22/9/11
Eco cuenta cómo se hizo novelista
Ahora, Eco vuelve a las librerías, luego de su reciente novela El cementerio de Praga, con Confesiones de un joven novelista, en donde aparentemente explica, desde su particular perspectiva, cómo fue que se hizo escritor de ficciones. Por lo menos por razones de oficio, el libro suena más que interesante.
“Nunca he entendido por qué a Homero se le considera un escritor creativo y a Platón no. ¿Por qué un mal poeta es un escritor creativo y un buen ensayista creativo no lo es?”, le dijo el escritor a la periodista Carmen Sigüenza, de Efe. Este “joven novelista” tiene hoy 83 años.
7/9/11
El teléfono me habla del amor y del tiempo

-Hola, estoy llamando desde Sao Paulo -me dijo. Soy la viuda de Joäo Rossi.
En un segundo, el nombre del artista brasileño que vino al Paraguay a mediados de los años 50 del siglo pasado provocó una serie de imágenes en mi cabeza, ninguna de ellas respondía aparentemente al motivo por el cual recibía el llamado telefónico de su viuda, distante 1300 kilómetros de Asunción.
-Le llamo para agradecerle el artículo que escribió el 28 de marzo sobre mi marido- me dijo.
Ahí recordé. Esa página de los lunes en la contratapa de ÚH, que desde hace 3 años vengo escribiendo con otros compañeros, a veces bufando por no hacerlo, me ha traído más reacciones que cualquier página más placentera escrita sobre Roa Bastos o Borges. Alguna vez me escribió un investigador desde, también, el Brasil, preguntándome qué tanto sabía sobre el pintor paraguayo Andrés Guevara como para ayudarlo en un trabajo suyo sobre historia del diseño en su país. Mucho no pude decirle, por supuesto. Y me han llamado las viudas de muchos grandes, grandísimos poetas paraguayos. Habrá quien pensará que soy un especialista en viudas, pero tampoco lo soy.
-Quiero agradecerle el artículo. Soy Isabel Olmedo, que es mi apellido de soltera. Para los cheques soy de Rossi- me dice riendo esta mujer de 86 años, coqueta, desde el mismo atelier en donde vivió, trabajó y murió el pintor brasileño que dio un empuje al arte moderno paraguayo.
-Lo conocí hace 48 años a mi marido, y hasta ahora lo amo- completa. En la Redacción los teclados parecían saltar por los aires ante cada golpe de los dedos de los periodistas, como juegos pirotécnicos que festejaban la frase de la mujer.
-Qué bien señora, debe estar orgullosa de amarlo hasta ahora- es lo único que atiné a decir, al borde del desatino.
Magancha, como le dicen cariñosamente a Isabel, me cuenta rápidamente, luego de excusarse en un guaraní aún más extraño por el acento portugués ("che ñe'ëngatueterei"), que es hija de un antiguo canillita de La Tribuna.
-Cada fin de año La Tribuna sacaba historias sobre Asunción. Ahí salió una sobre mi papá, que fue el fundador de la primera escuela de canillitas- me cuenta.
Me agradece una y otra vez haber escrito sobre su marido, tanto que siento vergüenza ya de haberlo hecho. Esa vergüenza que al periodista a veces le falta, supongo. Me invita a que cuando vaya a Sao Paulo no dude en ir a su casa, que queda "cerca del barrio Morumbí".
-“Yo no soy porteña, que dice 'venga', y luego se esconde”- dictamina, cerca de una xenofobia casi infantil, pero también de la auténtica y genuina queja. Ya la conversación se hace un tanto repetitiva y larga, cuando lanza otra frase potente, sin transición:
-Yo soy comunista. Bueno, no éramos de partido, pero sí de izquierda. Acá estuve una vez presa en la delegación 48 días. Era muy amiga de Herminio Giménez yo- y calla, para después invitarme de nuevo a que fuera a Sao Paulo.
Prometí ir algún día, hasta anoté su número de teléfono paulista, y el de una hermana suya que vive en el barrio Las Mercedes de Asunción, sobre quien me aseguró que mañana jueves sale para ir junto a ella, si es que por ahí quería enviarle algo. "Sí, sí", dije, azorado por el tiempo, lo único que a fin de cuentas siempre nos azora inevitablemente.
