11/7/14

Historia local de la conversión a la fe de Borges

Carlos Bazzano. Hoy coordina un concurrido Laboratorio literario. Foto de Mariluz Martín.


a Carlos Bazzano, porque es un apóstol borgiano 

Carlos Bazzano, ese amigo que hoy (*) le pone el pecho a la angustia onettiana de Montevideo, cargaba en su mochila hace unos años un ejemplar de La muerte y la brújula y otros cuentos por las calles de Luque. Los noventa se escurrían por el desaguadero de la historia al son de ímpetus milenaristas, mientras un pequeño grupo de adoradores de la palabra y borroneadores de páginas fatigaban –para usar un verbo de clara estirpe borgiana- la noche luqueña con disquisiciones impúdicas, no sin compañía de abundante cerveza. Por aquellos días, emigrado reciente de las ciénagas y las guerras de Macondo, Bazzano se sentaba, por ejemplo, en uno de los míticos bancos de la plaza Mcal. López, se arreglaba el pelo, sacaba de la mochila el libro y leía hasta que las hojas mustias de los árboles perdieran su color diurno para dejar que la noche las opacara con el abrazo fatigoso de su respiración colosal. Y los otros, los que no conocíamos el libro que Bazzano, enfermo de belleza, leía con serena ansiedad todos los días, llegábamos hasta la plaza y nos dejábamos arrastrar por sus palabras hacia un universo ni siquiera entrevisto por nosotros, un orbe lleno de laberintos y espejos repetidos hasta el infinito, de tigres cuya anatomía era tributaria de los secretos primeros y últimos de la creación y de la destrucción del mundo; de hombres que soñaban solamente para despertarse en el amargo sueño en el que eran soñados; de libros ya escritos que eran escritos de nuevo, literalmente, desde la primera hasta la última letra pero que ya no eran el mismo libro; de planetas y países imposibles de cuya existencia no dudaban enciclopedias misteriosas y sospechosas de ser la emanación de una conjura secular.       

Pero hay que ser sinceros. Javier Viveros y yo, por lo menos, éramos escépticos, y tardamos un poco en convertirnos a la fervorosa fe del Bazzano. Él una y otra vez nos hablaba de su último descubrimiento, trataba de incubar en nosotros, con estoicidad misionera, el extraño embrión de la estética borgiana. Pero nosotros seguíamos embobados, sin embargo, el reguero de pólvora del ritmo caribeño de la prosa de García Márquez, los férreos endecasílabos sobre los que se había subido a cabalgar la lengua española desde el fenómeno luminoso del Siglo de Oro, la música azulada de los cisnes y el numen modernista de Darío, los exabruptos deliciosos y terribles de los personajes de Cela, y otras intensas estaciones literarias de las que no partíamos hasta estar completamente seguros de que el nuevo tren silbaba para llevarnos a un lugar del que no saldríamos decepcionados. Veíamos, pues, al autor del libro que nuestro amigo nos ponía sobre la mesa de algún bar luqueño cada que vez que podía como a un creador cuya prosa famélica y sin rimbombancias retóricas nos confundía según la tradición hispanoamericana, un escritor cuyos personajes argentinos con nombres escandinavos y cuyas citas interminables eran la cabal demostración de una vanidad erudita tal vez sin precedentes en la historia de la literatura en lengua castellana. Tampoco lo entendíamos mucho, es cierto. No por falta de conocimientos que apoyaran la aventura de la comprensión y la interpretación, ahora lo sabemos, sino porque no estábamos habituados a que un autor nos exigiera un protagonismo poco común en el momento de acometer la lectura. Nos impelía a analizar detenidamente el engranaje de sus creaciones. Nos obligaba a urdir con él sus cuentos. Porque eso fue lo primero que intentamos leer: sus cuentos. Aquellos que en una edición bastante modesta –ejemplar de tapa dura verde casi desarmable de una editorial llamada “Oveja Negra”- configuraban el libro llamado Ficciones. Lo abandonamos confundidos por su penetración metafísica y su febril variedad simbólica. Hasta que un día, en la biblioteca del Colegio Nacional de Luque, entre los pocos libros que ocupaban sus exiguos anaqueles, encontré una por lo demás pobre antología de cuentos y poemas hispanoamericanos –entre los que destacaba heroicamente “La noche boca arriba” de Cortázar- y en ella también un poema que habría de proporcionarnos, no sé por qué exactamente, la llave para penetrar en el complejo pero límpido bosque textual de Jorge Luis Borges. Recuerdo que leí los cuarenta y cuatro endecasílabos de aquella conjetura imposible que un hombre hace en el umbral de la muerte inevitable e inminente, y que sin tiempo que perder me dirigí a la casa de Javier Viveros y con inusual fruición escandí uno a uno aquellos versos del “Poema conjetural” para luego levantar la mirada y ver el rostro sorprendido y emocionado de Javier ante el tamaño titánico de aquel bello poema. Y desde aquel día, no sé por qué, lo vuelvo a repetir, Borges se nos hizo mucho más cercano, mucho más comprensible, y se convirtió en una especie de ídolo tutelar que habría de abonar nuestros tímidos ensayos literarios. No nos animábamos ni siquiera a utilizar ya su nombre para designar alguna carta de la baraja, acaso la más importante, en el juego del truco, como sí lo hacíamos con varios de los que habíamos ido conociendo gracias al tour al que Borges nos llevó por la historia de la literatura.

Por supuesto, no tardamos en creernos especialistas en el escritor argentino, vanidad de vanidades. No dudamos en oponerlo como “padre y maestro mágico” al que otros jóvenes tenían como “liróforo celeste” principal: Julio Cortázar. Borgianos y cortazianos nos sacábamos chispas alegremente en cuanta tertulia, sin más sentido que el de la polémica sana y el divague madrugador, se armaba con esotérica asiduidad y candor. Tardamos un poco en entender que ambos escritores se complementaban a la perfección, que lo que al uno le faltaba al otro le sobraba. También llegamos a la conclusión de que en Borges convergían varias tradiciones literarias y que por ello era indudable tanto su filiación como su paternidad con respecto a muchos otros escritores, incluidos algunos de los que habitaban nuestro sagrado panteón literario y que ayer nomás nos parecían inmaculados, originalísimos y primerizos ellos.


Entonces, nos encontramos en la situación en la que no teníamos otra salida que aceptar el error fraguado por nosotros mismos en medio de una absurda desconfianza: había que buscar a Carlos Bazzano, pedirle disculpas y confesarle que su evangelio borgiano había echado raíces en nuestras jóvenes cabezas hasta el punto de que no veíamos otro referente literario ante quien prosternar nuestras inexpertas plumas que no fuera Jorge Luis Borges. Y, por supuesto, salimos a buscar al hoy exiliado Bazzano, para confundirnos en un abrazo que fuera a la vez una vuelta a casa y una renovada huida del pasado. Tardamos en encontrarlo, y cuando lo hicimos, en cualquier bar que ustedes puedan imaginar, en la calle o en la plaza que ustedes quieran, pero siempre de Luque, Bazzano nos miró tras escuchar nuestras palabras de agradecimiento, para contestarnos que no, que ya Borges había pasado de moda y que nuevos y desconocidos territorios literarios reclamaban su insaciable sed por la novedad. Nos sorprendimos, por supuesto, pero también entendimos que ése es Bazzano: un descubridor natural, que nos trajo a Borges y nos lo puso en la palma de la mano para aprender más y creernos hasta escritores, y que antes de irse del país nos regaló, por ejemplo, a Roberto Bolaño, y que ahora que está allá, en Montevideo, nos prodigará, estoy seguro, algún autor que su sexto sentido de la belleza identifique como potable integrante del nicho dedicado a la buena literatura. Nosotros, como lo hicimos después de cierto tiempo de habernos presentado a Borges, volveremos a agradecerle infinitamente.

