7/5/12

Algunas pistas de la literatura paraguaya actual



Texto leído en la Feria del Libro de Buenos Aires 
Sala Jorge Luis Borges - 1 de mayo de 2012

Contexto del oficio de la escritura

A fines de 1989, con el telón de fondo de la recién caída dictadura de Alfredo Stroessner, en Paraguay se dio un aparentemente bizantino debate sobre la narrativa paraguaya, que a fin de cuentas buscaba dilucidar la propia existencia o no de la literatura paraguaya en general. Digo que aparentemente porque el debate no era para nada ocioso: probablemente era  la primera vez en la historia de la cultura del país que escritores paraguayos debatían públicamente en los medios de comunicación, en este caso Augusto Roa Bastos y Carlos Villagra Marsal, sobre la naturaleza de una de las literaturas de desarrollo más tardío de América Latina.
El preguntarse si la narrativa paraguaya existe, el cuestionar su existencia o defenderla, eran interrogantes necesarios que en literaturas de otras latitudes ya encontraron respuestas provisorias o definitivas décadas atrás. Pero en Paraguay no es del todo baladí el que unos dijeran que no existe un corpus narrativo paraguayo de calidad y que otros afirmen fervientemente lo contrario. Todo esto en un contexto muy particular: ni siquiera en el de una democracia liberal recuperada a pasos del siglo XXI, sino experimentada  por primera vez en la historia del país, con los traumas propios de las fuertes experiencias inéditas.
Afirmar hoy día, vente años después de aquella discusión mediática, la existencia y la vitalidad de la narrativa paraguaya tiene sus propias aventuras. La misma categoría más general de literatura nacional, con delimitaciones geográficas o lingüísticas, está puesta en duda en el debate mundial. Ya en el mismo año de la polémica Roa Bastos-Villagra Marsal, en Cultura y verdad, el antropólogo y poeta Renato Rosaldo observaba el fuerte desarrollo autónomo de la literatura chicana en los EEUU, y mostraba, entre cosas, que dicha literatura era genuinamente norteamericana así como mexicana. O mejor: no era de ninguna de las dos. Más recientemente, el escritor mexicano Jorge Volpi, en El insomnio de Bolívar, llega a hablar incluso de la inexistencia de la literatura latinoamericana, con un poco de pura pose generacional, pero también con cierto grado de verdad, en cuanto el escritor latinoamericano ya no se encuentra atado a referentes solo nacionales para desarrollar su literatura. El mismo Volpi es un ejemplo de ello: su libro En busca de Klingsor puede bien ser una de las mejores novelas alemanas sobre las relaciones entre la política y la ciencia en la Segunda Guerra Mundial. O, para hablar de Paraguay, ¿por qué el narrador Javier Viveros anuncia la edición de un volumen de cuentos titulado Manual de esgrima para elefantes, un libro de relatos ambientados en África?  ¿Qué hace inocultablemente hispanoamericana a esos dos libros, o a 2666 de Roberto Bolaño, que tiene cientos de páginas enteras dedicadas a Europa escritas como si el escritor chileno fuera el escritor germano Winfried Georg Sebald? Lo que la hace hispanoamericana (y no), además de la presencia trémula de un México en llamas, es el hecho más frágil y poderoso a la vez de esté escrito en español. Y aun así abundan los ejemplos de escritores en la literatura del siglo XX que han escrito en una lengua que no tiene por qué ser la oficial de su país: basta citar el perfecto inglés del polaco Joseph Conrad.

Paraguay y la industria editorial

¿A qué vienen estas reflexiones? A que la literatura paraguaya actual no puede estar desligada del contexto de la literatura del continente y del mundo. Ha empezado también a soltarse más, desde la propia temática, hacia horizontes pocas veces sospechados en el pasado. Empieza a asumirse más con una herencia multicultural dentro del propio país, por poner un ejemplo.
Por otro lado, tiene sus particularidades extraliterarias. No se puede entender lo que pasa actualmente en Paraguay en cuanto a poesía, narrativa, ensayo, etc. etc., obviando las circunstancias propias en que se realiza el quehacer literario paraguayo.  Por ejemplo: pocos sellos editoriales, mucha edición de autor, una política de fomento del libro todavía en pañales, aunque hay que decir que acrecentada por el contexto del Bicentenario, escasa visibilidad de los autores en los circuitos libreros de la región, tiradas por debajo del promedio en los demás países (1000 ejemplares como máximo), una cultura lectora, finalmente, poco estimulada por tener incluso una larga tradición casi ágrafa en un contexto de fuerte analfabetismo de a poco subsanado. Aun así, es mucho lo que se ha construido a lo largo de los últimos 20 años en materia de soportes y promotores de la literatura paraguaya, desde la  cotidiana calidad del papel hasta las instituciones que impulsan la lectura.
Por sobre este contexto específicamente relacionado con el ámbito de la industria cultural literaria, hay un país que progresivamente se ha ido convirtiendo de uno eminentemente rural a otro predominantemente urbano. Lo cual no es un dato desdeñable. Hoy mayor cantidad de gente vive en las áreas urbanas que en las rurales, en comparación con 1953, año en que Augusto Roa Bastos publicó los “ruralísimos” cuentos de El trueno entre las hojas. Esta transformación no fue natural, hay que decirlo, fue impuesta, aun cuando cierta sociología complaciente pretende mostrar lo contrario. La vida bulliciosa en las ciudades (Asunción, toda el área metropolitana, Encarnación, Ciudad del Este) tiene directa relación con una dinámica agraria quebrada desde afuera: la extensión de la frontera agrícola, una reforma agraria corrupta que entregó tierras a militares y civiles acólitos del dictador Stroesser, el avance del monocultivo, la migración forzada de grandes comunidades heridas en su arraigo ancestral, la formación de cinturones de pobreza, el surgimiento de una clase media algo satisfecha pero con profundas taras sociales arrastradas por su desarraigo original. Esta migración interna, también tiene su contracara externa, ese otro Paraguay que vive allende sus fronteras: la que en las décadas del 40 y el 50 tuvo como epicentro a Buenos Aires, y en los últimos años a España. 