Ella reía hermosamente en Sao Paulo, feliz de hurgar en la memoria del hombre que amó y que hace 11 años murió. Yo la escuchaba súbitamente entristecido en Asunción. Finalmente, se despidió. Volvió a repetir el "hasta ahora lo amo" del comienzo de la conversación. Su voz se apagó.
Casi seguro estoy que nunca iré a Sao Paulo a conocerla. Pero también estoy seguro, que por unos minutos interminables conocí ciertos atajos y certezas contra los apremios del tiempo y el amor que tan poco solucionados tenemos los otros mortales. Fui testigo de una memoria satisfecha, orgullosa. La envidié profundamente, mientras colgaba el tubo del teléfono.
6/9/11
El cotidiano Twitter y lo literario

Básicamente, el más célebre cuento del guatemalteco Augusto Monterroso tiene 50 caracteres: “Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”. Poco más de la tercera parte de lo que es posible escribir en Twitter. Tal vez una prueba de que las obras maestras caben en cualquier espacio.
Para mí hay un antes y un después en Twitter al hecho de “seguir” al mexicano Juan Villoro. Me parece que, con el espíritu de Nietzsche y, sobre todo, de Ciorán a cuestas, ha captado perfectamente lo que se puede hacer de literario en esta red social, sin perder profundidad y ganando en ironía y cinismo. Algunos de sus “tuits”: “Lo bueno de la basura orgánica es que es reciclable. Lo malo de los intelectuales orgánicos es que también son reciclables”; o “Tengo un amigo tan culto, que si encuentra una errata cree que es un ‘joycismo’ y si ve un vidrio roto cree que es un ‘Duchamp’ ”. Y así, cientos de genialidades. Hace poco me topé con un “tuit” del músico uruguayo Jorge Drexler. Escribió en 140 caracteres una sextilla sobre qué es escribir en Twitter, casi a la manera de Lope de Vega y su famoso soneto sobre cómo escribir un soneto: “Aquí me pongo a contar/ mis dudas y pareceres/ y para estos menesteres / debo mantenerme atento / y que sumen justo ciento / cuarenta los caracteres”. O esta de un escritor paraguayo y amigo, casi una perfecta crítica literaria cumpliendo el mandato de Borges, releer: “Me gustaba tu cuentística, Juan José Millas. ¿Qué ha pasado? Nada, simplemente tu obra no es compatible con las relecturas”.
Cuando Monterroso escribió su cuento “El dinosaurio” ignoraba, tanto como cuando Borges escribió “El aleph” prefigurando la misma internet, que la llamada “era digital” asimilaría su obra para hacerla más perfecta aún. Si el nuevo soporte sirve, el que sea y al igual que el libro, para transmitir significados y significantes profundos, gracias tecnología.
2/11/10
Mario Vargas Llosa en Limpio
Un día de 1997, fui a jugar un partido de fútbol (cuando quería y creía que iba a ser futbolista profesional) en la cancha de la Federación Limpeña. Terminado el mismo, fui hasta un copetín en el mercado. Me senté y pedí unas empanadas. Puse sobre la barra el libro que leía en ese momento: El Hablador, de Mario Vargas Llosa. La dueña del local sonrió al verlo. Me preguntó si me gustaba. Le dije que sí, sobre todo pensando en el personaje “Mascarita”, quien solía pedirle al narrador, siempre que estaba nervioso e impaciente, algo que tiene que ver con quien era mi ídolo por aquellos días, justamente gracias a Vargas Llosa (y García Márquez): “A ver, háblame de Faulkner”. La señora hizo una mueca de contrariedad y me preguntó, con un acento visiblemente extranjero, de qué iba la novela. Le expliqué que hay una parte urbana, historias de escritores y otros que quieren serlo, y otra parte se desarrolla en las selvas de la Amazonia peruana, con tribus indígenas. Sonrió. “No le creas nunca a Vargas Llosa”, me dijo, “lo suyo es pura pose. En el Perú lo conocemos. Él puede escribir todo lo que quiera sobre los indígenas, pero en la vida real los odia”. Ahí recién caí en la cuenta del origen de su acento y de sus rasgos físicos: era peruana, con ascendencia indígena, por supuesto. Le escuché un plagueo interminable sobre declaraciones y actos intolerantes y racistas del escritor, durante su candidatura a la presidencia del Perú. (A propósito, me leí de cabo a rabo su libro de memorias El pez en el agua, que historia su campaña presidencial, y en ninguna de sus 400 páginas está escrita la palabra “indígena”, acaso como medida antiséptica. Esto de parte de alguien que quería ser presidente de un país con más del 40% de sus habitantes con sangre aborigen.)En todo caso, nunca olvidé las palabras de aquella simple dueña de copetín en medio de un mercado grasiento y orgulloso de su olor a pueblo. Y nunca más leí a Vargas Llosa con inocencia. El secreto es ese: no ser inocente cuando se lee. Con respecto a Vargas Llosa, eso me enseñó aquella mujer en Limpio.
