    En la fortaleza reinaba el pánico. ¿Qué podrían contra semejante enemigo? ¿Qué gozne de bronce resistiría a sus mandíbulas? ¿Qué muro a sus garras...?
    Comenzaban ya a preferir el pasado riesgo (al fin en una lucha contra bestias civilizadas), sin aliento ni para enflechar sus arcos, cuando el monstruo salió de la alameda. No fue un rugido lo que brotó de sus fauces, sino un grito de guerra humano, el bélico "¡alalé!" de los combates, al que respondieron con regocijo triunfal los "hoyohei" y los "hoyotohó" de la fortaleza.
    ¡Glorioso prodigio!
    Bajo la cabeza del felino, irradiaba luz superior el rostro de un numen; y mezclados soberbiamente con la flava piel, resaltaban su pecho marmóreo, sus brazos de encina, sus muslos estupendos.
    Y un grito, un solo grito de libertad, de reconocimiento, de orgullo, llenó la tarde:
      —¡Hércules, es Hércules que llega!

Leopoldo Lugones

1/4/14

Cabeza de ángel

Octavio Paz

Apenas entramos me sentí asfixiada por el calor y estaba como entre los muertos y creo que si me quedara sola en una sala de ésas me daría miedo pues me figuraría que todos los cuadros se me quedaban mirando y me daría una vergüenza muy grande y es como si fueras a un camposanto en donde todos los muertos estuvieran vivos o como si estuvieras muerta sin dejar de estar viva y lástima que no sepa contarte los cuadros ni tanta cosa de hace muchísimos siglos que es una maravilla que están como acabados de hacer ¿por qué las cosas se conservan más que las personas? imagínate ya ni sombra de los que los pintaron y los cuadros están como si nada hubiera pasado y había unos muy lindos de martirios y degüellos de santas y niños pero estaban tan bien pintados que no me daban tristeza sino admiración los colores tan brillantes como si fueran de verdad el rojo de las flores el cielo tan azul y las nubes y los arroyos y los árboles y los colores de los trajes de todos los colores y había un cuadro que me impresionó tanto que sin darme cuenta como cuando te ves en un espejo o como cuando te asomas a una fuente y te ves entre las hojas y las ramas que se reflejan en el agua entré al paisaje con aquellos señores vestidos de rojo verde amarillo y azul y que llevaban espadas y hachas y lanzas y banderas y me puse a hablar con un ermitaño barbudo que rezaba junto a su cueva y era muy divertido jugar con los animalitos que venían a hacerle compañía venados pájaros y cuervos y leones y tigres mansos y de pronto cuando iba por él los moros me cogían y me llevaban a una plaza en donde había edificios muy altos y puntiagudos como pinos y empezaban a martirizarme y yo empezaba a echar sangre como surtidor pero no me dolía mucho y no tenía miedo porque Dios arriba me estaba viendo y los ángeles recogían en vasos mi sangre y mientras los moros me martirizaban yo me divertía viendo a unas señoras muy elegantes que contemplaban mi martirio desde sus balcones y se reían y platicaban entre sí de sus cosas sin que les importara mucho lo que a mi me pasaba y todo el mundo tenía un aire indiferente y allá lejos había un paisaje con un labrador que araba muy tranquilo su campo con dos bueyes y un perro que saltaba junto a él y en el cielo había una multitud de pájaros volando y unos cazadores de vestidos de verde y rojo y un pájaro caía traspasado por una flecha y se veían caer las plumas blancas y las gotas rojas y nadie lo compadecía y yo me ponía a llorar por el pajarito y entonces los moros me cortaban la cabeza con un alfanje muy blanco y salía de mi cuello un chorro de sangre que regaba el suelo como una cascada roja y del suelo nacían multitud de florecitas rojas y era un milagro y entonces todos se iban y yo me quedaba sola en aquel campo echando sangre durante días y días y regando las flores y era otro milagro que no acabara la sangre hasta que llegaba un ángel y me ponía la cabeza otra vez pero imagínate que con la prisa me la ponía al revés y yo no podía andar sino con trabajo y para atrás lo que me cansaba mucho y como andaba para atrás pues empecé a retroceder y me fui saliendo de