(*) El texto fue publicado originalmente en 2005, en el semanario El Yacaré, de Asunción, Paraguay.

12/6/14

El pozo


Augusto Céspedes

En 1936, luego de haber sido corresponsal en la Guerra del Chaco, el escritor boliviano Augusto Céspedes escribió el mejor libro de cuentos que conozco sobre la contienda entre Paraguay y Bolivia: Sangre de mestizos. Superior a cualquier libro que sobre el tema se haya escrito en Paraguay, sin dudas. A ese libro, que escenifica el horror de la guerra desde el punto de vista boliviano (que es como decir desde el punto de vista paraguayo, porque todos los horrores son el horror), le debe muchísimo el Augusto Roa Bastos de Hijo de hombre. A este cuento en particular, "El pozo", lo que le adeuda el capítulo "Misión" del libro de Roa es, por momentos, demasiado... Aunque Roa logró una épica del dolor y del amor insuperables en ese texto. En 1994, el paraguayo publicó su novela "Contravida". En ella, deja escrita su deuda con el escritor boliviano que moriría tres años después. Nunca leí nada que Céspedes haya dicho del préstamo temático... Dice Roa Bastos, y quien quiera creer que lo crea:

"El rumor popular quiso que Cristóbal Jara pudiera zafarse con vida de ese entierro y que fuera después un héroe más entre los camioneros del Chaco que llevaban el agua a los frentes de combate y que permitieron ganar la guerra de la sed.
Apoyado en ese rumor escribí la historia imaginaria y romántica de Cristóbal y Salu'í, que se inspiró en el trágico relato narrado por el gran escritor boliviano Au gusto Céspedes, que fue también un héroe en la guerra.
En la posterior reconciliación de los dos pueblos her manos, Céspedes vino como embajador a Asunción.
Le conocí en las tertulias de la embajada. Hombre admirable. Duro como el hierro. Nacionalista fanático en su país bolivariano, una especie de Tíbet aymara y castizo, más cerrado aún que Paraguay, en sus mesetas y cumbres andinas.
Le pedí autorización para usar el argumento de su relato, uno de los más hermosos de la literatura latinoa mericana.
Me miró hondamente, apoyado en su muleta de lisia do de guerra.
—Las historias del sufrimiento humano no tienen dueño —dijo—. Nadie ha escrito algo sobre eso por pri mera vez."



Soy el suboficial boliviano Miguel Navajo y me encuentro en el hospital de Tarairí, recluido desde hace 50 días con avitaminosis beribérica, motivo insuficiente según los médicos para ser evacuado hasta La Paz, mi ciudad natal y mi gran ideal. Tengo ya dos años y medio de campaña y ni el balazo con que me hirieron en las costillas el año pasado, ni esta excelente avitaminosis me procuran la liberación.
     Entretanto me aburro, vagando entre los numerosos fantasmas en calzoncillos que son los enfermos de este hospital, y como nada tengo para leer durante las cálidas horas de este infierno, me leo a mí mismo, releo mi Diario. Pues bien, enhebrando páginas distintas, he exprimido de ese Diario la historia de un pozo que está ahora en poder de los paraguayos.
     Para mí ese pozo es siempre nuestro, acaso por lo mucho que nos hizo agonizar. En su contorno y en su fondo se escenificó un drama terrible en dos actos: el primero en la perforación y el segundo en la sima. Ved lo que dicen esas páginas:

     Verano sin agua. En esta zona de Chaco, al norte de Platanillos casi no llueve, y lo poco que llovió se ha evaporado. Al norte, al sur, a la derecha o a la izquierda, por donde se mire o se ande en la transparencia casi inmaterial del bosque de leños plomizos, esqueletos sin sepultura condenados a permanecer de pie en la arena exangue, no hay una gota de agua, lo que impide que vivan aquí los hombres de guerra. Vivimos, raquíticos, miserables, prematuramente envejecidos los  árboles, con más ramas que hojas, y los hombres, con más sed que odio.
     Tengo a mis órdenes unos 20 soldados, con los rostros entintados de pecas, en los pómulos costras como discos de cuero y los ojos siempre ardientes. Muchos de ellos han concurrido a las defensas de Aguarrica y del Siete (Kilómetro Siete, camino Saavedra‑Alihuata, donde se libró la batalla del 10 de Noviembre), de donde sus heridas o enfermedades los llevaron al hospital de Muñoz y luego al de Ballivián. Una vez curados, los han traído por el lado de Platanillos, al II Cuerpo de Ejército. Incorporados al regimiento de zapadores a donde fui también destinado, permanecemos desde hace un semana aquí, en las proximidades del fortín Loa, ocupados en abrir una picada. El monte es muy espinoso, laberíntico y pálido. No hay agua.

17 de enero
     Al atardecer, entre nubes de polvo que perforan los elásticos caminos aéreos que confluyen hasta la pulpa del sol naranja, sobredorando el contorno del ramaje anémico, llega el camión aguatero.
     Un viejo camión, de guardafangos abollados, sin cristales y con un farol vendado, que parece librado de un terremoto, cargado de toneles negros, llega. Lo conduce un chofer cuya cabeza rapada me recuerda a una tutuma. Siempre brillando de sudor, con el pecho húmedo, descubierto por la camisa abierta hasta el vientre.
     ‑La cañada se va secando ‑anunció hoy‑. La ración de agua es menos ahora para el regimiento.
     ‑ A mí no más, agua los soldados me van a volver ‑ha añadido el ecónomo que le acompaña.
     Sucio como el chofer, si éste se distingue por la camisa, en aquél son los pantalones aceitosos que le dan personalidad. Por lo demás, es avaro y me regatea la ración de coca para mis zapadores. Pero alguna vez me hace entrega de una cajetilla de cigarrillos.
     El chofer me ha hecho saber que en Platanillos se piensa llevar nuestra División más adelante.
     Esto ha motivado comentarios entre los soldados. Hay un potosino Chacón, chico, duro y obscuro como un martillo, que ha lanzado la pregunta fatídica:
     ‑¿Y habrá agua?
     ‑Menos que aquí ‑le han respondido.
     ‑¿Menos que aquí? ¿Vamos a vivir del aire como las carahuatas?
    Traducen los soldados la inconsciencia de su angustia, provocada por el calor que aumenta, relacionando ese hecho con el alivio que nos niega el liquido obsesionante. Destornillando la tapa de un tonel se llena de agua dos latas de gasolina, una para cocinar y otra para beberla y se va el camión. Siempre se derrama un poco de agua al suelo, humedeciéndolo, y las bandadas de mariposas blancas acuden sedientas a esa humedad.
  A veces yo me decido a derrochar un puñado de agua, echándomelo sobre la nuca, y unas abejitas, que no sé con qué viven, vienen a enredarse entre mis cabellos.

