9/4/12

Eva Gabrielsson, el as en la manga de Stieg Larsson


“Quisiera no haber escrito jamás este libro sobre Stieg, 
sobre nuestra vida, pero también sobre mi vida sin él”.

"Eva, date prisa”, le dijo por teléfono Per, un periodista compañero de Stieg, la siesta del martes 9 de noviembre de 2004. La mujer había sentido la inmisericordia del tono extraño, perentorio, que la conminaba de inmediato a subir al tren que la debía llevar urgentemente desde Falun, una ciudad a tres horas de distancia, hasta Estocolmo, en uno de cuyos hospitales había ido a parar el periodista y escritor Stieg Larsson, luego de sentirse mal en la oficina del semanario Expo, que dirigía. No habría tiempo, en realidad: antes de que subiera al tren, el hombre a quien había amado y con quien había convivido durante treinta y dos años, ya estaba muerto.

Solo unos meses después de aquel 9 de noviembre en que Stieg Larsson murió, el mismo día en que debía decir un discurso público en conmemoración de la Noche de los Cristales Rotos, que había dado inicio oficial a la persecución naz contra los judíos, en 1938, se publicó la primera entrega de la trilogía que fraguaba por las noches el escritor sueco, mientras bebía ingentes cantidades de café y fumaba cigarrillos interminables: Millennium.


Para quienes conocían a Larsson desde los tiempos juveniles de su militancia política en círculos maoístas, primero, y trotskistas, después, no era nada descabellado tener la certeza de que el mundo de Eva Gabrielsson, su compañera ya desde dichos tiempos núbiles, vendría a desmoronarse previsible e inevitablemente, luego de la muerte del autor de Los hombres que no amaban a las mujeres. Es ese desmoronamiento, además de detalles de la vida de periodista y escritor de Larsson, el que cuenta Gabrielsson en Millennium, Stieg y yo (Destino, 2011), un libro que no se sonroja por ser precisamente lo que el título enuncia: las memorias de una relación de pareja, pero también las confesiones de una espectadora privilegiada del proceso de creación de una de las trilogías más exitosas de las últimas décadas.
 



Gabrielsson se hizo conocida en los medios básicamente por visibilizar una de las pruebas tangibles de ese otro lado oscuro y arbitrario de la Suecia que las novelas de su  compañero quieren mostrar: el paraíso del Estado de Bienestar, de la socialdemocracia exitosa, no permite que las uniones de hecho sean consideradas válidas a efectos de litigios de herencia. Por lo que la mujer que estuvo más de tres décadas con Larsson se quedó sin nada, a diferencia del padre y el hermano del escritor, quienes, por lo menos según lo que se lee en Millennium, Stieg y yo, demostraron un súbito amor hacia la memoria de Stieg cuando la trilogía se convirtió en una victoria económica fulgurante.

Más allá de las quejas y los lamentos —totalmente atendibles, por supuesto—, de parte de Gabrielsson, acerca de su magra suerte, este libro guarda particular interés para quienes desean encontrar ciertas pistas de la vida de Larsson y, sobre todo, del hombre que escribió Millennium. Como ya se mencionó antes, Larsson tuvo una temprana inclinación política de izquierda. Siempre que la misma Gabrielsson terminaba por desencantarse de los maoístas o trotskistas, él aguantaba un poco más y realizaba críticas desde adentro de las organizaciones juveniles a las que pertenecía antes de alejarse de ellas. Su trabajo periodístico se centró, en mayor medida, en una rigurosa catalogación de los grupos de extrema derecha que pululaban (y lo siguen haciendo) en Suecia. De hecho, vivió varios años tomando cuidados especiales ante las amenazas que recibía (balas en sobres, publicación de su dirección y número telefónico en revistas extremistas, etc.).
 

Ética periodística

Larsson activó bastante por que la “Constitución sueca atribuyera a internet el mismo nivel de responsabilidad que a los otros medios de comunicación y que impusiera la obligatoriedad de que todas las páginas web tuvieran un responsable”, cuenta Gabrielsson. Esto pensado especialmente en los sitios web racistas y fascistas que incitan a la violencia. Además, “Millennium denuncia la progresiva dejación de funciones de los medios de comunicación”, desentendidos de los problemas reales de la sociedad, con periodistas económicos que tratan
“a los empresarios como si fueran estrellas de rock, dejando que se enriquecieran a sus anchas”.