21/9/10
Fragmento de Madame Bovary en edición de setiembre de Playboy
Playboy ha anunciado que las mujeres con poca ropa de su próximo número de setiembre
se verán acompañadas por el fragmento de una nueva traducción de la clásica novela, que poco tiempo después saldrá a la venta por la editorial Penguin. La encargada de la traducción, otra mujer; su nombre es Lydia Davis, y es una escritora y crítica estadounidense especializada en literatura francesa.
Esta información me hizo recordar algo. Exactamente dos años atrás, la edición argentina de la revista Maxim, también dedicada al público masculino, traía en tapa a una generosa Dallys Ferreira. Y las fotos en las páginas interiores no llevaban texto que hablaran de la paraguaya, sino estaban acompañadas por uno sorprendente: un fragmento de Contravida,de Augusto Roa Bastos...
Las máscaras de Borges

Compré los libros el mismo día, en dos lugares distintos. Un fresco mediodía de mayo pasado, terminé auscultando los anaqueles de una librería de viejo en la calle Chile. Allí encontré Caras, caritas y caretas (Sudamericana, 1996), del escritor y periodista argentino Rodolfo Braceli, un libro que lleva por subtítulo “Biblia, calefón y golosinas surtidas. 50 personajes de la Argentina. Modelo para armar”. A Braceli lo conozco como un estupendo entrevistador; un modelo del oficio, de hecho. El otro libro lo compré apenas llegué a la Redacción. Entre papeles y periódicos, un compañero lo exhibió frente a mí, y no pude evitarlo, a pesar de ser sus autoras dos desconocidas para mí: Un Diccionario de Borges (Torres Agüero editor, 1990), de Evelyn Fishburne y Psiche Hughes, catedráticas italiana y argentina, respectivamente. En todo caso, las firmas de los prólogos eran elocuentes, la una casi obvia, la otra increíble: Mario Vargas Llosa y Anthony Burgess. Esas solas firmas valían de alguna manera el libro.El motivo de este artículo es consignar a los dos Borges que aparecen en estos textos, diametralmente opuestos. El reportaje de Braceli, titulado “El tercer Borges, el de la palabra irreparable” (aunque el autor de Ficciones mismo lo haya dicho, creo que son dos Borges nomás), muestra a uno que Braceli califica de “juguetón, perverso, atroz, que se dedicaba a hacerle zancadillas al sentido común”. Es decir, aquel Borges que opinaba sobre todo sin entender mucho o entendiendo todo demasiado cínicamente. Siempre me fue, como mínimo, indiferente este Borges. Incluso, nunca tuve problemas de suscribir la interpretación “lúdica” que admiradores del ciego (como yo) dan con respecto a sus infelices declaraciones o posiciones políticas. Pero lo que leo en el libro de Braceli, ciertamente, espanta: “Por supuesto que resultan insoportables los negros... no me desdigo de lo que tantas veces afirmé: los norteamericanos cometieron un grave error al educarlos; como esclavos eran como chicos, eran más felices y menos molestos”. O: “Los gauchos argentinos fueron unos brutos... no sabían ni leer ni escribir, y menos para quién luchaban. Si todavía los recordamos es porque los escribieron gentes cultas, que nada tenían de gauchos”. Cosas como esas. Aunque Braceli no lo diga expresamente, ante Borges se despliega una carta blanca como ante un niño inocente. Nunca compartí esa visión. Me parece que el gran escritor argentino era aún más inteligente y hábil de lo que creemos: se escudaba en el hecho de que todos interpretaríamos lo suyo como un mero juego, una provocación, para esconder lo que realmente pensaba, mostrándolos literalmente. Aunque lo que pensaba en otros campos que no fueran la literatura es más bien intrascendente para esos campos, a diferencia de un Octavio Paz, por ejemplo.