aquel paisaje y volví a México y me metí en el corral de mi casa donde había mucho sol y polvo y todo el patio cubierto por unas grandes sábanas recién lavadas y puestas a secar y las criadas llegaban y levantaban las sábanas y eran como grandes trozos de nubes y el prado aparecía todo verde y cubierto de florecitas rojas que mi mamá decía que eran del color de la sangre de una Santa y yo me echaba a reír y le contaba que la santa era yo y cómo me habían martirizado los moros y ella se enojaba y decía ay mi Dios ya mi hija perdió la cabeza y a mí me daba mucha tristeza oír aquellas palabras y me iba al rincón oscuro del castigo y me mordía los labios con rabia porque nadie me creía y cuando estaba pegada a la pared deseando que mi mamá y las criadas se murieran la pared se abrió y yo estaba al pie de un pirú que estaba junto a un río seco y había unas piedras grandes que brillaban al sol y una lagartija me veía con su cabecita alargada y corría de pronto a esconderse y en la tierra veía otra vez mi cuerpo sin cabeza y mi tronco ya estaba cicatrizado y sólo le escurría un hilo de sangre que formaba un charquito en el polvo y a mí me daba lástima y espantaba las moscas del charquito y echaba unos puñados de tierra para ocultarla y que los perros no pudieran lamerla y entonces me puse a buscar mi cabeza y no aparecía y no podía ni siquiera llorar y como no había nadie en aquel paraje me eché a andar por un llano inmenso y amarillo buscando mi cabeza hasta que llegue a un jacal de adobe y me encontré a un indito que allí vivía y le pedí un poco de agua por caridad y el viejito me dijo el agua no se niega a un cristiano y me dio agua en una jarra colorada que estaba muy fresca pero no podía beberla porque no tenía cabeza y el indito me dijo no se apure niña yo aquí tengo una de repuesto y empezó a sacar de unos huacales que tenía junto a la puerta su colección de cabezas pero ninguna me venía unas eran grandes otras muy chicas y había de viejos hombres y de mujeres pero ninguna me gustaba y después de probar muchas me enoje y empecé a darles de patadas a todas las cabezas y el indito me dijo no se amuine niña vamos al pueblo a cortar una cabeza que le acomode y yo me puse muy contenta y el indito sacó de su casa un hacha de monte de cortar leña y empezamos a caminar y luego de muchas vueltas llegamos al pueblo y en la plaza había una niña que estaba martirizando unos señores vestidos de negro como si fueran a un entierro y uno de ellos leía un discurso como en el Cinco de Mayo y había muchas banderas mexicanas y en el kiosco tocaban una marcha y era como una feria había montones de cacahuates y de jícamas y cañas de azúcar y cocos y sandías y toda la gente compraba y vendía menos un grupo que oía al señor del discurso mientras los soldados martirizaban a la niña y arriba por un agujero Dios lo veía todo y la niña estaba muy tranquila y entonces el indito se abrió paso y cuando todos estaban descuidados le cortó la cabeza a la niña y me la puso y me quedó muy bien y yo di un salto de alegría porque el indito era un ángel y todos me miraban y yo me fui saltando entre los aplausos de la gente y cuando me quedé sola en el jardín de mi casa me puse un poco triste pues me acordaba de la niña que le cortaron la cabeza. Ojalá que ella se la pueda cortar a otra niña para que pueda tener cabeza como yo.

OCTAVIO PAZ

La crueldad de abril

T. S. Elliot
Me gusta recordar el consabido verso de Elliot cada vez que comienza abril, el mes de mi cumpleaños.


Para él, abril no era el mismo mes crudelísimo que puede ser para nosotros, en términos estacionales. Era más benevolente climáticamente. Abril era, para él, el del renacimiento de la tierra luego de la muerte invernal. Su crueldad, en todo caso, era volver a engendrar lo diverso en un mundo atónito de espanto. Y sin embargo, por eso mismo, abril es el mismo mes cruel para todos, primaveral u otoñal, porque el espanto no cede. Dice el poeta anglo-estadounidense, en La tierra baldía (1922):

"Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y deseos...".