El feminismo de Larsson

Otro tema sobre el que se debate bastante en torno a Millennium es el de la violencia hacia la mujer. Para Gabrielsson, no hay dudas del feminismo de Larsson. Explica que Los hombres que no amaban a las mujeres ( cuyo título en sueco es en realidad Los hombres que odian a las mujeres) fue inspirada por tres muertes reales ocurridas en Suecia, las que llevaron al escritor a escribir un ensayo previo sobre el mismo, publicado en el volumen Debate sobre los crímenes de honor; ¿feminismo o racismo? 
 
Las tres muertes (la de una mujer asesinada por su novio celoso; la de una joven india muerta por su padre, al no querer aceptar un matrimonio consumado; la de otra despedazada sin más) Larsson explicaba que formaban parte de la misma matriz: eran “víctimas de la misma opresión patriarcal”. De hecho, denunciaba la manera en que en Suecia consideraban estos hechos de violencia extrema: la del novio celoso como un asesinato cualquiera, al igual que la mujer despedazada; y la de la india, un asesinato étnico en el cual Occidente y sus instituciones no tienen por qué ver motivaciones especiales y específicas, diferentes a las de un “asesinato cualquiera”. Se trata —explicaba Larsson en el ensayo que es citado por Gabrielsson— de una “violencia sistemática”, la que sería “la expresión que emplearíamos si semejante violencia se ejerciera contra sindicalistas, judíos o minusválidos”. 

El cuarto volumen

Tal vez el capítulo dedicado al siguiente volumen de Millennium, el que Larsson no terminó, sea el que más interese a los fanáticos de la trilogía. Aquí Gabrielsson deja en claro lo que es tal vez el más importante refugio (por lo menos hasta ahora) de la memoria ética del escritor. Titulado provisoriamente La venganza de Dios, el cuarto volumen es el único que la mujer posee. Desde un año después de la muerte de su compañero, cuando su suegro y cuñado le arrebataron legalmente los derechos sobre su obra, Gabrielsson manifestó su deseo de gestionar el legado escrito (que suegro y cuñado han maltratado, cambiando nombres de personajes y hechos) de Larsson. 

“No quiero que su nombre continúe siendo una industria y una marca”, dice Gabrielsson, mientras se niega a dar a conocer la no culminada cuarta entrega. Ella se declara, si no heredera legal, sí heredera moral de Stieg Larsson. El as en la manga de los hombres que sí aman a las mujeres.

Wislawa Szymborska, la poeta de la simple ironía

Szymborska y un ritual hasta la muerte: fumar.
Para nada sospechaba que la decisión tomada el pasado jueves por la mañana, la de poner el Réquiem de Mozart en el equipo de audio mientras mi pequeña hija Ámbar insistía tercamente en ayudarme a ordenar los libros, entrañaría para mis gustos literarios una todavía ilegible señal funesta. Wislawa Szymborska, la que fuera considerada por quienes instituyen el Premio Nobel como la “Mozart de la poesía”, había ya fallecido en la tranquilidad de su hogar en Cracovia, Polonia, para cuando la levitante música del genio de Salzburgo inundaba la luminosa y lejana mañana luqueña.

Nacida en julio de 1923, esta polaca adorable, de formas tímidas y temperamento poético potente, la galardonada con el Nobel de Literatura, era una fumadora  empedernida aún cuando ya rosaba las nueve décadas de vida. Murió, de hecho, de un cáncer de pulmón. “Una vez recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar. Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí”, le contó hace tres años a un periodista de El País, de Madrid, sin ningún rictus facial que denotara el miedo y la certeza de que moriría de una afección pulmonar.
Publicó su primer libro de poemas en 1952, inicialmente seducida por un realismo marcado por su cercanía, luego atenuada y desaparecida, con el comunismo. Fue distinguida con una importante cantidad de premios en su país antes de ser mundialmente famosa, hecho este último que siempre le incomodó un poco. 
En castellano, solo era poeta de antologías dispersas, y hoy se cuenta con toda su obra
poética traducida, incluso la que tiene escrita en prosa. Dos años antes del Nobel, su
coterráneo Krzysztof Kieslowski comenzó a hacerla conocida en Occidente, aunque muchos no se dieron cuenta de ello: en una escena de Rojo, la primera de la gran trilogía de películas formada también por Blanco yAzul, el director de cine incluyó la lectura de un poema que, algunos creen, pudo hasta haber inspirado el filme. Dice, en una parte, “Amor a primera vista”: “Los dos pensaron que/ un repentino sentimiento los unía./ Esa seguridad era hermosa/ aún más hermosa que la inseguridad./ Ellos pensaban que no se conocían/ el uno al otro./ Nunca había pasado nada entre ellos./ Estas calles, estos corredores./  ¿Dónde pudieron haberse conocido antes?”.
“Un lugar siempre hay vacío/ de donde qué más fácil que divisar la muerte”, dice en “Monólogo para Casandra” esta Casandra polaca, quien divisó con particular y simple ironía algunos de los temas más importantes del mundo contemporáneo y de cualquier tiempo: el amor, la soledad, la violencia.
Hoy la divisamos desde la vida en esa muerte suya, tranquila y hogareña, que quién sabe si es más vida que la nuestra: otra más desenmascarada por Szymborska con la ironía de hacernos creer que el Réquiem de Mozart suena por ella, cuando probablemente suena por nosotros, ilusos.

