26/5/08

Dos imágenes

Ya no queda nada.

Solo dos deshilachadas imágenes migrantes del tiempo.

 

La primera.


Estás agazapada en mi sueño,

removés con una mirada sola

el barro doliente de la noche.

No hay forma de tocarte,

de llenar de dedos ásperos tu cuerpo.

Te desvanecés, te desvanecés siempre

cuando el sueño termina porque te desvanecés,

cuando apenas la mano se rebela

y estira las uñas hacia la oscuridad

y se repliega avergonzada en mis ojos abiertos.

 

La segunda.

Reaparecés, más tarde,

tensa y paranoica,

con los ojos aún anclados en el sueño,

con tu uniforme del colegio,

reaparecés, digo, en las hordas matutinas de los colectivos,

cuando caminás hacia el centro despacio,

y me levanto, soberano destruido por los años,

destejo las redes del temor y del frío

te cedo mi lugar, o intento hacerlo,

pero una mujer se adelanta,

una mujer muy otra, muy ajena,

y coloca su cuerpo apresurado donde estuvo el mío,

mientras yo desesperado te busco y ya no estás,

te bajaste nomás en alguna esquina

inventada por tu apuro,

por tu venganza de las primeras horas del día.


Por tu justa venganza, dirás.

5/5/08

Helio Vera, un buen cuentista que se ha ido

Alguna vez le escuché hablar a Helio Vera de sí mismo como de un buen cuentista. “Diría que para Paraguay, un muy buen cuentista”, remató, con una sonrisa pérfida de quien sabe de lo que está hablando, ante el silencio atento de una platea universitaria. Más allá de la desacostumbrada sinceridad con que cualquier escritor habla de su condición de tal, de cómo se ve en su propio espejo, la afirmación del creador paraguayo es, simplemente, incontrastable: él era un muy buen cuentista. Queda por aceptar o no, como suele suceder siempre con los libros paraguayos, si solo “para Paraguay” era un muy buen cuentista.
Con tres libros de relatos: Angola y otros cuentos (1984), La paciencia de Celestino Leiva (2004) y Trofeos de la guerra y otros cuentos picarescos (2007 ), su nombre está inscripto en la galería de los mejores narradores paraguayos de, por lo menos, los últimos 25 años. Por varios motivos: un profundo conocimiento bibliográfico y experiencial de la cultura paraguaya; un cultivo de la escritura tersa y pulcra, como pocas veces se acostumbra en nuestro medio; un manejo de la ironía y el humor que no desdeña la elegancia. En sus dos primeros libros, la fuente historiográfica (los tiempos de la Conquista y la Colonia, la Guerra de la Triple Alianza, los primeros años de la posguerra) son los temas que, casi con predilección, aborda, en algunos casos con cierto tufillo polémico, como sucede con “Primeras Letras: Jueves Santos, 1539”, de La paciencia de Celestino Leiva, donde fabula un supuesto malinchismo de la India Juliana, acaso amante de Juan de Salazar de Espinoza.
Varias historias y personajes son extraídos y resignificados por Helio Vera del imaginario de la gente del campo. En “Póra”, de Angola y otros cuentos, la creencia popular se convierte en cuento, pero también en reflexión ensayística, lo que lo muestra como un buen lector de Borges.
En su tercer libro, empezaba a despuntar un Helio Vera más cosmopolita (leyenda urbana, entretenida sala de Redacción de periódico, raras aficiones citadinas), tal vez el Helio Vera que sería, narrativamente hablando, con el correr de los años.
La literatura paraguaya lo echará en falta, es seguro.