En 1960, Guillermo Cabrera Infante publicó su primer libro de cuentos, Así en la paz como en la guerra. En él está el relato "Abril es el mes más cruel" (años después reescrito y acotado significativamente, como si fuera Gordon Lish, el editor de Raymond Carver, y quisiera podarlo hasta dejarlo esquelético). El título es una obvia alusión al famoso primer verso del poema de Elliot. Aquí, muy a la manera de Hemingway (pero también con personajes típicamente chejovianos), el escritor cubano muestra a una pareja en plena luna de miel bajo el sol de estío en una playa innominada. En el cuento, lo recién nacido (el matrimonio) estará amenazado siempre por la posibilidad ambigua de la muerte junto al acantilado, aun cuando todo parezca engendrar lilas felices de la tierra muerta.

En 1998, en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, Joaquin Font (uno de mis personajes preferidos de la novela, uno de los más lúcidos de ella en su locura) está en la Clínica de Salud Mental El Reposo. Es abril de 1980. Uno de los realvisceralistas, Álvaro Damián, lo visita. Le cuenta que el Premio Laura Damián que había entusiasmado durante un tiempo a los poetas jóvenes ha dejado de entregarse. Y a Font le parece bien la muerte de ese premio. Poco después, va la hija de Font a visitarlo. "Tengo que decírtelo", le dice. "Cuenta, cuenta, soy todo oídos", contesta Font. Y ella cuenta: "Álvaro Damián se pegó un balazo en la cabeza". Y Font, luego de preguntarse cómo pudo haber hecho semejante barbaridad, pensó "en el premio Laura Damián que se había acabado y en los locos de El Reposo en donde nadie tiene dónde reposar la cabeza y en el mes de abril, más que cruel desastroso, y entonces supe sin asomo de duda que todo iría de mal en peor".

Así es abril. El mes en que nací.

22/12/13

David Thomson: la invención del antes y el después como homenaje al cine


Mi querida amiga Sarah Zevaco me regaló varios libros a lo largo de estos años, todos ellos primordiales para mí en cuanto obras originales y decisivas. Uno de ellos es Sospechosos, del crítico de cine estadounidense David Thomson. 

¿Qué es Sospechosos? Es, probablemente, la novela más cinéfila que se haya escrito, un homenaje alucinante al cine negro de Hollywood como acaso no se pueda escribir más desde que murió Guillermo Cabrera Infante. Thomson (¿simplemente?) toma personajes de películas del "film noir" (de los clásicos y de los que rozan apenas el género) y les dota de una biografía antes, durante y después de su paso por el mundo de la ficción cinematográfica. Pero no solo eso: relaciona las vidas de, por ejemplo, personajes de Casablanca, El largo adiós, El Padrino, Lolita, Taxi driver, entre muchas otras. 



Tenemos así, por ejemplo, y en la precisa mitad del libro, la biografía de Jack Torrance, el escritor de la novela de Stephen King, interpretado por un demente Jack Nicholson en El resplandor, la película de Stanley Kubrick. No es casual que esa breve biopic novelesca de Torrance ocupe el exacto punto medio de Sospechosos: Thomson explica que aquél era un cinéfilo incurable, obsesivo. "Todas y cada una de las noches de su vida las pasó en el cine. Luego se iba directo a su casa y seguía viendo películas por televisión, hasta que, aburrido por sus trillados argumentos, se dejaba vencer por el sueño", cuenta Thomson de Torrance. Y cuando llega el momento de ocupar con su familia aquel hotel de pesadilla rodeado de la nieve cuyo blancor insoportable ya había prefigurado Edgar Allan Poe (un "noir" precursor al estilo racionalista francés, siendo norteamericano), Torrance escribe una novela cuyo argumento le resultará absolutamente familiar al lector: "¿Qué escribía durante tantas y tantas horas, en aquellas habitaciones desiertas, bañadas por el sol, donde las maderas crujían y la claridad exterior de la nieve se alzaba como una marca contra el cristal? Todos aquellos años de solitaria cinefilia, pasatiempo que había empalidecido su rostro de por vida, degeneraron en una extensa novela llena de desolación (si bien disfrazada como obra de ensayo) que tenía como protagonistas a los personajes de aquellas películas y dilataba sus días más allá del ámbito de la ficción cinematográfica" (las cursivas son mías). 