2/4/12

"La casa vacía": un libro irregular


Hay estrenos literarios que sorprenden, así como los hay que pasan desapercibidos. Hay comienzos de una carrera que suelen envalentonar a los críticos en su vena profética (que no tiene por qué convertirse en profesión de fe, pero suele ser así), para luego ser desautorizados por el futuro, así como también ser  reconocidos por la eficacia agorera de  su exégesis.  Pero eso es lo de menos. Finalmente, solo quedan la literatura y los lectores.

El primer libro del periodista y escritor Mario Ferreiro, El tranvía (Criterio, 2009), mostraba el despunte de un narrador fresco, inquieto y decidido en  su entusiasmo por desplegar su abanico temático, con dos o tres muestras valiosísimas de la narrativa paraguaya del siglo XXI, apelando a personajes atractivos, desarrollando una tradicional veta histórica, y honestidad y cinismo juntos, bien aplicados,  con respecto a  ciertos mitos culturales e históricos del Paraguay.


Ahora Ferreiro ofrece al lector su segundo manojo de cuentos, La casa vacía (Criterio, 2012). Son siete de nuevo, como en el primer libro, más dos relatos agrupados en un apartado denominado “Semblanzas”.  A primera vista, los textos no se salen de la línea del primer libro, aunque eso mismo pueda hacer que parezcan, en algunos casos, relatos que fueron desechados   para el primer libro, de tres años atrás. 

La tentación autobiográfica es una señal típica de la narrativa de nuestro siglo. Aún más: Ferreiro, probablemente, cae en el error de querer explicar las motivaciones existenciales de sus cuentos  en la “Breve guía para leer este libro”, en donde recluye la imaginación del lector a los límites impuestos por las posibles peripecias  de la vida del hombre público llamado Mario Ferreiro. La literatura, se sabe, no debe rendir cuentas a nadie, ni siquiera a uno mismo. Sale a la vida, y el resultado será lo que el lector  haga con ella, ni más ni menos. Se dirá que hasta Borges  cayó en dicha tentación. Es cierto. Pero él sentía que su deber “explicativo” tenía más que ver con sus deudas literarias con escritores de otras épocas, antes que con las aventuras de su propia vida, de las cuales de hecho abominaba.


Aun así,  hay unos cuantos relatos que no desmerecen el nivel del primer libro del autor. "El robo del siglo", a pesar de su final con recurso típico de finales, tiene el gran mérito de hacer una arriesgada y feliz intertextualidad con Chico Bizarro y las Moscas, la novela de Mónica Bustos, teniendo a un raramente irascible Roa Bastos como protagonista; "El blues del renegado" (que bien hubiera podido estar entre los relatos de la sección “Semblanzas”), es una repetitiva pero interesante oda a la juventud ociosa de los años 70 y 80, en un lugar en particular de Asunción, Barrio Jara, en un cuento disfrazado, a su vez, de homenaje al fallecido intelectual paraguayo Luis León Bareiro; y, finalmente, quizá uno de los textos más redondos del libro: "El Clown", una reconstrucción  de las horas del Gral. Juan Domingo Perón en la cañonera paraguaya Humaitá, luego de ser derrocado por  la oligarquía militar argentina, en 1955.


La casa vacía puede ser considerada una obra irregular en su factura, sin la solidez del primer libro de Mario Ferreiro. Aun así, aporta (otra vez) un par de relatos demostrativos   de las interesantes tendencias de nuestra narrativa contemporánea.

