18/8/09

Narrar a Asunción: una necesidad

En 1925, John dos Passos escribió Manhattan transfer. Hasta ese entonces, en ninguna otra obra una ciudad - en este caso Nueva York- había llegado al punto de convertirse ella misma en el personaje principal de una novela. (Claro, con el precedente inexcusable, de tres años antes, de la Dublín del Ulises, de Joyce.) El escritor norteamericano narraba, en tiempo real, la metamorfosis de una ciudad convirtiéndose en una fabulosa monstruosidad, con su bullente reguero de seres humanos y rascacielos nacientes. Ya en 1929 vendría Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin, quien puso el ojo en un forúnculo de la metrópolis alemana, el barrio, sin perder de vista la macro urbanidad. En América Latina, Carlos Fuentes escribió La región más transparente (1958), donde Ciudad de México vigila con un ojo abierto siempre a sus habitantes; Sabato mostró el mundo subterráneo de Buenos Aires, real y metafóricamente hablando, en Sobre héroes y tumbas (1961); Juan Carlos Onetti y Benedetti cifraron dos tiempos distintos de Montevideo en sus cuentos y novelas; La Habana de otros días, pero también perdurable, se muestra en Tres tristes tigres (1964), de Guillermo Cabrera Infante. Son solo ejemplos.

¿Y Paraguay? ¿Y Asunción? No se puede decir que haya "una novela de Asunción" dentro de la literatura paraguaya; y, creánme, eso se echa en falta. Hubo y hay abordajes varios de su naturaleza y su magia, pero todavía no la han convertido en un personaje con vida propia, no solo en el sentido de Dos Passos, sino en el de escritores más jóvenes de la región, que sienten lo urbano como una imposición y como una elección apasionantes: Roberto Bolaño, Efraím Medina Reyes, Juan Villoro, Rodrigo Fresán, entre otros.

Mabel Pedrozo, Luis Hernáez, José Pérez Reyes y Carlos Martini buscan, acaso por el propio influjo de sus vidas urbanas, mostrar la Asunción que ellos ven y reinventan en sus ficciones. Aquí nos cuentan qué ven y cómo ven. Tienen precursores, por supuesto; así como tendrán sucesores. (Para una idea de la narrativa urbana de escritores en su mayoría inéditos, ver el volumen colectivo Anales urbanos, Arandurã, 2007.)

Lo cierto es que Asunción necesita que la narren hoy. Reclama a gritos su imperfecta condición de musa.

* Publicado el sábado 15 de agosto en el Correo Semanal del diario Ultima Hora.