Ausencia de crítica literaria

Tenemos así, a grandes rasgos, el teatro de operaciones de la literatura paraguaya de las últimas dos décadas. En lo macro: democracia imperfecta, herencia corrupta del stronismo, alta migración interna y externa, consolidación de nuevas clases sociales (existe una, la de los nuevos ricos de los 70 y 80, que ha bebido de los grifos generosos del boom de Itaipú, adoradora impenitente del mal gusto arquitectónico y la ostentación kitsh); y en lo micro: una industria cultural libresca con mayor vitalidad, pero todavía pequeña y poco profesionalizada.
Un dato no menor de la cocina de la literatura paraguaya es la casi inexistencia de una crítica literaria sólida, consciente y comprometida con su importancia en el engranaje social del ámbito literario. Es decir, el carácter mediador, a veces vilipendiado, en otras insoportablemente necesario de la crítica literaria no cumple su tarea en Paraguay. El mismo Roland Barthes decía que la crítica literaria iría desapareciendo, dejando paso una disciplina más plural, más amplia, de interpretación de los textos. En Paraguay la crítica ha desaparecido –en algún momento la hubo y de las buenas- pero para dejar paso a la nada, al silencio.  

Vasos comunicantes de la literatura actual

A instancias metodológicas y de comodidad, probablemente más de lo segundo que de lo primero, he intentado identificar lo que llamaría algunos vasos comunicantes de la literatura paraguaya en las últimas dos décadas. En algunos casos, son temas; en otros, características particulares que hacen al escritor o escritora y sus obras. 

Lo urbano

Cuando hablamos de un país que ve cómo progresivamente van creciendo los centros urbanos en su geografía, en otros tiempos de dominante tierra roja, estamos en posición de encontrar ya, sobre todo en narrativa, una interesante cantidad de textos con la impronta urbana. Aun cuando todavía no contamos con un clásico del género (como si lo tienen desde hace mucho tiempo Argentina, por ejemplo, desde Roberto Arlt o el Adán Buenos Ayres de Marechal, o México con La región más trasparente de Carlos Fuentes, escrito este último por la misma época en que Roa Bastos escribía sus cuentos sobre las glorias y las miserias del campo). Probablemente, solo las nuevas generaciones, tímidamente la de la década del 80, con más fuerza las de los 90 y la que pasó recientemente, asumieron lo urbano como tema o como fondo preponderantes. Incluso un escritor obnubilado por los pliegues de la historia paraguaya y por la mitología popular campestre, Helio Vera, había empezado a urdir interesantes muestras de cuentos urbanos en su último libro de relatos, Trofeos de la guerra, cuando los sorprendió la muerte.
Hace unos 5 años, además, un grupo de jóvenes escritores editó un libro titulado Anales urbanos, en donde el denominador común era, precisamente, ese mundo nuevo y violento, donde la muerte acecha con diferentes caras, de una ciudad, en este caso Asunción. Algunos de los escritores que formaron parte de la colección intentaron la misma búsqueda en volúmenes individuales, como son los casos de Julio Benegas Vidallet y Javier Viveros. El primero, en los relatos de Tereré en la plaza y la novela corta Soledad, en la que se muestra las peripecias del amor en una ciudad descompuesta por la pobreza y la opresión; el segundo, en su libro de cuentos Urbano, demasiado urbano, donde destaca “Asunción era una fiesta”, una farsa sobre la influencia de los medios masivos de comunicación en la vida privada de la gente. Mónica Bustos, en su novela Chico Bizarro y las moscas construye una thriller tarantinesco apoyada en aquello que Marx decía era la segunda repetición de la historia, esta vez como comedia: Roa Bastos, drogado por un médico inescrupuloso, es alquilado a un multimillonario mafioso, las redivivas misiones jesuíticas ya no trafican yerba mate sino mariguana, etc. etc. El periodista Mario Ferreiro sorprendió con su primer libro de cuentos, El tranvía (ahora sorprende candidatándose a presidente de la república), en donde recupera ciertos tics de determinados círculos sociales del pasado asuceno, como es el caso de la resistencia universitaria a Stroessner, los grupos de creación artística de los 70, entre otras cosas. José Pérez Reyes, por su parte, en Clonsonante busca la excepción a la regla en medio del tráfago urbano, el austeriano dedo del azar que es al mismo tiempo el del destino. Juan Ramírez Bierderman, en su libro de cuentos Nobis recrea la vida de un barrio asunceno, Las Mercedes, con sus amores clandestinos y sus criminales nazis prófugos y escondidos en conventillos de mala muerte. 

Las nuevas clases sociales

En lo relativo a la narrativa sobre las nuevas clases sociales, hay dos ejemplos no muy leídos ni conocidos, pero de gran importancia en el horizonte actual. El primero es el de Jorge Rolón Luna, quien en los relatos de El Sicario pone en primer plano los sueños vacíos, los prejuicios, las mezquindades y las hipocresías de una clase media orgullosa y viciosa, casi como los paranoicos vecinos de John Cheever. El segundo es Nico Granada, quien en Que de mi piel un robot haga origami, entre kafkianos frescos en miniatura de la cotidianidad contemporánea posmoderna, en un relato titulado “Kitsch: una comedia paternofilial asuncena” retrata la decadencia de una familia típica de entre los “nuevos ricos” de Itaipú de los años 80, simbolizada en el enorme, inservible y vacío contenedor de whisky que en otro tiempo fue sinónimo de estatus, a la vera de la cursilería más barata.

Narrativa y dictadura

Una interesante cantidad de libros que tienen que ver con la dictadura se han publicado en los últimos años. Desde el hoy ya clásico en el género Celda 12, de Moncho Azuaga, pasando la muy cínica Asunción bajo toque de siesta de Hermes Giménez Espinosa, la novela de la búsqueda de identidades de Lourdes Talavera, Sombras sin sosiego, hasta llegar a la que es, probablemente, la mejor de las novelas escritas por Renée Ferrer hasta la fecha, La Querida, la prosa de los escritores y las escritoras paraguayas han comenzado recién a mirar con cierta distancia ese periodo oscuro de 35 años de dictadura en Paraguay. Quizás aún no se ha escrito una novela sobre la era stronista sin el dramatismo de la victimización –necesaria también, pero no excluyente-, con los recursos de la mirada más oblicua, imaginativa y crítica de novelas escritas sobre el mismo tema en literaturas de otros países, que podemos ejemplificar con la novela El vano ayer, del español Isaac Rosa, con su talante polifónico, sus puntos de vista plurívocos y contradictorios. 