Una mujer en la piel y la sangre de Bob Dylan


Hablar de Bob Dylan, intentar una muestra de su itinerario biográfico y existencial, es un ejercicio que implica, casi sin quererlo y aun así necesariamente, un repaso por la cultura popular del siglo XX. Joan Manuel Serrat lo sintetizó así: “Sin él ni se entiende la música, ni los últimos 50 años". Más certero y lapidario, imposible.
Tal vez por eso el director de cine norteamericano Todd Hynes filmó la película I’m not there (No estoy ahí), un retrato indirecto y calidoscópico del músico. Y lo hizo como lo hizo por ese afán abarcativo y vario: seis actores distintos interpretan facetas diversas, etapas de la vida de Dylan, en clave no mimética, sino tratando de captar el espíritu dylaniano a través de personajes relacionados con la poesía y la música, pero que no son exactamente Bob Dylan con nombre y apellido, sino más bien alias espirituales suyos.
No sé cuánto tiempo esperaremos para que la cinta llegue a las salas de cine del país o a los locales de alquiler de películas. Lo cierto es que buscando en Internet adelantos de I’m not there, sin saber mayores detalles de ella, lo confieso, me encontré con una foto que me llamó la atención. Un Dylan de expresión esquiva, etérea, con gafas oscuras, pelo enmarañado, un cigarrillo entre los dedos de la mano derecha y la izquierda cruzada sobre el abdomen, me dejó misteriosamente perplejo. Era y no era Dylan. Era y no era, además, la actriz australiana Cate Blanchett. Es decir, en el epígrafe de la foto decía que era ella interpretando a Bob Dylan. Pero a mí me parece que, mágicamente, eran los dos al mismo tiempo. Acaso la quintaesencia de la
actuación: no dejar de ser uno mismo para ser otro, y ser lo suficientemente otro para que
en los recodos secretos de la actuación se sienta que se sigue siendo uno mismo.
Debo confesar también que andaba pensando mucho en Cate Blanchett. La había visto en Elisabeth (en la primera versión de Shekar Kapur, no en la segunda del mismo director y que es del año pasado), y desde ese momento me pareció una actriz con mucha versatilidad. En El señor de los anillos fue una Galadriel perfecta, más de lo que es posible imaginar mientras se lee el libro de J. R. R. Tolkien. En El aviador ya había encarnado a una personaje difícil, del mismo gremio: la actriz Katharine Hepburn, asediada por el extravagante magnate y director y productor de cine Howard Hughes. Por este papel ganó el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto en 2004. (La película, entre paréntesis, estaba dirigida por Martin Scorsese, quien un año después dirigió el documental No direction home, basado en la vida de ¿quién?... de Bob Dylan). Pero,
no sé por qué, fue en Babel, de Alejandro González Iñárritu, donde terminé por aceptar que, definitivamente, Blanchett tiene un algo que cautiva, una presencia callada y soterrada que subyuga lentamente al espectador. No hace un personaje aparentemente exigente, pero igual resalta. En todo Babel se pasa sufriendo, al borde de la muerte, cuya antesala ya había sido el progresivo deceso de su relación con el personaje que encarnaba Brad Pitt. Muere eternamente
Blanchett.
Entonces, cuando la vi en esa foto interpretando a un Dylan roquero y ligeramente “pirado”, no tuve otra que aceptar naturalmente que era la actriz ideal, no solo por el parecido físico logrado, para mostrar la faceta más conocida de Dylan, la que es el cimiento de su leyenda: un poeta de la música, que del folk hizo rocanrol, una piedra rodante sobre la virtud y el vicio siempre intransigente de estar vivo. Claro, tal vez me equivoque, porque aún no vi la película, pero me juego las cartas que tengo a que la Blanchet interpretó su hasta ahora personaje más osado. No interpretó a alguien ya muerto, lo que aumenta las posibilidades de un rechazo del público y del
mismo interpretado. No interpretó a una persona de su mismo género. Interpretó, por
el contrario, a un hombre, viva memoria de nuestro tiempo, un músico que es poeta y un
poeta que es músico que ganó premios Grammy, el Príncipe de Asturias de las Letras y cuyo
nombre suena desde hace unos años (para desgracia y disgusto de quienes no ven a la poesía del rock como algo “trascendente”) como candidato a hacerse con el Premio Nobel de Literatura. No es poca cosa.