Es decir, el personaje de Nicholson en la célebre película de Kubrick escribe la misma novela que David Thomson escribe y nos la está contando. Y aquí también el crítico-novelista realiza el mismo procedimiento que se puede encontrar en Las mil y una noches, el mismo que Borges tan bien había acertado en identificar como una de esas "magias parciales" de que está dotada cierta literatura. Explica el autor de Ficciones: "La necesidad de completar mil y una secciones obligó a los copistas de la obra a interpolaciones de todas clases. Ninguna tan perturbadora como la de la noche DCII, mágica entre las noches. En esa noche, el rey oye de boca de la reina su propia historia. Oye el principio de la historia, que abarca a todas las demás, y también —de monstruoso modo—, a sí misma. ¿Intuye claramente el lector la vasta posibilidad de esa interpolación, el curioso peligro? Que la reina persista y el inmóvil rey oirá para siempre la trunca historia de Las Mil y Una Noches, ahora infinita y circular". El lector de Sospechosos puede intuir la macabra posibilidad de que lo que Torrance escribe es la novela en donde Torrance escribe la novela en donde Torrance escribe la novela en donde Torrance escribe... La originalidad perversa de la apuesta de Thomson es que Torrance es un personaje de ficción de otra novela y de otra película que escribe sobre personajes de ficción de otra novela y de otra película...


Lo que Jack Nicholson redacta en aquel salón atosigante es "Un libro disparatado, insólito, pero no fruto de su invención", según lo declara el misterioso narrador de Sospechosos (cuya identidad el lector develará al final del volumen). Con lo que queda dicho que, en ese juego de espejos interminables, el libro que Thomson nos entrega no forma parte de su propia creatividad sino de las generosidades de la historia del cine. Algo discutible: Thomson parece haber inventado, en los tiempos en que los autores y los libros apócrifos merecen biografías arbitrarias -con Marcel Schwob como precursor y el propio Borges y Roberto Bolaño como sacerdotes contemporáneos de la iglesia de lo apócrifo-, una novela en que los personajes de películas tienen la oportunidad de vivir un antes y un después de la fugacidad estatuaria que le sopló el cine como aliento de vida. Y esa invención, hasta donde sé, no es algo baladí cuando ya todo ha sido inventado. Incluso la literatura y el cine.

2/10/13

Los paraguayos en el funeral de Pablo Neruda


Luis Casabianca
Se puede ver un vídeo en YouTube, con audio francés y subtítulos, del funeral de Pablo Neruda. En el minuto 1, la cámara se acerca a la multitud en marcha, y se ve a un hombre alto, con anteojos, que con el puño levantado canta a voz en cuello, con todos los demás: “Agrupémonos todos/ en la lucha final./ Y se alzan los pueblos, con valor por la Internacional”. Controlando ese acompañamiento funerario que se había convertido en una manifestación política, acaso la primera luego del advenimiento intempestivo de Pinochet y la Junta Militar, estaban los carabineros con sus armas, tensando el ambiente. Nunca antes, y nunca después probablemente, la muerte de un poeta congregó en las calles a tanta gente en un momento tan álgido de la historia de un pueblo, como lo hizo la de Neruda, luego del golpe fascista de setiembre de 1973, en Chile. En ese preciso momento y lugar, estuvieron Luis Casabianca, el hombre de anteojos y puño erguido del video, dirigente histórico del Partido Comunista Paraguayo en el exilio, y Carmen Soler, su compañera de entonces, comunista también y poeta de potente acento político.

Casabianca está al otro lado del teléfono, y se aparta un rato del corro de huelguistas y crucificados choferes de la Línea 30, a quienes acompaña con ímpetu juvenil en su lucha, para contarme: “Nosotros estábamos relacionados con Neruda a través de María Maluenda, actriz y luchadora social chilena, quien formaba parte en Chile de un grupo de solidaridad por la libertad de los presos políticos en Paraguay. Maluenda era diputada y muy amiga de Neruda. Íbamos a su casa ubicada en el cerro San Cristóbal, de Santiago, a la que llamaba La Chascona. Neruda pasaba de vez en cuando un rato por ahí, y le veíamos con Carmen”.


Carmen Soler por Federico Caballero. Portal Guaraní.
En aquellos años, como bien cuenta Casabianca en su libro de memorias Clandestino y bajo agua. Crónicas del pueblo insurrecto, él trabajaba en la editorial estatal que Salvador Allende había impulsado, Quimantú. “Supimos de la realización del funeral y quisimos, Carmen y yo, ir a acompañar el féretro, junto con otros compañeros paraguayos: Vicente Barrios y Nélida Vallejos, quienes viven  hasta hoy en Lambaré; además de Carmen y yo, fue mucha gente de Quimantú”.