Mezcla de lenguas

El fenómeno del bilingüismo desvelo desde temprano a la literatura paraguaya. Desde el llamado jehe’a (mezcla de lenguas, sin subvertir la lógica lingüística de ninguna de ellas) de Emiliano R. Fernández, pasando por las experiencias de Roa Bastos en Yo el Supremo y Rubén Bareiro Saguier en su poemario A la víbora de la mar, los escritores paraguayos han ideados estrategias para dar cabida en la literatura a la realidad del bilingüismo. En la narrativa actual, el ejemplo de El rubio, la novela de Domingo Aguilera es una muestra contemporánea del intento de llevar al texto narrativo el jopará (una mezcla aún más radical: una lengua afecta y modifica morfológicamente a la otra).  El fenómeno transfronterizo también tiene su influencia en la literatura escrita. Un grupo de escritores de las nuevas generaciones, aglutinados en torno a las ediciones cartoneras a la manera de la Eloísa argentina de Washington Cucurto, escriben en una forma lingüística que denominan “portuñol selvagem”, una mixtura de guaraní, español y portugués que se da en el habla cotidiana en la zona de la Triple Frontera. Edgar Pou, Cristino Bogado, Douglas Diegues son algunos de los cultores de este tipo de expresión literaria, a veces un tanto forzada, en otras reflejos genuinos de una realidad social.

La migración

Dos ejemplos de escritores que muestran algunas de las caras de la migración. Por un lado, la realidad de un grupo social originalmente extranjero afincado en Asunción, el de la comunidad judía, tiene en Susana Gertopán una diestra narradora de sus imaginarios colectivos. En Barrio Palestina, en El otro exilio y, sobre todo, en El callejón oscuro, esta escritora pone en relieve las marcas, las señas de identidad de una minoría social compenetrada ya desde hace tiempo con Asunción, a la que dota de sus propios sentidos míticos. Por otro lado, el pintor y cineasta paraguayo Enrique Collar ofreció en Polietileno una crónica a veces amarga, otras ásperamente divertida, de la realidad de los paraguayos en Buenos Aires, esta gran ciudad a la que Manuel Mujica Lainez llamó “misteriosa” y ante la que Ezequiel Martínez Estrada se rendía anonadado por sus enormes construcciones, su cabeza de Goliat, las mismas construcciones que, según resaltaba hace un par de años Beatriz Sarlo en una entrevista que le hiciera, fueron edificadas por obreros paraguayos que huían de las penurias económicas y políticas del Paraguay.  Collar se convierte en un cronista privilegiado de cómo golpeó a los paraguayos la era menemista, con sus privatizaciones y sus ajustes. Algo así como una actualización de El baldío, de Roa Bastos, que en los 60 había escritor relatos de ambiente bonaerense, relacionados sobre todo con exiliados políticos.
En octubre de 2011, Santiago Arcos editor, de esta ciudad, publicó una antología de narrativa contemporánea paraguaya, titulado sugestivamente Los chongos de Roa Bastos. La misma estuvo preparada por Sergio Di Nucci, Nicolás Recoaro, Alfredo Grieco. La muestra es, como todas las muestras, incompleta, pero acerca al lector argentino algo de lo que se está haciendo ahora en Paraguay en materia narrativa. Además de los ya citados Viveros, Aguilera, Diegues, Granada, Bogado y Pérez Reyes, están incluidos Monserrat Álvarez, Edgar Pou y Damián Cabrera. Quizá acicateados por el título, revistas culturales porteñas le dieron destaque a esta colección de relatos. 

Escribir fuera del país

Mención aparte para tres escritores paraguayos relativamente jóvenes que viven y escriben en Argentina. Uno de ellos vive en esta misma ciudad, y se llama Ever Román. Su primer libro de cuentos, Osobuco, fue editado aquí, y transita la misma senda urbana, pero también trafica con el sentido de la reflexión sobre la misma literatura.  Sus cuentos prefieren los múltiples escenarios vivientes: los barrios, la clara soledad de los ríos, la inmensidad del páramo chaqueño. Osobuco está dedicado, casualmente, a Humberto Bas un escritor paraguayo que vive en Neuquén, y cuya novela El Superpalo es un telúrico delirio post realismo mágico, en un pueblo imaginado que en el fondo es el San Ignacio natal del escritor. En sus cuentos practica un recurso generalmente poco feliz en la literatura paraguaya, pero que en el resulta definitivamente acertado: el humor ácido, la ironía filosamente sutil. Finalmente, Óscar Fariña escribe poesía, pero su poesía es, como suele ser la de Jacobo Rauskin, muy narrativa. Vive en Buenos Aires, y su libro Pintó el arrebato tiene postales de su sangre cultural paraguaya, de su impronta mestiza de hoy día, en un tono de cronista suburbial. En su poema “Manchas”, que cito completo, le toma el ritmo a la huella identitaria de su historia:

cuando mi vieja
se hizo el documento
argentino tenía
lo dedo tan roto
de fregar
la casa argentina de
su patrona argentina
que al momento
de tocar el pianito
la tinta
acumulada en lo tajo
traversale del pulgar
le impidió
al cobani
hacer una buena
impresión de la hueya
y hoy por eso
en vez
de prolija espirale
la identidá -extranjera
de mi mamá -paraguaya
para la ley -argentina
consiste en una mancha. 

El año pasado, Fariña publicó una reescritura del Martín Fierro en lenguaje “pibe chorro”. Fariña hoy día, como lo fue el propio Cucurto, está a la vanguardia en Argentina de la literatura alejada de los oropeles y cercana al pulso de lo marginal.

Erotismo

Lo erótico es preponderante en los relatos de Amanda Pedrozo, quien varios años después de su último libro publicó en 2010 El diablo por un agujero. La aventura erótica de Pedrozo es, por momentos y como quería Susan Sontag, una defensa de la imaginación pornográfica. Su hermana,  Mabel en Perversidad y en Las arrugas de la Virgen, ofrece cuentos en donde lo macabro, las bromas pesadas del destino,  son una marca. Ambas prefieren personajes femeninos que se encuentren, choquen en determinadas circunstancias con el deseo de otra vida frente al rol social que se les ha asignado. Otra mujer, Chiquita Barreto, también ha incursionado en el relato erótico en el libro Con el alma en la piel. Pero son sus dos novelas Mujeres de cera y La voz negada las que muestran un amplio retrato, en tono poético, de la vida de las mujeres tanto en el campo como en la ciudad en el Paraguay. 