21 de enero
     Llovió anoche. Durante el día el calor nos cerró como un traje de goma caliente. La refracción del sol en la arena nos perseguía con sus llamaradas blancas. Pero a las 6 llovió. Nos desnudamos y nos bañamos, sintiendo en las plantas de los pies el lodo tibio que se metía entre los dedos.

25 de enero
     Otra vez el calor. Otra vez este flamear invisible, seco, que se pega a los cuerpos. Me parece que debería abrirse una ventana en alguna parte para que entrase el aire. El cielo es una enorme piedra debajo de la que está encerrado el sol.
  Así vivimos, hacha y pala al brazo. Los fusiles quedan semienterrados bajo el polvo de las carpas y somos simplemente unos camineros que tajamos el monte en línea recta, abriendo una ruta, no sabemos para qué, entre la maleza inextricable que también se encoge de calor. Todo lo quema el sol. Un pajonal que ayer por la mañana estaba amarillo, ha encanecido hoy y está seco, aplastado, porque el sol ha andado encima de él.
     Desde las 11 de la mañana hasta las 3 de la tarde es imposible el trabajo en la fragua del monte. Durante esas horas, después de buscar inútilmente una masa compacta de sombra, me echo debajo de cualquiera de los  árboles, al ilusorio amparo de unas ramas que simulan una seca anatomía de nervios atormentados.
    El suelo, sin la cohesión de la humedad, asciende como la muerte blanca envolviendo los troncos con su abrazo de polvo, empañando la red de sombra deshilachada por el ancho torrente del sol. La refracción solar hace vibrar en ondas el aire sobre el perfil del pajonal próximo, tieso y p álido como un cad áver.
     Postrados, distensos, permanecemos invadidos por el sopor de la fiebre cotidiana, sumidos en el tibio desmayo que aserrucha el chirrido de las cigarras, interminable como el tiempo. El calor, fantasma transparente volcado de bruces sobre el monte, ronca en el clamor de las cigarras. Estos insectos pueblan todo el bosque donde extienden su taller invisible y misterioso con millones de ruedecillas, martinetes y sirenas cuyo funcionamiento aturde la atmósfera en leguas y leguas.
    Nosotros, siempre al centro de esa polifonía irritante, vivimos una escasa vida de palabras sin pensamientos, horas tras horas, mirando en el cielo incoloro mecerse el vuelo de los buitres, que dan a mis ojos la impresión de figuras de pájaros decorativos sobre un empapelado infinito.
   Lejanas, se escuchan, de cuando en cuando, detonaciones aisladas.

1 de febrero
     El calor se ha adueñado de nuestros cuerpos, identificándolos como de polvo, sin nexo de continuidad articulada, blandos, calenturientos, conscientes para nosotros sólo por el tormento que nos causan al transmitir desde la piel la presencia sudosa de su beso de horno. Logramos recobrarnos al anochecer. Abandónase el día a la gran llamarada con que se dilata el sol en un último lampo carmesí, y la noche viene obstinada en dormir, pero la acosan las picaduras de múltiples gritos de animales: silbidos, chirridos, graznidos, gama de voces exóticas para nosotros, para nuestros oídos pamperos y montañeses.
    Noche y día. Callamos en el día, pero las palabras de mis soldados se despiertan en las noches. Hay algunos muy antiguos, como Nicolás Pedraza, vallegrandino que está en el Chaco desde 1930, que abrió el camino a Loa, Bolívar y Camacho. Es palúdico, amarillo y seco como una caña hueca.
   -Los pilas haigan venido por la picada de Camacho, dicen ‑manifestó el potosino Chacón.
     ‑Ahí sí que no hay agua ‑informó Pedraza, con autoridad.
     ‑Pero los pilas siempre encuentran. Conocen el monte más que nadies ‑objetó José Irusta, un paceño  áspero, de pómulos afilados y ojillos oblicuos que estuvo en los combates de Yujra y Cabo Castillo.
      Entonces un cochabambino a quien apodan el Cosñi, replicó:
     ‑Dicen no más, dicen no más... ¿Y a ese pila que le encontramos en el Siete muerto de sed cuando la cañada estaba ahicito, mi Sof?...
   -Cierto ‑he afirmado‑. También a otro, delante del Campo lo hallamos envenenado por comer tunas del monte.
     ‑De hambre no se muere. De sed sí que se muere. Yo he visto en el pajonal del Siete a los nuestros chupando el barro la tarde del 10 de noviembre.
    Hechos y palabras se amontonan sin huella. Pasan como una brisa sobre el pajonal sin siquiera estremecerlo.
      Yo tengo otras cosas que anotar.

6 de febrero
     Ha llovido. Los  árboles parecen nuevos. Hemos tenido agua en las charcas, pero nos ha faltado pan y azúcar porque el camión de provisiones se ha enfangado.

20 de febrero
  Nos trasladan 20 kilómetros más adelante. La picada que trabajamos ya no será utilizada, pero abriremos otra.

18 de febrero
     El chofer descamisado ha traído la mala noticia:
     ‑La cañada se acabó. Ahora traeremos agua desde "La China".

26 de febrero
     Ayer no hubo agua. Se dificulta el transporte por la distancia que tiene que recorrer el camión. Ayer, después de haber hacheado todo el día en el monte, esperamos en la picada la llegada del camión y el último lampo del sol ‑esta vez rosáceo‑ pintó los rostros terrosos de mis soldados sin que viniese por el polvo de la picada el rumor acostumbrado.
     Llegó el aguatero esta mañana y alrededor del turril se formó un tumulto de manos, jarros y cantimploras, que chocaban violentos y airados. Hubo una pelea que reclamó mi intervención.
1 de marzo
    Ha llegado a este puesto un teniente rubio y pequeñito, con barba crecida. Le he dado el parte sobre el número de hombres a mis órdenes.
     ‑En la línea no hay tres soldados. Debemos buscar pozos.
     ‑En "La China" dicen que han abierto pozos.
     ‑Y han sacado agua.
     ‑Han sacado.
     ‑Es cuestión de suerte.
     ‑Por aquí también, cerca de "Loa" ensayaron abrir unos pozos.
     Entonces Pedraza que nos oía ha informado que efectivamente, a unos cinco kilómetros de aquí, hay un "buraco", abierto desde época inmemorial, de pocos metros de profundidad y abandonado porque seguramente los que intentaron hallar agua desistieron de la empresa. Pedraza juzga que se podría cavar "un poco más".

2 de marzo
     Hemos explorado la zona a que se refiere Pedraza. Realmente hay un hoyo, casi cubierto por los matorrales, cerca de un gran palobobo.
   El teniente rubio ha manifestado que informará a la Comandancia, y esta tarde hemos recibido orden de continuar la excavación del buraco, hasta encontrar agua. He destinado 8 zapadores para el trabajo. Pedraza, Irusta, Chacón, el Cosñi, y cuatro indios más.

