24/6/08

De las lecturas y otras yerbas



Es una de esas semanas. Tengo la cabeza atravesada por mil dagas, mil dagas literarias. Leo varios libros al mismo tiempo, terminé de escribir un cuento y empecé otro. No es normal en mí, lo sé, lo confieso.
James Ellroy está en mi sala. Las cien primeras páginas de L.A. Confidencial son un suspiro seco y sucio. Sus frases cortas, con olor a lápida -¿cómo es el olor a lápida?, en realidad no lo sé pero me lo imaigno- taladran mi cabeza con su ritmo telegráfico. Hay tres policías: a uno de ellos le pesa el asesinato de su madre de la que fue testigo, allá en su infancia, a manos de su propio padre; a otro, de la división de narcóticos, lo miran de reojo y mal las estrellas de Hollywood y la televisión, porque los persigue por consumir drogas mientras en su cama lo espera siempre una joven y bella ex drogadicta; al tercero, una inusual concepción del honor y la ética policíacas lo sume en el desprecio de sus iguales y en la cómoda aprobación de sus superiores. Desespera Ellroy con su sordidez, pero también despierta con su palanganazo de agua fría en el rostro de sus lectores. Nunca vi la película basada en la novela ni pienso hacerlo hasta que termine el libro. No es una novedad que casi siempre uno se lleva una decepción irritante cuando ve SU libro maltratado por el cine. De todos modos, puede que haya sucedido con él lo que alguien por ahí dice que sucedió con una mala tradución de Shakespeare: ni la más infame de las traslaciones puede esconder el genio de artista verdadero.
Manuel Puig está en mi habitación, abajo de mi cama. La traición de Rita Hayworth se dejó leer, hasta ahora, unas cincuenta páginas. Le decía a Eulo, un amigo que muchos conocerán y otros pocos no, que sorprende cómo Puig se adentra como en su casa en historias que aparentemente inducen a pensar que son más apropiadas para la radionovela o la telenovela. Esa, de hecho, es su marca: hacer un collage con la novela rosa, la experimentación más sutil e impertinente, el ritmo fuera del tiempo del pueblo y sus mitos. En la novela que leo hay dos amas de casa que debaten sobre las muchas formas de hacer que quede lindo un bordado; dos empleadas domésticas se reparten la parte de la historia que saben sobre los amores y desamores -aprobados o desprobados- de sus patrones. Eso, solo eso, en las primeras cincuenta páginas. Ya empieza a aletear de a poco la magia social del cine sobre el pueblo, el olor del perfume de Rita Hayworth. Algo va a suceder, como siempre, en torno a las historias y los personajes del cine, porque ellos, aunque no lo crean, son como nosotros o como queremos ser (por lo menos en las películas).
Woody Allen también está en mi sala, aunque sospecho que solo por ahora. En algún momento llegará a mi habitación, más temprano que tarde. Ayer me prestaron un volumen que recoge tres títulos de su autoría: Cuentos sin plumas. El mismo incluye el archiconocido Cómo acabar con la cultura de una vez por todas, Sin plumas y Perfiles. También fueron cincuenta las páginas que hasta ahora me acompañaron. Me reí mucho leyéndolo, como hace rato no sucede con ninguna de sus últimas películas. Un alemán llamado Friedrich Schmeed publica sus memorias, es el barbero personal de Hitler y arroja luces sobre hechos desconocidos del Tercer Reich: Hitler se embarca en una loca carrera por saber, preguntando con ímpetu nazi a sus más cercanos colaboradores, si un cambio de look le vendrá bien para darse renovados bríos y ganar la guerra: quiere dejarse las patillas, pero no decide si permitir que le crezcan ambas, la del lado derecho o la del izquierdo. Al final, una información de inteligencia zanja la cuestión: Winston Churchill también quiere dejarse las patillas y es inconcebible que el Führer imite al líder inglés, capo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Otra revelación: una conspiración de algunos militares del alto mando está en marcha. Quieren