Narrativa histórica

Finalmente, la que fuera por mucho tiempo la reina de la narrativa paraguaya, la que abreva de la historia, ha retrocedido en su influencia. El autor más destacado de los últimos años es Guido Rodríguez Alcalá, quien vuelve al siglo XIX en El peluquero francés y muestra con una ironía y un humor exquisitos una Asunción con ademanes europeos en medio de intrigas de toda laya. Tal vez otro de los pocos ejemplos citables del siempre efectivo género de la novela histórica sea Donde ladrón no llega, de Luis Hernáez, publicado hace más de quince años. Aquí las misiones jesuíticas son la excusa para una reflexión sobre el pasado colonial.
Así, este rápido muestrario de lo que se viene haciendo en la narrativa paraguaya, sobre todo en la última década, es un recuento de la actual literatura en el doble sentido de la palabra actual: el que se refiere simplemente a las obras publicadas en un tiempo determinado, y también, más complejamente, a las formas actuales de la literatura, las que expresan no solo lo que es su tiempo, si no además las que expresan cómo se escribe en este tiempo. Así, incluso, como decía Borges con respecto a Salambó de Flaubert: la novela del francés puede hablar de Cartago, pero es una típica novela del siglo XIX. 

En muchos casos, diría que en la mayoría, las variadas formas de escritura que existen en la narrativa paraguaya son poco conocidas. En Paraguay hay una literatura visible, y otra invisible o invisibilizada, porque muchas veces se reivindica invisible o porque cierto establishment no se fija demasiada en esas maneras otras de hacer literatura. Jorge Canese y Joaquín Morales serían dos ejemplos, en poesía y narrativa, de cómo escritores de otras generaciones se sienten más cercanos a las nuevas camadas por la actitud y el temperamento de su escritura. Por lo demás, según se puede ver, la  narrativa paraguaya no solo existe, sino que goza de buena salud. Aun cuando traspase poco las fronteras, y sea testimonial y vocacional su batalladora naturaleza. Muchas gracias.

25/4/12

El aldabonazo perentorio

  
Aprendí la palabra "perentorio" gracias al primer párrafo de Las palmeras salvajes (1939) de William Faulkner, traducido por Jorge Luis Borges hacia 1940. "Sonó otro aldabonazo, a la vez discreto y perentorio, mientras el doctor bajaba las escaleras...", comenzaba diciendo aquella novela que lo conminaba a uno a elegir "entre la nada y la pena". La serena visualidad de ese arranque había sido un aldabonazo en mi cerebro. La prosa de Faulkner en la versión de Borges suele causar ese efecto. O si no pregúntenle a Gabriel García Márquez, quien en 1967, en Cien años de soledad, no pudo resistir la tentación de poner el mismo sustantivo con el mismo adjetivo: "Empezaba inclusive a perder la ilusión de ser reina, cuando sonaron dos aldabonazos perentorios en el portón...", dice García Márquez, ebrio del Faulkner retórico que bebimos mediante Borges.

14/4/12

Dictadura y cultura


Treinta y cinco años en la historia de un país de doscientos es de por sí ya un buen trecho de tiempo. Pero cuando esas más de tres décadas estuvieron marcadas por un Estado en trance de modernizarse a palos a mediados de la década del 50 del siglo pasado, luego de verse asaltado una y otra vez por una clase dirigente con los peores resabios del caudillismo decimonónico, y signadas por la violencia de un régimen autocrático y celoso de su represivo poder modernizador, ese periodo de tiempo es aún más decisivo. Porque deja marcas profundas, heridas, cicatrices. 

La dictadura stronista, es justo decirlo, entendió la palabra cultura a su manera, y aunque lo que se llama hoy política cultural pareció estar ausente de su programa, ello no debe engañar empujándonos a creer que no tuvo su propio sello en el ámbito. “Propuso” una forma de encarnar la cultura que es casi su antítesis: buscó el inmovilismo en la tradición, en lo malentendido como folclórico, en un arte que se creía popular en el sentido más apático del término. Una cultura alejada de lo liberador, en suma. 

Mientras tanto, los sectores que desde el mismo origen de la carrera totalitaria de Alfredo Stroessner mantuvieron una postura política y cultural crítica a su régimen entendieron que, aun cuando su quehacer no fuera pretendidamente de choque con lo oficial sino una simple afirmación de otra identidad más compleja y rica, la resistencia a la dictadura y a su agenda inmovilista era inevitable. Una ilustrativa muestra: en 1954, el mismo año del golpe que catapultaría al poder a Stroessner, surge públicamente y por primera vez una generación que en el ámbito de las artes plásticas habría de encarnar a lo largo de la segunda mitad del siglo XX la modernización del discurso artístico, en franco enfrentamiento muchas veces con el discurso oficial. 

El mismo hecho de que Epifanio Méndez Fleitas, uno de los que en un primer momento hizo todo porque Stroessner se consolidara en el poder para rápidamente ser traicionado por éste y convertirse en su acérrimo opositor desde el destierro, encarnara en su carácter de músico tradicionalista la hegemonía que iría a exiliar al culto compositor y director de orquesta Carlos Lara Bareiro, por lo demás comunista, es una muestra más de esa intolerancia propia del régimen hacia sentidos otros, dinámicos, del hecho cultural.

En ese contexto, desde la década del 50 a la del 80, todas las expresiones artísticas y pensantes se encontraron siempre en la necesidad de mostrarse desde la resistencia, que no pocas veces rehuía lo político llano y directo. El teatro aportó sus presos y sus héroes civiles; la música, la literatura y el periodismo también los tuvieron. El actor Emilio Barreto estuvo preso más de una década; la música de José Asunción Flores estaba proscripta; Jorge Canese aportó un título de su obra como uno de los libros expresamente prohibidos por la dictadura; varios periodistas fueron perseguidos y encarcelados en el ejercicio de su deber de informar y formar con la verdad, por consignar solo algunos ejemplos. Y así cientos de creadores  y creadoras, que militaron desde la cultura por un Paraguay que no se desangrara real y simbólicamente en la ignorancia.