El Diccionario de Borges es útil, sin lugar a dudas, aunque abarca el universo semiótico de solo tres libros de relatos. El prólogo de Vargas Llosa, breve y nada resaltante. El de Burguess, una joya. Además de precisas y brillantes valoraciones del autor de La naranja mecánica sobre la obra de Borges, cuenta por ejemplo que se vieron por última vez en 1982, en Dublín, en los actos de conmemoración del centenario de James Joyce, otro ciego ilustre. Dice orgulloso: “Bebí whisky irlandés con él en el ruidoso bar del hotel Ormonde, donde me dijo: ‘Qué hermosa es la palabra mist (que en inglés significa neblina)’. No me atreví a decirle que en alemán esa misma palabra significa estiércol. De haberlo hecho, sin duda él habría conseguido reconciliar esos dos significados tan dispares sin ningún problema, y aun creo que si para entonces no hubiera ya dejado de escribir habría sacado de allí material para otra ‘ficción’. Borges era pura magia”.
Creo que habrá una época en que las querellas entre Borges y el sentido común por fuera de la literatura se borrarán, como desaparecieron (excepto para los eruditos) los de Dante o Shakespeare, y quedaron sus obras. Como comidilla extra literaria, digo. Porque creo que todos preferiremos siempre el Borges enmascarado de Anthony Burgess, antes que el que Braceli desenmascaró en su reportaje.
25/6/10
Steinbeck, el Rey Arturo y la lectura
Nunca antes había sido amante de la saga artúrica. Hasta que hace unos años leí Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros, de John Steinbeck. Es un libro publicado en 1976, ocho años después de la muerte del escritor norteamericano. Steinbeck, que había escrito algunas de las novelas más desgarradoras sobre la opresión al campesino estadounidense, se pasó varios años investigando y escribiendo este libro, al que no pudo darle el toque final por la llegada de la parca. Había elegido dejar como último legado a sus hijos la reescritura de las aventuras del Rey Arturo y de sus caballeros, según el modelo del clásico Thomas Malory. Así descubrí que contra la magia de Merlín solo podía la natural magia de una doncella que lo había encerrado en una roca. Me enamoré de la oscura Morgan Le Fay, la hechicera media hermana de Arturo, esa especie de Lady Macbeth avant la lettre; y había elegido como mi personaje preferido al fracasado Mordred, el hijo que Morgan Le Fay tuvo con su hermano luego de haberlo llevado a la cama con argucias mágicas para engendrar un vástago que heredara el trono. Es decir, Steinbeck, para mí, hizo digna de Shakespeare a una saga que yo creía vacía y superficial.Incluso, la Dedicatoria y la Introducción de la novela son inolvidables. Son un homenaje, por un lado, al amor que solo los niños y hermanos se profesan entre sí y, por el otro, a la lectura como hecho trascendental en nuestras vidas. El libro está dedicado a "Sir Marie Steinbeck de Valle Salinas", hermana del autor de Las uvas de la ira, quien con seis años oficiaba de escudera en los juegos caballerescos y "cuya gentil bravura era incomparable". Y en la Introducción, el autor reflexiona sobre una a menudo desmemoriada hazaña: "Hay muchas personas que olvidan, cuando crecen, lo mucho que les costó aprender a leer. Quizá se trate del mayor esfuerzo emprendido por un ser humano, y debe afrontarlo cuando niño".