II

2 de marzo
   El buraco tiene unos 5 metros de diámetro y unos 5 de profundidad. Duro como el cemento es el suelo. Hemos abierto una senda hasta el hoyo mismo y se ha formado el campamento en las proximidades. Se trabajará todo el día, porque el calor ha descendido.
     Los soldados, desnudos de medio cuerpo arriba, relucen como peces. Víboras de sudor con cabecitas de tierra les corren por los torsos. Arrojan el pico que se hunde en la arena aflojada y después se descuelgan mediante una correa de cuero. La tierra extraída es obscura, tierna. Su color optimista aparenta una fresca novedad en los bordes del buraco.

10 de marzo
     12 metros. Parece que encontramos agua. La tierra extraída es cada vez más húmeda. Se han colocado tramos de madera en un sector del pozo y he mandado construir una escalera y un caballete de palomataco para extraer la tierra mediante polea. Los soldados se turnan continuamente y Pedraza asegura que en una semana más tendrá el gusto de invitar al General X "a soparse las argentinas en aguita del buraco"

22 de marzo
   He bajado al pozo. Al ingresar, un contacto casi sólido va ascendiendo por el cuerpo. Concluida la cuerda del sol se palpa la sensación de un aire distinto, el aire de la tierra. Al sumergirse en la sombra y tocar con los pies desnudos la tierra suave, me baña una gran frescura. Estoy más o menos a los 18 metros de profundidad. Levanto la cabeza y la perspectiva del tubo negro se eleva sobre mí hasta concluir en la boca por donde chorrea el rebalse de luz de la superficie. Sobre el piso del fondo hay barro y la pared se deshace fácilmente entre las manos. He salido embarrado y han acudido sobre mí los mosquitos, hinchándome los pies.
30 de marzo.
     Es extraño lo que pasa. Hasta hace 10 días se extraía barro casi líquido del pozo y ahora nuevamente tierra seca. He descendido nuevamente al pozo. El aliento de la tierra aprieta los pulmones allá adentro. Palpando la pared se siente la humedad, pero al llegar al fondo compruebo que hemos atravesado una capa de arcilla húmeda. Ordeno que se detenga la perforación para ver si en algunos días se deposita el agua por filtración.

12 de abril
     Después de una semana el fondo del pozo seguía seco. Entonces se ha continuado la excavación y hoy he bajado hasta los 24 metros. Todo es obscuro allá y sólo se presiente con el tacto nictálope las formas del vientre subterráneo. Tierra, tierra, espesa tierra que aprieta sus puños con la muda cohesión de la asfixia. La tierra extraída ha dejado en el hueco el fantasma de su peso y al golpear el muro con el pico me responde con un toctoc sin eco que m ás bien me golpea el pecho.
     Sumido en la obscuridad he resucitado una pretérita sensación de soledad que me poseía de niño, anegándome de miedosa fantasía cuando atravesaba el túnel que perforaba un cerro próximo a las lomas de Capinota donde vivía mi madre. Entraba cautelosamente, asombrado ante la presencia casi sexual del secreto terrestre, mirando a contraluz moverse sobre las grietas de la tierra los élitros de los insectos cristalinos. Me atemorizaba llegar a la mitad del túnel en que la gama de sombra era más densa pero cuando lo pasaba y me hallaba en rumbo acelerado hacia la claridad abierta en el otro extremo, me invadía una gran alegría. Esa alegría nunca llegaba a mis manos, cuya epidermis padecía siempre la repugnancia de tocar las paredes del túnel.
     Ahora, la claridad ya no la veo al frente, sino arriba, elevada e imposible como una estrella. ¡Oh!...
La carne de mis manos se ha habituado a todo, es casi solidaria con la materia terráquea y no conoce la repugnancia...

28 de abril
     Pienso que hemos fracasado en la búsqueda del agua. Ayer llegamos a los 30 metros sin hallar otra cosa que polvo. Debemos detener este trabajo inútil y con este objeto he elevado una "representación" ante el comandante de batallón quien me ha citado para mañana.

29 de abril.
     ‑Mi capitán ‑le he dicho al comandante- hemos llegado a los 30 metros y es imposible que salga el agua.
     ‑Pero necesitamos agua de todos modos- me ha respondido.
     ‑Que ensayen en otro sitio ya también ps, mi Capitán.
   ‑No, no. Sigan no más abriendo el mismo. Dos pozos de 30 metros no darán agua. Uno de 40 puede darla.
     ‑Sí, mi Capitán.
     ‑Además, tal vez ya estén cerca.
     ‑Sí, mi Capit án.
     ‑Entonces, un esfuerzo m ás. Nuestra gente se muere de sed.
     No muere, pero agoniza diariamente. Es un suplicio sin merma, sostenido cotidianamente con un jarro por soldado. Mis soldados padecen, dentro del pozo, de mayor sed que afuera, con el polvo y el trabajo, pero debe continuar la excavación.
     Así les notifiqué y expresaron su impotente protesta, que he procurado calmar ofreciéndoles a nombre del comandante mayor ración de coca y agua.

9 de mayo
     Sigue el trabajo. El pozo va adquiriendo entre nosotros una personalidad pavorosa, substancial y devoradora, constituyéndose en el amo, en el desconocido señor de los zapadores. Conforme pasa el tiempo, cada vez más les penetra la tierra mientras más la penetran, incorporándose como por el peso de la gravedad al pasivo elemento, denso e inacabable. Avanzan por aquel camino nocturno, por esa caverna vertical, obedeciendo a una lóbrega atracción, a un mandato inexorable que les condena a desligarse de la luz, invirtiendo el sentido de sus existencias de seres humanos. Cada vez que los veo me dan la sensación de no estar formados por células de polvo, con tierra en las orejas, en los párpados, en las cejas, en las aletas de la nariz, con los cabellos blancos, con tierra en los ojos, con el alma llena de tierra del Chaco.

24 de mayo
     Se ha avanzado algunos metros más. El trabajo es lentísimo: un soldado cava adentro, otro desde afuera maneja la polea, y la tierra sube en un balde improvisado en un turril de gasolina. Los soldados se quejan de asfixia. Cuando trabajan, la atmósfera les aprensa el cuerpo. Bajo sus plantas y alrededor suyo y encima de sí la tierra crece como la noche. Adusta, sombría, tenebrosa, impregnada de un silencio pesado, inmóvil y asfixiante, se apitona sobre el trabajador una masa semejante al vapor de plomo, enterrándole de tinieblas como a gusano escondido en una edad geológica, distante muchos siglos de la superficie terrestre.
Bebe el liquido tibio y denso de la caramañola que se consume muy pronto, porque la ración, a pesar de ser doble "para los del pozo" se evapora en sus fauces, dentro de aquella sed negra. Busca con los pies desnudos en el polvo muerto la vieja frescura de los surcos que él cavaba también en la tierra regada de sus lejanos valles agrícolas, cuya memoria se le presenta en la epidermis.
     Luego golpea, golpea con el pico, mientras la tierra se desploma, cubriéndole los pies sin que aparezca jamás el agua. El agua, que todos ansiamos en una concentración mental de enajenados que se vierte por ese agujero sordo y mudo.