afeitarle el célebre bigote a la máxima autoridad alemana. Milagrosamente, Hitler se salva: su verdugo actuaba a oscuras y sólo atinó a rasurarle una ceja. En otro cuento, el últimamente enamorado y vuelto a desenamorar de Scarlett Johansson, cuenta la historia poco conocida del inventor del sandwich, que no es otro que el conde de Sandwich. Éste desde niño ya había mostrado una sagrada inclinación hacia la "gastronomía de autor". En trance por el inminente momento en que inventará el bocado que solemos engullir ante la alucinada presión del tiempo, el conde avisora su cercano invento: corta dos rebanadas de pan, las coloca una sobre otra y encima de las dos pone un trozo de pavo. ¡El sandwich ya está a punto de ser inventado! Así ko es Woody Allen. Cuando uno termina de ver una de sus más recientes creaciones y sale con una leve frustración de la sesión, te ofrece la posibilidad de buscar en la mesita de la sala de tu casa un ejemplar de un libro suyo y conjurar el fracaso con una risa desvergonzada e inteligente.
Otro libro. Alberto Fuguet. Ayer traje sus Apuntes autistas de la casa de Jazmín, poeta y actriz que muchos conocerán y otros pocos no. Es un libro que te cuestiona. Te cuestiona tus propios gustos, tus propias diatribas. Tus filias y tus fobias. Es una especie de autobiografía basada en lo que el chileno viajó, leyó, vió y escribió. Con este libro partí con ventaja. Antes de prestárselo a Jazz, leí unas cien páginas, un poco -no, muy- desordenadamente. Lo mejor: su encuentro casual con Richard Ford, el autor del libro en el que está basada la película El día de la independencia. (El encuentro incluye una visita posterior al edificio en donde trabaja el escritor y guionista, en donde estaaaaa nomás Martin Scorsese). Sus divagues, muy personales, sobre el cine en particular y en general (una apología honesta, y fanática también, de John Cusak, un encuentro con Woody Allen, sus mambos con la crítica de cine). Su defensa a regañadientes del Gabriel García Márquez periodista. Su entrevista con Woody Allen. Sus referencias que le permiten a uno decir "este es de los nuestros". Lo peor: Sus ataques al llamado "cine-arte": critica la pose intelectual del cine europeo frente al armazón narrativo más asible del de Hollywood. Fuguet pretende ser un adelantado que descubre que Hollywood tiene muchísimas cosas buenas y que el "cine-arte" es snob. No alcanza a darse cuenta que esa pretendida "inteligencia" con que desdeña y defiende lo convierte en un snob más que reivindica lo que otros critican.
Hoy me trajeron el último libro de Philip Roth, Sale espectro. Es el escritor norteamericano vivo que mas me gusta, muerto Kurt Vonnegut, repetido hasta el hartazgo Paul Auster, perdida las huellas de John Updike, una sola novela leída de Don Delillo, ninguna de Thomas Pynchon que dicen que la rompe. Leí el primer capítulo y pinta bien. Un escritor solitario y de setenta años regresa después de muchos años a Nueva York, en una etapa en que la fama ya le es esquiva y el cáncer de próstata lo condena a la incontinencia urinaria. Vamos a ver cómo sigue la cosa.
Me acabo de dar cuenta que sin quererlo, casi todas mis lecturas están signadas por el cine. Ando viendo mucho cine también. De hecho, antes de terminar este divague, vi una película, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Interesante western, lento como no se acostumbra tanto en el género, pero si en lo más cool de Hollywood (Fuguet diría que es una mala influencia del cine europeo y yo me reiría pérfidamente). Brad Pitt como siempre: actuando para las mujeres. Él es el protagonista, él es Jesse James, pero el que interpreta a Robert Ford, Casey Affleck, se roba la película, como le viene sucediendo a menudo a Pitt cada vez que se enfrenta a un papel principal. El filme, para mi gusto, tiene partes extraíbles, unos veinte minutos de más, un elenco dispar. Ya da para sentir nostalgia del western.
Bueno, me cansé.