Algunos fueron desaparecidos, otros murieron en el exilio y muchos otros siguen hoy en el país y fuera de él sosteniendo la trabajosa memoria de un tiempo en que pensar era un verbo peligroso, o más asazmente peligroso que en la actualidad. Lo cual es una conquista inocultable y orgullosa de todos. 

La cultura genuina siempre registra, documenta, testimonia, aun inconscientemente, esos tiempos críticos en que la vida consiste en jugarse, precisamente, la vida. Ese gesto heroico, ejemplar, con todas sus contradicciones y contingencias propias del momento histórico en que le tocó surgir, sigue siendo actual y necesario.

9/4/12

Eva Gabrielsson, el as en la manga de Stieg Larsson


“Quisiera no haber escrito jamás este libro sobre Stieg, 
sobre nuestra vida, pero también sobre mi vida sin él”.

"Eva, date prisa”, le dijo por teléfono Per, un periodista compañero de Stieg, la siesta del martes 9 de noviembre de 2004. La mujer había sentido la inmisericordia del tono extraño, perentorio, que la conminaba de inmediato a subir al tren que la debía llevar urgentemente desde Falun, una ciudad a tres horas de distancia, hasta Estocolmo, en uno de cuyos hospitales había ido a parar el periodista y escritor Stieg Larsson, luego de sentirse mal en la oficina del semanario Expo, que dirigía. No habría tiempo, en realidad: antes de que subiera al tren, el hombre a quien había amado y con quien había convivido durante treinta y dos años, ya estaba muerto.

Solo unos meses después de aquel 9 de noviembre en que Stieg Larsson murió, el mismo día en que debía decir un discurso público en conmemoración de la Noche de los Cristales Rotos, que había dado inicio oficial a la persecución naz contra los judíos, en 1938, se publicó la primera entrega de la trilogía que fraguaba por las noches el escritor sueco, mientras bebía ingentes cantidades de café y fumaba cigarrillos interminables: Millennium.


Para quienes conocían a Larsson desde los tiempos juveniles de su militancia política en círculos maoístas, primero, y trotskistas, después, no era nada descabellado tener la certeza de que el mundo de Eva Gabrielsson, su compañera ya desde dichos tiempos núbiles, vendría a desmoronarse previsible e inevitablemente, luego de la muerte del autor de Los hombres que no amaban a las mujeres. Es ese desmoronamiento, además de detalles de la vida de periodista y escritor de Larsson, el que cuenta Gabrielsson en Millennium, Stieg y yo (Destino, 2011), un libro que no se sonroja por ser precisamente lo que el título enuncia: las memorias de una relación de pareja, pero también las confesiones de una espectadora privilegiada del proceso de creación de una de las trilogías más exitosas de las últimas décadas.
 



Gabrielsson se hizo conocida en los medios básicamente por visibilizar una de las pruebas tangibles de ese otro lado oscuro y arbitrario de la Suecia que las novelas de su  compañero quieren mostrar: el paraíso del Estado de Bienestar, de la socialdemocracia exitosa, no permite que las uniones de hecho sean consideradas válidas a efectos de litigios de herencia. Por lo que la mujer que estuvo más de tres décadas con Larsson se quedó sin nada, a diferencia del padre y el hermano del escritor, quienes, por lo menos según lo que se lee en Millennium, Stieg y yo, demostraron un súbito amor hacia la memoria de Stieg cuando la trilogía se convirtió en una victoria económica fulgurante.

Más allá de las quejas y los lamentos —totalmente atendibles, por supuesto—, de parte de Gabrielsson, acerca de su magra suerte, este libro guarda particular interés para quienes desean encontrar ciertas pistas de la vida de Larsson y, sobre todo, del hombre que escribió Millennium. Como ya se mencionó antes, Larsson tuvo una temprana inclinación política de izquierda. Siempre que la misma Gabrielsson terminaba por desencantarse de los maoístas o trotskistas, él aguantaba un poco más y realizaba críticas desde adentro de las organizaciones juveniles a las que pertenecía antes de alejarse de ellas. Su trabajo periodístico se centró, en mayor medida, en una rigurosa catalogación de los grupos de extrema derecha que pululaban (y lo siguen haciendo) en Suecia. De hecho, vivió varios años tomando cuidados especiales ante las amenazas que recibía (balas en sobres, publicación de su dirección y número telefónico en revistas extremistas, etc.).
 

Ética periodística

Larsson activó bastante por que la “Constitución sueca atribuyera a internet el mismo nivel de responsabilidad que a los otros medios de comunicación y que impusiera la obligatoriedad de que todas las páginas web tuvieran un responsable”, cuenta Gabrielsson. Esto pensado especialmente en los sitios web racistas y fascistas que incitan a la violencia. Además, “Millennium denuncia la progresiva dejación de funciones de los medios de comunicación”, desentendidos de los problemas reales de la sociedad, con periodistas económicos que tratan
“a los empresarios como si fueran estrellas de rock, dejando que se enriquecieran a sus anchas”.


El feminismo de Larsson

Otro tema sobre el que se debate bastante en torno a Millennium es el de la violencia hacia la mujer. Para Gabrielsson, no hay dudas del feminismo de Larsson. Explica que Los hombres que no amaban a las mujeres ( cuyo título en sueco es en realidad Los hombres que odian a las mujeres) fue inspirada por tres muertes reales ocurridas en Suecia, las que llevaron al escritor a escribir un ensayo previo sobre el mismo, publicado en el volumen Debate sobre los crímenes de honor; ¿feminismo o racismo? 
 
Las tres muertes (la de una mujer asesinada por su novio celoso; la de una joven india muerta por su padre, al no querer aceptar un matrimonio consumado; la de otra despedazada sin más) Larsson explicaba que formaban parte de la misma matriz: eran “víctimas de la misma opresión patriarcal”. De hecho, denunciaba la manera en que en Suecia consideraban estos hechos de violencia extrema: la del novio celoso como un asesinato cualquiera, al igual que la mujer despedazada; y la de la india, un asesinato étnico en el cual Occidente y sus instituciones no tienen por qué ver motivaciones especiales y específicas, diferentes a las de un “asesinato cualquiera”. Se trata —explicaba Larsson en el ensayo que es citado por Gabrielsson— de una “violencia sistemática”, la que sería “la expresión que emplearíamos si semejante violencia se ejerciera contra sindicalistas, judíos o minusválidos”. 