8/6/09

Mario Benedetti: Literatura y tautología

Aveces hay facetas literarias menos conocidas, esquinas menos visibles de un escritor, desprovistas de oportunos faroles públicos que las iluminen y las preparen para la llegada de un súbito lector. Es hasta si se quiere normal que eso suceda: un reconocimiento bien ganado en un lugar (el de la poesía, pongamos por caso), pocas veces es equiparable a la posibilidad de ganarlo en otro (el ensayo, por ejemplo). Sucede, es cierto, pero no siempre. Grandes poetas —pienso en Jorge Guillén o en T. S. Elliot— han demostrado que campos como la crítica, e incluso la teoría de la literatura, no eran foráneos e inextricables para su lucidez, sino compañeras en la persecución del conocimiento y el misterio que sus propios poemas realizaban. En otros casos, incluso, todo el afán puesto en una carrera literaria de ficción es superado, soberanamente, por la acometida en géneros considerados menores: pienso, entre otros, en la neblinosa Anaïs Nin, menos perdurable por sus cuentos y novelas que por sus procelosas confesiones a su diario íntimo y dulcemente herético.
Mario Benedetti, lo sabemos, fue esencialmente un poeta, aún cuando la apretada libertad del cuento o el inmensurable panóptico de la novela animaban a su pluma. Como poeta innúmero y abarcativo, hizo muchos goles, pegó no menos pelotas en los palos, y otras fueron franca y llanamente a las graderías, para utilizar un símil futbolero que no habría desdeñado, nos arriesgamos, el mismo Benedetti. Como cuentista fue menos profuso, pero dejó algunas piezas cuya exclusión del panteón del género sería poco menos que criminal. Como novelista siguió siendo melancólicamente crítico con la vida real y sus dolores impuestos, aún cuando la monotonía temática y la tentación del final sentimentalista se traspasaban sin pudor de un libro a otro. Me parece que como crítico es donde surge el más inexpugnable de todos los Benedettis posibles. No tardó en entender (porque no era cínico) que la literatura hecha en América Latina, especialmente la de las décadas del 50, 60 y 70, era inseparable de la “realidad que delira” en el interior del continente, aún cuando se tratara dehurgar en la de miedosos congénitos de “la realidad”, como Borges. Y que así como esa realidad era y es problemática, la literatura es también necesaria y genuinamente problemática, tanto en sus motivaciones como en sus arcadas internas para decirse como tal. No dejó deanalizar las obras de casi todos los más grandes poetas, prosistas y ensayistas de AméricaLatina en el siglo XX, y aún de exponentes oriundos de otras lenguas y otras latitudes. Si uno mira Los ejercicios del criterio (SeixBarral, 1996), libro antológico de decidida impronta martiana, se encuentra con que, para dar una muestra, toda la exégesis corriente y al uso de hoy día ya se encuentra esencialmente enunciada en el abordaje d eobras, por aquel tiempo novísimas, como las de Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Augusto RoaBastos (con dos escritos magistrales sobre Hijo de hombre y Yo el Supremo), Gabriel García Márquez, Nicanor Parra, Roque Dalton, Antonio Cisneros, Felisberto Hernández, entre muchísimos otros. Al contrario de algunos contemporáneos suyos, no concebía que instrumentos teóricos como el marxismo y el estructuralismo, por ejemplo, eran agua y aceite, sino precisamente eso: meros instrumentos teóricos, no fines con“tintes pasionales”, como ciertos crímenes. No habrá sido meticulosamente perfecto como crítico, pero demostró que entre hacer literatura y escribir sobre literatura, el resultado de la ecuaciónes siempre el mismo: literatura. Lo cual es una tautología sin serlo. Y en el caso de Benedetti, una tautología vital.

Onetti, literatura y transfusión de sangre

En alguna parte de Madama Sui, ese personaje poco recordado(y acaso uno de los más entrañables de Augusto Roa Bastos), OttavioDoria le da una lección magistral e incontestable al narrador sobre cómo escribir novelas. Doria asesta un metafórico golpe con el bastón del Capitán Ahab melvilliano en la vanidad omnisciente del escritor, del mismo Roa Bastos. Y en otro, recuerda el ejemplo clarividente de Juan CarlosOnetti (foto), solitario y urdidor de historias en su Santa María hecha de sombras, bajo el cuidado y la compañía de Dolly, su esposa. Así es: Doria homenajea no solo a Onetti, sino también a su mujer, la que por más de cuarenta años estuvo a su lado: Dorothea Muhr, una violinista profesional hoy jubilada. Ella —que todavía vive—declaró, semanas antes del centenario de su célebre marido, que para él la literatura era “como una transfusiónde sangre” que le permitía“revivir”, y que por más que sus relatos son un dechado de pesimismo genuino, “al mismo tiempo hay en ellos una alegría de vivir”. Sin pudor alguno de calificara su extinto marido como“muy mujeriego”, contó que, durante su infancia, Onetti se pasaba “encerradoen un gran armario de sucasa, con un vaso de café, un gato y un libro. Por las noches, cuando su madre apagaba la luz, usaba una linterna para seguir leyendo. Así se estropeó los ojos”.

7/6/09

Italo Svevo revisitado

Hace poco, Ever Román me hizo pensar en Italo Svevo (1861-1928). Me contó que andaba leyéndolo bastante y yo recordé que en algún momento del 2001 también lo leí con interés. Claro, a estas alturas Ever ha leído ya varios libros del autor triestino, mientras yo solo conozco La conciencia de Zeno (1923). Hace unos minutos saqué mi ajado ejemplar del estante y me puse a realizar una actividad que de vez en cuando hago con cierto afán autoincriminatorio: leer las partes subrayadas. Me encontré con el visionario talento epigramático de Svevo, con mis intereses personales de casi una década atrás; me reí de mí mismo al leer algunas frases marcadas como si fueran momentos iluminadores y que hoy son más bien cajitas vacías sin ningún sentido especial.
No sé si alguna vez volveré a leer a Svevo. De todas formas, creo que me será difícil olvidar el primer capítulo tiulado "El tabaco" (que el cuentista peruano Julio Ramón Ribeyro considera uno de los pocos homenajes dignos en la historia de la literatura al vicio y el placer de fumar), ignorar el cinismo entusiasta de Zeno Cosini y su fanatismo pequeñoburgués por las mujeres y el arte. Transcribo un par de aquellas frases subrayadas (¡con bolígrafo rojo y ayudado por una regla, según veo!). La traducción es de Carlos Manzano (Bruguera, 1982).