23/6/10
Juan Sasturain: Entre la literatura, la historieta y la divulgación
Una de las canciones del quíntuple disco El Salmón, del infatigable Andrés Calamaro, se llama “Revistas”. En ella, se rinde homenaje a las publicaciones de la mítica editorial Columba, que editó lo mejor de la historieta argentina (no sería del todo equívoco decir, simplemente, de la historia argentina... en cuadritos) durante 4 décadas en sus revistas. En una de las líneas de la canción, el músico canta: “Soy Or Grund, soy Nippur de Lagash, Savarese y Jackaroe”. Cuatro personajes de cómics que fascinaron a Calamaro, como maravillaron la imaginación de miles y miles de niños, jóvenes y adultos argentinos. Cuatro personajes creados por un solo hombre: Robin Wood. Es a este hombre a quien el escritor, periodista y guionista argentino, Juan Sasturain, vino a entrevistar a fines de mayo pasado, para su programa de televisión “Continuará…”, del estatal canal de cable educativo Encuentro, donde desgrana la trayectoria histórica del cómic en la Argentina. Minutos antes de que tomara su vuelo de vuelta a Buenos Aires, lo abordé en el aeropuerto, nos sentamos en un café y charlamos, mientras él tomaba vino tinto y se mesaba la barba de vez en cuando.—Robin ha marcado toda una época y una zona de la historieta argentina, la que podemos denominar la zona de la historieta de aventuras más popular de la Argentina de la última mitad del siglo XX, desde mediados de los 60 (cuando comienza a trabajar), hasta mediados de los 90 (cuando la editorial Columba, sorpresivamente, dejó de publicar sus revistas). Durante todo ese periodo Robin Wood es una figura central, de un tipo de revista y de un tipo de público mayoritario, popular; ese ha sido siempre el público de Robin, un público muy consistente y muy seguidor. Hay que tener en cuenta que uno de sus legados más importantes es el hecho de que ha sido y sigue siendo absolutamente prolífico…
—Con una galería impresionante de personajes…
—¡Es el típico creador popular con una facilidad de producción prácticamente desconocida! Hay poca gente que ha trabajado como él y, sobre todo, con el nivel de calidad que él ha mantenido. Porque en esta forma de la literatura popular también es frecuente, por distintas razones, la pérdida de nivel. También le pasó a él, no todo es igual, no todo es parejo. ¡Pero tiene un estándar muy alto! Y sobre todo una altísima variedad de registros.
—Tenés que tener en cuenta que yo me formé en el campo de la literatura. Fui adolescente y universitario antes de la revolución de los militares, y paulatinamente también empecé a escribir en la ficción y trabajé en el periodismo, todas las cosas que hacemos aquellos que queremos vivir de la escritura. Tengo una docena de libros, además de los de historietas.
—Hablando de literatura, hace un tiempo leí un artículo suyo en el que recordaba su experiencia de conocer a Juan Carlos Onetti, bastante traumática, pues por poco lo echa de su casa en Madrid…—Sobre Onetti tengo varias anécdotas escritas, es un autor que todos los escritores latinoamericanos lo tenemos en el podio de los más grandes. Si nombramos cinco, uno es Onetti. Puede estar Borges, puede estar Roa, puede estar Rulfo, puede estar Cortázar, pero Onetti seguro que está. Lo último que escribí sobre él es a partir de un libro bastante flojo que escribió Vargas Llosa (El viaje a la ficción). La lectura suya, de un hombre que por sobre todas las cosas es sumamente inteligente, muy hábil y buen escritor (no hay que negar eso), es una lectura pobre. Porque no puede evitar tratar de arrastrar a Onetti para su molino ideológico. Es una lectura pobre la de él: la idea de la fantasía, la idea de los sueños, de la ilusión de los personajes onettianos, la contraposición entre la realidad sórdida y esos sueños que los motivan, aunque sean sueños condenados al fracaso, asimilar eso a una lectura histórico-política de América Latina me parece una torpeza. Onetti viene por otro lado.
Además, yo he contado alguna vez la anécdota de cuando lo fui a visitar. Fue una visita en que me pasó lo que nos pasa a todos cuando estamos muy emocionados por conocer a alguien al que admiramos mucho. En la oportunidad me tocó, en el año 86, ir por primera vez a Europa. Entonces, habían retomado una nueva versión de la revista Crisis, que fue una revista importante en los años 70, y Osvaldo Soriano era uno de los responsables. Querían recuperar a todos los grandes colaboradores y escritores latinoamericanos que tuvo antes. Entonces me dicen: “Andá a Madrid, llévale las revistas a Onetti”. Fui, con una cartita de Soriano…
Justo aquí se interrumpe la entrevista para ser retomada en otra dimensión espacio-tiempo. El motivo: una hermosa mujer camina y camina al lado de nuestra mesa, con la impaciencia por su café aún no servido. Tiene las piernas largas, hechiceras. Se sienta a unos metros y por fin salimos del conjuro: “Una maravilla. Le hemos hecho el homenaje que se merece con nuestro silencio”, me dice Sasturain, y yo ya no sabía dónde estaba. La anécdota de Onetti termina (lo contó en un artículo de Página 12, el 11 de octubre de 2006, titulado “El maestro tan temido”) cuando Sasturain es recriminado por el uruguayo por lo que anteriormente “hicieron” con su relato “Las mellizas”: una versión en historieta hecha por el mismo Sasturain. El viejo lo desarmó a nuestro entrevistado con su fría lógica perversa del rencor. Yo, aturdido, pregunté por otro lado:
—Ya que mencionó a Roa hace un rato, ¿lo conoció?