—¿Y cómo se sentía la gente en medio del dolor del golpe y de la muerte de Neruda?
—La gente estaba con mucho dolor y con mucha indignación. Pero era ya un clima de resistencia y de esperanza, de que podía recuperarse lo conquistado y derrocar a la Junta. La gente aprovechó esa oportunidad para manifestarse.

—¿Se temía una represión? 
—Estaban los carabineros apuntando con metralletas, con camiones blindados, pero no llegaron a tomar ninguna medida represiva. No reprimieron porque estaban algunos embajadores, creo que los de Italia y Suecia. La marcha la encabezaron los intelectuales, todos los políticos de la época, menos los fascistas.

—¿No hubo otros paraguayos además de las personas que mencionó?
—No vi a otros paraguayos. [El sociólogo] Tomás Palau estaba en Santiago, pero no fue. Lo visité luego, y le llevamos la noticia de la manifestación popular, lo cual lo animó mucho, pues él estaba muy afectado por los acontecimientos. La gente quedó muy desmoralizada, muy apesadumbrada, a todos nos cayó muy mal
el golpe, y la muerte de Neruda luego.

Casabianca y Carmen Soler, exactamente un mes después de la muerte del poeta, se asilaron en la Misión Comercial Cubana, a cargo de la diplomacia sueca, pues la embajada de la isla había sido asaltada. “Queríamos ir a Argentina, a Francia o a Italia, pero no pudimos. A mí me asiló [el escritor] Carlos Villagra Marsal, quien trabajaba por entonces en la CEPAL. Subimos a su camioneta, y él nos metió a la Misión, sin ningún equipaje".

Aquel 23 de setiembre de 1973, Carmen Soler escribió, peculiarmente directa y rabiosa: “Esta noche tan negra/ no es toda oscura./ Dos estrellas alumbran/ desde la altura”.

20/9/13

Borges y los años fervorosos

Borges tenía 15 años cuando viajó por primera vez a Europa. Y no era cualquier Europa: en 1914, el continente se preparaba para una guerra cuya ferocidad y alcance territorial no tenían precedentes. Luego de pasar por París -que no le agradó, "al contrario de lo que les sucede a la mayoría de los argentinos", según él mismo escribió-, su familia llegó para quedarse en Ginebra, una ciudad que el escritor confesaría tiempo después conocía "todavía mejor que Buenos Aires".
En Suiza descubriría la obra de Whitman, uno de sus héroes de juventud. Pero, sobre todo, el acercamiento al expresionismo alemán es el que definiría el contorno y la esencia de la poesía que publicaría en su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Aun así, seguía escribiendo poemas a la manera de Wordsworth y de los simbolistas franceses.
Luego de terminada la Gran Guerra, tras un año en Lugano, la familia de Borges se trasladó a la isla de Mallorca, en España. A principios de 1920, el escritor estaba en Sevilla, ciudad donde publicó su primer poema, "Himno del mar", un canto de inocultable acento whitmaniano.
El viaje a Madrid sería definitivo para el Borges de Fervor: allí conocería a su primer y verdadero maestro, Rafael Cansinos Assens, notable polígrafo, traductor de la, probablemente hasta hoy, mejor versión en castellano de las obras completas de Fiodor Dostoievski. Alrededor de Cansinos, en el Café Colonial sevillano, se reunía un cenáculo de poetas, entre los que resaltaba Guillermo de Torre (luego cuñado de Borges) y Ramón Gómez de la Serna (con los años, exiliado en la capital argentina). En Sevilla, Borges escribió sus dos primeros libros: Los naipes del tahúr y Los ritmos rojos (también titulado Los salmos rojos), que nunca publicó, pero cuyos poemas se pueden consultar en el libro Textos recobrados (1919-1929), el primero de tres volúmenes que recoge escritos inéditos y versiones de obras de Borges hasta 1986.
Con Cansinos y compañía, Borges practicó lo que el primero había bautizado "ultraísmo", una corriente de vanguardia que ponía énfasis expresivo en las imágenes poéticas, algunas de las cuales no abandonarían más al argentino durante el resto de su obra, como la hipálage y el oxímoron.
El Borges que regresó a Buenos Aires en 1921 era uno convencido de sus propias herramientas estilísticas (todavía juveniles, por supuesto): logró que el ultraísmo cruzara el Océano Atlántico, convirtiendo a la "secta" a otros poetas argentinos. Fundó dos revistas de vanguardia, Prisma, antes de Fervor, y Proa, luego de él. Pero le faltaba cierta materia en la que debía encarnar su expresión. Y esa materia no podía ser otra que la Buenos Aires recobrada, mirada con una nostalgia finisecular y metafísica. Aun cuando el propio Borges luego negó que el ultraísmo tuviera que ver ya con Fervor de Buenos Aires, es evidente que, como se puede ver en los citados Textos recobrados, su escritura más radicalmente ultraísta del periodo español no cambió mucho con respecto a la poesía que escribió en los dos primeros años del regreso a Argentina. En todo caso, aquellos elementos y temas que no eran ultraístas serían los que caracterizarían a la poesía posterior -luego de otros dos libros en la misma línea más afín a su tiempo experimental, Cuaderno San Martín y Luna de enfrente-, la escrita luego de su ceguera total, cercano a cierto clasicismo aggiornado, particularmente borgiano.
Borges demostró con el poemario que cumple noventa años un doble fervor, típico de su tiempo: el fervor del lenguaje exigente de registros que lo alejaran de la poesía precedente -en el caso de la Argentina y América Latina, la del moribundo modernismo-, y el fervor por la ciudad, para Borges no tanto contemporánea y feroz, sino más el de su infancia de la puerta cancel y el aljibe.