"Creo que el cigarrillo tiene un gusto más intenso cuando es el último. También los otros tienen un gusto especial propio, pero menos intenso. El último recibe su valor del sentimiento de la victoria sobre uno mismo y de la esperanza deun próximo futuro de fuerza y de salud. Los otros tienen su importancia, porque, al encenderlos, manifiestas tu libertad y el futuro de fuerza y de salud subsiste, pero se aleja un poco".


"Libertad completa es la de poder hacer todo lo que se quiere a condición de hacer también algo que no gusta tanto. La auténtica esclavitud es la condena a la abstención: Tántalo y no Hércules".


"La palabra en la noche es como un rayo de luz. Ilumina un retazo de realidad ante el cual se desdibujan las construcciones de la fantasía".


"Las lágrimas no expresan dolor sino su historia".


"Ya no era posible adorar a Carla por un breve período del día y después odiarla durante veinticuatro horas seguidas, y levantarse todas las mañanas, ignorante como un recién nacido, para vivir el día, tan semejante a los anteriores, para sorprenderse de las aventuras que aportaba y que debería haber sabido de memoria. Eso ya no era posible. Se me presentaba la eventualidad de perder para siempre a mi amante, si no sabía dominar mi deseo de librarme de ella".


"Yo protestaba, pero Bach avanzaba seguro como el destino. Cantaba en lo alto con pasión y descendía a buscar el bajo obstinado, que sorprendía aun cuando el oído y el corazón lo hubiera previsto: ¡el momento justo! Un instante después y el canto se hubiera desvanecido y la resonancia no habría podido alcanzarlo; un instante antes y se hubiera superpuesto al canto y lo hubiera ahogado. Pero a Guido no le sucedía eso: no le temblaba el brazo ni siquiera al enfrentarse a Bach y eso era una auténtica inferioridad".

29/5/09

Los periodistas de economía

Stieg Larsson y su trilogía "Millenium", al parecer, se plantaron fuertemente en el mercado editorial (en especial el hispano), ante los vampiros adolescentes de la Meyer. Hace poco salió la segunda novela de la trilogía y, como era de esperarse, se vende como pan caliente (en realidad me pregunto si los panes calientes se venden tanto hoy día). Yo empecé a leer la primera novela, Los hombres que no amaban a las mujeres. A pesar de ciertas estereotipaciones de los personajes, la obra va bien, marcha sin mayores tropiezos. De hecho, entretiene bastante. A veces, uno se topa con reflexiones de este tipo, hacia las que siente una inevitable inclinación a la aceptación y el acuerdo:

Mikael Blomkvist opinaba que el cometido del periodista económico era vigilar de cerca y desenmascarar a los tiburones financieros que prococaban crisis de intereses, que especulaban con los pequeños ahorros de la gente en chanchullos sin sentido de empresas puntocom. Tenía la convicción de que la verdadera misión del periodista consistía en controlar a los empresarios con el mismo empeño inmisericorde con el que los reporteros políticos vigilaban el más mínimo paso en falso de ministros y diputados. A un reportero político nunca se le pasaría por la cabeza llevar a los altares al líder de un partido político, y Mikael era incapaz de comprender por qué tantos periodistas económicos de los medios de comunicación más importantes del país trataban a unos mediocres mocosos de las finanzas como si fuesen estrellas de rock.

De Los hombres que no amaban a las mujeres, Editorial Destino, pág. 82.