20/6/08

Nostalgia japonesa en Tokio blues

No recuerdo la primera vez que escuché o leí el nombre de Haruki Murakami, pero no habrá sido hace mucho tiempo. Dos o tres años, acaso. Es casi seguro que fue por la misma época en que los nombres de Kazuo Ishiguro y de Hanif Kureishi llegaron a mí, tan sonoros y lejanos como el primero, con ese sospechoso halo exótico ya trasvasado de "realidad consumible", a causa de la mistificación que opera sobre los "objetos de consumo" la cultura occidental (vamos, la norteamericana, especialmente).
Hace unos meses conseguí un título de cada uno de estos escritores y, acicateado por la curiosidad, leí sus libros. En este lugar hablaré, primeramente, de Tokio blues de Murakami.
Publicado originalmente en 1987, en Japón, país de donde es originario su autor, Tokio blues vendió casi cuatro millones de ejemplares y catapultó a Murakami al sitial del escritor japonés de la actualidad de mayor proyección mundial. Su traducción al inglés permitió que otras lenguas albergaran la novela, entre ellas el español.
La misma habla de un estudiante universitario japonés (Toru Watanabe) que en un aeropuerto de Hamburgo, Alemania, escucha en los altoparlantes la melodía de "Nowergian wood" de Los Beatles, y el recuerdo de su adolescencia y su juventud, asociado inefablemente a esa melodía, es recobrado no sin nostalgia y amargura. Allí comienza la tantas veces visitada y revisitada "búsqueda del tiempo perdido", en donde la canción de Los Beatles es la magdalena sumergida en el té que provoca el deseo de recuperación de la infancia del protagonista de la célebre obra de Marcel Proust. Entonces es cuando Naoko, Kizuki, Nagasawa, Midori, Reiko y otros pocos más flotan sobre la superficie de la memora del protagonista y narrador de Tokio blues.Todos ellos están particularmente relacionados con el personaje principal por medio del suicidio, la locura, el amor y el sexo. Un cóctel explosivo, gris y pérfido por momentos.
La novela es un aterrizaje (sutilmente turbulento, aparentemente inocente) a los años 60 en Japón. La metáfora utilizada aquí en relación al inicio de la novela no es casual.  Si bien la historia no ceja en su cometido de atrapar por el lado de los enredos con el mundo y consigo mismo de parte de Watanabe, hay una veta, caudalosa y subterránea, que desemboca en las señas de identidad de un Japón progresivamente incorporado al ritmo de la cultura occidental tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. El aterrizaje de Watanabe en Alemania, el origen de su divague memorioso, sigue los puntos suspensivos del pasado para buscar el principio de la tristeza, pero también los preliminares del aterrizaje de una penetración cultural celebrada o simplemente aceptada sin más, aunque ello no merezca, al parecer, mucha atención en la superficie de lo narrado. Por eso, los marcos referenciales a que se remite la obra (en cuanto a la cultura) y que envuelven a los personajes, son decididamente occidentales: Nagasawa, el amigo escéptico -cuando no nihilista- de Watanabe, tiene, como éste, a El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald como libro de cabecera; Los Beatles planean con su fulgor desenfadado, cándido o denso, sobre toda la novela; las discusiones universitarias están regadas de un marxismo a medida, de lo que resulta una especie de juego de niños a veces intolerable, con el fondo de una cantinela revolucionaria ingenua; Watanabe estudia Teatro en la universidad y cuando su compañero de cuarto, Tropa-de-asalto, le pregunta qué es exactamente lo que estudia, el mismo explica que lee a "Racine, Ionesco, Shakespeare", y más tarde a un moribundo le habla del teatro clásico griego. Son solo muestras de cómo el discurso está transversalmente cruzado por marcas -a veces, marcas en el sentido puramente comercial del término, el de Naomi Klein- oriundas de otras matrices culturales, que fueron apropiadas por los japoneses, resignificadas en algunas oportunidades, simplemente aceptadas con sus carencias de espesor semántico en otras. No se nos cuenta -no lo busquen en ninguna de sus páginas- qué es de la vida de Watanabe tras el descalabro de su juventud. Solo un dato: un aterrizaje en el aeropuerto de Hamburgo, heridas del pasado. ¿Watanabe huye de ese Japón devenido en vértigo y se arropa con las marcas y cicatrices de Occidente? No lo sabemos, pero hay lugar para la sospecha.
En lo que hace, estrictamente, a las tribulaciones del joven Watanabe, hay una referencia ineludible para el lector medianamente informado: Milan Kundera. Pero todo lo que en éste es excesivamente insoportable y leve, en Murakami es concentrado y creíble. El japonés, al igual que el checo, busca decir lo indecible de los pasajes de la vida cotidiana y su conflictos posibles. Pero Tokio blues no está imbuido de ese tufillo oportunista que exhala en las portadas caracterizaciones comerciales del tipo "la novela sobre la represión comunista en Checoslovaquia", como sucede con Kundera. Tal vez por eso el checho hoy está escondido tras su propia cortina de hierro, incapaz de reactualizar su discurso, pretendidamente eterno.
Tokio blues tiene todas las señas de las novelas contemporáneas: desenfado, linealidad sin óbices, cierta permeabilidad cinematográfica, contextos macrosociales mimetizados sutilmente en los más mínimos avatares de los personajes. No será una de las grandes novelas de los últimos veinte años, pero pide a gritos que se la lea por honesta y entretenida.