22/6/07

Pocas páginas y muchas nueces


La palabra está mencionada en la solapa: ambigüedad. El tiempo y la lectura demuestran que nunca hay que confiar mucho en lo que dicen los apéndices del libro, las partes de que está compuesta físicamente y que no son con exactitud el texto que iremos a leer, el que verdaderamente importa. No pocas veces la retórica promocional y comercial se abre paso para anular misterios y mistificar intrascendencias. Pero esa palabra escrita en la solapa de la edición de Acerca de Roderer (1992), la primera novela del escritor argentino Guillermo Martínez, define con precisa ambigüedad (con el perdón del oxímoron) la atmósfera, los personajes, la historia que sus páginas cuentan.
Gustavo Roderer, el protagonista, es un joven que vive en Puente Viejo, pequeño pueblo argentino. El narrador, también joven, lo conoce un día en un bar del pueblo, en donde se bate junto a él en un juego de ajedrez del que resulta, con el orgullo roto, perdedor. Es el inicio de una relación que no desconoce los largos silencios, pero que está abonada por una fascinación que tampoco rehúye las posibilidades de la inquina y la envidia más sutiles. Roderer abandona los estudios secundarios y se recluye en su casa para seguir con sus extrañas investigaciones, que el narrador ignora con cierto estupor e impotencia. Ambos personajes se ven inmersos en una callada competencia en busca del conocimiento. Roderer, retraído y solitario, enuncia reflexiones con aguda penetración filosófica; y el narrador, después de terminar los estudios en el colegio, se marcha a la universidad para estudiar matemáticas, aconsejado por el mismo Roderer. Así como el lector, el narrador desconoce la naturaleza de las investigaciones de Roderer. La maquinaria ambigua, que escamotea información, edifica misterios, ventanas y puertas falsas, en la línea del Henry James de Otra vuelta de tuerca, se apodera de lo narrado, revela debilidades y ausencias de certezas en el discurso del narrador.
Una veta que acentúa la sensación de estar metido en una historia cuyos resortes se desconoce, pero sin perder nunca un hilo narrativo óptimo y atractivo, es la que se da a partir del enamoramiento de Roderer por parte de Cristina, la hermana del narrador. Para quien nos cuenta la historia, la atracción que ejerce Roderer sobre su hermana es directamente proporcional a la que ejerce sobre él mismo. Nada más que, fracturado el afecto por el cuchillo del amor, el sufrimiento es mucho más grande en Cristina: Roderer prefiere los libros, el encierro y la oscuridad, antes que preocuparse por las "cosas mundanas", aunque siempre hay lugar para la sospecha de que la propia hermana fue más allá, de alguna manera, en su contacto y comunicación con el protagonista.
Es imposible dejar de pensar en dos autores cuando se lee Acerca de Roderer. En primer lugar, en Goethe, o más exactamente en su versión del mito del doctor Fausto. La sed de conocimiento de los dos personajes principales es una reactualización moderna, y en clave muy "tercermundo", del mito de la persecución de la razón tras el sentido último de la vida. En este caso, nadie vende su alma al diablo. Más bien hay una ausencia de comprador o de chivo expiatorio, pero el precio a pagar es también muy alto. En segundo lugar, Hermann Hesse, y más específicamente el Hesse de Demian, una obra paradigmática de la novela de formación, últimamente un tanto perimida. Aquí el narrador innominado hace las veces de Emil Sinclair, y Roderer es un Demian argentino. Sin embargo, en la novela del alemán la fascinación del narrador (Sinclair) le llevaba a una siempre condescendiente aceptación de las enseñanzas de Demian. En la obra de Guillermo Martínez, el narrador se rebela ante la singularidad (y superioridad) de Roderer. Así también, el libro está exento de esa parafernalia simbólica y de la pretensión moralizante de Demian. La filiación es evidente, pero el hijo salió mejorado, por lo menos en lo que respecta a efectismos.
La novela, en varios aspectos, parece estar escrita para un público europeo. Es arriesgada esta afirmación, lo sé, pero el hecho de que esté inscripta en una tradición europea en franca decadencia parece abrir paso a la creación de atmósferas, situaciones y personajes caros a esa frialdad existencial de entreguerras. Es justamente la Guerra de las Malvinas –única alusión importante a un contexto histórico definible– la que abre una brecha en la historia, una brecha no tan grande en lo temporal, pero con gigantes efectos emocionales que trastocan la visión del narrador con respecto a su pueblo, su familia y su oscuro amigo.
Libro para cualquier público, Acerca de Roderer demuestra que aún se puede escribir, con intervenciones decisivas para su actualización, una novela con ideas, con enseñanzas y aprendizajes. Además, prueba que en 117 páginas se puede decir mucho.