El cuarto volumen

Tal vez el capítulo dedicado al siguiente volumen de Millennium, el que Larsson no terminó, sea el que más interese a los fanáticos de la trilogía. Aquí Gabrielsson deja en claro lo que es tal vez el más importante refugio (por lo menos hasta ahora) de la memoria ética del escritor. Titulado provisoriamente La venganza de Dios, el cuarto volumen es el único que la mujer posee. Desde un año después de la muerte de su compañero, cuando su suegro y cuñado le arrebataron legalmente los derechos sobre su obra, Gabrielsson manifestó su deseo de gestionar el legado escrito (que suegro y cuñado han maltratado, cambiando nombres de personajes y hechos) de Larsson. 

“No quiero que su nombre continúe siendo una industria y una marca”, dice Gabrielsson, mientras se niega a dar a conocer la no culminada cuarta entrega. Ella se declara, si no heredera legal, sí heredera moral de Stieg Larsson. El as en la manga de los hombres que sí aman a las mujeres.

Wislawa Szymborska, la poeta de la simple ironía

Szymborska y un ritual hasta la muerte: fumar.
Para nada sospechaba que la decisión tomada el pasado jueves por la mañana, la de poner el Réquiem de Mozart en el equipo de audio mientras mi pequeña hija Ámbar insistía tercamente en ayudarme a ordenar los libros, entrañaría para mis gustos literarios una todavía ilegible señal funesta. Wislawa Szymborska, la que fuera considerada por quienes instituyen el Premio Nobel como la “Mozart de la poesía”, había ya fallecido en la tranquilidad de su hogar en Cracovia, Polonia, para cuando la levitante música del genio de Salzburgo inundaba la luminosa y lejana mañana luqueña.

Nacida en julio de 1923, esta polaca adorable, de formas tímidas y temperamento poético potente, la galardonada con el Nobel de Literatura, era una fumadora  empedernida aún cuando ya rosaba las nueve décadas de vida. Murió, de hecho, de un cáncer de pulmón. “Una vez recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar. Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí”, le contó hace tres años a un periodista de El País, de Madrid, sin ningún rictus facial que denotara el miedo y la certeza de que moriría de una afección pulmonar.
Publicó su primer libro de poemas en 1952, inicialmente seducida por un realismo marcado por su cercanía, luego atenuada y desaparecida, con el comunismo. Fue distinguida con una importante cantidad de premios en su país antes de ser mundialmente famosa, hecho este último que siempre le incomodó un poco. 
En castellano, solo era poeta de antologías dispersas, y hoy se cuenta con toda su obra
poética traducida, incluso la que tiene escrita en prosa. Dos años antes del Nobel, su
coterráneo Krzysztof Kieslowski comenzó a hacerla conocida en Occidente, aunque muchos no se dieron cuenta de ello: en una escena de Rojo, la primera de la gran trilogía de películas formada también por Blanco yAzul, el director de cine incluyó la lectura de un poema que, algunos creen, pudo hasta haber inspirado el filme. Dice, en una parte, “Amor a primera vista”: “Los dos pensaron que/ un repentino sentimiento los unía./ Esa seguridad era hermosa/ aún más hermosa que la inseguridad./ Ellos pensaban que no se conocían/ el uno al otro./ Nunca había pasado nada entre ellos./ Estas calles, estos corredores./  ¿Dónde pudieron haberse conocido antes?”.
“Un lugar siempre hay vacío/ de donde qué más fácil que divisar la muerte”, dice en “Monólogo para Casandra” esta Casandra polaca, quien divisó con particular y simple ironía algunos de los temas más importantes del mundo contemporáneo y de cualquier tiempo: el amor, la soledad, la violencia.
Hoy la divisamos desde la vida en esa muerte suya, tranquila y hogareña, que quién sabe si es más vida que la nuestra: otra más desenmascarada por Szymborska con la ironía de hacernos creer que el Réquiem de Mozart suena por ella, cuando probablemente suena por nosotros, ilusos.

2/4/12

"La casa vacía": un libro irregular


Hay estrenos literarios que sorprenden, así como los hay que pasan desapercibidos. Hay comienzos de una carrera que suelen envalentonar a los críticos en su vena profética (que no tiene por qué convertirse en profesión de fe, pero suele ser así), para luego ser desautorizados por el futuro, así como también ser  reconocidos por la eficacia agorera de  su exégesis.  Pero eso es lo de menos. Finalmente, solo quedan la literatura y los lectores.

El primer libro del periodista y escritor Mario Ferreiro, El tranvía (Criterio, 2009), mostraba el despunte de un narrador fresco, inquieto y decidido en  su entusiasmo por desplegar su abanico temático, con dos o tres muestras valiosísimas de la narrativa paraguaya del siglo XXI, apelando a personajes atractivos, desarrollando una tradicional veta histórica, y honestidad y cinismo juntos, bien aplicados,  con respecto a  ciertos mitos culturales e históricos del Paraguay.


Ahora Ferreiro ofrece al lector su segundo manojo de cuentos, La casa vacía (Criterio, 2012). Son siete de nuevo, como en el primer libro, más dos relatos agrupados en un apartado denominado “Semblanzas”.  A primera vista, los textos no se salen de la línea del primer libro, aunque eso mismo pueda hacer que parezcan, en algunos casos, relatos que fueron desechados   para el primer libro, de tres años atrás. 

La tentación autobiográfica es una señal típica de la narrativa de nuestro siglo. Aún más: Ferreiro, probablemente, cae en el error de querer explicar las motivaciones existenciales de sus cuentos  en la “Breve guía para leer este libro”, en donde recluye la imaginación del lector a los límites impuestos por las posibles peripecias  de la vida del hombre público llamado Mario Ferreiro. La literatura, se sabe, no debe rendir cuentas a nadie, ni siquiera a uno mismo. Sale a la vida, y el resultado será lo que el lector  haga con ella, ni más ni menos. Se dirá que hasta Borges  cayó en dicha tentación. Es cierto. Pero él sentía que su deber “explicativo” tenía más que ver con sus deudas literarias con escritores de otras épocas, antes que con las aventuras de su propia vida, de las cuales de hecho abominaba.