—No tuve la oportunidad de conocerlo, nunca me lo crucé. Lo escuché una vez en una Feria del Libro, pero como cuando uno va a de espectador a escuchar hablar a alguien. Pero nunca personalmente. Justo hoy estábamos hablando con Robin sobre Roa y Yo el Supremo. ¡Es impresionante! Todos los que somos escritores, vos escribirás también, cuando se encuentran con un emprendimiento literario de esa envergadura, con una tarea tal, sabemos de lo que se trata… Hay cierta tarea literaria que es la diferencia entre una carrera de 100 metros y una maratón. Uno sabe, cuando es escritor, que encarar una maratón, encarar un texto literario que te va a llevar 5, 7, 10 años, es una tarea de aliento que tiene momentos oscuros, difíciles, complicados, donde el talento requiere un empuje y una capacidad de visión muy amplios. Eso define, entre otras cosas, a los escritores grandes. No todos los escritores que trabajan con formas grandes, son grandes escritores; pero cuando uno bueno encara una tarea de ese tipo, es una cosa admirable.
—Benedetti decía, hablando de Yo el Supremo, algo así como que lo más impresionante en la novela es que Roa se haya propuesto escribirla y encima lo consiga.
—¡Exacto! ¡Es eso! Benedetti lo dijo mucho mejor que yo (risas). La tarea es digna de la grandeza. Como los Cantos, de Ezra Pound, te pueden gustar o no, pueden estar bien o no, ¡pero la tarea! O Macedonio Fernández escribiendo una novela que nunca empieza. La manera de entrarle al lenguaje, de entrarle al tema, es admirable en Yo el Supremo. Los que estamos en estas cosas sabemos de los huevos que hay que tener para eso.
—Es un gran escritor de cuentos sobre fútbol. Año de Mundial… ¿Qué reflexión le merece el fútbol en sí y su relación con la literatura?
—En nuestros países el fútbol ocupa, en muchos de nosotros, un lugar importante en nuestras cabezas. No es que a los escritores de antes no les interesara el fútbol, siempre han sido hinchas del fútbol. Lo que ha cambiado en la actualidad son dos cosas: en primer lugar, el concederse el permiso de escribir sobre aquello que te interesa, porque no era políticamente correcto escribir sobre fútbol, tanto por izquierda como por derecha; culturalmente estaba descalificado: por derecha, porque era cosa de “negros”; por izquierda, porque era una alienación. Estaba en el campo de lo popular irracional, aquello que no merecía atención. El permitirse escribir sobre eso ha tenido que ver con todo un proceso reivindicativo de la cultura popular, que se da ya desde los años 70. Es empezar a considerar la cultura como algo más que los libros y las bellas artes. Todo lo que hacemos, lo que genera el pueblo, lo que generamos nosotros también es cultural, y merece la atención, porque allí hay significados, hay valores, tiene que ver con los géneros marginales de producción literaria. Entonces, entre otras cosas, el fútbol es parte de nuestra cultura cotidiana. Después podemos discutir todo: lo que tiene de alienación, de enfermedad, de negocio, de estupidez, de violencia, lo que vos quieras. Pero no podemos negar la identidad que tiene. Cuando uno, un lunes, verifica que su estado de ánimo es distinto de acuerdo a si su equipo ha ganado o no, evidentemente hay algo importante ahí. Creo que la cosa va por ahí. Y hemos tenido la suerte de tener algunos grandes escritores que se han arrimado al tema. Hemos tenido la suerte de que (Eduardo) Galeano escriba, de que (Juan) Villoro escriba, de que (Roberto) Fontanarrosa escriba, de que tantos otros escriban.