12/6/07

Fragmento de "Amuleto", de Roberto Bolaño

Entonces yo tomaba aliento, dudaba, ponía la mente en blanco y finalmente decía: mis profecías son éstas.
Vladímir Maiakovski volverá a estar de moda allá por el año 2150. James Joyce se reencarnará en un niño chino en el año 2124. Thomas Mann se convertirá en un farmacéutico ecuatoriano en el año 2101.
Marcel Proust entrará en un desesperado y prolongado olvido a partir del año 2033. Ezra Pound desaparecerá de algunas bibliotecas en el año 2089. Vachel Lindsay será un poeta de masas en el año 2101.
César Vallejo será leído en los túneles en el año 2045. Jorge Luis Borges será leído en los túneles en el año 2045. Vicente Huidobro será un poeta de masas en el año 2045.
Virginia Woolf se reencarnará en una narradora argentina en el año 2076. Louis Ferdinand Céline entrará en el Purgatorio en el año 2094. Paul Eluard será un poeta de masas en el año 2101.
Metempsicosis. La poesía no desaparecerá. Su no-poder se hará visible de otra manera.
Cesare Pavese se convertirá en el Santo Patrón de la Mirada en el año 2034. Pier-Paolo Pasolini se convertirá en el Santo Patrón de la Fuga en el año 2100. Giorgio Bassani saldrá de su tumba en el año 2167.
Oliverio Girondo encontrará su lugar como escritor juvenil en el año 2099. Roberto Arlt verá toda su obra llevada al cine en el año 2102. Adolfo Bioy Casares verá toda su obra llevada al cine en el año 2105. Arno Schmidt resurgirá de sus cenizas en el año 2085. Franz Kafka volverá a ser leído en todos los túneles de Latinoamérica en el año 2101. Witold Gombrowicz gozará de gran predicamento en los extramuros del Río de la Plata allá por el año 2098.
Paul Celan resurgirá de sus cenizas en el año 2113. André Bretón resurgirá de los espejos en el año 2071. Max Jacob dejará de ser leído, es decir morirá su último lector, en el año 2059.
¿En el año 2059 quién leerá a Jean-Pierre Duprey? ¿Quién leerá a Gary Snyder? ¿Quién leerá a Ilarie Voronca? Éstas son las cosas que yo me pregunto.
¿Quién leerá a Gilberte Dallas? ¿Quién leerá a Rodolfo Wilcock? ¿Quién leerá a Alexandre Unik?
Nicanor Parra, sin embargo, tendrá una estatua en una plaza de Chile en el año 2059. Octavio Paz tendrá una estatua en México en el año 2020. Ernesto Cardenal tendrá una estatua, no muy grande, en Nicaragua en el año 2018.
Pero todas las estatuas vuelan, por intervención divina o más usualmente por dinamita, como voló la estatua de Heine. Así que no confiemos demasiado en las estatuas.
Carson McCullers, sin embargo, seguirá siendo leída en el año 2100. Alejandra Pizarnik perderá a su última lectora en el año 2100. Alfonsina Storni se reencarnará en gato o león marino, no lo puedo precisar, en el año 2050.
El caso de Antón Chéjov será un poco distinto: se reencarnará en el año 2003, se reencarnará en el año 2010, se reencarnará en el año 2014. Finalmente volverá a aparecer en el año 2081. Y ya nunca más.
Alice Sheldon será una escritora de masas en el año 2017. Alfonso Reyes será definitivamente asesinado en el año 2058 pero en realidad será Alfonso Reyes quien asesine a sus asesinos. Marguerite Duras vivirá en el sistema nervioso de miles de mujeres en el año 2035.
Y la vocecita decía qué curioso, qué curioso, algunos de los autores que nombras no los he leído.