Aun así,  hay unos cuantos relatos que no desmerecen el nivel del primer libro del autor. "El robo del siglo", a pesar de su final con recurso típico de finales, tiene el gran mérito de hacer una arriesgada y feliz intertextualidad con Chico Bizarro y las Moscas, la novela de Mónica Bustos, teniendo a un raramente irascible Roa Bastos como protagonista; "El blues del renegado" (que bien hubiera podido estar entre los relatos de la sección “Semblanzas”), es una repetitiva pero interesante oda a la juventud ociosa de los años 70 y 80, en un lugar en particular de Asunción, Barrio Jara, en un cuento disfrazado, a su vez, de homenaje al fallecido intelectual paraguayo Luis León Bareiro; y, finalmente, quizá uno de los textos más redondos del libro: "El Clown", una reconstrucción  de las horas del Gral. Juan Domingo Perón en la cañonera paraguaya Humaitá, luego de ser derrocado por  la oligarquía militar argentina, en 1955.


La casa vacía puede ser considerada una obra irregular en su factura, sin la solidez del primer libro de Mario Ferreiro. Aun así, aporta (otra vez) un par de relatos demostrativos   de las interesantes tendencias de nuestra narrativa contemporánea.

"Los sicarios": El espejo roto de la clase media


Desde los lejanos días de Balzac, es costumbre  encontrar en las literaturas nacionales (si dicha categoría todavía existe, si alguna vez existió) los narradores, los cronistas de la burguesía de cualesquiera países. El entusiasmo de Marx por las novelas del escritor francés como fuente de análisis sociológico es el primer ejemplo que conozco del entusiasmo del lector crítico  por reconocer el universo de una clase social, en este caso hegemónica, mediante la literatura. Ya con el transcurrir del siglo XX y del que ahora vivimos, se han dado apariciones de narradores de la clase media, de los excluidos, de las minorías sexuales, etc., etc. Todo eso menos en Paraguay, que sí ha tenido sus grandes narradores de la realidad campestre, de la lógica feudal alejada del desarrollo capitalista común y corriente, pero muy poco de los enclaves sociales emergentes de un país, o una ciudad como Asunción, que alberga a la Chacarita y a Villa Morra.
 

Por eso, libros como Nobis (2010), de Juan Ramírez Biederman, que reconstruye los mitos del barrio; o ahora  Los Sicarios, de Jorge Rolón Luna, que restituye honores épicos a una clase media regodeada en los placeres de la carne,  la violencia y el prejuicio,  son plausibles y logrados ejercicios de alucinada mimesis literaria.
 

Rolón Luna, en catorce cuentos, llena el espacio de la ficción de vecinos solitarios,  husmeadores de  basurales, putas que misteriosamente no cobran por un momento de placer en los taxis, escritores underground que proclaman que “el  Tercer Mundo ya perdió  para siempre”,  desmitificadores de lunes que huyen de sus esposas para tomar alcohol y contar hazañas sexuales, sicarios cuyo oficio  es desbancado por el destino, cínicas conversaciones austerianas entre un escritor y su creación. Es decir, las glorias y las miserias clasemedieras de un país, Paraguay, y una ciudad, Asunción, que no son nombrados nunca como tal, en un juego de máscaras, maquinado o no, que funciona  muy bien para lectores de cualquier lugar y tiempo, aunque evidentemente la franja temporal a que hacen alusión los relatos van desde principios de los 90   hasta la década que acaba de pasar.

¿Los relatos más logrados? "Acerca  de la existencia del Diablo, por su sutil manejo del ritmo", de los diálogos que no suenan poco naturales como suele pasar en la narrativa paraguaya marcada por el bilingüismo; "Noche de luna negra", por el querible personaje urdido; Los sicarios, por su aceitado mecanismo; "El  fracasado I", por hurgar con chispa en el siempre movedizo mundo del fútbol.
 

Tal vez Los Sicarios tenga más cuentos de los que merezca tener el volumen: hay dos o tres que no cuajan, evidentemente escritos en épocas distintas a los del núcleo fuerte que sostiene el libro.
 

Aún así, estos son relatos que   algún Marx de los suburbios debería leer: porque dicen mucho de la realidad paraguaya.

20/3/12

Tomás Palau y el puñado de tierra paraguaya


Foto: Última Hora

No frecuenté mucho a Tomás Palau. No sé si era un hombre solitario, pero a mí me gustaba imaginarlo, sin temor al lugar común, bajo esa imagen del intelectual que lee y escribe en soledad, por momentos solo molestado por el vuelo fugaz de una polilla entre libros y papeles, envuelto en el humo infausto de su cigarrillo. Sé que Tomás, en todo caso, no encarnaba solo esa idea romántica de intelectual. Sé que viajó durante años cientos de kilómetros para ejercer la cátedra fuera del país o para impartir talleres en recónditos lugares a gente humilde, simple y auténtica que lucha hasta hoy por un pedazo de tierra. Sé que cuando había que firmar algo de contenido inocultablemente político, Tomás lo firmaba por pura y necesaria convicción, a diferencia de otros colegas suyos, paralizados por el horror sagrado a la exposición, el compromiso real y la activa conciencia de clase.

Lo conocí por sus textos en la prensa en los años 90, sobre todo en Última Hora. Luego leí sus libros, sus colaboraciones en publicaciones colectivas, y tuve la oportunidad de tratarlo en ocasiones precisas pero inolvidables. Fue un gran intelectual orgánico del movimiento campesino, lo que muchas veces hizo que los académicos de las ciencias sociales paraguayas lo ignorasen, incapaces congénitos de seguir el ejemplo de su natural capacidad para teorizar y, a la vez, forzar a la teoría con la práctica en el teatro de operaciones de las luchas populares. Hace unos días decíamos con unos amigos, luego de leer en voz alta el fragmento de un reciente texto suyo, que era admirable que Tomás hubiera mantenido tan vivo, y en gran nivel, el oficio de la escritura al mismo tiempo que la enseñanza, la cotidianidad de dirigir un centro de investigaciones, la urgencia no menos cotidiana de sus convicciones políticas. Era capaz, a veces en el mismo día, en la misma hora, de fraguar un texto de una lucidez apabullante, y luego explicar a unos campesinos de Capiibary, con piadosa paciencia, cómo el país está marcado por la cuestión de la posesión de la tierra, y cómo esa cuestión entra, finalmente, en un momento crítico de nuestra historia con la extensión de la frontera agrícola, la aparición arrasadora de la agricultura extensiva mecanizada, el monocultivo y el modelo agroexportador, en medio de una reforma agraria stronista hecha a la medida de la oligarquía nacional.  