"Los sicarios": El espejo roto de la clase media


Desde los lejanos días de Balzac, es costumbre  encontrar en las literaturas nacionales (si dicha categoría todavía existe, si alguna vez existió) los narradores, los cronistas de la burguesía de cualesquiera países. El entusiasmo de Marx por las novelas del escritor francés como fuente de análisis sociológico es el primer ejemplo que conozco del entusiasmo del lector crítico  por reconocer el universo de una clase social, en este caso hegemónica, mediante la literatura. Ya con el transcurrir del siglo XX y del que ahora vivimos, se han dado apariciones de narradores de la clase media, de los excluidos, de las minorías sexuales, etc., etc. Todo eso menos en Paraguay, que sí ha tenido sus grandes narradores de la realidad campestre, de la lógica feudal alejada del desarrollo capitalista común y corriente, pero muy poco de los enclaves sociales emergentes de un país, o una ciudad como Asunción, que alberga a la Chacarita y a Villa Morra.
 

Por eso, libros como Nobis (2010), de Juan Ramírez Biederman, que reconstruye los mitos del barrio; o ahora  Los Sicarios, de Jorge Rolón Luna, que restituye honores épicos a una clase media regodeada en los placeres de la carne,  la violencia y el prejuicio,  son plausibles y logrados ejercicios de alucinada mimesis literaria.
 

Rolón Luna, en catorce cuentos, llena el espacio de la ficción de vecinos solitarios,  husmeadores de  basurales, putas que misteriosamente no cobran por un momento de placer en los taxis, escritores underground que proclaman que “el  Tercer Mundo ya perdió  para siempre”,  desmitificadores de lunes que huyen de sus esposas para tomar alcohol y contar hazañas sexuales, sicarios cuyo oficio  es desbancado por el destino, cínicas conversaciones austerianas entre un escritor y su creación. Es decir, las glorias y las miserias clasemedieras de un país, Paraguay, y una ciudad, Asunción, que no son nombrados nunca como tal, en un juego de máscaras, maquinado o no, que funciona  muy bien para lectores de cualquier lugar y tiempo, aunque evidentemente la franja temporal a que hacen alusión los relatos van desde principios de los 90   hasta la década que acaba de pasar.

¿Los relatos más logrados? "Acerca  de la existencia del Diablo, por su sutil manejo del ritmo", de los diálogos que no suenan poco naturales como suele pasar en la narrativa paraguaya marcada por el bilingüismo; "Noche de luna negra", por el querible personaje urdido; Los sicarios, por su aceitado mecanismo; "El  fracasado I", por hurgar con chispa en el siempre movedizo mundo del fútbol.
 

Tal vez Los Sicarios tenga más cuentos de los que merezca tener el volumen: hay dos o tres que no cuajan, evidentemente escritos en épocas distintas a los del núcleo fuerte que sostiene el libro.
 

Aún así, estos son relatos que   algún Marx de los suburbios debería leer: porque dicen mucho de la realidad paraguaya.

20/3/12

Tomás Palau y el puñado de tierra paraguaya


Foto: Última Hora

No frecuenté mucho a Tomás Palau. No sé si era un hombre solitario, pero a mí me gustaba imaginarlo, sin temor al lugar común, bajo esa imagen del intelectual que lee y escribe en soledad, por momentos solo molestado por el vuelo fugaz de una polilla entre libros y papeles, envuelto en el humo infausto de su cigarrillo. Sé que Tomás, en todo caso, no encarnaba solo esa idea romántica de intelectual. Sé que viajó durante años cientos de kilómetros para ejercer la cátedra fuera del país o para impartir talleres en recónditos lugares a gente humilde, simple y auténtica que lucha hasta hoy por un pedazo de tierra. Sé que cuando había que firmar algo de contenido inocultablemente político, Tomás lo firmaba por pura y necesaria convicción, a diferencia de otros colegas suyos, paralizados por el horror sagrado a la exposición, el compromiso real y la activa conciencia de clase.