17/6/08

Creación y erudición

El libro Poesía congregada y otros afanes (2007), de Carlos Villagra Marsal, permite varias entradas, desde las puertas que abren los catorce poemas de la primera parte, ubicados en contextos temporales específicos y sus motivaciones varias, pasando por la reflexión crítica sobre un momento fundacional de la modernidad literaria en español (la del Siglo de Oro), hasta el responso personal y la ubicación estratégica y particular de dos poetas paraguayos, José-Luis Appleyard y Elvio Romero, en el concierto de la literatura nacional.
Seguir la lectura de los poemas en el orden cronológico propuesto por Villagra Marsal hace que se puedan percibir las evoluciones formales y temáticas de la poética del autor de El júbilo difícil. Los versos escritos en los años 50, según se consigna al pie de los poemas, se reparten entre la utilización de la métrica endecasilábica y de versos de arte menor y su (aparente) abandono. Quizá el más resaltable de esos poemas sea el soneto “Donde estuviere”, dedicado a Hérib Campos Cervera en el año de su muerte, 1953. “Hérib, la primavera de tu sombra/ convierte en luz el agua de tu herida/ y en música de siglos tu desvelo”, dice Villagra Marsal, acaso erigiendo justicieramente la sombra tutelar de Campos Cervera sobre los
poetas de la generación del 50,a la que pertenece Villagra.
En los poemas de las décadas del 90 y del 2000, hay un mirada especular y metalingüística del acto mismo de escribir. Ya no la elegía, sino la gravedad del poeta ante su instrumento creador y el resultado. En “Los solitarios” el poeta no tiene más que a su propia creación: “Únicamente yo y este poema somos en el mundo”. En un poema sin título de 1997 se reafirma la tendencia: “Solamente estos versos y yo palpitamos en el mero universo”. Y la conclusión en “Certeza y no”, del 2001, se llena de angustiosa incertidumbre: “El poeta ya no sabe quién es”.
Las Novelas ejemplares, de Cervantes; La Celestina, de Fernando de Rojas; Fuenteovejuna, de Lope de Vega; El Lazarillo de Tormes, de autor anónimo; y La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca, son las obras analizadas por un atento y erudito Villagra Marsal. La elección de estas obras no es casual: proponen cuestiones inherentes a la teoría y la historia de la literatura en español, además de demostrar que –con mayor intensidad hasta la generación del 50, sin obviar a las siguientes– la literatura española de los siglos XVI y XVII ha sido una fuente ineludible para los escritores paraguayos.
En cada uno de los estudios, Villagra aporta un descubrimiento preciso y oportuno: muchos de los términos utilizados por los autores analizados, a veces tomados de las capas sociales más bajas de la España medieval y renacentista, han emigrado al castellano paraguayo. Algunos ejemplos: rabel, sortija (el juego a caballo), ladronicio, malavisión, entre muchos otros; o locuciones como “no me hallo” (no estoy a gusto) y “¿qué a mí?”.
Dos de los ensayos, a mi parecer, son los de mayor profundidad y relevancia, por razones que se tocan y se separan. Por un lado, el dedicado a La Celestina, por ser ésta la obra que empuja el nacimiento del teatro clásico español y por mostrar la importancia de la misma en el contexto ibérico y aun mundial: Fernando de Rojas era un judío converso, habitante de una España decididamente intolerante tras la expulsión de los hebreos y los musulmanes, hecho y consecuencia que marcarían de manera decidida y única la redacción de La Celestina. Por otro lado, el dedicado a La vida es sueño, por ser esta obra, simbólicamente hablando, el telón, el último suspiro del Siglo de Oro antes de sumirse en un ocaso, que no dejó de tener sus honrosas excepciones, pero que ya no llegaría a la cumbre cultural alcanzada por la España de aquel tiempo.
Sobre La Celestina me gustaría decir algo. Villagra Marsal se acerca, tímidamente y sin quererlo, a una vinculación de la obra de Fernando de Rojas con un autor también proscripto, y aun ignorado por la “crítica seria”, sospechosa de conservadurismo moral más que literario, como lo denunciara Susan Sontag: el Marqués de Sade. Cuando Villagra lamenta la no aparición de Rojas en La Literatura y el Mal, de George Bataille, no consigna que el autor canónico del pensador francés es otro “maligno” francés: Sade. Según muy bien acertó a iluminar el escritor español Juan Goytisolo, en su ensayo “La España de Fernando Rojas” (Disidencias, 1977), con título homónimo al libro de Stephen Gilman, The Spain of Fernando Rojas (1972), autor citado como un comentarista más por Villagra Marsal, Sade tiene en La Celestina un “precedente notable” de su universo: el del Mal y el egoísmo como categorías de lo humano más humano (catalizados por el erotismo), el de la soledad y la incomunicación, el del cristianismo erosionado y la diferencia como cruz y como estigma social. Ahí radica uno de los puntos claves de la modernidad de Rojas: como Sade, ha desembocado en nuestro tiempo pulsando las represiones individuales y sociales más sensibles y convirtiéndose de acusado en acusador, como anota Goytisolo.
Finalmente, los sentidos textos dedicados a José-Luis Appleyard y Elvio Romero nacen de la fuente de la amistad para decir –con la nostalgia del compañero que se queda a sufrir la ausencia– el exacto lugar que ocupan los nombres de estos poetas en la literatura nacional. Appleyard expresó “el más variado espectro de nuestra condición humana paraguaya y por ende universal”; y Romero es “el más leído de los poetas del Paraguay”. Todo dicho.
Un libro breve, pero precisamente concentrado en sus potencialidades imaginativas y críticas, el de Villagra Marsal.

El placer de contar bellamente y no dejar de ser pedagógico


Contar la historia universal no es menuda tarea, cuando no es vanamente pretenciosa e imposible. Abundan por ahí los manuales al uso, casi siempre redactados con acento grandilocuente, embrujados por la vida y la obra de los “grandes hombres”, los grandes imperios, los grandes vencedores. Por eso, tal vez, el nuevo libro de Eduardo Galeano, Espejos (Siglo XXI Editores, 2008) lleva el más humilde subtítulo de “Una historia casi universal”. Porque no puede, por supuesto, abarcarlo todo, y porque su Norte (mejor sería decir su Sur) no está signado por las fiebres triunfales de los grandes relatos, sino más bien por las pequeñas crónicas de la infamia y el dolor de los vencidos, los perdedores, aquellos que no merecen mucha atención en las “historias oficiales”, ni explosivos titulares en los diarios, ni lugares preponderantes en los anales de la Historia con mayúscula; pero que, sin embargo, han definitivamente hecho posible mucho de lo que hoy conocemos y desconocemos como herencia de los tiempos.