28/5/09

La Gran Muralla Norteamericana

Después de 4 meses, Ambar Selene durmiendo en su cuna, una botella de cerveza a medianoche, afuera la lluvia y un frío desacostumbrado, vuelvo con un post breve, casi insignificante. En 1986, mientras Borges moría y Maradona enmudecía al Estadio Azteca ganando una copa del mundo él y diez nombres más, el escritor norteamericano Richard Ford publicaba El periodista deportivo, la primera novela de una trilogía que sigue una década después con El día de la Independencia y otra década más con Acción de gracias. En la página 228 esta profética conversación entre el protagonista, Frank Bascombe, y dos cínicos amigos suyos:

-Caspar y yo pensamos que Estados Unidos tendría que levantar un muro a lo largo de la frontera mexicana, tan grande como la Gran Muralla, y vigilarla con hombres armados, dejándoles claro a esos países que aquí tenemos propios problemas.
-Es una buena idea.
-Así por lo menos podremos responder nuestro propio problema con los negros.-No sé lo que pensarán Delia y Caspar de Bosobolo, pero por si acaso no se lo pregunto. Para ser anticolonialista, Delia tiene fuertes instintos coloniales-. Ustedes los escritores siempre están dispuestos a navegar en la dirección que sople el viento, Frank.
-El viento puede llevarle a uno a lugares interesantes, Dee -le digo con seriedad burlona, pues Delia sabe cómo pienso.

24/12/08

Kazuo Ishiguro, Los restos del día y la "moral burguesa"


Tal vez sea hoy día poca la asiduidad con que la expresión "moral burguesa" se meta en los vericuetos del habla común. Por lo menos yo, hace mucho no pensaba más en esos términos, a veces desprovistos de espesor y tributarios de una vana retórica, aunque describa una realidad palpable. Hace mucho... hasta que cayó en mis manos Los restos del día, la novela de Kazuo Ishiguro. Aún no he sobrepasado las 100 páginas, pero no resisto la tentación de escribir algo sobre lo que me llamó la atención fuertemente.
Ese algo es la manera en que el escritor inglés, de origen japonés, ubica en el narrador un discurso que refleja con una pavorosa fidelidad esa "moral burguesa" a la que estábamos acostumbrados, sobretodo en las sociedades del primer mundo y en la primera mitad del siglo XX.
El narrador en cuestión es un mayordomo que llevaba años trabajando para un patrón inglés, hasta que lo suplantó un patrón norteamericano en tierras inglesas. La cuestión es que Mr. Stevens, tal es el nombre del mayordomo, se lanza a la defensa de lo que una exclusiva sociedad de mayordomos considera que significa "mantener la dignidad propia de la profesión". ¿En qué consiste esa "dignidad"?, se pregunta Mr. Stevens y lo hacemos nosotros mismos. El responde contando tres historias relacionadas a su padre, que también había sido mayordomo. De esas tres historias, una es a todas luces la más importante, la que cuenta que el padre había tenido un hermano que murió en la guerra de Sudáfrica a principios de siglo, a raíz de una negligente actuación del general a cuyo mando estaba el hermano en cuestión. Un consejo de guerra hizo un simulacro de juicio, en donde el acusado general resultó absuelto por sus pares. Toda la vida la familia del padre de Mr. Stevens vivió edificando su odio contra el general. Y un buen día, en la casa en la que trabajaba el padre, uno de los pocos invitados a una fiesta de varios días resultó ser el ya retirado general. Este no contaba con ayuda de cámara, así que el propio padre-mayordomo fue el encargado de atenderlo personalmente, soportando todo tipo de referencias heroicas a sus actuaciones bélicas. La cosa es que el hombre jamás demostró su inquina ni mucho menos contra el responsable directo de la muerte de su hermano. La fiesta terminó y el mayordomo tuvo que tragarse toda su rabia. Es esto lo que su hijo -el narrador de Los restos del día- considera es ""mantener la dignidad propia de la profesión". Es decir -y en esto Ishiguro procede con maestría-, apropiarse "escenográficamente" de la "moral burguesa", de la moral de tus patrones para no interrumpir la calma de dicha moral. Aquí pueden venir en nuestra ayuda un edulcorado pensador (por sus "exégetas", por supuesto), Hegel: El Esclavo se reconoce como tal en el Amo, porque la misma moral del Amo no acepta la posibilidad de que sea otra cosa que no sea esclavo, y éste a su vez no ve en el Amo otra cosa que no sea amo. Parece simple, fácil y contundente lo que descubrió Hegel, filosóficamente hablando, hace más de dos siglos. Pero, justamente, la "moral burguesa" prefiere olvidarlo o, es más, decir que es una lectura "antinatural" de la realidad. Así desde que el primer mayordomo-esclavo solo amenazó con descubrir la secreta trama que encarna. Ahí ya viene Nietzsche, por supuesto, y Marx, cómo no, y eso sí que es peligroso para los muchos patrones que en el mundo son y reveladores para los otros tantos Mr. Stevens que por ahí andan, a punto de descubrir que, verdaderamente, "mantener la dignidad propia de la profesión" es, como mínimo, un tortazo en la cara del general. Más que eso ya sería la revolución, por supuesto.