5 de junio
     Estamos cerca de los 40 metros. Para estimular a mis soldados he entrado al pozo a trabajar yo también. Me he sentido descendiendo en un sueño de caída infinita. Allá adentro estoy separado para siempre del resto de los hombres, lejos de la guerra, transportado por la soledad a un destino de aniquilación que me estrangula con las manos impalpables de la nada. No se ve la luz, y la densidad atmosférica presiona todos los planos del cuerpo. La columna de obscuridad cae verticalmente sobre mí y me entierra, lejos de los oídos de los hombres.
     He procurado trabajar, dando furiosos golpes con el pico, en la esperanza de acelerar con la actividad veloz el transcurso del tiempo. Pero el tiempo es fijo e invariable en ese recinto. A1 no revelarse el cambio de las horas con la luz, el tiempo se estanca en el subsuelo con la negra uniformidad de una cámara obscura. Esta es la muerte de la luz, la raíz de ese  árbol enorme que crece en las noches y apaga el cielo enlutando la tierra.

16 de junio
     Suceden cosas raras. Esa cámara obscura aprisionada en el fondo del pozo va revelando imágenes del agua con el reactivo de los sueños. La obsesión del agua está creando un mundo particular y fantástico que se ha originado a los 41 metros, manifestándose en un curioso suceso en ese nivel.
       El Cosñi Herbozo me lo ha contado. Ayer se había quedado adormecido en el fondo de la cisterna, cuando vio encender una serpiente de plata. La cogió y se deshizo en sus manos, pero aparecieron otras que comenzaron a bullir en el fondo del pozo hasta formar un manantial de borbollones blancos y sonoros que crecían, animando el cilindro tenebroso como a una serpiente encantada que perdió su rigidez para adquirir la flexibilidad de una columna de agua sobre la que el Cosñi se sintió elevado hasta salir al haz alucinante de la tierra.
     Allá, oh sorpresa! vio todo el campo transformado por la invasión del agua. Cada  árbol se convertía en un surtidor. El pajonal desaparecía y era en cambio una verde laguna donde los soldados se bañaban a la sombra de los sauces. No le causó asombro que desde la orilla opuesta ametrallasen los enemigos y que nuestros soldados se zambullesen a sacar las balas entre gritos y carcajadas. El solamente deseaba beber. Bebía en los surtidores, bebía en la laguna, sumergiéndose en incontables planos líquidos que chocaban contra su cuerpo, mientras la lluvia de los surtidores le mojaba la cabeza. Bebió, bebió, pero su sed no se calmaba con esa agua, liviana y abundantemente como un sueño.
      Anoche el Cosñi tenía fiebre. He dispuesto que lo trasladen al puesto de sanidad del Regimiento.

24 de junio
     El Comandante de la División ha hecho detener su auto al pasar por aquí. Me ha hablado, resistiéndose a creer que hayamos alcanzado cerca de los 45 metros, sacando la tierra balde por balde con una correa.
     ‑Hay que gritar, mi Coronel, para que el soldado salga cuando ha pasado su turno ‑le he dicho.
     Más tarde, con algunos paquetes de coca y cigarrillos, el Coronel ha enviado un clarín.
    Estamos, pues, atados al pozo. Seguimos adelante. Más bien, retrocedemos al fondo del planeta, a una época geológica donde anida la sombra. Es una persecución del agua a través de la masa impasible. Más solitarios cada vez, más sombríos, obscuros como sus pensamientos y su destino, cavan mis hombres, cavan, cavan atmósfera, tierra y vida con lento y átono cavar de gnomos.

4 de julio
     ¿Es que en realidad hay agua?... ¡Desde el sueño del Cosñi todos la encuentran! Pedraza ha contado que se ahogaba en una erupción súbita del agua que creció más alta que su cabeza. Irusta dice que ha chocado su pica contra unos témpanos de hielo y Chacón, ayer, salió hablando de una gruta que se iluminaba con el frágil reflejo de las ondas de un lago subterráneo.
   ¿Tanto dolor, tanta búsqueda, tanto deseo, tanta alma sedienta acumulados en el profundo hueco originan esta floración de manantiales?...

16 de julio
      Los hombres se enferman. Se niegan a bajar al pozo. Tengo que obligarlos. Me han pedido incorporarse al Regimiento de primera línea. He descendido una vez más y he vuelto, aturdido y lleno de miedo. Estamos cerca de los 50 metros. La atmósfera cada vez más prieta cierra el cuerpo en un malestar angustioso que se adapta a todos sus planos, casi quebrando el hilo imperceptible como un recuerdo que ata el ser empequeñecido con la superficie terrestre, en la honda obscuridad descolgada con peso de plomo. La tétrica pesantez de ninguna torre de piedra se asemeja a
la sombría gravitación de aquel cilindro de aire cálido y descompuesto que se viene lentamente hacia abajo. Los hombres son cimientos. El abrazo del subsuelo ahoga a los soldados que no pueden permanecer más de una hora en el abismo. Es una pesadilla. Esta tierra del Chaco tiene algo de raro, de maldito.

25 de julio
      Se tocaba el clarín ‑obsequiado por la División en la boca de la cisterna para llamar al trabajador cada hora. Cuchillada de luz debió ser la clarinada allá en el fondo. Pero esta tarde, a pesar del clarín, no subió nadie.
     ‑¿Quién está adentro? ‑pregunté.
      Estaba Pedraza.
      Le llamaron a gritos y clarinadas:
     -¡¡¡Tararííí!!!... ¡¡¡Pedrazaaaa!!!
     ‑Se habrá dormido...
     ‑O muerto ‑añadí yo, y ordené que bajasen a verlo.
    Bajó un soldado y después de largo rato, en medio del círculo que hacíamos alrededor de la boca del pozo, amarrado de la correa, elevado por el cabrestante y empujado por el soldado, ascendió el cuerpo de Pedraza, semiasfixiado.

29 de julio
      Hoy se ha desmayado Chacón y ha salido, izado en una lúgubre ascensión de ahorcado.

4 de septiembre
     ¿Acabará esto algún día?... Ya no se cava para encontrar agua, sino por cumplir un designio fatal, un propósito inescrutable. Los días de mis soldados se insumen en la vorágine de la concavidad luctuosa que les lleva ciegos, por delante de su esotérico crecimiento sordo, atornillándoles a la tierra.
     Aquí arriba el pozo ha tomado la fisonomía de algo inevitable, eterno y poderoso como la guerra. La tierra extraída se ha endurecido en grandes morros sobre los que acuden lagartos y cardenales. A1 aparecer el zapador en el brocal, transminado de sudor y de tierra, con los párpados y los cabellos blancos, llega desde un remoto país plutoniano, semeja un monstruo prehistórico, surgido de un aluvión. Alguna vez, por decirle algo, le interrogo:
       ‑Siempre nada, mi Sof.
     Siempre nada, igual que la guerra... Esta nada no se acabará jamás!

1 de octubre
     Hay orden de suspender la excavación. En siete meses de trabajo no se ha encontrado agua.
      Entretanto el puesto ha cambiado mucho. Se han levantado pahuichis y un puesto de Comando de batallón. Ahora abriremos un camino hacia el Este, pero nuestro campamento seguirá ubicado aquí.
      El pozo queda también aquí, abandonado, con su boca muda y terrible y su profundidad sin consuelo. Ese agujero siniestro es en medio de nosotros siempre un intruso, un enemigo estupendo y respetable, invulnerable a nuestro odio como una cicatriz. No sirve para nada.