Lo conocí por sus textos en la prensa en los años 90, sobre todo en Última Hora. Luego leí sus libros, sus colaboraciones en publicaciones colectivas, y tuve la oportunidad de tratarlo en ocasiones precisas pero inolvidables. Fue un gran intelectual orgánico del movimiento campesino, lo que muchas veces hizo que los académicos de las ciencias sociales paraguayas lo ignorasen, incapaces congénitos de seguir el ejemplo de su natural capacidad para teorizar y, a la vez, forzar a la teoría con la práctica en el teatro de operaciones de las luchas populares. Hace unos días decíamos con unos amigos, luego de leer en voz alta el fragmento de un reciente texto suyo, que era admirable que Tomás hubiera mantenido tan vivo, y en gran nivel, el oficio de la escritura al mismo tiempo que la enseñanza, la cotidianidad de dirigir un centro de investigaciones, la urgencia no menos cotidiana de sus convicciones políticas. Era capaz, a veces en el mismo día, en la misma hora, de fraguar un texto de una lucidez apabullante, y luego explicar a unos campesinos de Capiibary, con piadosa paciencia, cómo el país está marcado por la cuestión de la posesión de la tierra, y cómo esa cuestión entra, finalmente, en un momento crítico de nuestra historia con la extensión de la frontera agrícola, la aparición arrasadora de la agricultura extensiva mecanizada, el monocultivo y el modelo agroexportador, en medio de una reforma agraria stronista hecha a la medida de la oligarquía nacional.  

Unas dos o tres veces lo llamé para pedirle algún texto suyo para publicarlo en el Correo Semanal. La última vez que hablé con él a este respecto, se quejó de que los medios masivos hacía tiempo no lo tomaban en cuenta, obviamente en una sutil represalia por sus tajantes posiciones en contra de la “sojización” del país y la “descampesinización” de la campaña.

Hoy Tomás, a quien una vez en Horqueta vi llegar tempranito y solo en la mañana manejando su propio auto desde Asunción para dar un taller a inquietos universitarios, se nos ha ido también temprano para quienes siempre nos sentimos huérfanos de personas y luchadores íntegros como él. No hay dudas de que la ausencia de su palabra será pesada. Pero también es cierto, cómo no, que nos sentimos agradecidos y orgullosos de su fértil paso por este palpitante puñado de tierra llamado Paraguay.

21/2/12

Asunción de vos

Tengo la certeza de que estás caminando sobre las aceras de una ciudad que nunca fue nuestra, Asunción, una ciudad nunca poblada por nuestros íntimos afanes y cuyo pesado presagio de libertad enmascarada jamás quisiste compartir conmigo. Los ruidos de esta noche parecen decirme, con odio indiferente y frágil, que estás muy cerca. Y extrañamente sé que es así. Yo estoy sentado aquí, solo, pero no lo suficiente como para convocarte a gritos o salir corriendo a buscarte en alguna calle cercana y oscura -Ayolas, O’Leary, Haedo, qué se yo-, mientras sé que vas caminando con la mirada puesta en unos niños que corren de sus miserias, o en las manos callosas que recogen del piso una latita de cerveza amanecida. Pero ignoro a dónde vas, tampoco sé si vas sola o con el muchacho joven y taciturno con aires de niño tímido que me han contado ronda tu casa desde las tempranas horas en que los lapachos de Sajonia colorean las calles, hasta las horas nocturnas y feroces en que una cama parece tan pero tan chica pero en ella caben perfectamente dos, una cama que se ensancha perfectamente el doble de su tamaño, para vos y para él. Rememoro, mientras miro la palidez de mi mano fijando estas palabras en el ordenador, las tuyas sobre Asunción, aquéllas que me decían lo que vos considerabas era un misterio al que había que respetar, con su ruido y su furia. Te negabas a venir a esta ciudad, pero las veces que lo hiciste acompañado por mí, el temor al misterio se transformaba en temor físico y palpable a los autos, a las arduas calles repletas de autos que queríamos cruzar, a los hombres todos que parecían pretenderte desde lejos, a la verticalidad inmaculada de los edificios. Yo te tomaba de la mano y vos me agarrabas fuerte, casi como un animalito indefenso pegado al cuerpo seguro y cálido de la madre, como un koala más o menos, y te ayudaba a caminar casi como el primer día en que te erguiste y diste unos pasos asustados y breves, lo imagino, allá en los lejanos días de tu infancia, cuyas imágenes tanto me gustaba mirar en el álbum de fotos de tu familia. Mientras caminabas los cinco o seis metros del asfalto con pasitos torpes te hacías más chiquita, muy chiquita, hasta llegar a la otra vereda y comenzar a crecer de nuevo, de a poco, casi imperceptiblemente, súbitamente volverte gigante y mirarme con una sonrisa orgullosa y ruin, para luego otra vez volver a empequeñecerte y caber en mi mano trémula apenas nos lanzábamos de nuevo a la calle tras abandonar una plaza, un bar insomne, alguna función de alguna obra de teatro con actores que te gustaban porque miraban profundamente como ídolos milenarios, decías, y donde los nervios se te rebelaban si una mujer con bufanda roja, muy roja al cuello no paraba de contar a su acompañante, en plena función, las desventuras por las que había tenido que pasar para llegar hasta allí y encontrarme contigo, mi amor, disculpame, cuando de repente ya llegaba la hora de partir y volvíamos a cruzar las calles, con la noche acechando triste y vengativa sobre los edificios de una ciudad que duerme con un ojo abierto bajo las frías estrellas, la luna mortecina.