12/12/08

El pelo largo, Shakespare y la muerte

Jueves, medianoche. En un serpenteante colectivo de la línea 27, iba pensando en posibles temas para escribir en esta columna. En tres lugares distintos del ómnibus, tres hombres de pelo largo cavilábamos cada uno en nuestras propias y etéreas cuestiones. No nos conocíamos, y ese solo hecho bien podía valer una reflexión. Unos 15 o 20 años atrás, que tres hombres de pelo largo se encontraran en un colectivo y no se conocieran era un hecho bastante difícil de darse. La comunidad "pelilarga" paraguaya no solo se ha extendido en todo este tiempo, sino que se ha diversificado: si antes estaba casi exclusivamente relacionado al ambiente rockero, hoy otras tribus urbanas hacen uso del siempre vilipendiado look, heraldo de la machista sospecha masculina.
Seguía yo pensando en qué escribir en esta columna, con el sonido de entraña rugiente del colectivo de fondo. Tal vez -me dije- urdir razones que sostengan mi conjetura en un breve e inacabado debate que tuve días atrás con un amigo: los dos creemos que con solo Shakespeare, Quevedo y Borges (yo, pienso ahora, agregaría a Cervantes) podríamos vivir sin problemas. Pero, le decía a mi amigo, con una importante puntualización: Quevedo y Borges (y Cervantes) nos ayudan sobre todo en la tarea de la escritura, Shakespeare es para cualquier ámbito de la vida humana, se sea o no escritor. En eso pensaba y me decía: "Ahí está, ese es el tema de la columna", cuando de repente sentí una tambaleante presencia a mi lado: un hombre borracho que se sentaba. Era de mediana edad, moreno y pelo muy corto. Tenía esa sensación que a veces tenemos en los colectivos, cuando sabemos que inevitablemente cierto casual compañero de asiento terminará buscándonos conversación. Así fue. Pero lo que vino, no me esperaba:
- ¿Sabés que matar a una persona es lo más fácil del mundo?
La pregunta, dicha así sin transición, me incomodó, pero no me arredré. Le seguí la corriente:
- ¿Ah, si?
- Sí. En la punta de este dedo está la sensibilidad. Lo demás está acá- me dijo, apuntándose a la cabeza el mismo dedo índice del cual me hablaba.
- ¿Vos manejás armas? - me preguntó, y le dije que no. Se sorprendió.
- Cómo que no. Qué raro. Ustedes los de pelo largo siempre son unos... unos… mercenarios.
Utilizó ese término: "mercenarios". Parecía no poder expresar exactamente lo que quería decir, pero al mismo tiempo decía mucho de su prejuicio y su inquina contra los pelilargos. Se rió bruscamente. Luego me preguntó mi nombre. Se lo dije y me dijo el suyo: Alfredo. Mi destino estaba a una cuadra y tuve que bajarme, abruptamente. No hubo tiempo para preguntarle lo que, con curiosidad de escritor, quería: si alguna vez había matado a alguien. Me miró, algo desorientado, me dio paso, una palmada en el hombro y me dejó bajar.
Subiendo las escaleras del lugar a donde me dirigía, mezclé todo: el pelo largo, Shakespeare, la muerte. Cuando saludé a los amigos que me esperaban, en una de esas rondas de cerveza habituales, aún no sabía que todo eso junto, a fin de cuentas, sería el tema de esta columna. Casi nada, al parecer, pero casi todo.