III

7 de diciembre (Hospital Platanillos).
       ¡Sirvió para algo, el pozo maldito!...
       Mis impresiones son frescas porque el ataque se produjo el día 4 y el 5 me trajeron aquí con un acceso de paludismo.
      Seguramente algún prisionero capturado en la línea, donde la existencia del pozo era legendaria, informó a los pilas que detrás de las posiciones bolivianas había un pozo. Acosados por la sed, los guaraníes decidieron un asalto.
    A las 6 de la mañana se rasgó el monte, mordido por las ametralladoras. Nos dimos cuenta de que las trincheras avanzadas habían sido tomadas, solamente cuando percibimos a 200 metros de nosotros el tiroteo de los pilas. Dos granadas de stoke cayeron detrás de nuestras carpas.
     Armé con los sucios fusiles a mis zapadores y los desplegué en línea de tiradores. En ese momento llegó a la carrera un oficial nuestro con una sección de soldados y una ametralladora y los posesionó en línea a la izquierda del pozo, mientras nosotros nos extendíamos a la derecha. Algunos se protegían en los montones de tierra extraída. Con un sonido igual al de los machetazos las balas cortaban las ramas. Dos ráfagas de ametralladoras abrieron grietas de hachazos en el palobobo. Creció el tiroteo de los pilas y se oía en medio de las detonaciones su alarido salvaje, concentrándose la furia del ataque sobre el pozo. Pero nosotros no cedíamos un metro, defendiéndolo ¡COMO SI REALMENTE TUVIESE AGUA!
   Los cañonazos partieron la tierra, las ráfagas de metralla hendieron cráneos y pechos, pero no abandonamos el pozo, en cinco horas de combate.
     A las 12 se hizo un silencio vibrante. Los pilas se habían ido. Entonces recogimos los muertos. Los pilas habían dejado cinco y entre los ocho nuestros estaban el Cosñi, Pedraza, Irusta y Chacón, con los pechos desnudos, mostrando los dientes siempre cubiertos de tierra.
    El calor, fantasma transparente echado de bruces sobre el monte, calcinaba troncos y meninges y hacía crepitar el suelo. Para evitar el trabajo de abrir sepulturas pensé en el pozo.
 Arrastrados los trece cadáveres hasta el borde fueron pausadamente empujados al hueco, donde vencidos por la gravedad daban un lento volteo y desaparecían, engullidos por la sombra.
    ‑¿Ya no hay más?...
    Entonces echamos tierra, mucha tierra adentro.
    Pero, aun así, ese pozo seco es siempre el más hondo de todo el Chaco.

Augusto Céspédes

11/6/14

El balón como la rueda de la Historia


Quienes disfrutamos de los libros y del fútbol por igual, sabemos que el Mundial de Brasil -que comienza mañana, y aunque no estará Paraguay, por obra y gracia de la tríada infame Chiqui-Napout-Pelusso- hará disminuir nuestras horas de lectura diaria, crecer las dedicadas al televisor y a las discusiones de la “previa” y del “tercer tiempo”. Pero hay momentos en que el placer de la lectura y el del fútbol se dan en el mismo momento, de lo que resulta una especie de quintaesencia del hincha y del lector. Para las crónicas futboleras cargadas de literatura: Eduardo Galeano y Juan Villoro. Para el relato de ficción de historias extraordinarias en torno al balón:  Roberto Fontanarrosa y Eduardo Sacheri. Para ambas cosas, Osvaldo Soriano. Para el dato preciso, la estadística, la tentación de lo insólito: Luciano Wernicke.

Este periodista argentino, nacido en 1969, es un apasionado del fútbol (cuando no un “enfermo”, apelando al origen latino de la palabra “pasión”: pati, padecer). Ha publicado cuatro libros, los tres primeros ilustrados por el mismo Fontanarrosa: Curiosidades futboleras (1966), Curiosidades futboleras 2 (1997) Fútbol increíble (2001), Nuevas curiosidades futboleras (2008). El quinto es de 2010, y lleva por título Historias insólitas de los Mundiales de Fútbol. Ahora hay una nueva edición del libro, ampliada y actualizada.

Wernicke repasa la historia y la intrahistoria de los Mundiales, en apartados que recogen anécdotas de las más diversas facetas de este deporte: su relación coyuntural con la política, con la cultura, con las finanzas, con la cotidianidad de la gente. Este fútbol que es un negocio fecundo para las grandes empresas (entre ellas la misma todopoderosa FIFA), pero también es la genuina manifestación de un fervor popular nacional pocas veces visto en tiempos de la (supuesta) muerte de las ideologías nacionalistas e internacionalistas, en provecho de la persistencia de una sola: la del  ubicuo mercado.

Algunas postales inolvidables


Se puede leer por ejemplo, y con detalles, acerca de: El canto de Gardel en la concentración de las selecciones de Argentina y de la local, en Uruguay 1930; todas las selecciones haciendo el saludo fascista obligatorio, para honrar al dictador Benito Mussolini, en Italia 1934; el origen judío del austriaco Mattias Sindelar, llamado el “Mozart del fútbol”, quien se negó a jugar por la Alemania nazi y se suicidó, luego de ser perseguido por las SS, poco después de Francia 1938; Obdulio Varela paseándose por los bares nocturnos de Río, luego de la hazaña del Maracanazo, y levantando el ánimo a los brasileños en las calles, en Brasil 1950; la mujer alemana que pedaleó 300 kilómetros su bicicleta para llegar a Basilea y ver el partido entre su selección y la estupenda Hungría de Puskas, en Suiza 1954; la flamante radio que Garrincha compró y que el masajista del plantel le dijo que solo sirve para los que hablan sueco, quedándose el galeno con ella, ante un doblemente “estafado” jugador, en Suecia 1958; el abrazo emocionado del chileno Eladio Rojas al mítico arquero Lev Yashin, luego de marcarle un gol, en Chile 1962; entre otras  anécdotas hasta el Mundial de Sudáfrica 2010.

Récords de Paraguay

Cada capítulo, dedicado a un Mundial en particular, hace repaso de los récords que se han dado en el mismo, en aspectos estrictamente futbolísticos. Paraguay posee tres: en las Eliminatorias (que son consideradas la fase previa de un Mundial) para México 70, el 31 de agosto de 1969, se enfrentaron en el estadio Maracaná, de Río de Janeiro, Brasil y Paraguay. El resultado, 1 a 0 para la fantástica selección de Pelé y compañía.  Pero lo especialmente recordable es que en ese partido se dio la mayor marca de asistencia a un partido mundialista: 183.341 personas pagaron sus entradas. El segundo récord: en la tarde del 11 de junio de 1986, en Toluca (México), el irascible y recordado Cayetano Ré se convirtió en el primer director técnico expulsado en la fase final de un Mundial, por parte del árbitro búlgaro Bogdan Dotchev. El tercero, más cercano y doloroso: el primer “gol de oro” de la historia de los Mundiales lo recibió Paraguay, marcado por Laurent Blanc, luego de 113 minutos de férrea defensa, en el partido que por los octavos de final de Francia 98 jugaron el local y Paraguay. 
Cayetano Ré en el banco durante México 86.
 