Apagué el grabador. En una mesa contigua, sus tres compañeros de programa lo esperaban con el almuerzo. “No hay nada que no me caiga bien en este tipo”, me dije. “Le encantan la literatura, la historieta, el fútbol, las mujeres y el vino”. ¡Qué más puede pedir un entrevistador que esas hermosas complicidades!
Saramago: Cuando la otra margen es la que importa
No es nuevo esto de morirse durante un Mundial de Fútbol. Hace 24 años, un 14 de junio, Jorge Luis Borges fallecía en Ginebra (Suiza), dos días antes de que Argentina eliminara a Uruguay en los octavos de final de México 86, lo cual puede ser considerado como el último gesto de irónico desprecio por parte del autor de Ficciones hacia un deporte que aborrecía. Ayer por la mañana temprano, mientras miraba el partido entre Alemania y Serbia por el Mundial de Sudáfrica 2010, recibí la noticia infausta en el teléfono celular, la misma frasecita fatídica de cuando murió Kurt Vonnegut, hace unos años atrás: “Perdió Saramago”.
“Entraré en la nada y me disolveré en ella”, había dicho el escritor hace cinco años, para demostrar que la muerte le tenía sin cuidado, lejos de Dios, de promesas paradisiacas y amenazas infernales. Aún así, su muerte golpea a la literatura de cualquier lengua, mucho más a la portuguesa, de la que sin duda era su más grande prosista. Pocas veces se ha visto un caso como el suyo: recién cincuentenario empezó a publicar con regularidad, aunque solo con setenta años comenzaría a ser real y justamente conocido. “Comunista hormonal”, como alguna vez se definió, toda la obra de Saramago se suspende en el trapecio de los dilemas éticos en un mundo que no desconoce, por supuesto, la obtusa calamidad, pero tampoco la bella inocencia edénica. Es decir, en su manera de encarar la literatura, de poner en ella a la vida, Saramago concilió una sui generis versión del materialismo dialéctico de Marx con las parábolas fantásticas de Kafka. Aún así, en su obra no suele reconocerse la impronta marxista (ver la influencia del materialismo antropológico del Marvin Harris de Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura en El evangelio según Jesucristo). La huella kafkiana es más visible y visibilizada por los críticos (leer Todos los nombres).
Pero en lo que me parece se resume el legado que deja este narrador con dotes de brujo es en su construcción de un tipo de lector comprometido, crítico, superando incluso la artificiosa dicotomía cortaziana del lector pasivo vs. lector activo (que tan pésimamente llamó “lector hembra” y “lector macho”). Saramago exige de quien lo lea un compromiso que es de índole política, pero no del tipo que los execradores de lo ideológico suponen, con hipocresía posmoderna: la literatura consiste en encontrarle un sentido a la vida que vaya más allá de las propias palabras, que se acerque más a esa otra margen de la realidad que vivimos aparentemente y, por qué no, luego de comprenderla, la transforme. La literatura de Saramago -cuando cuenta a un Jesús humano y herético, hace votar en blanco a todo un país como forma de protesta, enceguece a una ciudad para que vea mejor sus miserias, etc.- pide un lector crítico, espera por uno que no necesariamente cumpla el sueño eterno de la revolución, pero que se anime a llegar a esa margen que está del otro lado de la superficie y del mero entretenimiento. Saramago quiere (y ha formado) un lector con ideas. No en vano una gran cantidad de jóvenes encuentran en su obra un atractivo especial: plantea preguntas, siempre.
Hoy él está en esa otra margen de la realidad que absoluta e inevitablemente desconocemos. La margen del río cuyo misterio indescifrable, probablemente, quiso conjurar con su literatura. Sabemos, sus lectores todos, que lo logró.
9/6/10
La revista Turia publica, en España, “relato inédito” de John Cheever
Esta semana, la revista literaria española Turia dio a conocer lo que denomina “un relato inédito en castellano”: “Río de otoño”, ubicado en los años de la Gran Depresión (qué denominación perfecta para lo que el mismo Cheever era: una Gran Depresión). Pero da la casualidad que el libro que Fachu prometió prestarme incluye el cuento “Río de otoño” (según me contó por chat al mismo tiempo que empezaba a escribir estas líneas), en una edición colombiana de 1996. Es decir, ¿es una nueva muestra de ombliguismo cultural lingüístico de los españoles?