31/5/07

Golpes


A César Vallejo,
que era un poeta no menor de la antología,
le pegaban.
Es casi seguro
que lo hicieran en París
los días jueves,
mientras los fugaces aguaceros
empapaban las ventanas
y el peso de la pluma
le hacía tener hijos que eran sonetos sobre la muerte.

A mí,
que no soy César Vallejo
y no merezco siquiera ser antologado,
también me pegan,
durísimo.
Lo hacen casi sin concesiones en Asunción,
en cualquier día de la semana
-pero con cierta preferencia los domingos-
mientras el sol dormita
o se encabrita por no morir en el crepúsculo,
y la pluma abre la memoria para ser herida abierta
entre mis manos.

La esquina


Qué mucho puede doler una esquina,
si allí se erige
el apesadumbrado edificio
donde hombres y mujeres cabizbajos y en silencio
hablan con alguien horriblemente muerto
para expiar las culpas
del secreto y viejo pederasta,
la maldecidora profesional de la cuadra,
el niño o la niña que robó los frutos
del árbol de guayaba del vecino.

Qué mucho puede doler,
si en esa esquina medieval del barrio
un hombre mira,
con tristeza anónima,
cómo el largo tul de una novia
se deja tragar por el epifánico
sacramento del matrimonio;
cómo su cuerpo se adapta
a la blancura cínica del vestido,
ese cuerpo que ayer nomás
-¡ayer nomás!-
había visto desnudo el hombre que mira,
mientras la hoy novia le había dicho
en un oscuro cuarto de hotel,
bañada en lágrimas
que el hombre que mira jura que parecían reales:
“No lo voy a hacer, mi amor.No lo voy a hacer”.

Certezas

¿Te acordás que una vez
a las cuatro de la mañana
de un incipiente sábado,
me dijiste con taxatividad irrefutable:
“No puedo”,
y tuve que dormir
acurrucado en el sofá,
ccosados mis sueños
por el ir y venir incensante
de tu perro pesadillesco e insomne?

¿Sí? Bueno.
Ese día comprendí que,
definitivamente,
no me amabas y no lo ibas a hacer nunca;
y de paso,
confirmé que el perro no es,
ni un poquito,
el mejor amigo del hombre.

21/5/07

Canto

A Mariela Gauto, una voz en la ciudad

Ayer cantaste
bajo el aura fugitiva de las estrellas.
Apretujada por el cemento de la ciudad,
estrellas cantaste ayer,
aura fugitiva.

Bifurcaciones




Sentados en un banquito derruido
de una plaza de Buenos Aires,
rodeados por las palomas mustias del atardecer,
te confesé, amiga mía, que te amaba.

A la mañana siguiente,
tomaste tus ropas y tus libros
-la poesía completa de Paul Celan
robada por mí y regalada a vos-
y volviste a Europa en el primer vuelo de Lufthansa;
y yo, con los ojos insomnes,
partí de Retiro,
en un ómnibus prosaico y frío,
hacia las rotas horas de Asunción.