12/9/13

Gramsci vs. Mussolini y la criminalización de la lucha social


El 16 de mayo de 1925, Antonio Gramsci ocupaba un escaño en el Parlamento Italiano. Desde que había fracasado el intento de conformar un "antiparlamento", luego del asesinato del socialdemócrata Mateotti a mano de los fascistas, el PCI volvió al Congreso para utilizarlo como foro de propaganda. En ese contexto, el fascismo había presentado un proyecto de ley que pretendía prohibir las sociedades secretas (la masonería, específicamente, según ellos), con la particularidad de que dicha ley "perseguía", en realidad, prohibir las organizaciones no secretas y eminentemente sociales, entre ellas el Partido Comunista de Italia. En un momento dado de la candente discusión en el foro parlamentario, Gramsci tomó la palabra y dijo:
-En realidad, el aparato policíaco del Estado está ya tratando al Partido Comunista como una organización secreta.
Y Benito Mussolini, su rival en la discusión, quien tiempo después lo mandaría apresar para que nunca más supiera lo que es la vida fuera de una cárcel, le respondió, ofendido, con el cinismo típico del fascismo:
-¡No es verdad!
Gramsci insistió, inmediatamente, denunciando algo parecido a lo que hoy se denuncia en Paraguay: la aprobación parlamentaria de la ley de Defensa Nacional y Seguridad Interna de Horacio Cartes, que persigue en el fondo a las organizaciones sociales y políticas de izquierda:
-Se detiene sin imputación especifica alguna a todo el que se encuentra en una reunión de tres personas, por el mero hecho de ser comunista, y se le mete en la cárcel.
Y allí saltó Mussolini a decir lo que él creía que zanjaba definitivamente la discusión, con un tono casi generoso, con la magnanimidad terrorífica del fascismo:
-Pero se les libera pronto. ¿Cuántos hay en la cárcel? No los pescamos más que para conocerlos.

5/9/13

Federer y Foster Wallace en el US Open

 


Roger Federer, mi adorado Federer, navega ya con las velas caídas. Verlo jugar (perder) como jugó (y perdió) contra el inexpresivo Tommy Robredo en el US Open que ahora se desarrolla, me dolió como duele leer la primera de las siguientes malas obras que los escritores publican en el ocaso indetenible de su carrera. Pero hubo un tiempo en que nadie podía sentir pena por Federer, en que todos sabíamos cómo terminaría la historia de un enfrentamiento con él. 

En ese tiempo, el escritor estadounidense David Foster Wallace escribió un texto sobre el suizo que es, a su vez, un homenaje a un deporte, el tenis, que Foster Wallace supo practicar y que en su obra cumbre, La broma infinita, ocupa un lugar primerísimo en su dilatada estructura catedralicia...   