Unas dos o tres veces lo llamé para pedirle algún texto suyo para publicarlo en el Correo Semanal. La última vez que hablé con él a este respecto, se quejó de que los medios masivos hacía tiempo no lo tomaban en cuenta, obviamente en una sutil represalia por sus tajantes posiciones en contra de la “sojización” del país y la “descampesinización” de la campaña.

Hoy Tomás, a quien una vez en Horqueta vi llegar tempranito y solo en la mañana manejando su propio auto desde Asunción para dar un taller a inquietos universitarios, se nos ha ido también temprano para quienes siempre nos sentimos huérfanos de personas y luchadores íntegros como él. No hay dudas de que la ausencia de su palabra será pesada. Pero también es cierto, cómo no, que nos sentimos agradecidos y orgullosos de su fértil paso por este palpitante puñado de tierra llamado Paraguay.

21/2/12

Asunción de vos

Tengo la certeza de que estás caminando sobre las aceras de una ciudad que nunca fue nuestra, Asunción, una ciudad nunca poblada por nuestros íntimos afanes y cuyo pesado presagio de libertad enmascarada jamás quisiste compartir conmigo. Los ruidos de esta noche parecen decirme, con odio indiferente y frágil, que estás muy cerca. Y extrañamente sé que es así. Yo estoy sentado aquí, solo, pero no lo suficiente como para convocarte a gritos o salir corriendo a buscarte en alguna calle cercana y oscura -Ayolas, O’Leary, Haedo, qué se yo-, mientras sé que vas caminando con la mirada puesta en unos niños que corren de sus miserias, o en las manos callosas que recogen del piso una latita de cerveza amanecida. Pero ignoro a dónde vas, tampoco sé si vas sola o con el muchacho joven y taciturno con aires de niño tímido que me han contado ronda tu casa desde las tempranas horas en que los lapachos de Sajonia colorean las calles, hasta las horas nocturnas y feroces en que una cama parece tan pero tan chica pero en ella caben perfectamente dos, una cama que se ensancha perfectamente el doble de su tamaño, para vos y para él. Rememoro, mientras miro la palidez de mi mano fijando estas palabras en el ordenador, las tuyas sobre Asunción, aquéllas que me decían lo que vos considerabas era un misterio al que había que respetar, con su ruido y su furia. Te negabas a venir a esta ciudad, pero las veces que lo hiciste acompañado por mí, el temor al misterio se transformaba en temor físico y palpable a los autos, a las arduas calles repletas de autos que queríamos cruzar, a los hombres todos que parecían pretenderte desde lejos, a la verticalidad inmaculada de los edificios. Yo te tomaba de la mano y vos me agarrabas fuerte, casi como un animalito indefenso pegado al cuerpo seguro y cálido de la madre, como un koala más o menos, y te ayudaba a caminar casi como el primer día en que te erguiste y diste unos pasos asustados y breves, lo imagino, allá en los lejanos días de tu infancia, cuyas imágenes tanto me gustaba mirar en el álbum de fotos de tu familia. Mientras caminabas los cinco o seis metros del asfalto con pasitos torpes te hacías más chiquita, muy chiquita, hasta llegar a la otra vereda y comenzar a crecer de nuevo, de a poco, casi imperceptiblemente, súbitamente volverte gigante y mirarme con una sonrisa orgullosa y ruin, para luego otra vez volver a empequeñecerte y caber en mi mano trémula apenas nos lanzábamos de nuevo a la calle tras abandonar una plaza, un bar insomne, alguna función de alguna obra de teatro con actores que te gustaban porque miraban profundamente como ídolos milenarios, decías, y donde los nervios se te rebelaban si una mujer con bufanda roja, muy roja al cuello no paraba de contar a su acompañante, en plena función, las desventuras por las que había tenido que pasar para llegar hasta allí y encontrarme contigo, mi amor, disculpame, cuando de repente ya llegaba la hora de partir y volvíamos a cruzar las calles, con la noche acechando triste y vengativa sobre los edificios de una ciudad que duerme con un ojo abierto bajo las frías estrellas, la luna mortecina.

De un cuento inacabado escrito hacia 2005.

Tres poemas

El poeta, la vida y la muerte

El poeta está parado en la barandilla del puente.
Abajo,
el Sena es testigo silencioso de lo que queda de la tarde:
el horizonte carmesí,
las luces parisinas infectadas de noche,
el rumor incesante de los autos
y las sirenas lejanas,
siempre lejanas
para quien no va en las ambulancias perentorias.

El poeta se va a tirar al Sena.
Antes piensa en Nelly Sachs,
amiga y poeta también,
quien poco tiempo después
también se quitará la vida,
como un gorrión enamorado y vaciado de sentido
que choca contra un edificio
habitado por empresas vendedoras de seguros
y agencias de viajes.

El poeta mira hacia abajo.
Un breve suspiro
es el preámbulo de la muerte,
y el colofón
de esa otra cosa frágil y precaria
que no vale la pena vivirla si,
justamente,
no es posible suprimirla
tirándose al Sena desde un puente.

Batalla perdida

Después de que desapareciera la tinta
con la que estaban escritos en tu agenda
mi nombre, mi dirección y mi número de teléfono,
libré una batalla a muerte
con la certeza glaciar de tu silencio.

Y perdí la batalla, por supuesto,
pero hay guerra para rato
dicen el sístole y diástole de este corazón.


Tercero excluido

El paseo central de la avenida Carlos Antonio López
es el tercero excluido
a quien no le interesa, de hecho,
dejar de ser un convidado de piedra
en la metafísica peatonal de la ciudad,
sino su propia médula espinal.

Poemas escritos hacia 2007.