En la línea de anteriores trabajos suyos, como los tres tomos de las Memorias del fuego y El libro de los abrazos, Espejos está lleno de nombres poco frecuentados por la memoria. Negros, esclavos, indígenas, homosexuales, mujeres, obreros, poetas. Pero también habla de los “eternizadores de dioses del ocaso”, para parafrasear a Silvio Rodríguez. Emperadores, conquistadores, Papas, dictadores, banqueros, empresarios, patrones. Y revela lo que todo el mundo ya sabe desde hace siglos, pero se niega a aceptar o lo silencia: Están los que se especializan en ganar y los que se acostumbran a perder; éstos, casi siempre, en virtud de la ganancia de los primeros. Cada bando está condicionado por variables que, llamativamente, siguen siendo las mismas desde el origen de la Historia, lo que es decir desde el surgimiento del poder. Uno está a un lado u otro de la vida según sea negro o blanco, pobre o rico, hombre o mujer.
La manera de contar de Galeano provoca que tomemos un sorbo de realidad, pero desde la metáfora. Es decir, hurga en los hechos, pero les muda el sentido, como reflejados en un espejo (precisamente) que jamás devuelve la misma imagen, pero siempre nos reconocemos en él. En ello, en el arte de la parodoja, de la fatal contradicción que uno no sabe ya si provoca rabia o risa, el escritor uruguayo es un maestro: hace notar, por ejemplo, cómo Teddy Roosevelt, ex presidente de los Estados Unidos, dijo que “ningún triunfo de la paz es tan grandioso como el triunfo supremo de la guerra”, y luego se hizo acreedor del... Premio Nobel de la Paz.
Tres de los textos están dedicados al Paraguay, todos ellos relacionados con la Guerra de la Triple Alianza, como ya lo hiciera en otros libros. En el primero de ellos, “La letra con sangre entra”, hace ver que mientras Estados Unidos y Japón apuntalaban sus respectivas independencias y dominios, el Paraguay estaba siendo aniquilado por eso. En el segundo, “Prendas típicas”, revela cómo la industria textil británica había fabricado uniformes para el ejército turco y cómo esos mismos uniformes fueron los que ataviaron a los aliados en su aventura de aniquilación de Paraguay. Y en el tercero, “Aquí fue Paraguay”, cita una frase del conde D’Eu, el “Mariscal de la Victoria” brasileño, quien acabada la guerra y ante la imprevista duración de la misma, exclamó: “La Guerra del Paraguay creó para mí una repugnancia invencible por cualquier trabajo prolongado.”
Galeano sabe que un texto puede ser al mismo tiempo pedagógico y bello. Espejos rebosa de historias que enseñan y emocionan por su breve belleza. Ni siquiera se le pueden achacar al escritor sus sucesivas repeticiones de fórmulas. Simplemente, lo que está bien contado, está bien contado y listo.

11/6/08

Entre el si y el no

Ella no sabía decir que no.
Ni a mí, ni a nadie.

Bastaba con que en la barra de un bar
una canción de Edith Piaf,
el alcohol como un reguero de sombras
la mecieran
para consumar
la alquimia del deseo.

Solamente una vez
estuve entre sus piernas.
No quise volver allí, sin embargo,
hasta aprender a hacerme hombre a golpes.

Años después,
ella está muerta,
a dos metros bajo tierra.
Nada crece a su alrededor,
excepto el pálido reflejo de la tristeza
en ciertas horas de la tarde.

En este tiempo solitario y perverso,
cuanto extraño esa afirmación de lo posible,
escondida bajo la lengua,
súbitamente despierta
para cortar de un tajo
el acre gusto del fracaso.

Es extraño:
hoy,
cuando me dicen que no,
doy media vuelta y masco entredientes, abatido,
la negación de la apetencia más torpe, más ruin.

Ella hoy está bajo mis pies,
y no comprendo cómo
pude pensar que aquello fue solo una parada
a la que no había de volver así nomás.

Me gustaría que estuviera aquí,
sentada en el banco de la plaza,
sonriente y astutamente tonta, como siempre,
para decirle que no hay peor recuerdo
que aquél, tan terrible, de Paolo y Francesca
en el libro del Dante.

26/5/08

Dos imágenes

Ya no queda nada.

Solo dos deshilachadas imágenes migrantes del tiempo.

 

La primera.


Estás agazapada en mi sueño,

removés con una mirada sola

el barro doliente de la noche.

No hay forma de tocarte,

de llenar de dedos ásperos tu cuerpo.

Te desvanecés, te desvanecés siempre

cuando el sueño termina porque te desvanecés,

cuando apenas la mano se rebela

y estira las uñas hacia la oscuridad

y se repliega avergonzada en mis ojos abiertos.

 

La segunda.

Reaparecés, más tarde,

tensa y paranoica,

con los ojos aún anclados en el sueño,

con tu uniforme del colegio,

reaparecés, digo, en las hordas matutinas de los colectivos,

cuando caminás hacia el centro despacio,

y me levanto, soberano destruido por los años,

destejo las redes del temor y del frío

te cedo mi lugar, o intento hacerlo,

pero una mujer se adelanta,

una mujer muy otra, muy ajena,

y coloca su cuerpo apresurado donde estuvo el mío,

mientras yo desesperado te busco y ya no estás,

te bajaste nomás en alguna esquina

inventada por tu apuro,

por tu venganza de las primeras horas del día.