De un cuento inacabado escrito hacia 2005.

Tres poemas

El poeta, la vida y la muerte

El poeta está parado en la barandilla del puente.
Abajo,
el Sena es testigo silencioso de lo que queda de la tarde:
el horizonte carmesí,
las luces parisinas infectadas de noche,
el rumor incesante de los autos
y las sirenas lejanas,
siempre lejanas
para quien no va en las ambulancias perentorias.

El poeta se va a tirar al Sena.
Antes piensa en Nelly Sachs,
amiga y poeta también,
quien poco tiempo después
también se quitará la vida,
como un gorrión enamorado y vaciado de sentido
que choca contra un edificio
habitado por empresas vendedoras de seguros
y agencias de viajes.

El poeta mira hacia abajo.
Un breve suspiro
es el preámbulo de la muerte,
y el colofón
de esa otra cosa frágil y precaria
que no vale la pena vivirla si,
justamente,
no es posible suprimirla
tirándose al Sena desde un puente.

Batalla perdida

Después de que desapareciera la tinta
con la que estaban escritos en tu agenda
mi nombre, mi dirección y mi número de teléfono,
libré una batalla a muerte
con la certeza glaciar de tu silencio.

Y perdí la batalla, por supuesto,
pero hay guerra para rato
dicen el sístole y diástole de este corazón.


Tercero excluido

El paseo central de la avenida Carlos Antonio López
es el tercero excluido
a quien no le interesa, de hecho,
dejar de ser un convidado de piedra
en la metafísica peatonal de la ciudad,
sino su propia médula espinal.

Poemas escritos hacia 2007.

14/11/11

Jamás leí a Onetti

Publicado el 9 de abril de este año en el Correo Semanal de ÚH. Nunca posteado aquí y puesto a propósito de la primera exhibición pública en Asunción esta noche, a as 20 hs., en el Centro Cultural de España Juan de Salazar.

Un silbido melódico, como de tango, y la imagen del puerto de Montevideo ensombrecida por densos nubarrones negros. Amenaza lluvia, como la manifestación atmosférica de una atmósfera metafísica. Corte. El escritor uruguayo y director de la Biblioteca Nacional de su país, Tomás de Mattos, coloca sobre una mesa manuscritos con una letra ininteligible a simple vista. Es la letra del autor de Juntacadáveres. Estamos viendo el documental Jamás leí a Onetti, de Pablo Dotta, que se pasó el viernes 25 de marzo por La 2 de Televisión Española, pero que sigue online en www.rtve.es.

Allí están quienes conocieron personalmente y quienes no al escritor: el citado De Mattos, que muestra los papeles que guarda la Biblioteca, incluido el que se considera probablemente su último escrito; el dibujante Tunda Prada, quien, balbuceando en la soledad de su estudio, ensaya durante todo el documental un imposible mapa de lo que sería Santa María; el músico Fernando Cabrera, a quien pertenece la melodía silbada al inicio, y que también durante el documental compone un homenaje a Onetti, con la sorpresiva ayuda de Jorge Drexler; el escritor Eduardo Galeano, quien cuenta anécdotas, lee El pozo y descubre luego una dedicatoria: "A Galeano, quien alguna vez escribirá casi mejor que yo"; la escritora y periodista María Esther Gilio, quien entra a un bar, enciende una vieja grabadora de la que sale la voz de Onetti dándole título a este documental; su viuda Dorothea Muhr, la inefable Dolly, que abre la puerta de su casa de Madrid, la última del escritor; el novelista español Antonio Muñoz Molina, quien muestra una edición de Los adioses, firmado por un hombre y una mujer, en una aparente experiencia de lectura compartida; el también español Juan Cruz, periodista que rememora la escritura sobre su muerte.