Un libro para reír, el de Wernicke; para recordar, pero también para reflexionar sobre este deporte, tan densamente anclado en lo más profundo de nuestras pulsiones culturales.

9/6/14

Tomás Eloy vaut le voyage

Tomás Eloy Martínez
En 1979, Tomás Eloy Martínez, quien entonces vivía su exilio en Venezuela, publicó en Caracas Lugar común la muerte (Monte Ávila), un conjunto de artículos, crónicas, ensayos y semblanzas testimoniales de escritores que se convirtió en un libro de referencia para periodistas y escritores del ámbito hispanoamericano. En 1998 (Planeta) el autor agregó más textos a una nueva edición, y en 2009 (Alfaguara) agregó otros dos: dos elegías magistrales dedicadas a Augusto Roa Bastos (con quien compartía atardeceres caraqueños cada vez que el paraguayo iba a Venezuela, donde vivía su hija Mirta) y a José Lezama Lima.

Por otro lado, en 2004 Martínez escribió el prólogo a 64 contos de Rubem Fonseca (San Pablo, Cia das Letras), un libro de relatos del, probablemente y junto a Nélida Piñón, más grande escritor brasileño vivo. 

El relato crepuscular, agónico de los últimos días de José Lezama Lima, titulado "El peregrino inmóvil", que Martínez agregó en 2009 a Lugar común la muerte, contiene una frase prácticamente calcada del texto prologal, titulado "La sinfonía del mal" y que publicó cinco años antes para el libro de Fonseca. Solo cambian dos de los tres protagonistas y está presente siempre la misma frase hecha francesa. 

Escribió en 2004:

"'Fonseca vaut le voyage', me dijo Gabriel García Márquez, repitiendo la frase con la que Pierre Drieu la Rochelle había celebrado setenta años antes su descubriemiento de Jorge Luis Borges". (La otra realidad. Antología, Fondo de Cultura Económica, pág. 323, Buenos Aires, 2006).

Escribió en 2009:

"Julio Cortázar solía repetir 'Lezama Lima vaut le voyage', la misma frase con que Pierre Drieu la Rochelle había anunciado el descubriemiento de Jorge Luis Borges en 1932". (Lugar común la muerte, Alfaguara, pág. 183, Buenos Aires, 2009).

¿García Márquez y Julio Cortázar acostumbraban a utilizar la frase de Pierre Drieu la Rochelle (que significa "vale el viaje", es decir, el esfuerzo) cada vez que aparecía un escritor que bien valía la pena leer? ¿No será acaso un recurso retórico repetido que Tomás Eloy Martínez utilizó en ambos textos sin caer en la cuenta de su repetición? 

La pregunta, en todo caso, ¿vaut le voyage?. Quién sabe.

26/5/14

Una bala en el cerebro

Tobias Wolff

Anders no pudo llegar al banco hasta justo antes de que cerraran, conque, naturalmente, la cola era interminable y tuvo que estar parado detrás de dos mujeres cuya estúpida conversación en voz muy alta le dio ganas de matarlas. En cualquier caso, Anders, un crítico literario conocido por la insistente y elegante ferocidad con la que despachaba casi todo lo que reseñaba, nunca estaba del mejor humor.
Con la cola dando todavía la vuelta dos veces al cordón, una de las cajeras colgó un cartel de SIN SERVICIO en su ventanilla y se dirigió al fondo del banco, donde se apoyó en una mesa a perder el tiempo con un hombre que resolvió papeles. Las mujeres de delante de Anders interrumpieron su conversación y miraron a la cajera con odio.

-Muy bonito -dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y añadió, confiando en que estaría de acuerdo-: Uno de esos toques humanos que hacen que volvamos otra vez. 

Anders había acumulado por su cuenta un odio impresionante hacia la cajera, pero se dio la vuelta de inmediato hacia la presuntuosa llorica de delante.

-Así nos tratan de mal -dijo-. Es trágico, en realidad. Si a uno no le cortan la pierna equivocada o bombardean el pueblo de sus antepasados, le cierran la ventanilla.
La mujer siguió a lo que estaba.

-Yo no dije que fuera trágico -dijo-. Sólo creo que es un modo espantoso de tratar a sus clientes.

-Imperdonable -dijo Anders-. El cielo se lo tendrá en cuenta.
Ella se mordió las mejillas pero clavó la vista más allá de él y no dijo nada. Anders vio que su amiga estaba mirando en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que estaban haciendo, los demás clientes se dieron la vuelta lentamente, y en el banco se hizo el silencio. Dos hombres que llevaban pasamontañas negros y traje azul estaban parados al lado de la puerta. Uno de ellos tenía una pistola clavada en el cuello del guardia de seguridad. El guardia tenía los ojos cerrados y se le movían los labios. El otro hombre tenía una escopeta de cañones recortados.

-¡Cierren el pico!- dijo el de la pistola, aunque nadie había dicho ni palabra-. Si uno de los cajeros pulsa la alarma, los dejo a todos fiambre.

-Estupendo -dijo Anders-. Fiambre- se volvió hacia la mujer que tenía delante-. Un buen guión, ¿eh? La dura y cruda poesía de las clases peligrosas.

Ella le miró con ojos húmedos.

El de la escopeta empujó al guardia, poniéndolo de rodillas. Entregó el arma a su compinche y tiró de las muñecas del guardia para ponérselas a la espalda y se las sujetó con unas esposas. Lo arrojó al suelo de una patada entre los omóplatos, luego recuperó su escopeta y fue a la puerta de seguridad del final del mostrador. Era bajo, fuerte y se movía con una lentitud peculiar.

-Déjenlo entrar -dijo su compinche. El hombre de la escopeta abrió la puerta y recorrió tranquilo la hilera de cajeros, entregándoles una bolsa de plástico a cada uno. Cuando llegó a la ventanilla sin servicio miró al hombre de la pistola, que dijo-: ¿De quién es esta ventanilla?

Anders observó a la cajera. Ésta se llevó la mano a la garganta y se volvió hacia el hombre con el que había estado hablando, que asintió con la cabeza.

-Es la mía-dijo ella.

-Pues mueva ese asqueroso culo y llena la bolsa.

-Ahí tiene -dijo Anders a la mujer de delante de él. Ya se ha hecho justicia.

-¡Oye, listillo! ¿Te he dicho que hables?

-No -contestó Anders.

-Entonces cierra el pico.

-¿Oyó eso? -dijo Anders-. "Listillo". Sacado directamente de "Los asesinos".

-Por favor, cállese -dijo la mujer.

-Oye, ¿estás sordo o qué? -el hombre de la pistola se acercó a Anders y le hundió el arma en la tripa-. ¿Crees que estoy de broma?

-No -dijo Anders, pero el cañón le hacía cosquillas como un dedo tieso y tuvo que contener una risa nerviosa. Lo consiguió obligándose a mirar los ojos del hombre, que eran claramente visibles detrás de los agujeros del pasamontañas: azul claro y ribeteados de rojo. El párpado izquierdo del hombre tenía un tic. El aliento le olía fuerte, a amoniaco, lo que sorprendió a Anders más que todo lo que había pasado, y estaba sintiéndose incómodo cuando volvió a apretarle la pistola.