Por tu justa venganza, dirás.

5/5/08

Helio Vera, un buen cuentista que se ha ido

Alguna vez le escuché hablar a Helio Vera de sí mismo como de un buen cuentista. “Diría que para Paraguay, un muy buen cuentista”, remató, con una sonrisa pérfida de quien sabe de lo que está hablando, ante el silencio atento de una platea universitaria. Más allá de la desacostumbrada sinceridad con que cualquier escritor habla de su condición de tal, de cómo se ve en su propio espejo, la afirmación del creador paraguayo es, simplemente, incontrastable: él era un muy buen cuentista. Queda por aceptar o no, como suele suceder siempre con los libros paraguayos, si solo “para Paraguay” era un muy buen cuentista.
Con tres libros de relatos: Angola y otros cuentos (1984), La paciencia de Celestino Leiva (2004) y Trofeos de la guerra y otros cuentos picarescos (2007 ), su nombre está inscripto en la galería de los mejores narradores paraguayos de, por lo menos, los últimos 25 años. Por varios motivos: un profundo conocimiento bibliográfico y experiencial de la cultura paraguaya; un cultivo de la escritura tersa y pulcra, como pocas veces se acostumbra en nuestro medio; un manejo de la ironía y el humor que no desdeña la elegancia. En sus dos primeros libros, la fuente historiográfica (los tiempos de la Conquista y la Colonia, la Guerra de la Triple Alianza, los primeros años de la posguerra) son los temas que, casi con predilección, aborda, en algunos casos con cierto tufillo polémico, como sucede con “Primeras Letras: Jueves Santos, 1539”, de La paciencia de Celestino Leiva, donde fabula un supuesto malinchismo de la India Juliana, acaso amante de Juan de Salazar de Espinoza.
Varias historias y personajes son extraídos y resignificados por Helio Vera del imaginario de la gente del campo. En “Póra”, de Angola y otros cuentos, la creencia popular se convierte en cuento, pero también en reflexión ensayística, lo que lo muestra como un buen lector de Borges.
En su tercer libro, empezaba a despuntar un Helio Vera más cosmopolita (leyenda urbana, entretenida sala de Redacción de periódico, raras aficiones citadinas), tal vez el Helio Vera que sería, narrativamente hablando, con el correr de los años.
La literatura paraguaya lo echará en falta, es seguro.

Una mujer en la piel y la sangre de Bob Dylan


Hablar de Bob Dylan, intentar una muestra de su itinerario biográfico y existencial, es un ejercicio que implica, casi sin quererlo y aun así necesariamente, un repaso por la cultura popular del siglo XX. Joan Manuel Serrat lo sintetizó así: “Sin él ni se entiende la música, ni los últimos 50 años". Más certero y lapidario, imposible.
Tal vez por eso el director de cine norteamericano Todd Hynes filmó la película I’m not there (No estoy ahí), un retrato indirecto y calidoscópico del músico. Y lo hizo como lo hizo por ese afán abarcativo y vario: seis actores distintos interpretan facetas diversas, etapas de la vida de Dylan, en clave no mimética, sino tratando de captar el espíritu dylaniano a través de personajes relacionados con la poesía y la música, pero que no son exactamente Bob Dylan con nombre y apellido, sino más bien alias espirituales suyos.
No sé cuánto tiempo esperaremos para que la cinta llegue a las salas de cine del país o a los locales de alquiler de películas. Lo cierto es que buscando en Internet adelantos de I’m not there, sin saber mayores detalles de ella, lo confieso, me encontré con una foto que me llamó la atención. Un Dylan de expresión esquiva, etérea, con gafas oscuras, pelo enmarañado, un cigarrillo entre los dedos de la mano derecha y la izquierda cruzada sobre el abdomen, me dejó misteriosamente perplejo. Era y no era Dylan. Era y no era, además, la actriz australiana Cate Blanchett. Es decir, en el epígrafe de la foto decía que era ella interpretando a Bob Dylan. Pero a mí me parece que, mágicamente, eran los dos al mismo tiempo. Acaso la quintaesencia de la
actuación: no dejar de ser uno mismo para ser otro, y ser lo suficientemente otro para que
en los recodos secretos de la actuación se sienta que se sigue siendo uno mismo.
Debo confesar también que andaba pensando mucho en Cate Blanchett. La había visto en Elisabeth (en la primera versión de Shekar Kapur, no en la segunda del mismo director y que es del año pasado), y desde ese momento me pareció una actriz con mucha versatilidad. En El señor de los anillos fue una Galadriel perfecta, más de lo que es posible imaginar mientras se lee el libro de J. R. R. Tolkien. En El aviador ya había encarnado a una personaje difícil, del mismo gremio: la actriz Katharine Hepburn, asediada por el extravagante magnate y director y productor de cine Howard Hughes. Por este papel ganó el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto en 2004. (La película, entre paréntesis, estaba dirigida por Martin Scorsese, quien un año después dirigió el documental No direction home, basado en la vida de ¿quién?... de Bob Dylan). Pero,
no sé por qué, fue en Babel, de Alejandro González Iñárritu, donde terminé por aceptar que, definitivamente, Blanchett tiene un algo que cautiva, una presencia callada y soterrada que subyuga lentamente al espectador. No hace un personaje aparentemente exigente, pero igual resalta. En todo Babel se pasa sufriendo, al borde de la muerte, cuya antesala ya había sido el progresivo deceso de su relación con el personaje que encarnaba Brad Pitt. Muere eternamente
Blanchett.
Entonces, cuando la vi en esa foto interpretando a un Dylan roquero y ligeramente “pirado”, no tuve otra que aceptar naturalmente que era la actriz ideal, no solo por el parecido físico logrado, para mostrar la faceta más conocida de Dylan, la que es el cimiento de su leyenda: un poeta de la música, que del folk hizo rocanrol, una piedra rodante sobre la virtud y el vicio siempre intransigente de estar vivo. Claro, tal vez me equivoque, porque aún no vi la película, pero me juego las cartas que tengo a que la Blanchet interpretó su hasta ahora personaje más osado. No interpretó a alguien ya muerto, lo que aumenta las posibilidades de un rechazo del público y del
mismo interpretado. No interpretó a una persona de su mismo género. Interpretó, por
el contrario, a un hombre, viva memoria de nuestro tiempo, un músico que es poeta y un
poeta que es músico que ganó premios Grammy, el Príncipe de Asturias de las Letras y cuyo
nombre suena desde hace unos años (para desgracia y disgusto de quienes no ven a la poesía del rock como algo “trascendente”) como candidato a hacerse con el Premio Nobel de Literatura. No es poca cosa.