El próximo 12 de setiembre se cumplen cinco años de la muerte del novelista norteamericano. Cinco años de un suicidio que -como a Roberto Bolaño, muerto por insuficiencia hepática- lo convertiría en un novelista de culto casi esotérico en el mundo anglosajón, con ciertas dificultades de legibilidad para el ámbito hispánico, entre otras cosas. 

 

Recientemente se ha publicado en castellano, por primera vez, un libro que reúne artículos (como el citado sobre Federer) que Wallace escribió para medios como el "The New Yorker". Por eso, por el crepúsculo del más grande de todos los tiempos, y por el lustro sin el novelista más prometedor de la literatura yanqui, este fragmento de "Federer en cuerpo y en lo otro":

"Casi todo el mundo que ama el tenis y sigue el circuito masculino por televisión ha vivido durante los últimos años eso que se puede denominar Momentos Federer. Se trata de una serie de ocasiones en que estás viendo jugar al joven suizo y se te queda la boca abierta y se te abren los ojos como platos y empiezas a hacer ruidos que provocan que venga corriendo tu cónyuge de la otra habitación para ver si estás bien. Los Momentos Federer resultan más intensos si has jugado lo bastante al tenis como para entender la imposibilidad de lo que acabas de verle hacer. Todos tenemos ejemplos. Aquí va uno. Se está jugando la final del Open de Estados Unidos de 2005 y Fededer sirve ante Agassi al principio del cuarto set. Hay un intercambio medianamente largo de tiros de fondo, con esa forma de mariposa distintiva del estilo moderno de juego de fondo, durante el cual Federer y Agassi se dedican a hacerse correr el uno al otro de lado a lado, ambos intentando obtener el punto desde la línea de fondo... hasta que de pronto Agassi arrea un pelotazo cruzado de revés que desvía completamente a Federer hacia el lado del revés (= su izquierda), y Federer alcanza la pelota pero le da un revés bien corto, dejándola a medio metro de la línea de saque, que por supuesto es la clase de jugada que para Agassi es pan comido, y mientras Federer todavía está intentando dar marcha atrás hacia el centro de la pista, Agassi se dispone a coger la bola corta en plena subida, intentando pillar a Federer a desmano, y de hecho lo consigue: Federer sigue cerca de la esquina pero está corriendo hacia la línea central, mientras que la pelota se dirige a un punto situado ahora detrás de él, justo donde estaba hace un momento, y no tiene tiempo de darse media vuelta, y Agassi va hacia la red siguiendo a la pelota en ángulo oblicuo procedente del lado de revés... y lo que consigue hacer ahora Federer es invertir instantáneamente el impulso de su cuerpo y dar un brinco hacia atrás de tres o cuatro pasos, a una velocidad imposible, a fin de atizar un drive desde su esquina de revés, desplazando todo su peso hacia atrás, y el drive en cuestión es un pelotazo brutal con efecto liftado que rebasa a Agassi junto a la red y se va para el fondo, y Agassi se lanza a por la pelota pero ya la tiene detrás, y la pelota vuela en línea recta siguiendo la línea de banda, aterriza con precisión en la esquina de dobles del lado de Agassi y obtiene el punto; Federer todavía está danzando hacia atrás cuando aterriza. Y el público de Nueva York guarda ese pequeño segundo familiar de silencio asombrado antes de estallar en vítores, y en el televisor John McEnroe con sus auriculares de locutor invitado dice (principalmente para sí mismo, parece): «¿Cómo se puede anotar un tanto desde esa posición?». Y tiene razón: si se recuerda la posición en que estaba Agassi y su rapidez de primera clase mundial, Federer estaba obligado a mandar la pelota por un túnel de cinco centímetros a fin de rebasarlo, y eso es precisamente lo que ha hecho, yendo hacia atrás, sin tiempo para prepararse y sin nada de impulso detrás de su golpe. Ha sido imposible. Ha sido como una escena de Matrix. No sé qué ruidos he emitido, pero mi cónyuge dice que ha entrado corriendo en la sala y había palomitas por todo el sofá y yo estaba apoyado en una rodilla y tenía los ojos fuera de las órbitas, como esos que venden en las tiendas de artículos de broma". 

David Foster Wallace, del libro "En cuerpo y en lo otro", Mondadori, 2013, págs. 15-16.