-¿Te gusto, listillo? -dijo- . ¿Me quieres chupar la polla?

-No -dijo Anders.

-Entonces deja de mirarme.

Anders clavó la vista en la puntera de los brillantes zapatos del hombre.

-Ahí abajo no. Ahí arriba -clavó la pistola bajo la barbilla de  Anders y se la empujó hasta que estuvo mirando el techo.

Anders nunca había prestado mucha atención a aquella parte del banco, un viejo y pomposo edificio con suelo y mostradores de mármol, y adornos metálicos dorados encima de las ventanillas de las cajas. El techo abovedado tenía una decoración de figuras mitológicas con una carnosa fealdad envuelta en túnicas. Anders ya había echado una mirada muchos años antes y después decidió ignorarla. Ahora no tenía otra elección que examinar la obra del pintor. Era incluso peor de lo que recordaba, y toda ella estaba realizada con la máxima seriedad. El artista se guardaba unos cuantos trucos en la manga y los usaba una y otra vez: un determinado tono rosado en la parte de abajo de las nubes, un modo tímido de volver la vista atrás en la cara de cupidos y faunos. El techo estaba cubierto de diferentes dramas, pero el que atrajo la mirada de Anders fue el de Zeus y Europa; retratados, en esta representación, como un toro que se comía con los ojos a una vaca detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca, el pintor había ladeado insinuantemente sus caderas y puesto unas largas pestañas caídas a través de las que devolvía la mirada al toro con seductora invitación. El toro sonreía con suficiencia y tenía las cejas arqueadas. Si hubiera habido un bocadillo saliéndole de la boca, como en los cómics, tendría escrito: "Bombón, eres mío".

-¿Qué es tan divertido, listillo?

-Nada.

-¿Crees que soy cómico? ¿Crees que soy un payaso o algo?

-No.

-¿Crees que me puedes joder?

-No.

-Vuelve a joderme y serás historia. ¿Capiche?

Anders se echó a reír. Se tapó la boca con las dos manos y dijo:

-Lo siento, lo siento -luego resopló entre los dedos sin poderlo evitar y dijo-: Capiche... Dios santo, capiche -y ante eso el hombre de la pistola la levantó y disparó a Anders en plena cabeza.

La bala destrozó el cráneo de Anders, se abrió paso por su cerebro y salió por detrás del oído derecho, dispersando esquirlas de hueso en el córtex cerebral, el cuerpo calloso; y por detrás hacia los ganglios basales, y más abajo, el tálamo. Pero antes de que ocurriera todo eso, el primer impacto de la bala en el cerebro partió una quebradiza cadena de comunicación de iones y neurotransmisores. Debido a su peculiar origen, éstos trazaron un recorrido peculiar, trayendo inesperadamente a la vida una tarde de verano de unos cuarenta años antes, y hacía tiempo perdida para el recuerdo. Después de entrarle en el cráneo, la bala se movió a trescientos metros por segundo, una velocidad mínima comparada con el relámpago sináptico que destelló a su alrededor. Esto es, una vez alojada en el cerebro, la bala quedó sometida a la mediación del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo de sobra para contemplar la escena que, en una frase que él hubiera aborrecido, "pasó delante de sus ojos".

Merece la pena dar cuenta de lo que no recordó Anders, dado lo que sí recordó. No recordó a su primer amor, Sherry, o lo que había querido con más locura de ella, antes de que llegara a irritarlo: su desinhibida carnalidad, y en especial el modo cordial con que trataba a su miembro, al que llamaba Señor Topo, como cuando decía "Huy, parece que el Señor Topo quiere jugar". Anders no recordó a su mujer, a la que también había querido antes de que terminara agotándole con su predecibilidad, ni a su hija, ahora una huraña profesora de Economía en Dartmouth. No recordó que había estado parado delante de la habitación de su hija mientras ella reñía a su oso de peluche por sus travesuras y detallaba los terribles castigos que recibiría Zarpas si no variaba de conducta. No recordó ni un solo verso de los centenares de poemas que había aprendido de memoria en su juventud para así producirse escalofríos cuando quisiera; ni "Callado, allá en lo alto de un monte del Darién", ni "Dios mío, oí en este día", ni "¿Todos mis pequeños? ¿Has dicho todos? ¡Buitre infernal! ¿Todos?". Ninguno de ellos recordó: ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre: "Debería haberle apuñalado mientras dormía".

No recordó al profesor Josephs contando a la clase que los prisioneros atenienses en Sicilia eran liberados si podían recitar a Esquilo, ni a sí mismo recitando a Esquilo, allí mismo, en griego. Anders no recordó que le ardían los ojos ante aquellos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la cubierta de una novela no mucho después de que se graduaran, ni el respeto que sintió después de leer el libro. Ni recordó el placer de respetar algo.

No recordó Anders haber visto a una mujer tirándose desde el edificio de enfrente del suyo y matándose unos días después de que hubiera nacido su hija. No recordó haber gritado: "¡Señor, apiádate de ella!". No recordó haber chocado a propósito con el coche de su padre contra un árbol, ni que tres policías le hubieran pateado las costillas en una manifestación contra la guerra, ni despertarse debido a su propia risa. No recordó cuándo había empezado a mirar el montón de libros de encima de su mesa con aburrimiento y miedo, ni cuándo se enfadaba cada vez más con los escritores por escribirlos. No recordó cuánto todo le empezó a recordar otras cosas.

Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Hierba amarillenta, el zumbido de insectos, él mismo apoyado en un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para jugar un partido. Él sigue mirando mientras los otros discuten sobre el respectivo genio de Mantle o Mays. Han estado preocupados por esa cuestión el verano entero, y el asunto ya le resultaba tedioso: una opresión, como el calor.

Luego llegan los dos últimos chicos, Coyle y un primo suyo de Mississippi. Anders no conocía al primo de Coyle de antes y nunca lo volverá a ver. Le dice hola con los demás pero no le vuelve a prestar atención hasta que ha elegido equipo, y alguien pregunta al primo en qué puesto quiere jugar.

-Parador -dice el chico-. Parador es el mejor puesto aunque haiga más.

Anders se vuelve y lo mira. Quiere oír al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, aunque sabe que es mejor no pedírselo. Los demás pensarán que él es un gilipollas, que se burla del chico por su error gramatical. Pero no es eso, no es eso en absoluto; es que a Anders le han dejado extrañamente espabilado, eufórico, aquellas dos últimas palabras, por su imprevisibilidad y su música. Entra en el campo en trance, repitiéndolas para sí mismo.

La bala ya está en el cerebro; no puede hacerse que siga para siempre ni detenerla por encantamiento. Al final hará su trabajo y dejará el cráneo atrás, arrastrando su cola de cometa de memoria y esperanza, talento y amor hasta el interior del templo de mármol del banco. No se puede evitar eso. Pero Anders todavía puede ganar tiempo. Tiempo para que las sombras se alarguen sobre el césped, tiempo para que el perro atado ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el chico del lado derecho se golpee el guante de béisbol negro de sudor y recite suavemente: "Haiga más, haiga más, haiga más".

Tobias Wolff