22/6/07

Pocas páginas y muchas nueces


La palabra está mencionada en la solapa: ambigüedad. El tiempo y la lectura demuestran que nunca hay que confiar mucho en lo que dicen los apéndices del libro, las partes de que está compuesta físicamente y que no son con exactitud el texto que iremos a leer, el que verdaderamente importa. No pocas veces la retórica promocional y comercial se abre paso para anular misterios y mistificar intrascendencias. Pero esa palabra escrita en la solapa de la edición de Acerca de Roderer (1992), la primera novela del escritor argentino Guillermo Martínez, define con precisa ambigüedad (con el perdón del oxímoron) la atmósfera, los personajes, la historia que sus páginas cuentan.
Gustavo Roderer, el protagonista, es un joven que vive en Puente Viejo, pequeño pueblo argentino. El narrador, también joven, lo conoce un día en un bar del pueblo, en donde se bate junto a él en un juego de ajedrez del que resulta, con el orgullo roto, perdedor. Es el inicio de una relación que no desconoce los largos silencios, pero que está abonada por una fascinación que tampoco rehúye las posibilidades de la inquina y la envidia más sutiles. Roderer abandona los estudios secundarios y se recluye en su casa para seguir con sus extrañas investigaciones, que el narrador ignora con cierto estupor e impotencia. Ambos personajes se ven inmersos en una callada competencia en busca del conocimiento. Roderer, retraído y solitario, enuncia reflexiones con aguda penetración filosófica; y el narrador, después de terminar los estudios en el colegio, se marcha a la universidad para estudiar matemáticas, aconsejado por el mismo Roderer. Así como el lector, el narrador desconoce la naturaleza de las investigaciones de Roderer. La maquinaria ambigua, que escamotea información, edifica misterios, ventanas y puertas falsas, en la línea del Henry James de Otra vuelta de tuerca, se apodera de lo narrado, revela debilidades y ausencias de certezas en el discurso del narrador.
Una veta que acentúa la sensación de estar metido en una historia cuyos resortes se desconoce, pero sin perder nunca un hilo narrativo óptimo y atractivo, es la que se da a partir del enamoramiento de Roderer por parte de Cristina, la hermana del narrador. Para quien nos cuenta la historia, la atracción que ejerce Roderer sobre su hermana es directamente proporcional a la que ejerce sobre él mismo. Nada más que, fracturado el afecto por el cuchillo del amor, el sufrimiento es mucho más grande en Cristina: Roderer prefiere los libros, el encierro y la oscuridad, antes que preocuparse por las "cosas mundanas", aunque siempre hay lugar para la sospecha de que la propia hermana fue más allá, de alguna manera, en su contacto y comunicación con el protagonista.
Es imposible dejar de pensar en dos autores cuando se lee Acerca de Roderer. En primer lugar, en Goethe, o más exactamente en su versión del mito del doctor Fausto. La sed de conocimiento de los dos personajes principales es una reactualización moderna, y en clave muy "tercermundo", del mito de la persecución de la razón tras el sentido último de la vida. En este caso, nadie vende su alma al diablo. Más bien hay una ausencia de comprador o de chivo expiatorio, pero el precio a pagar es también muy alto. En segundo lugar, Hermann Hesse, y más específicamente el Hesse de Demian, una obra paradigmática de la novela de formación, últimamente un tanto perimida. Aquí el narrador innominado hace las veces de Emil Sinclair, y Roderer es un Demian argentino. Sin embargo, en la novela del alemán la fascinación del narrador (Sinclair) le llevaba a una siempre condescendiente aceptación de las enseñanzas de Demian. En la obra de Guillermo Martínez, el narrador se rebela ante la singularidad (y superioridad) de Roderer. Así también, el libro está exento de esa parafernalia simbólica y de la pretensión moralizante de Demian. La filiación es evidente, pero el hijo salió mejorado, por lo menos en lo que respecta a efectismos.
La novela, en varios aspectos, parece estar escrita para un público europeo. Es arriesgada esta afirmación, lo sé, pero el hecho de que esté inscripta en una tradición europea en franca decadencia parece abrir paso a la creación de atmósferas, situaciones y personajes caros a esa frialdad existencial de entreguerras. Es justamente la Guerra de las Malvinas –única alusión importante a un contexto histórico definible– la que abre una brecha en la historia, una brecha no tan grande en lo temporal, pero con gigantes efectos emocionales que trastocan la visión del narrador con respecto a su pueblo, su familia y su oscuro amigo.
Libro para cualquier público, Acerca de Roderer demuestra que aún se puede escribir, con intervenciones decisivas para su actualización, una novela con ideas, con enseñanzas y aprendizajes. Además, prueba que en 117 páginas se puede decir mucho.