Yo la vi dos veces, con personas que han leído a Juan Carlos Onetti y con otras que no lo han hecho. A todas emociona. Búsquenla en la dirección web citada más arriba. Imprescindible.

Tomás Segovia o las dos orillas de la poesía

Tenía 12 años cuando, hacia el final de la Guerra Civil Española, su familia abandonó la Península Ibérica para recalar, primero, en París y, luego, en la otra orilla del Atlántico, en México, el país solidario de Lázaro Cárdenas, que albergó a tantos compatriotas suyos escapados de la barbarie, entre los que se contaban intelectuales y escritores de primera línea. El entonces púber Tomás Segovia había nacido en un año decisivo de la poesía de su país natal, 1927, hito de la modernidad poética española, parada sobre la resurrección fantasmagórica de Góngora, y en una ciudad en donde los intelectuales antifascistas, cuando él tenía 10 años, habrían de reunirse para condenar colectivamente la barbarie de la falange conservadora, católica y militar del general Franco: Valencia la Bella.

“Yo no fui al exilio, a mí me llevaron”, escribiría décadas después, explicando, por un lado, la condición impuesta de su destierro por motivos ajenos a su voluntad y a su infancia recién perdida; y, por el otro, como legítima defensa ante la tentación de la nostalgia que la “oficialidad” del exilio reivindicaba como marca.

Desde la aparición, en 1950, de La luz provisional, hasta los Sonetos votivos que reunió en 2007, la carrera poética de Segovia se movió impetuosa entre cierta práctica surrealista más sobria que la de los tiempos etílicos de André Breton (de quien fue traductor), y la recuperación de una tradición literaria universal, pero que en España diera resultados legendarios: el soneto.

Personalmente, fue esta última faceta la que terminó por hacerme entrar al amplio universo de Segovia. Fue un poeta que cultivó esa forma clásica, como pocos en nuestro tiempo, sobre todo con aliento erótico, que dividía su herencia española, por la vena de Quevedo, y su adopción mexicana, por la vena de Octavio Paz, de quien fue gran amigo. No concebía el erotismo como esa cosa a la que hay que rondar, cuya enunciación depende de la mística de lo innombrable. Prefería ser esencial, animal y franco: “Cuando yaces desnuda toda, cuando/ te abres de piernas ávida y temblando/ y hasta tu fondo frente a mí te hiendes,/ un corazón puedes abrir, y si entro/ con la lengua en la entrada que me tiendes, /puedo besar tu corazón por dentro”, dice en los dos últimos tercetos de un soneto.

Fue también gran traductor de Rilke, y ensayista ejemplar. Regresó a España en 1985. Fue hace unos días a México para recibir un premio y leer poemas junto a Juan Gelman, y allí el lunes pasado, con amarga justicia poética, lo encontró “el toro negro de la muerte”.

Marina Tsvetáieva homenajeada en Argentina

Hace 5 años, aquí mismo, conté cómo había llegado a conocer la poesía de Marina Tsvetáieva: gracias a la conjunción (de un espejo y de una enciclopedia, diría Borges, pero no) de una novela de Paul Auster, La invención de la soledad, y de una apasionada carta escrita por ella al poeta checo Rainer María Rilke. Este año se cumplieron setenta de la muerte de esta mujer, quien, junto a Ana Ajmátova, conforma lo más valiente y denso de la poesía femenina rusa del siglo pasado.

En Argentina, la semana entrante tendrá lugar la “Semana Tsvetáieva en la Biblioteca Nacional 2011”, un homenaje a la poeta desde la historia y la literatura, con conferencias, debates y hasta música. “Es una escritora que moviliza mucho, impresionantemente lúcida, que lleva todo hasta las últimas consecuencias. Está en los extremos del amor, de la escritura, de la vida. Ojalá que todo el mundo la conociera, porque es única”, dijo a la agencia Télam Sofía González Bonorino, coordinadora del evento.

Hace un lustro escribí: “Habría que acercarse a la poesía de una mujer que sobre la tierra había sido víctima de la sinrazón de la historia, y a quien, apenas arribada al cielo tras su muerte, la imagino blandir como una espada dos versos de un poema suyo, rebeldes y orgullosos como había sido ella misma en la tierra, a pesar de todo: ‘¡Dios, no juzgues! ¡Tú no has sido/ una mujer en la tierra!’”.