23/9/08

Polietileno: Los prolegómenos del apocalipsis argentino

Foto: Jorge Sáenz

Pasaron siete años: por intermedio de un amigo, un volumen de cuentos inéditos cayó en mis manos. Su autor necesitaba que alguien le realizara una revisión gramatical y el amigo en cuestión había tenido la peregrina idea de que yo podía ayudarle. Así leí, allá por el año 2001, un libro cuyo título era Polietileno. Nunca supe si el texto había llegado a la imprenta o no. Después conocí a su autor, compartimos algunas birras en un centro cultural luqueño y tiempo después desapareció tal y como había llegado.
Hoy, para sorpresa mía –pues me había olvidado ya que alguna vez leí el texto–, veo que el libro hace poco que circula en las librerías de Asunción. Al parecer su autor, Enrique Collar, ha decidido por fin publicarlo, aventurarse en el campo narrativo después de sus celebrados trabajos pictóricos y su incursión más o menos feliz en el territorio de la dirección cinematográfica con Miramenometokéi (2002).
Polietileno tiene el acertado subtítulo de “Crónicas de un kurepiguayo”. Tanto éste como el título dan cuenta, en planos que se complementan, del universo que quiere narrar Collar. Por un lado, polietileno es ese material de que están hechas las bolsas en las que cargamos las cosas que traemos del almacén. Pero también es ese despojo que se deja batir por el viento en esquinas inhóspitas de las ciudades latinoamericanas, un signo de cierto desaliento, de azar cotidiano y urbano. Por otro lado, las “Crónicas de un kurepiguayo” hablan de la subjetividad desde la que están contadas las historias: paraguayos emigrados a Buenos Aires, frecuentadores de bares oscuros e intemporales, nostálgicos incurables, linyeras y prostitutas.
Enrique Collar ha querido mostrarnos la crónica de la Argentina de los 90: en un cuento, el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas, ocurrido en 1997, pende sobre los personajes como una daga escondida; en otro cuento, un hombre que no llega a completar el importe para su pasaje en colectivo, observa una manifestación de empleados de un instituto científico a punto de ser privatizado.
En general, todos los personajes –ubicados en los escalones más bajos del injusto edificio social– sienten el golpe de la crisis económica en sus bolsillos. En realidad, son unos adelantados: son como esos animales que perciben, antes que cualquiera, la llegada de algún desastre natural. Es decir, estos paraguayos y argentinos que pueblan los cuentos de Collar se han dado cuenta, con varios años de anticipación, de lo que realmente son: la punta de lanza de la marginación creada por el proyecto Menem para la Argentina. Son el momento inmediatamente anterior al apocalipsis de diciembre del 2001 (tal vez, no recuerdo bien, los días por los que andaba leyendo los originales de este libro).
Si hubo una literatura paraguaya del exilio político en Buenos Aires durante varias décadas, hoy también podemos esperar una emergencia de una literatura del exilio económico en la gran ciudad.
En 1966, Roa Bastos publicó El baldío, tal vez el más logrado acercamiento a la realidad del exiliado paraguayo en la Argentina por aquellos años. Quizá Enrique Collar no logre eso, necesariamente, con Polietileno. Pero es indudable que, aun cuando hay relatos fallidos desde el armazón literario, ha logrado verter en sus páginas las más interesantes crónicas paraguayo-argentinas de los últimos tiempos.

9/9/08

En tu vientre

Para ella y quien la habita

Crece dentro de vos
antiguamente nuevo
inédito repetido

Y yo a veces imagino
una multitud de herencias en su sangre
en otras
un surtidor exclusivo de mis propias venas
y de las tuyas

Es
hay que decirlo
un poco de todo eso
y mucho de lo que ignoramos

Crece en tu vientre
su hambre devora límites
barricadas de la muerte
ara silenciosamente
el criterio de los titulares
de los periódicos personales de cada mañana
nuestras noticias y comentarios
el delirio amniótico de nuestras risas

Yo todavía no lo siento como quisiera
con su latido asomando sobre el tuyo

De hecho
jamás llegaré a sentirlo como vos lo hacés
cotidianamente
morosamente
infinitesimalmente
desde que te levantás y caminás
hacia el baño la cocina el comedor
las calles arboladas del barrio
hasta que otra vez llega el sueño boca arriba
que inventás a mi lado
esta noche y la otra
aquel amanecer
y ese otro insomnio
de esta trinidad que encarnamos
con la poca experiencia de haber estado allí
en ese preciso lugar e instante
para crearla
y vivirla