12/6/07

Fragmento de "Amuleto", de Roberto Bolaño

Entonces yo tomaba aliento, dudaba, ponía la mente en blanco y finalmente decía: mis profecías son éstas.
Vladímir Maiakovski volverá a estar de moda allá por el año 2150. James Joyce se reencarnará en un niño chino en el año 2124. Thomas Mann se convertirá en un farmacéutico ecuatoriano en el año 2101.
Marcel Proust entrará en un desesperado y prolongado olvido a partir del año 2033. Ezra Pound desaparecerá de algunas bibliotecas en el año 2089. Vachel Lindsay será un poeta de masas en el año 2101.
César Vallejo será leído en los túneles en el año 2045. Jorge Luis Borges será leído en los túneles en el año 2045. Vicente Huidobro será un poeta de masas en el año 2045.
Virginia Woolf se reencarnará en una narradora argentina en el año 2076. Louis Ferdinand Céline entrará en el Purgatorio en el año 2094. Paul Eluard será un poeta de masas en el año 2101.
Metempsicosis. La poesía no desaparecerá. Su no-poder se hará visible de otra manera.
Cesare Pavese se convertirá en el Santo Patrón de la Mirada en el año 2034. Pier-Paolo Pasolini se convertirá en el Santo Patrón de la Fuga en el año 2100. Giorgio Bassani saldrá de su tumba en el año 2167.
Oliverio Girondo encontrará su lugar como escritor juvenil en el año 2099. Roberto Arlt verá toda su obra llevada al cine en el año 2102. Adolfo Bioy Casares verá toda su obra llevada al cine en el año 2105. Arno Schmidt resurgirá de sus cenizas en el año 2085. Franz Kafka volverá a ser leído en todos los túneles de Latinoamérica en el año 2101. Witold Gombrowicz gozará de gran predicamento en los extramuros del Río de la Plata allá por el año 2098.
Paul Celan resurgirá de sus cenizas en el año 2113. André Bretón resurgirá de los espejos en el año 2071. Max Jacob dejará de ser leído, es decir morirá su último lector, en el año 2059.
¿En el año 2059 quién leerá a Jean-Pierre Duprey? ¿Quién leerá a Gary Snyder? ¿Quién leerá a Ilarie Voronca? Éstas son las cosas que yo me pregunto.
¿Quién leerá a Gilberte Dallas? ¿Quién leerá a Rodolfo Wilcock? ¿Quién leerá a Alexandre Unik?
Nicanor Parra, sin embargo, tendrá una estatua en una plaza de Chile en el año 2059. Octavio Paz tendrá una estatua en México en el año 2020. Ernesto Cardenal tendrá una estatua, no muy grande, en Nicaragua en el año 2018.
Pero todas las estatuas vuelan, por intervención divina o más usualmente por dinamita, como voló la estatua de Heine. Así que no confiemos demasiado en las estatuas.
Carson McCullers, sin embargo, seguirá siendo leída en el año 2100. Alejandra Pizarnik perderá a su última lectora en el año 2100. Alfonsina Storni se reencarnará en gato o león marino, no lo puedo precisar, en el año 2050.
El caso de Antón Chéjov será un poco distinto: se reencarnará en el año 2003, se reencarnará en el año 2010, se reencarnará en el año 2014. Finalmente volverá a aparecer en el año 2081. Y ya nunca más.
Alice Sheldon será una escritora de masas en el año 2017. Alfonso Reyes será definitivamente asesinado en el año 2058 pero en realidad será Alfonso Reyes quien asesine a sus asesinos. Marguerite Duras vivirá en el sistema nervioso de miles de mujeres en el año 2035.
Y la vocecita decía qué curioso, qué curioso, algunos de los autores que nombras no los he leído.